Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
Al contrario de lo que esperaba Berlín, el tema de las reparaciones no es que se discutiera poco en Spa; es que los aliados ni siquiera lo pusieron en el orden del día. Los germanos decidieron hacer virtud de aquel silencio; y, por ello, el 12 de julio el ministro Walter Simons envió a los aliados una propuesta que contemplaba 30 pagos anuales en concepto de reparación; pero no le ponía apellidos a estos pagos, es decir, no fijaba las cantidades. Alemania trataba de arrimar el tema reparaciones al concepto de proporcionalidad: se pagaría lo que se pudiese pagar. Por eso ni siquiera hacía una valoración global de las reparaciones a pagar; sólo definía que Francia recibiría el 52%, Reino Unido el 22%, Italia el 10%, Bélgica al 8%, y el 8% para el resto.
El 27 de julio,
en el Bundestag, Fehrenbach hubo de reconocer que el gobierno alemán no había
sacado nada de Spa; ni siquiera le habían dejado llevarse un cenicero de
recuerdo. Sin embargo, dejó claro que Alemania no se iba a rebelar; la
prioridad, explicó, era evitar la activación de las cláusulas de Versalles que
permitían la ocupación de territorio alemán. El ministro Simons, con una
actitud un tanto hipócrita, vino a decir que lo que Alemania tenía que haber
hecho era no firmar el tratado; pero que, una vez cometido el error, ahora
había que pechar con él.
El 7 de agosto
de aquel año de 1920, un oscuro partido llamado NSDAP celebró una conferencia
política en Salzburgo. Dicha reunión tiene su importancia histórica por el
hecho de que fue en la misma en la que se adoptó la cruz esvástica como símbolo
partidario. La bandera diseñada por el propio Hitler envuelve dicha esvástica
en los tres colores de la bandera imperial alemana, es decir: rojo, blanco y
negro. En aquellas semanas, el nacionalsocialismo despertó el interés de los
primeros observadores. Concretamente de Robert Smallbones, que era el cónsul
británico en Munich. Roberto Huesospequeños, hombre que aparentemente observaba
con interés la vida social bávara, comenzó a escribir en sus informes que el
NSDAP comenzaba a ser una fuerza social y política de cierto empaque en
Baviera. En sus informes viene a decir que es una formación que, aparentemente,
no tiene problemas de dinero; y especulaba con la posibilidad de que estuviese
financiada por algunos grandes industriales. En su percepción, el discurso nacionalsocialista
era en ese momento tan anti capitalista que, paradójicamente, no presentaba
inquietud para los grandes capitalistas.
En el otro lado
del espectro político, la izquierda estaba muy movida. El éxito sin paliativos
del USPD en las elecciones del 6 de junio les había llevado a pensar que, por
utilizar un término PIT (Pablo Iglesias Turrión), podían asaltar los cielos. En
efecto, en el estado mayor del socialismo de izquierdas se tenía la sensación
de que el SPD podía ser desplazado de la primera fila de la política alemana.
Esta sensación,
sin embargo, labró la semilla de la división pues, como dijo una vez Inazio
Lula da Silva, toda fuerza política de izquierdas es siempre divisible por dos.
La victoria electoral de 1920 convenció a muchos dirigentes del USPD de que, si
seguían empujando, segur que tomba, tomba
tomba... Es decir: concluyeron que tenían que seguir en el juego
parlamentario, dando por culo al gobierno en minoría y al grupo mayoritario del
SPD, hasta conseguir mejorar todavía más sus resultados y hacerse
imprescindibles. Otros, sin embargo, querían para el partido una vía más
revolucionaria y, sobre todo, arquetípicamente comunista. Ernst Friedich
Däumig, el líder de esta facción de izquierdas, quería la plena identificación
del partido con la Komintern. Arthur Crispien, a su derecha dentro del partido,
se negaba en redondo, y estaba apoyado por la mayoría de miembros del partido
que había conseguido acta de diputado.
En octubre de
1920, en Halle, el USPD celebró su congreso; el teatro donde estas dos
tendencias se vieron cara a cara. En aquella reunión se apreció con claridad la
cierta esquizofrenia que había en el partido entre la composición de su
militancia y la de su representación; ya que, si bien la mayoría de diputados
eran de la corriente de Crispien, la mayoría de los delegados del congreso,
reproduciendo con ello el sentir de la militancia, pertenecían al grupo de
Däumig. La propuesta de adherirse a la Tercera Internacional ganó por 237 votos
contra 156, lo que provocó la inmediata escisión del partido. El 4 de
diciembre, el ala izquierda del USPD, con unos 400.000 militantes, se fusionó
con el KPD para formar el Vereinigte
Komunistische Partei Deutschlands, VKPD, o sea Partido Comunista de
Alemania Unido o Unificado. El ala derecha, que contaba con unos 340.000
militantes, siguió llamándose USPD. El USPD se quedó con 60 de los 81
diputados, y los otros 21 se los quedó el VKPD, habitualmente sumados a los 4
que había conseguido el KPD por su cuenta.
En aquel verano
de 1920, uno de los más agudos observadores de la realidad alemana en aquel
momento, Edgar Vincent, primer vizconde de Abernon y por ello normalmente
conocido como Lord d'Abernon, comenzaba
a barruntar algo bastante evidente, y era que Alemania estaba bajando cuesta
abajo y sin frenos a la recesión económica; lo cual, añadía, no podía sino
complicar sobremanera la aplicación del tratado. En otro punto de vista bien
distinto, en diciembre el mariscal Foch, presidente del Comité Aliado de Versalles,
presentó un informe sobre el progreso en el cumplimiento por parte de Alemania,
en el que venía a decir que, aunque el país había aceptado el objetivo de
reducir sus fuerzas armadas a 100.000 efectivos, no estaba haciendo puto nada a
la hora de desmovilizar a las fuerzas auxiliares y paramilitares.
Efectivamente,
ya en enero de 1921 Fehrenbach le escribió una carta a los aliados en la que
les decía que las cláusulas del desarme relativas a las tropas auxiliares y
paramilitares habían sido imposibles de cumplir. Aquello fue echar gasolina
sobre la hoguera francesa. Los galos habían estado todo el año 1920 acunando la
idea de que Alemania tenía cero intención de cumplir con Versalles; y los
sucesos en las primeras semanas del año siguiente no hicieron sino confirmar
esas sospechas y convencerlos de que tenían que dar un puñetazo sobre la mesa.
El 11 de enero, el gobierno francés dirigido por Georges Leygues perdió la
votación de una moción de confianza, por lo que hubo de dimitir. Fue sustituido
por el socialista moderado Aristide Briand, que anunciaba un endurecimiento del
discurso francés frente a los alemanes.
Briand ganó por
goleada un voto de confianza el 20 de enero (462 contra 77). Al día siguiente,
consciente de qué tipo de nocilla se había colocado en el bocadillo que había
ganado esa votación, hizo un discurso sobre política exterior en el que aseveró
que su voluntad sin paliativos era “hacer que Alemania pagase”.
El 24 de enero,
en el Quay d'Orsay, se abrió una conferencia de países aliados. Asistieron a la
reunión tanto el primer ministro británico, David Lloyd George, como su
secretario de Exteriores, George Nathaniel Curzon, primer marqués de Curzon de
Kedleston, normalmente nominado como Lord Curzon. Además, estuvieron presentes
países como Italia, Bélgica y Japón.
El artículo 233
del tratado de Versalles obligaba a Alemania a atender un primer pago de 20.000
millones de marcos oro el 1 de mayo de 1921; a dicha fecha, la Comisión de
Reparaciones debía hacer pública la cifra del pago total de reparaciones que
debería pagar Alemania. El 28 de enero, el alto mando de guerra de los aliados
anunció en París que Alemania tendría que pagar 2.000 millones de marcos oro al
año por reparaciones durante los primeros cinco años, que serían 4.000 millones
entre 1926 y 1930, para ser luego 6.000 millones entre 1931 y 1963. Esto daba
un total de 222.000 millones de marcos oro, amén de dibujar una situación por
la cual, el año que se hiciese el último pago, un alemán que se hubiese
alistado para la guerra en 1914 con 20 años de edad tendría 69 años; y, desde
luego, la inmensa totalidad, si no la totalidad, de los hombres que habían
ordenado la guerra y habían sido generales o políticos durante la misma,
estaría muerta.
Los aliados,
por lo tanto, cometían un doble error. El primer error, ya señalado en estas
notas, fue no vencer, sino firmar un armisticio. Fue no invadir, sino amenazar
con invadir. El segundo error fue cambiar esa invasión, esa victoria, por una
situación en la que el vencido estaría cuatro décadas pagando por su derrota.
Las cosas son tan sencillas como preguntarle a cualquier lector de este blog si
consideraría justo que él estuviese en su madurez pagando dinero por daños
causados por su abuelo. El mando aliado, yo creo que bastante consciente de lo
que estaban diciendo estas cifras, tiró del catón del político que ha revelado
una medida impopular: decir que “sólo es un borrador”, y que la decisión
definitiva habría de tomarse en la conferencia sobre reparaciones que estaba
agendada en Londres el 1 de marzo siguiente. Como si tres o cuatro putas
semanas pudiesen cambiar algo. La verdad de las cosas es que los aliados ya
habían decidido; y habían decidido corregir su error de partida, que había sido
no asumir unos meses más de guerra a cambio de una ocupación legítima
(consecuencia de la guerra) de todo o parte del territorio alemán; y una
victoria, no un armisticio. Sin embargo, corrigiendo ese primer error, en
realidad, como digo, estaban cometiendo dos. Estaban doblando la mierda en
lugar de limpiarla.
El 1 de
febrero, Simons anunció que Alemania rechazaría en Londres las condiciones que
se habían filtrado, y que haría una contrapropuesta. Además, la obvia necesidad
de elevar el tono de la postura del gobierno alemán, que no se olvide era un
gobierno en minoría, le llevó a plantear, de nuevo, el total rechazo germano al
planteamiento de la culpabilidad única de Alemania en la guerra. En esos días,
Gilbert Rowland Boyd, sexto barón de Kilmarnock y por ello conocido como Lord
Kilmarnock a la sazón encargado de negocios de la embajada británica en Berlín,
enviaba un informe al gobierno de Londres en el que venía a decir que se
dejasen de huevonadas, porque Alemania no sería capaz de pagar las reparaciones
de guerra. Bien informado, Kilmarnock anunciaba que Simons le había dejado bien
claro al cuerpo diplomático que él, personalmente, dimitiría antes de aceptar
aquellas condiciones y que, de hecho, pensaba que el sentimiento era general en
el gobierno.
Los ganadores
de la guerra, sin embargo, permanecieron impasible el aliado.
El 11 de
febrero, el káiser emérito Guillermo II, que seguía exiliado en Países Bajos,
concedió su primera entrevista periodística desde la abdicación. Transmitió dos
ideas fundamentales: una, que él no había comenzado la guerra en solitario;
dos, que Alemania nunca habría resultado derrotada de haber mantenido el país
la unidad interior. El ex rey, por lo tanto, alimentaba con su prestigio entre
las fuerzas derechistas del país el mantra de la puñalada en la espalda.
El día 21, y
hasta el 14 de marzo de 1921, tuvo lugar en Londres la conferencia sobre
reparaciones. El día 1 de marzo, Simons presentó la contrapropuesta alemana,
basada en un calendario de pagos de 30.000 millones de marcos oro; oferta que
estaba condicionada a que Alemania conservase la Silesia septentrional tras el
referendo previsto por el tratado. En esencia, se trataba de un plan cuya
principal característica era ser pagable, puesto que Alemania ya había servido
21.000 millones en pagos en especie. El resto de los pagos, explicó Simons, se
atenderían gracias a un préstamo internacional que, reconoció, el gobierno
alemán no había ni iniciado a negociar.
La Comisión de
Reparaciones no tragó. Para empezar, le dijo a Alemania que tenía que hacer
bien las cuentas. Según las suyas, el pago de 21.000 millones que se había
hecho ya en mercaderías era, en realidad, sólo de 8.000 millones. En otras
palabras, acusaron a los alemanes de estar contabilizando las cosas de una
forma demasiado creativa.
La oferta de
Simons era lo que era. En las semanas anteriores se había hablado de 222.000
millones en el total de pagos, y ahora Alemania hablaba de 30.000. Se venía a
juntar, pues, la excesiva demanda por parte de los acreedores y la excesiva
racanería por parte del deudor. Tanto es así que Lloyd George, quien el 3 de
marzo reconoció que había entrado en la conferencia de Londres con el espíritu
preparado para asumir reclamaciones alemanas, dijo encontrarse ahora en una
posición en la que no podía sino rechazar con cajas destempladas las propuestas
de Berlín. George dijo que Alemania tenía que aceptar el principio de los
222.000 millones en 42 años, o enfrentarse a la ocupación aliada de Düsseldorf,
Duisburgo y Ruhrort.
Dicho y hecho:
cinco días después del discurso de Lloyd George, el 8 de marzo, comenzó la
ocupación. La delegación alemana en la conferencia presentó una protesta
formal, y abandonó las discusiones.
Walter Simons
llegó en tren a Berlín. En la estación, fue recibido por las gentes como si
acabase de ganar el mundial de fútbol. Pero eso no eran más que posturas
ilusorias. El 16 de marzo, la Comisión Aliada de Reparaciones ordenó al gobierno alemán la realización
de un pago inmediato de 1.000 millones de marcos oro para el día 23 de marzo,
más otros 12.000 millones para el 1 de mayo. El día 23, el gobierno alemán
contestó que, incluso en el caso de que
se tratase de un pago legítimo, no podía atender los 1.000 millones.
En aquellas
jornadas, de hecho, la de los pagos no era la única crisis que estaba
enfrentando el gobierno de Berlín. La Schutzpolizei,
es decir, las fuerzas de seguridad prusianas, y militantes del KAPD y el KPD,
habían comenzado a tener graves enfrentamientos. Las peores leches se dieron
en Halle, Leuna, Hamburgo, Merseburgo y Mansfeld. En lo que se conoce como März Aktion, la Acción de Marzo.
El 20 de
febrero de 1920, los comunistas habían tenido unos resultados muy prometedores
en las elecciones prusianas. En términos generales, esto animó al VKPD a liarla
parda en las calles y en las fábricas de las regiones centrales de Alemania.
Otto Hörsing, ministro-presidente de Sajonia (SPD) y Carl Severin, también
socialdemócrata y ministro del Interior prusiano, enviaron contingentes
policiales a poner orden. Los comunistas, liderados por el VKPD Max Hölz,
tenían unos 3.500 efectivos armados.
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