martes, abril 07, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (15): La república de las minorías gobernantes


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 

El tema de Munich, en todo caso, no fue la única réplica provocada por ese terremoto que conocemos como golpe de Kapp. Todavía nos queda hablar del área bañada por el Ruhr.

El área de Renania-Westfalia era un área fuertemente industrializada; esto quiere decir que tenía un fuerte movimiento obrero que presionaba para identificar a la región con los ideales de las izquierdas. Cuando se produjo el golpe de Kapp, las diferentes fuerzas de izquierdas en la zona decidieron unirse para servir de muralla unida contra la tendencia golpista de derechas. Se creó un Ejército Rojo del Ruhr el 13 de marzo de 1920; una fuerza que se estima llegó a tener una capacidad de movilización de 50.000 personas. Detrás del proyecto estaban el USPD, el KPD y el Partido de los Trabajadores Comunistas de Alemania o Kommunistische Arteiter-Partei Deutchslands, KAPD, que era la inevitable escisión del KPD (venían a ser, pues, una especie de Más Renania). Aquellos tipos, como todos los grupúsculos de izquierdas, no se llevaban bien; se llevaban lo justo. En consecuencia, el Ejército Rojo del Ruhr se conformó con tres grandes centros de acción, para que cada uno tuviese su juguetito: las unidades situadas en Hagen las controlaba el USPD; las de Essen, el KPD y el USPD; y las de Mülheim el KAPD.

La falta de resistencia de hecho hizo que la acción del ERR fuese muy eficiente. Muy pronto, las tropas dominaron Essen, Düsseldorf, Duisburgo, Dortmund, Hagen, Münster, Arnsberg, Mülheim, Elberfeld y Oberhausen. Por supuesto, en todas estas localidades se nombraron soviets a tutiplén, y se instauró la dictadura del proletariado.

El 20 de marzo, cuando el gobierno regresó a Berlín y los sindicatos desconvocaron la huelga general que había echado a Kapp, el Ejecutivo inició negociaciones con los alegres muchachos renano-palatinos. El 23 y 24 de marzo, ambas partes se encontraron en Bielefeld, encuentro en el que la figura más importante por parte del gobierno legitimo fue el que operaba algo así como delegado del gobierno en la región, el socialdemócrata Carl Severin. Se acordó una amnistía de todas las acciones cometidas en contra del golpe de Kapp; lo cual es un poco de cajón, puesto que, como sabemos, en Berlín se estaba pensando ya, aunque todavía no se confesaba, en amnistiar a los propios golpistas Kapp. Los rebeldes dejaron claro que querían al Ejército alemán fuera de la región. El gobierno no terminó de decir que no, pero tampoco llegó a decir que sí; y, de todas formas, dejó claro que una conditio sine qua non era que el ERR se desarmase. Los partidos de izquierdas le dijeron a Severin que dejase los licorcitos.

En estas condiciones, Müller llegó a la conclusión de que estaban pasando a la siguiente fase: ésa en la que la república de Weimar echaba mano del ejército. Así que llamó al comandante militar de Renania-Palatinado, Oskar Walther Gerhard Julius Freiherr von Watter, para que marchase sobre el Ruhr a poner orden. En cuanto la región la pisaron soldados adecuadamente comandados, organizados y pertrechados, quedó claro que todos los éxitos del ERR se habían debido a que el resto del país, cuando ellos habían tomado las ciudades, había estado a otras cosas y no les podía haber atendido. Lo que hubo no se puede decir que fuesen batallas, sino más bien combates entre Topulia y Winnie de Pooh.

El 2 de abril, las fuerzas de Von Watter avanzaron por el Ruhr; lo cual, por cierto, era un flagrante incumplimiento del tratado de Versalles, ya que éste designaba el área como desmilitarizada. La voluntad de Von Watter de limpiar, fijar y dar esplendor al área ribereña se demuestra en el hecho de que entre las tropas con las que se hizo acompañar había unidades de la famosa brigada Ehrhardt. Las tropas, por lo demás, practicaron en las primeras horas ejecuciones extrajudiciales, que hubieron de ser prohibidas a pelo puta por Ebert, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, el día 3.

Buena parte de los efectivos del ERR, cuando lo vio todo perdido que fue muy pronto, huyó el día 5 de abril a la Renania controlada por los franceses. El día 6, los gabachos respondieron a la entrada de tropas alemanas en la región tomando varias ciudades, entre ellas Frankfurt del Meno, Hanau, Dieburgo y Darmstadt; lo cual, en la práctica, cortó todas las líneas comerciales entre el norte y el sur de Alemania. Así las cosas, el 8 de abril el gobierno alemán acordó atender la exigencia francesa de retirarse del Ruhr; retirada que era completa el día 26.

En todo caso, dos semanas antes, aproximadamente el día 12, la rebelión del Ruhr podía considerarse historia. Pero había dejado varias peplas detrás de sí. La más importante, la profundización, ya sistémica, del divorcio entre los socialdemócratas y el resto de la izquierda; la siguiente, la creciente desconfianza de los aliados tras haber el gobierno alemán incumplido los términos de la desmilitarización de una forma tan basta; y, sobre todo, por haber usado en la represión, abiertamente, a unidades de los Freikorps. Por esta razón, ya el día 7 la Comisión Interaliada había exigido la disolución de todas las guardias locales existentes en Alemania. Pero esto no era tan fácil, pues eran varios los lander alemanes que confiaban en estas unidades para mantener la seguridad. El caso más claro era el de Baviera; allí, el doctor Kahr se apresuró a decirle al ministro del Interior, Erich Koch, que si las unidades de guardia local eran disueltas, Baviera se saldría del Reich.

Sin hacer caso de estas movidas, los aliados le dijeron al gobierno alemán que para el 31 de mayo de aquel año de 1920, los Freikorps tendrían que estar disueltos. Esta orden, hablando en propiedad, nunca se cumplió. Los cuerpos libres, allí donde fueron realmente presionados para disolverse, pasaron a convertirse en unidades semiclandestinas, perseguidas con mayor o menor pasión por la policía.

La Asamblea se reunió por última vez el 21 de mayo, antes de las nuevas elecciones que había anunciado Müller en el acto de aceptar la cancillería. Dichas elecciones, sin embargo, no fueron completas, ya que en Schleswig-Holstein, Silesia septentrional y Prusia oriental y occidental, la celebración de otros tantos referendos impidió la votación. Los diputados electos de la Asamblea por estos territorios permanecieron en sus puestos provisionalmente.

El 6 de junio se celebraron las elecciones. Estas votaciones tuvieron un gran perdedor, que fue el SPD, y un gran ganador, que fue el USPD. No obstante, un análisis algo más aseado yo creo que debería concluir que ganaron los radicalismos y perdieron las fuerzas más centristas, algunas para siempre, pues la oferta liberal, que en ese momento era todavía capaz de gobernar en países como Reino Unido, perdió fuerza prácticamente para siempre. La firma del tratado de Versalles y la lenidad en el castigo del golpe de Kapp estaban comenzando a generar sus consecuencias.

El SPD perdió 15 puntos de votos y había perdido 62 escaños. El DDP, liderado por Carl Petersen, pasó de 75 a 39 escaños; mientras el Zentrum, cuyo líder era Karl Trimborn, pasó de 91 a 64 escaños. La coalición de Weimar, pues, perdió 125 escaños.

El DVP de Stresemann pasó de 19 a 65 diputados; mientras que Oskar Hegt había llevado al DNVP a los 71 escaños.

Con todo, la gran victoria era la del USPD. Arthur Crispien había llevado a su formación hasta el 17,6%, había conseguido casi cinco millones de votos y 83 escaños. Era la segunda fuerza política de Alemania e, incluso para según qué cosas podía sumar los 4 votos del KPD, que había decidido presentarse a las elecciones y había recibido el resultado habitual de los de la dictadura del proletariado cuando se someten al voto (2,06% de sufragios).

El planteamiento generado por las elecciones yo creo que está claro: las clases medias habían desaparecido como actor fundamental de la política alemana, laminadas por el tratado de Versalles y los sentimientos sociales provocados por la humillación de la derrota. En cuanto a la clase trabajadora, había querido dar, en buena medida, un importante voto de censura al SPD por apoyarse en políticas de orden basadas en el uso de la violencia contra los obreros.

Ebert, por supuesto, no tenía ni puta gana de seguir en serio las indicaciones que habían dejado las elecciones. Así pues, consumió su turno presidencial activando el automatismo de convocar al político líder de la formación más votada y encargándole la formación de un gobierno. Dos días después de las elecciones, el elegido, es decir Müller, intentó, las cosas como son, con ninguna pasión, convencer al USPD de entrar en una coalición roja. Crispien, sin embargo, puso dos condiciones que eran imposibles tanto para Müller como para Ebert: que el gobierno fuese un gobierno mayoritariamente formado por independientes; y que fuese claramente socialista. En esas condiciones, Müller quedaba aritméticamente obligado a buscar una coalición de la que formasen parte los diputados del DVP. Como no quería no oír hablar de Stresemann y su gente, le dijo al presidente que se comiese otro el marrón.

Ebert, entonces, decidió bucear en aguas centristas. Habló con uno de los líderes de Zentrum, Constantin Fehrenbach. Fehrenbach tenía una sólida fama de buen orador y parlamentario; pero esas cosas no sirven para gobernar. El SPD dejó claro que no entraría en un gobierno liderado por él; pero tras ese gesto, Ebert siguió tratando de convencerlo de que se hiciese un Portela Valladares y formase un gobierno en minoría. Fehrenbach, finalmente, formó un gobierno con elementos de Zentrum, del DDP y, por primera vez, del DVP. La república de Weimar hacía su primer guiño con el ojo derecho.

En el nuevo gabinete, el Zentrum tenía cuatro miembros además del canciller: Joseph Wirth en Finanzas, Andreas Hermes en Alimentación, Heinrich Brauns en Trabajo, y Johannes Gisberts en el Ministerio de Correos. El DVP ponía tres miembros: Rudolf Heinz era vicecanciller y ministro de Justicia; Ersnt Scholtz ministro de Asuntos Económicos; y Hans von Raumer era ministro del Tessssoro (como diría Smeagol). Por último, por el DDP entraron en el juego Otto Gessler, que le había cogido gustillo al Ministerio de Defensa; y Erich Koch-Weser, a quien le pasaba lo mismo con el de Interior. Dos independientes completaban la alineación: Walter Simons en Exteriores, y Wilhelm Göner en Transportes.

Este gobierno tenía 168 asientos en el Reichstag; sus proyectos, pues, podían ser tumbados por muchas combinaciones de voto que, en la práctica, venían a querer decir que Fehrenbach sería canciller mientras al SPD le saliese de los cojones.

El 3 de julio, el gobierno ganó holgadamente un voto de confianza. En ese momento procesal, nadie, mucho menos los socialdemócratas, quería un juego revuelto. El USPD estaba en modo ascenso, así pues cualquier convocatoria electoral le favorecería. Y estaba, sobre todo, el descrédito que la inestabilidad política generaría sobre la república de Weimar en sí. El SPD, así las cosas, decidió aplicar oposición, pero no filibusterismo. Decidió que tenía que aparcar el “no es no” y sustituirlo por “alguna que otra vez”.

Dos días después de la votación, el 5 de julio, comenzó una conferencia en la localidad belga de Spa. Era una reunión entre el Alto Consejo de Guerra aliado y el gobierno alemán. Allí estuvieron Fehrenbach, Simons y Gessler. David Lloyd George, primer ministro británico; y Alexandre Millerand, primer ministro francés, también estaban.

Los alemanes esperaban que el centro de la conferencia fuesen las reparaciones, que os recuerdo que todavía no estaban completamente fijadas ni establecidas. Sin embargo, para su sorpresa los aliados de lo que querían hablar era de los progresos de la desmilitarización en en el país, así como de las entregas de carbón. El tema estaba claro: los aliados, cada vez más desconfiados, tendían a pensar que las unidades auxiliares del ejército alemán eran, en realidad, unidades paramilitares con las que el país estaba regateando la obligación de desmilitarizarse.

Los alemanes se defendieron con un informe de Gessler y su JEMAD, Juan de Seeckt. Seeckt fue bastante claro al decir que el Ejército alemán debería fijarse en entre 100.000 y 200.000 efectivos más de los que se habían puesto como límite en Versalles. Asimismo, arguyó que reducir el ejército a los límites del tratado, algo que los alemanes prácticamente ya tenían que haber hecho, tomaría, como poco, año y medio más.

Los aliados respondieron que el límite de 100.000 efectivos no era negociable, y que tenían hasta el 1 de enero de 1921 para cumplirlo. Y añadieron que todas las fuerzas auxiliares deberían estar completamente desarmadas. Que si querían desfilar por las laderas, a ellos se les daba una higa; pero que desfilasen con espumaderas de cocina.

En el tema del carbón, los alemanes reconocieron que no habían cumplido con las entregas comprometidas; explicaron que eso no había sido posible a causa del golpe de Kapp y, sobre todo, las conseuencias que había tenido en la cuenca del Ruhr. Millerand contestó diciendo que eso a él le importaba un cojón. Francia, dijo, no tenía carbón, porque sus propias minas estaban inoperativas a causa de que unos señores comedores de chucrut las habían destruido meses atrás. Así que, vino a decir, si esos señores ahora tenían problemas para darles el carbón que necesitaban, pues fuck you, pay me. Las conversaciones estuvieron a punto de romperse; pero el 16 de julio, entre la espada y la pared, el gobierno alemán acabó por firmar el protocolo carbonífero de Spa, en el cual el Estado alemán se comprometió a enviarles por Bizum a los franceses dos millones de toneladas de piedra negra en seis meses.

Alemania acababa de firmar el frenazo de su economía en el invierno siguiente. Sin carbón, pues todo lo que consiguiera sacar sería para los franceses, acababa de colapsar buena parte de su industria pesada, la red de transporte ferroviario, y la capacidad de los alemanes de protegerse contra la rasca, que en algunas zonas de Alemania es verdaderamente cruel.

En Spa, efectivamente, comenzó el baile.

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