Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
El 24 de marzo, el presidente Ebert declaró estados de emergencia en Sajonia y Hamburgo. Se prohibió todo tipo de reunión y la publicación de periódicos comunistas. En ese punto los dirigentes comunistas, que como os he dicho ya no eran capaces de garantizar que muchas de las acciones violentas teóricamente cometidas en defensa de los derechos proletarios no fuesen acciones de puro y simple robo, trataron de recuperar el control sobre las masas obreras llamando a la huelga general. Su convocatoria, sin embargo, fue débilmente secundada por unos trabajadores que estaban ahora bajo la bota policial. El 1 de abril, se puede decir que las fuerzas de seguridad controlaban la situación. 14 policías habían resultado muertos y 67 heridos; la cuenta entre los rebeldes era de 145 muertos y 51 heridos.
Aunque nadie podía saberlo en ese momento, la Acción de Marzo fue la última rebelión callejera comunista de entidad durante la república de Weimar. Esto quiere decir que para cuando Adolf Hitler comenzó a tener una cierta importancia en la política alemana, cosa que pasó sobre todo tras la muerte de Ebert y la elección de Hindenburg, los comunistas hacía tiempo que habían dejado de ser una amenaza para el equilibrio constitucional alemán. La interpretación de que Hitler se ganó el predicamento ante muchos alemanes con el argumento de que era el que se atrevía a plantarle cara al peligro comunista es una interpretación, las cosas como son, muy comunista. Y, además, es concostrinácea y fluzodetritus en esencia.
La rebelión de marzo de 1921, de hecho, no estuvo nunca ni medio cerca
de poner en jaque la legítima y votada gobernación de Prusia. Fue el resultado
de una lectura equivocada más por parte de los estrategas comunistas, para los
cuales cualquier cosa que sea superar un 2% o 3% de voto en unas elecciones es
la demostración de que ellos representan a “la gente”; de que “la gente” está
con ellos y, consecuentemente, les va a acompañar en sus delirios. Pero no sólo no era así; es que, en realidad, en las semanas siguientes al sofocamiento de la
rebelión de marzo, unos 200.000 miembros dejaron el KPD.
El 20 de marzo
se celebró el referendo de autodeterminación de la Silesia septentrional. Esto
suponía, sobre todo, votar en el conocido como Triángulo Industrial, formado
por las ciudades de Beuthen, Katowitz y Gleiwitz, que eran una de las fuentes
principales de carbón y de zinc para el país.
La Silesia
septentrional era uno de esos territorios especialmente complejos dentro del
sudoku europeo. En el momento del referendo, el 60% de su población estaba
formado por polacos, y el otro 40% por alemanes. Los polacos, por lo tanto,
fueron a Versalles a defender que ni siquiera hacía falta referendo: la región
era polaca, y punto. Tras el armisticio, una comisión interaliada formada por
franceses, italianos, y británicos, todos al mando del francés Henri Le Rond, se encargói de gestionar aquel meconio.
En apenas unos meses hubo hasta tres rebeliones polacas en la región. De hecho,
los polacos habían dejado bien claro que, si el referendo no salía como ellos
esperaban, tomarían el control de la región por el artículo 33. Un leiv motiv de estas notas, os lo digo desde ya, es la idea de que, desde luego, Hitler fue un señor que creía en la democracia menos que Stephen Hawking en el terraplanismo; pero, en realidad, no hizo sino lo que otros habían hecho antes que él. Como los polacos pilsudskistas, que dejaron bien claro que ellos, como Tezanos, ya habían decidido cuál iba a ser el resultado del referendo; y, si las cifras no les hacían pandán, tomarían por la fuerza lo que los votos les negaren.
En esas circunstancias tan democráticas y de fair play, la pertenencia a Alemania ganó el referendo con una sorprendente
holgura: 59,4% de los votos a favor de dicha alternativa, o 717.122 votos;
frente a un 40,6%, 483.513 votos, a favor de la identidad polaca. En términos
generales, los alemanes ganaron en las ciudades, mientras que en las áreas
rurales ganaron los polacos; con una muy ligera ventaja alemana en las zonas
industriales. Siempre se ha interpretado que un resultado así, en un referendo
que sociológicamente debería haberse producido a favor de la solución polaca,
sólo se puede explicar si asumimos que la importante población judía polaca
consideró que sus destinos estaban mejor asegurados en Alemania que en Polonia
(sic).
El gobierno
alemán hizo una interpretación clásica del resultado: hemos ganado, así pues
toda la Silesia septentrional, y muy particularmente las zonas industriales,
deben ser nuestras. Londres estuvo de acuerdo; pero no así París. Los franceses, que han sido de toda la vida unos demócratas convencidos y será por eso que inventaron la revolución democrática menos democrática de la Historia, se aliaron con los polacos, puesto que éstos tenían con qué defenderse: el
tratado de Versalles, en una más de sus torpezas, había establecido que el
resultado del referendo en cada distrito
electoral era el que valía.
Alguien, pues,
tenía que mirarse las actas de voto, distrito a distrito. Este trabajo le fue
encomendado al Consejo de la Comisión de la Liga de las Naciones. Este consejo
dijo que se miraría las cifras y que antes de final de año haría público el
reparto. Sin embargo, pocas semanas después hubo otra rebelión polaca. A causa
de estos disturbios, la comisión de la Liga de las Naciones, que era el típico
grupito de vividores de la ONU que estamos acostumbrados a ver, esta vez
formado por cuatro representantes de Brasil, China, Bélgica y España
(aparentemente, este representante español fue Salvador de Madariaga), no
comenzó su curro hasta el 1 de septiembre; y lo hizo, además, tras la creación
de una comisión paralela, encomendada de estudiar si la división resultante en la primera de las comisiones era
consistente desde el punto de vista económico.
En medio de
todo este merdé, Alemania estaba tratando de enderezar el tema de las
reparaciones. Sin embargo, se encontraba con la postura irredenta de los
aliados europeos. Así las cosas, el gobierno germano decidió tratar de
convencer al presidente de los Estados Unidos, William Harding, de que adoptase un
papel de mediador. Harding contestó que, en su opinión, lo lógico sería formar
una comisión de expertos económicos que fijase las reparaciones, y que Estados
Unidos estaría encantado de formar parte de ella; pero que, obviamente, esto
sólo podría pasar si los aliados europeos estaban de acuerdo. Y no lo estaban.
Como Alemania
ya no presentó ninguna contraoferta, el 27 de abril los aliados le comunicaron
al gobierno de Berlín que la factura a pagar por las reparaciones quedaba
fijada en 132.000 millones de marcos oro; pagaderos en pagos anuales de 2.000
millones de marcos oro, más el 26% de las exportaciones alemanas. El pago se
realizaría técnicamente en forma de bonos reembolsables, tanto en dinero como en
especie.
El gran
argumento de la comisión aliada fue dejarle claro a Alemania que, si no
aceptaba estas condiciones, se enfrentaba a la inmediata ocupación del Ruhr por
parte de tropas francesas. Londres, además, dejaba claro que apoyaría este
movimiento gabacho.
Walter Simons
llevaba meses diciendo que el gobierno alemán nunca aceptaría unas condiciones
de reparación excesivamente onerosas. Y el gobierno lo cumplió. El 4 de mayo,
Fehrenbach y el resto de sus ministros dimitieron. Al día siguiente, la sede
vacante del gobierno alemán recibió una comisión del Alto Mando Aliado, en la
que éste comunicaba fríamente que habían fallado en el primer pago; esta carta
es lo normalmente se conoce como el ultimátum de Londres. Si para el 11 de
mayo, decía la carta, el gobierno alemán no ha expresado su aquiescencia a la
factura total de 132.000 millones bajo el conocido como Calendario de Pagos de
Londres; con las condiciones del desarme; y con el inicio de los juicios a los
criminales de guerra. Si no aceptaba todo eso, digo, se produciría la ocupación
aliada de todo el área del Ruhr, así como nuevas sanciones a Alemania en la
forma de nuevos aranceles sobre las exportaciones alemanas.
En estas
condiciones, Ebert encargó la formación de un nuevo gobierno a Joseph Wirth, un
político del ala izquierda de Zentrum. El presidente de la república lo eligió
porque lo conocía bien, y sabía que Wirth era muy crítico con las
contrapropuestas y negativas que se habían hecho por parte del gobierno alemán
en el marco de las negociaciones sobre las reparaciones. No porque considerase
que las demandas de los aliados eran lógicas, sino por pensar que tanta
oposición y regateo no hacían sino empeorar las cosas. Wirth consideraba que la
mejor estrategia era acercarse a los aliados y convencerlos de la buena
voluntad alemana a la hora de pagar; algo en lo que no creían después de los
problemas generados en la conferencia de Londres. La situación era lo suficientemente
comprometida como para que en el Reichstag se pudiera construir una mayoría
suficiente como para aceptar el calendario de Londres.
El gobierno que
tomó el poder el 10 de mayo de 1921 se basaba en los tres partidos de la
coalición de Weimar: Zentrum, SPD y DDP. El DVP de centro-derecha se negó a
participar. El DNVP, lógicamente, permaneció en la negativa a aceptar los
términos aliados.
Los miembros de
Zentrum en el gabinete fueron, además de Wirth: Andreas Hermes en Alimentación;
Heinrich Brauns en Trabajo; y Johannes Gisberts en Correos. Por el SPD: Gustav
Bauer como vicecanciller y titular de Tesoro; Robert Schmidt en Asuntos Económicos;
y Georg Grandauer en Interior. El DDP tenía dos miembros: Otto Gessler en
Defensa y Walther Rathenau al frente de un Ministerio de Reconstrucción. Como
miembros independientes: Wilhelm Gröner en Transportes; y Friedich Rosen en
Asuntos Exteriores. Un gabinete, por lo tanto, muy continuista, aunque
ofreciendo una necesaria cara nueva en Exteriores, puesto que Simons estaba
quemado frente a los aliados.
Hablamos, de
nuevo, de un gobierno en franca minoría parlamentaria (206 votos de 459).
Obviamente, el primer objetivo de Wirth era arrancarle a aquel parlamento el
compromiso de cumplir con los planes de reparación, cosa que consiguió por un
margen cómodo pero pequeño (221 a 175), que venía a anunciar que cualquier
problema que se plantease en el camino podría ser letal.
El 11 de mayo,
el gobierno alemán envió una nota a todos los gobiernos aliados expresando su
total acepción de los términos del calendario de reparaciones. El 30 de mayo,
el gobierno pagó 1.000 millones de marcos, y realizó un depósito de bonos por
valor de 12.000 millones.
Poco a poco, la estrella que comenzó a brillar con más fuerza en el gobierno fue el ministro responsable de coordinar todos estos pagos, Walter Rathenau. Rathenau, las cosas como son, era ya famoso antes de ser ministro. Había escrito varios libros sobre economía, política y religión que habían sido grandes ventas. Su padre, Emil Rathenau, había sido el fundador de la Allgemeine Gesselchaft, o AEG. Eso sí, era de ascendencia judía, aunque no practicaba la religión. Eso lo convirtió, desde el momento en que entró en política, en la bestia negra de las derechas, y en el argumento de oro para los partidarios de la teoría de los criminales de noviembre, puesto que para muchos de ellos Rathenau era la demostración andante de que el lobby judío internacional estaba detrás de la posición de los partidos políticos favorable a cumplir con las reparaciones.
La política de Rathenau en el ministerio se dirigió sobre todo a tratar de convencer a los aliados de que Alemania estaba en mejor disposición de pagar en especie que en dinero. El gobierno Wirth también estaba dispuesto a cumplir con las exigencias en materia de desarme. El gran paso en este terreno se dio el 29 de junio en Baviera. Dicho día, la Einwohnerwehr o Defensa Ciudadana, un grupo paramilitar que contaba con unos 300.000 miembros, fue desmantelada. Ni este tema, ni otros parecidos, fueron gratuitos. La violencia de derechas se recrudeció.
No todo era
jardín de rosas en la ultraderecha. El verano de 1921 fue una época de grandes
luchas intestinas en el NSDAP. Adolf Hitler era para entonces el principal
portavoz de la formación, el hombre que hablaba en los mitines. Anton Drexler,
sin embargo, seguía siendo el primer dirigente y el hombre que tenía la última
palabra en materias estratégicas. Hitler, sin embargo, tenía una visión sobre
el presente y el futuro del partido que no coincidía con la de su cada vez más
teórico jefe. La diferencia más evidente y crítica era que Drexler quería
montar una estrategia parlamentaria, mientras que Hitler era partidario de una
estrategia revolucionaria.
Anton Drexler
llegó a la conclusión de que debía deshacerse de Hitler o, cuando menos,
disolver su influencia en el partido. Por esta razón inició, sin informar a
nadie, unas negociaciones de fusión con un partido de reciente creación, el
Partido Social Alemán o DVP, liderado por Richard Kunze. El DVP era un partido
muy diferente del NSDAP, aunque sólo fuese geográficamente hablando. Mientras
los nacionalsocialistas basaban gran parte de su fuerza en Baviera, el DVP
estaba básicamente establecido en el norte de Alemania. Para Drexler, además,
el DVP presentaba el valor añadido de que Krunze tenía muy mala opinión de
Hitler.
Asimismo,
Drexler inició contactos con Otto Dickel, un profesor que había fundado otro
grupo de derechas, la Völkische
Werkgemeinschaft o Comunidad del Pueblo Trabajador. Este grupo, nucleado en
Ausburgo, propugnaba la creación de una Gran Alemania unificada. Dickel era el
autor de uno de los evangelios del pangermanismo, Die Auferstebung des Abendlandes (el resurgir de occidente).
Drexler invitó a Dickel para que diese una conferencia en un acto del NSDAP en
la Hofbräuhaus de Munich, aprovechando que Hitler estaba en Berlín. Dickel
pronunció un discurso en el que vino a decir que Alemania debería convertirse
en una sociedad sin clases basada en la pureza racial, y tuvo un importante
éxito como conferenciante.
El 10 de julio,
Hitler retornó a Baviera, con tiempo de participar en una reunión en la que se
iba a discutir la fusión con el BVP y el grupo de Ausburgo. En dicha reunión
Dickel hizo un análisis del programa del NSDAP, punto a punto, criticándolos
casi todos; incluso se metió con el nombre del partido que, dijo, movía a la
confusión. Hitler comenzó con una actitud pasivo-agresiva, interrumpiendo
constantemente a Dickel, hasta que se levantó y se marchó de la reunión con
cajas destempladas. Al día siguiente, le dijo a Drexler que abandonaba el NSDAP
con efectos inmediatos.
En ese momento,
Drexler y el resto de su comité ejecutivo se asomaron al abismo. Les gustase o
no, quien estaba trayendo militantes y dinero al NSDAP era Hitler. Su marcha,
pues, era como la marcha del socio de un gimnasio que fuese el propietario de
todos los aparatos.
El día 13 de
julio, tratando de recoger sedal, Drexler le planteó a Hitler qué tendría que
pasar para que se quedase. Claramente, Hitler ya tenía pensada esta
conversación, puesto que tenía muy claras sus condiciones: quería ser el
presidente del NSDAP con poderes totales; la sede del partido debería estar en
Munich: el programa del partido iba a misa; las negociaciones de fusión
deberían cesar.
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