Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Las noticias del acuerdo de Rapallo dinamitaron definitivamente la conferencia de Génova, que se cerró el 19 de mayo sin pena ni gloria. Todo lo que se le arrancó a los países participantes fue un cierto compromiso, no muy serio la verdad, de que mantendrían sus monedas apegadas al valor del oro. A finales de mayo, el gobierno alemán todavía no había legislado los nuevos impuestos que deberían proveer los 60.000 millones de marcos exigidos por los aliados. En lo que sí cumplieron los alemanes fue en la exigencia aliada de que se reforzase la autonomía del Reichsbank. Eso se legisló el 26 de mayo.
El 31 de mayo,
a pesar de los incumplimientos, la Comisión Interaliada de Reparaciones
demostró que el tema Rapallo la había impactado, y le comunicó al gobierno
alemán que había decidido no aplicar penalidades por impagos. Esperaban con
ello colocar a Alemania por el carril de los pagos, pero no fue así. El 12 de
julio, el gobierno de Berlín propuso la eliminación de todos los pagos
previstos para aquel año de 1922; no sólo eso, sino que anunció que no sería
capaz de realizar pagos ni en 1923 ni en 1924. Eso sí, a finales de mes se
aceptó el plan que garantizaba el monitoreo de las finanzas germanas por parte
de los aliados.
La incapacidad
por parte del gobierno Wirth de hacer movimientos que pudieran placer a los
aliados tenía su razón de ser: la violencia política interna. El día 4 de
junio, el primer canciller de la república de Weimar, el socialdemócrata
Philipp Sheidemann, daba su paseo a través del parque Wilhelmshoehe en Kassel,
acompañado de su hija y de su nieto. Se le acercó un hombre que llevaba una
jeringuilla normalmente usada entonces para enemas, pero llena de cianuro
líquido. Aquel hombre, aparentemente, pretendía controlar físicamente a
Sheidemann y meterle el cianuro por la nariz; la verdad es que, como
conspiración para un asesinato, aquélla no fue la más inteligente de la
Historia.
El político
socialista, que ya había recibido varias amenazas de muerte, llevaba consigo
una pistola, con la que realizó dos disparos, y puso en fuga al agresor.
Aparentemente, aquel atentado fue organizado por una célula de la Organización
Cónsul.
La OC, en todo
caso, tenía el carné de baile bastante lleno aquel mes de junio. Su segundo
objetivo era Walther Rathenau, el ministro de Exteriores; un hombre que estaba
en la cresta de la ola después de la gran victoria diplomática que había
conseguido con el acuerdo de Rapallo. Rathenau salió de casa a las 10 de la
mañana del 24 de junio. Vivía en un casoplón en el número 65 de Königsallee, en
Grunewald, que en ese momento era como La Moraleja berlinesa. Iba en una
limusina descubierta, en el asiento de atrás. No llevaba protección policial.
En un momento
dado, en Königsallee era necesario pasar por una curva en forma de S con giros
muy pronunciados, para poder enfilar hacia la famosérrima (y difícilmente
pronunciable) avenida Kurfünstendamm. En ese punto, pues, el coche se tenía que
poner a paso de hombre. En ese momento, un coche de pasajeros, típico de las
visitas turísticas, en cuyo asiento de atrás iban dos hombres, salió de un
camino lateral y se colocó a la altura de la limusina del ministro. En ese
momento, uno de los viajeros del vehículo sacó una ametralladora, y comenzó a
vomitar balas sobre Rathenau. El segundo de los viajeros del coche, fríamente,
cogió una granada, le quitó el anillo, y la tiró al coche.
Los asesinos
salieron a la naja, pero su coche se rompió algunos centenares de metros más
allá de la escena del crimen, por lo que huyeron a pie. Dado que el atentado,
al hacerse a muy poca distancia, se había centrado en Rathenau, su chófer
estaba vivo, y tuvo la presencia de ánimo de conducir el coche hacia una
estación de policía cercana. Allí Rathenau llegó vivo pero inconsciente, y ya
no se despertó. Hoy en día hay un monumento en el exacto punto donde ocurrió
todo.
El gobierno
puso toda la carne en el asador para encontrar a los asesinos de Rathenau. La
policía criminal de Berlín no escatimó detectives. Se colocaron pósteres en
toda Alemania, y se anunció una recompensa de cuatro millones de marcos para
quien diese pistas eficientes.
Los dos
asesinos eran dos jóvenes llamados Hermann Fischer, de 26 años, y Erwin Kern,
de 23, siendo el segundo quien disparó y el primero el que tiró la granada. El
vehículo lo conducía Ernst Werner Techow, de 20 años. Todos ellos eran chavales
de buena familia.
Los dos
asesinos consiguieron llegar al castillo Saaleck en Sajonia-Anhalt; allí fueron
rápidamente espoteados por la policía. El 17 de julio, Kern murió en un
tiroteo; Fischer, viéndose atrapado, se disparó a sí mismo. Los
nacionalsocialistas erigirían un monumento en el lugar donde esto ocurrió.
Techow fue traicionado por sus propios parientes, que lo denunciaron a la
policía. Cuando fue juzgado, arguyó que había actuado obligado. Le cayeron 15
años. Según algunas historias, lo liberaron en 1927, momento en el que decidió
quitarse de en medio y se apuntó a la Legión Extranjera francesa. Durante la
segunda guerra mundial salvó a algunos judíos de la deportación a campos de
concentración. Esto, sin embargo, es algo que proviene de un relato hecho por
una fuente muy poco fiable; tan poco fiable que se trata de un periodista. En
1943, un periodista americano llamado George Herald publicó en Harper's Magazine, que no es
precisamente una fuente bíblica, la historia de un legionario llamado Tessier a
quien habría encontrado, y que habría resultado ser Techow. Según el relato de
Heraldrrondo, Techow había quedado muy tocado por la carta que la madre de
Rathenau le había escrito a su propia madre durante el juicio, expresando
sentimientos de perdón, y se había convertido, por así decirlo, a la
generosidad anti nazi.
Lo cierto es
que Techow fue miembro del NSDAP y de las SA. Sin embargo, luego tuvo
diferencias con el partido, aparentemente participó en la conocida como
revuelta de Stennes, y había incluso abofeteado a Göbels. Fue expulsado del
partido en 1931. Se alistó en la Kriegsmarine, de la que fue licenciado tras
hundirse su barco. Aparentemente, fue asesinado al final de la guerra por un
soldado soviético, que lo habría confundido con otra persona, justo al día
siguiente de la rendición de Alemania.
El 26 de junio
de 1922, al día siguiente del funeral de Rathenau, el presidente Ebert hizo uso
del artículo 48 de la Constitución para impulsar una Ley de Defensa de la
República, que fue adoptada el 18 de julio en el Reichstag, con los únicos
votos en contra del DNVP, el KPD y el BVP. Esta ley establecía penas fuertes
para los terroristas y todos los considerados sus cómplices por glorificar,
impulsar, o aprobar la violencia en contra de la forma republicana de gobierno;
se introducía la pena de muerte para todo aquél que conspirase para acabar con
la vida de un miembro del gobierno. Asimismo, se empoderaba al gobierno para
poder prohibir reuniones revolucionarias. Para garantizar todo esto se creaba
una Corte especial.
La ley,
formalmente, era una ley universal; trataba, pues, de parar todo tipo de
violencia. Pero eso, en realidad, no es verdad. El propio presidente Ebert,
profundizando en los varios errores estratégicos que se cometían en ese texto
legal, dejó muy claro desde el primer momento que aquello iba de luchar contra
la violencia de las derechas. Aquello
no fue un movimiento nada inteligente. En primer lugar, un señalamiento de
estas características generaba la creación de mártires y perseguidos, sin
conseguir con ello incomodar a nadie, puesto que organizaciones como la OC
nunca habían soñado con ser legales y, por lo tanto, la clandestinidad era su
modo de vida y su ambiente. En segundo lugar, al agredir (por así decirlo) a
uno de los dos espectros revolucionarios que existían en ese momento en
Alemania, lo colocó en el punto perfecto para recoger el descontento general
cuando se produjese. Y, en tercer pero no por ello último lugar, había que
valorar el hecho de que las derechas tenían santuarios desde los cuales
combatir la ley.
Y así fue. El
primer ministro de Baviera, recordaréis, era el conde Hugo Lechenfeld.
Lechenfeld había llegado al sillón sustituyendo al doctor Kahr, bastante más
radical que él. Lo habían elegido por ser moderado; pero eso no quiere decir
que no fuese de derechas. Lechenfeld protestó inmediatamente argumentando que
el decreto de defensa de la república era inconstitucional. El parlamento
bávaro se situó en franca rebeldía con la norma, y acabó aprobando un decreto
de emergencia que suspendía su aplicación en el land. Ebert contestó
recordándole a Lechenfeld que él la tenía más larga, y se refería a la potestad
legislativa. El artículo 48, le dijo, estaba por encima de las comunidades
autónomas de mierda. Al final se llegó a una componenda. El parlamento bávaro
retiró su decreto, pero no sin que antes Ebert no les hubiera garantizado a los
bávaros que sería su policía y sus tribunales los que aplicarían la norma.
Aquello, sin
embargo, no fue suficiente para los Bildu de derechas bávaros, quienes
comenzaron a atacar a Lechenfeld apelándolo de nenaza españolista; tanto que el
18 de noviembre el primer ministro decidió dimitir. Lo sustituyó Eugen Ritter
von Knilling, teóricamente otro moderado del BVP como él, aunque en realidad
era el hombre de paja de que disponía Von Kahr para ejercer el poder. Así pues,
éste fue el primer, y más importante, resultado de la ley de defensa de la
república en Baviera: el retorno de Kahr, es decir, de los planteamientos
filo fascistas.
En el mes de
julio de 1922, los precios en Alemania subieron un 50%; normalmente, este mes
es el que se suele señalar como el iniciador del proceso de híper inflación
germana. La respuesta del gobierno fue garzonita total: imprimir todavía más
dinero. Lo que viene siendo tratar de curarse una ETS a base de visitar
burdeles.
La inflación
tumbó el marco; y el Reichsbank, al carecer de reservas de oro o de divisas,
seco como estaba con el temita de las reparaciones, no podía defender la
moneda. Así las cosas, todo lo que quedaba era, simplemente, contemplar la
caída, en un episodio de extrema impotencia monetaria que marcaría a muchos
gobernantes europeos de la época; sin ir más lejos, los estrategas económicos
de la dictadura de Primo de Rivera y la II República, ambos obsesionados con la
acumulación de reservas de oro.
El 29 de julio,
el dólar estadounidense estaba a 650 marcos; la profecía realizada en el
histórico discurso de Rathenau se cumplía con puntualidad germana. La moneda en
papel empezó a valer tan poco que tanto el Estado como autoridades locales
comenzaron a emitir seudo moneda alternativa, conocida como Notgeld. Asimismo, el gobierno afirmaba, no sin razón (pero no
toda), que toda esa situación la estaba provocando la enceguecida demanda de
pagos por reparación.
Ya a principios
de julio, el gobierno de Berlín había declarado que no iba a poder pagar a
menos que recibiese un préstamo internacional; demandó que la moratoria de
pagos se extendiese a todos los años 1923 y 1924.
El 1 de agosto,
el gobierno británico publicó la conocida como Nota Balfour; obra de Arthur
James Balfour, primer conde de Balfour, secretario de Exteriores británico. La
Nota Balfour declaraba la disposición de Reino Unido a dejar de exigir los
pagos de reparaciones que le correspondían de Alemania si Estados Unidos
aceptaba no exigir las deudas de guerra que Reino Unido tenía contraídas en
aquel país. La Nota Balfour fue recibida en Estados Unidos con un global No-Mames-Wei. Nadie en aquel país la defendió. Andrew Mellon, secretario de
Estado de la Casa Blanca, calificó el documento de “una irritante pieza de
nada”.
En ese
ambiente, el 5 de agosto el canciller Wirth le envió una carta a Lloyd George.
En la misiva le informaba de que en las últimas semanas la situación económica
de Alemania se había puesto sobaco de grillo. Que aunque el gobierno alemán
siempre había defendido la política de cumplimiento con los pagos de
reparación, éstos se estaban volviendo crecientemente impopulares en su país. Y
concluía: “la democracia alemana está condenada a menos que se pueda poner
freno a un mayor empobrecimiento del pueblo alemán”.
La carta de
Wirth era un tanto cínica. Portaba el cinismo que está siempre implícito en los
sollozos del gobernante a quien el FMI de turno le ha dicho en su momento que
tiene que tomar medidas de austeridad porque no se puede curar una leucemia
haciendo esquí acuático y cenando mariscadas,
ha prestado oídos sordos a esas admoniciones y después, cuando su
indiferencia hacia la realidad ha provocado un serio empeoramiento, va y dice
que eso se lo tienen que solucionar. Lo que pasa es que, para desgracia de la
adecuada administración mundial, este tipo de triles suele funcionar. Y esta
vez, cuando menos, medio funcionó.
Los aliados
hubieron de admitir, ante el panorama dantesco que presentaban las estadísticas
macroeconómicas alemanas, que había que hacer algo con el tema de los pagos.
Entre el 7 y el 14 de agosto, la Conferencia Interaliada de Reparaciones se
reunió en el número 10 de Downing Street. Poincaré estuvo presente, como lo
estuvo Lloyd George; aunque lo de éste tiene poco mérito, las cosas como son,
porque era su casa. A pesar de que el ambiente general era un poco de pobres
alemanes, qué mal lo están pasando, Poincaré llegó a Inglaterra con el cuchillo
de capar gorrinos entre los dientes. Dejó clara la convicción del gobierno
francés de que el gobierno alemán ni había hecho, ni estaba haciendo, todo lo
que debía para atajar la crisis; y que el fondo de todo era que no tenía
intención de pagar, ni de desarmarse, ni de perseguir a los criminales de
guerra. George le retrucó con el argumento, cierto, de que las dificultades
económicas alemanas eran ciertas y tangibles. Pero Poincaré contraatacó
preguntándose, retóricamente, si el gobierno alemán había hecho todo lo que
debía a la hora de introducir austeridad en su gasto público y, sobre todo,
disciplinar su masa monetaria. Arrimando el ascua a su sardina, el primer
ministro francés opinaba que Alemania debía recibir una señal clara y diáfana
de que los aliados no le iban a pasar aquélla; y esa señal era la ocupación del
Ruhr. Como poco, decía, para aceptar un nuevo calendario de pagos, el gobierno
alemán debía aceptar el control aliado total sobre los bosques y minas renanos.
Lloyd George
quería ver el vaso medio lleno. Los alemanes habían reducido su ejército a
100.000 efectivos y habían pagado ya 500 millones de libras. Entendía el
ministro británico que sancionar a una economía destrozada era como fustigar un
cadáver; y consideraba, por último, que la invasión de Renania era un paso
demasiado arriesgado. Creía que la respuesta de los alemanes sería una huelga
general en la zona.
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