viernes, marzo 13, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (4): Atrapados en la derrota de otro


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 


En apenas unos días, el complejo sistema de poderes alemán, construido a lo largo de siglos en una tupida red de monarcas, duques, mangraves y príncipes, se fue a la mierda. Un ejemplo claro fue Baviera, donde los problemas llegaron cuando Kiel todavía estaba en el horno. El día 2 de noviembre de 1918, el rey Luis III, arrastrando el escroto, había aprobado una serie de reformas democráticas. Trataba de salvar la monarquía Wittelsbach, que llevaba en el machito casi tanto como la casa imperial japonesa (desde el siglo XI).

El 7 de noviembre, sin embargo, el reino fue testigo de una manifa antibelicista de unas 60.000 personas (millón y medio en contabilidad actual). Al frente de los manifestantes, exigiendo democracia, estaba el dirigente del USPD Kurt Eisner. La multitud, dirigida por Eisner, se dirigió a las prisiones militares, que liberó con cero oposición de los guardias. A las 9 de la noche, los manifestantes habían ocupado el parlamento bávaro, y Eisner había proclamado la república de Baviera. Al día siguiente, nombró un gobierno provisional bajo su presidencia, en el que se reservó además el puesto de ministro de Asuntos Exteriores.

Aquel 9 de noviembre, en realidad, sólo quedaban dos monarcas en Alemania: el káiser Guillermo, que también era rey de Prusia; y el rey Wilhelm de Württemberg.

Tres días antes de que Eisner la liase bávara, el 6 de noviembre, los alemanes habían enviado una comisión de alto el fuego a Francia. Dado que los aliados querían verse con representantes del pueblo alemán, Max Baden nombró presidente de la comisión a Mathias Erzberger. Lo acompañaban el general Detlof Sigismund von Winterfeldt, por el Ejército; el capitán Ernst Wilhelm Daniel Vanselow por la Marina; y el diplomático Alfred Graf von Oberndorff por el Ministerio de Exteriores.

Camino de Francia, el 7 de noviembre, Erzberger pasó por Spa, donde se reunió con el káiser y con Hindenburg, quienes aceptaron su nombramiento para negociar el alto el fuego. Ese mismo día, en Berlín, los ministros socialdemócratas se reunieron con Max Baden para anunciarle que se abrían del gobierno. No sólo eso: anunciaron que se pondrían al frente de la revolución, es decir, la escalarían, gracias a sus notables capacidades logísticas, si el káiser no había abdicado aquella misma tarde o, todo lo más, al día siguiente. Estos hechos le fueron telegrafiados a Guillermo. Pero ya os he dicho que los felpudos están hechos de otra pasta; han sido educados para defender hasta el final ese aura simbólica que los rodea y que, por lo general, sólo ven ellos y los del V.E.R.D.*. Al día siguiente, Guillermo contestó con un telegrama en el que venía a decir: que abdique tu puta madre.

De hecho, el rey tenía otros planes. En esas horas, Gröner convocó en Spa a 50 jefes militares del frente, de los que aparecieron 39. En esa reunión,  Hindenburg les informó de que el káiser estaba pensando en organizar una marcha militar hacia Berlín, para sofocar la revolución. En el punto de ruegos y preguntas del orden del día, los oficiales le dijeron al Tito Hinde que dejase de mamar lo que estuviese mamando. Sólo uno de aquellos 39 oficiales dijo que creía que sus soldados le seguirían si les transmitiese esa orden (que, digo yo, sería el coronel del Quinto Regimiento de Sordociegos).

Tras la reunión, Hindenburg y Gröner se reunieron con el káiser, a quien explicaron que el embroque con los mandos intermedios había salido como el culo, y que no tenía apoyo. A pesar de todo, el Hohenpollas siguió insistiendo en marchar hacia Berlín; con los pitufos, supongo.

Mientras tanto, la comisión del alto el fuego había llegado a Homblières. Allí los franceses les dieron de cenar, probablemente alguna pollada frita en mantequilla, tras la cual los alemanes fueron escoltados a una estación de tren en Tergnier, donde les esperaba un tren que, al no ser de la Renfe, funcionaba. En ese momento, ni siquiera sabían adónde los iban a llevar (es una lógica división de funciones: los trenes franceses no sabes a dónde van, y los españoles no sabes cuándo llegan). En suma, pues, en algo sí se parecía aquel tren a los de la Renfe, pues, allí montado, no podías saber dónde terminarías.

A las 7 de la mañana del 8 de noviembre, el tren se paró en una zona boscosa. A 100 metros, otro tren paró. Estaban en el bosque de Compiègne, no muy lejos de París. A las 10 de la mañana, los alemanes fueron llevados al vagón de Fernando Foch. Estaba vacío. Luego entró Foch, acompañado por Sir Rosslyn Erskine Wemyss, primer barón de Wester Wemyss, almirante de la flota inglesa; George Price Webley Hope, almirante; y el general Maxime Weygand, jefe de Estado Mayor de Foch. Erzberger se dio perfecta cuenta de que no había estadounidenses en la partida; lo cual, obviamente, no eran buenas noticias para los alemanes.

Foch saludó a los alemanes con la misma calidad con la que un padre saludaría al hombre culpable de violar a sus siete hijas; o sea, probablemente no les vomitó en la pechera porque los franceses, al fin y al cabo, están acostumbrados a comer cosas que harían vomitar a una cabra.

Erzberger dijo: estoy aquí para recibir “sugerencias” sobre el armisticio. Por toda respuesta, Foch sacó un papel donde tenía escritas las “sugerencias”, y dejó claro y diáfano que no pensaba aceptar cambio alguno. Erzberger replicó que los alemanes estaban allí para negociar con base en los 14 puntos; a lo que Foch, impaciente, contestó: “¿Está usted aquí para pedir un armisticio, o no?” Erzberger contestó exigiendo una cesación de hostilidades; a lo que Foch respondió, con toda la razón en mi opinión, que no se hiciese el subnormal; que cesar hostilidades sería consecuencia de haber firmado el armisticio.

A continuación, Weygand leyó las condiciones del armisticio en francés. En ellas se decía que el Ejército alemán evacuaría todas sus posiciones, 190 divisiones, de Francia, Bélgica, Luxemburgo y Alsacia-Lorena en un máximo de dos semanas. El territorio alemán en la orilla izquierda del Rhin sería ocupado por tropas francesas. Tres puntos “calientes” del río: Mainz, Coblenza y Colonia, también serían ocupados. Quedaban inmediatamente revocados los acuerdos de Brest-Litovsk y Bucarest. En el proceso, Alemania debía dejar atrás una cantidad sustancial de pertrechos militares: vehículos, armas y, sobre todo, toda su flota, incluida la submarina. Se anunciaba que Alemania debería pagar reparaciones de guerra, en una cantidad que debería fijarse en el futuro.

Finalizada la lectura, Foch dijo: son lentejas. O se comen todas, o se dejan todas. Y le dio a los alemanes 72 horas para responder. 

Todo había ocurrido en menos de una hora.

Erzberger contactó tanto con el Alto Mando en Spa como con el gobierno en Berlín. Pocas horas después de su envío, en la mañana del 9 de noviembre, la ola revolucionaria que había comenzado en el puerto de Kiel llegó a la capital. Los Capataces Revolucionarios habían convocado una huelga general en la ciudad ese día. Pero lo más importante fue que el MSDP, como ya os he comentado, se dio cuenta de que si se dejaba llevar por la moderación, lo pagaría caro; así que decidió colocarse al frente de la manifestación.

A las 9 de la mañana, Philipp Scheidemann y Gustav Bauer anunciaron que habían dimitido del gobierno, y urgieron a todos los socialdemócratas a colocarse en contra del Ejecutivo y sumarse a la huelga. Cuando los mandos militares ordenaron a los soldados salir de los cuarteles a reprimir la huelga, éstos se negaron a disparar contra sus ciudadanos, y salieron a las calles a unirse a los huelguistas.

A las 11 de la mañana, el príncipe Maximiliano contactó con el káiser en Spa. Le contó la que se estaba liando parda en Berlín, y le rogó que por sus muertos abdicase de una puta vez. Guillermo contestó que estaba dispuesto a abdicar como emperador de Alemania; pero que no pensaba dejar de ser rey de Prusia. Prometió un comunicado; pero la cosa es que Baden, tras esperar media hora a que le llegase dicho texto, to no avail, decidió lanzar un comunicado él mismo, en el que decía: “El emperador y rey ha decidido renunciar al trono”. Añadía que su intención, ahora, era nombrar a Friedrich Ebert, el líder de MSDP, como canciller y primer ministro de Prusia; y que se elegiría una nueva Asamblea Nacional basada en el sufragio universal.

A primera hora de la tarde, en Spa, el empe recibió las noticias de su "como abdicación"; ya que cualquier especialista en derecho constitucional, incluso los que escriben en X o van a programas de La Sexta, os puede explicar que el que abdica es el rey, no su gobierno. Un rey abdica, no es abdicado. Hindenburg entró en la habitación de Guillermo con las noticias, pero se lo encontró en medio de un brote sicótico, porque ya las conocía. En esa situación, el general le informó de que no podía garantizar su seguridad y que, en consecuencia, lo mejor era que se marchase a Países Bajos; en cualquier momento, dijo, tropas que eventualmente se uniesen a la huelga de Berlín podían aparecer para arrestarlo o, incluso, fusilarlo a la rusa. Guillermo seguía en sus trece; incluso en el exilio, quería seguir siendo rey de Prusia; Prusia era, para él, como el descapotable para Amador Rivas. En todo caso, en el amanecer del 10 de noviembre, en su tren especial, Guillermo II de Alemania, que ya no lo era en realidad, partió hacia Países Bajos. Se marchó, por cierto, sin abdicar; no lo haría formalmente hasta el 28 de noviembre.

La abdicación, o mejor deberíamos decir el anuncio de la abdicación, cambió completamente las cosas. Sobre todo entre los socialdemócratas moderados, que tenían las mismas ganas de ir a la huelga general que de templarse un cuchillo recién salido del horno en el culo. Ebert hizo un llamamiento a la calma y anunció que los socialdemócratas participarían en el gobierno. Ebert, de hecho, quería un gobierno de izquierdas de amplio espectro; tan amplio, que incluso le ofreció un puesto a Karl Liebknecht; pero éste le contestó que no mamase. Ebert, sin embargo, era consciente de que necesitaba al USPD en la movida.

En esas horas tensas de noviembre, Friedrich Ebert era una perfecta demostración de la bipolaridad de la izquierda socialista. Él lo que quería era crear un sistema parlamentario, que esperaba que dominasen las izquierdas durante 107 años, pero en el que participasen todos. Pero, al tiempo, no le hacía ascos a apoyarse, en ese proyecto, en formaciones y políticos que querían la revolución bolchevique y la dictadura del proletariado y tal. Para entonces, además, Berlín tenía las calles más llenas que las casetas de Sevilla en abril; el personal empujaba, aunque muchos de ellos no tenían muy clara la dirección.

A las dos de la tarde de aquel 10 de noviembre, desde una ventana del Reichstag, Scheidemann arengó a las masas. Anunció que Ebert había recibido (lo que no tengo claro es de quién) el encargo de formar un nuevo gobierno; que había nombrado a Scheidemann canciller; y que todos los socialistas formarían parte de él. Sheidemann dio vivas a la república alemana, algo que no le gustó a Ebert quien , cuando se salió de la ventana tras el discurso, le apostilló que la forma de gobierno era algo que decidiría la Asamblea.

El discurso de Sheidemann fue una tentativa de contraprogramar a la izquierda comunista y salvar los muebles. Por lo general, aunque hay casos en los que la ambición personal matiza mucho esto, no hay nada que repugne más de un comunista, que un socialdemócrata. Podréis pensar que un fascista de derechas es el peor enemigo de un fascista de izquierdas, pero os equivocaréis. En realidad, el peor enemigo de un comunista es un socialista, porque compiten por el mismo espacio. Los socialdemócratas querían una voladura controlada del imperio sólo formalmente democrático de Guillermo; pero eran conscientes de que Alemania, lastrada por la derrota y convertida en una república socialista, sería fácil y prontamente aplastada, con el resultado de muchas muertes y mucha miseria. Todos estos argumentos, sin embargo, se le daban una higa a Karl Liebknecht. Liebknecht (no así su conmilitona, la Rosi) era un comunista average; el tipo de persona incapaz de hacer análisis multifactoriales por encima de un factor y medio; el tipo de tío para el cual Alberto Garzón es un pensador profundo. Miembro pues de la casta de los comunistas mostrencos, que tanto ha dado de sufrir a los comunistas listos, tipo Lenin, conscientes de que la revolución no llega cuando la deseamos, sino cuando debe llegar, Liebknecht era incapaz de entender que el 10 de noviembre de 1918 no es que fuese mala fecha para crear la república socialista alemana; es que era la peor. Por eso Sheidemann salió al balcón del Reichstag en plan Bergoglio con chucrut. Los socialdemócratas sabían que los espartaquistas estaban a un chisco de proclamar su propia república socialista, y necesitaban darle a la masa de huelguistas berlineses, que como he dicho por lo general no tenía muy claro hacia dónde iba, un destino claro, fácil y tratable.

El problema para el MSPD era que la imagen de unidad que trató de transmitir Scheidemann desde la ventana del Reichstag era mentira. Tanto el USPD como los capataces y los espartaquistas querían la revolución, carajo. Dos horas más tarde de la promenade de Scheidemann, a las cuatro, desde la balconada del palacio de la ciudad de Berlín (antigua residencial real), Karl Liebknecht dio su propio discurso a las masas. Por supuesto, anuncio el final del capitalismo y proclamó la República Socialista Libre de Alemania, dirigida por un gobierno de trabajadores y soldados y por la dictadura del proletariado.

En esas circunstancias tan difíciles, Ebert formó el 10 de noviembre el gobierno prometido. Estaba compuesto tan sólo por miembros del USPD y el MSPD y llevaba, a propósito, un nombre muy soviético: Rat der Volksbeauftragten o Consejo de Diputados del Pueblo. Cuyo poder, formalmente, emanaba de los cientos de soviets que se habían formado en las últimas horas.

El gobierno declaró lo evidente: que era un gobierno puramente socialista, que iba a desplegar un programa socialista. Prometía libertad de prensa, libertad de opinión, amnistía, y una tía cada día. Seguro de desempleo, jornada de ocho horas (ambas conquistas ya logradas en Alemania, pero suspendidas con la guerra). Se encontraría empleo a los parados y vivienda a los sin techo. Elecciones democráticas en las que votaría todo alemán de más de 20 años. Aquello parecía el programa electoral cuqui chuli de Yolanda Díaz. Eso sí, ni se citaba el final de la propiedad privada, ni se hablaba de nacionalizaciones. O sea, el típico sí es no es de quien, en el fondo, no quiere ser revolucionario; o sí quiere, pero la cabeza le da para entender que sería un desastre.

Los socialistas, pues, de alguna manera estaban atrapados en la derrota de otro.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario