Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
En apenas unos días, el complejo sistema de poderes alemán, construido a lo largo de siglos en una tupida red de monarcas, duques, mangraves y príncipes, se fue a la mierda. Un ejemplo claro fue Baviera, donde los problemas llegaron cuando Kiel todavía estaba en el horno. El día 2 de noviembre de 1918, el rey Luis III, arrastrando el escroto, había aprobado una serie de reformas democráticas. Trataba de salvar la monarquía Wittelsbach, que llevaba en el machito casi tanto como la casa imperial japonesa (desde el siglo XI).
El 7 de noviembre, sin embargo, el
reino fue testigo de una manifa antibelicista de unas 60.000 personas (millón y
medio en contabilidad actual). Al frente de los manifestantes, exigiendo
democracia, estaba el dirigente del USPD Kurt Eisner. La multitud, dirigida por
Eisner, se dirigió a las prisiones militares, que liberó con cero oposición de
los guardias. A las 9 de la noche, los manifestantes habían ocupado el
parlamento bávaro, y Eisner había proclamado la república de Baviera. Al día
siguiente, nombró un gobierno provisional bajo su presidencia, en el que se
reservó además el puesto de ministro de Asuntos Exteriores.
Aquel 9 de noviembre, en realidad,
sólo quedaban dos monarcas en Alemania: el káiser Guillermo, que también era
rey de Prusia; y el rey Wilhelm de Württemberg.
Tres días antes de que Eisner la
liase bávara, el 6 de noviembre, los alemanes habían enviado una comisión de
alto el fuego a Francia. Dado que los aliados querían verse con representantes
del pueblo alemán, Max Baden nombró presidente de la comisión a Mathias
Erzberger. Lo acompañaban el general Detlof Sigismund von Winterfeldt, por el
Ejército; el capitán Ernst Wilhelm Daniel Vanselow por la Marina; y el
diplomático Alfred Graf von Oberndorff por el Ministerio de Exteriores.
Camino de Francia, el 7 de
noviembre, Erzberger pasó por Spa, donde se reunió con el káiser y con
Hindenburg, quienes aceptaron su nombramiento para negociar el alto el fuego.
Ese mismo día, en Berlín, los ministros socialdemócratas se reunieron con Max Baden
para anunciarle que se abrían del gobierno. No sólo eso: anunciaron que se
pondrían al frente de la revolución, es decir, la escalarían, gracias a sus
notables capacidades logísticas, si el káiser no había abdicado aquella misma
tarde o, todo lo más, al día siguiente. Estos hechos le fueron telegrafiados a
Guillermo. Pero ya os he dicho que los felpudos están hechos de otra pasta; han
sido educados para defender hasta el final ese aura simbólica que los rodea y
que, por lo general, sólo ven ellos y los del V.E.R.D.*. Al día siguiente, Guillermo contestó con
un telegrama en el que venía a decir: que abdique tu puta madre.
De hecho, el rey tenía otros
planes. En esas horas, Gröner convocó en Spa a 50 jefes militares del frente,
de los que aparecieron 39. En esa reunión,
Hindenburg les informó de que el káiser estaba pensando en organizar una
marcha militar hacia Berlín, para sofocar la revolución. En el punto de ruegos
y preguntas del orden del día, los oficiales le dijeron al Tito Hinde que dejase de
mamar lo que estuviese mamando. Sólo uno de aquellos 39 oficiales dijo que
creía que sus soldados le seguirían si les transmitiese esa orden (que, digo yo, sería el coronel del Quinto Regimiento de Sordociegos).
Tras la reunión, Hindenburg y
Gröner se reunieron con el káiser, a quien explicaron que el embroque con los mandos intermedios había salido como el
culo, y que no tenía apoyo. A pesar de todo, el Hohenpollas siguió insistiendo
en marchar hacia Berlín; con los pitufos, supongo.
Mientras tanto, la comisión del
alto el fuego había llegado a Homblières. Allí los franceses les dieron de
cenar, probablemente alguna pollada frita en mantequilla, tras la cual los
alemanes fueron escoltados a una estación de tren en Tergnier, donde les
esperaba un tren que, al no ser de la Renfe, funcionaba. En ese momento, ni
siquiera sabían adónde los iban a llevar (es una lógica división de funciones: los trenes franceses no sabes a dónde van, y los españoles no sabes cuándo llegan). En suma, pues, en algo sí se parecía aquel
tren a los de la Renfe, pues, allí montado, no podías saber dónde terminarías.
A las 7 de la mañana del 8 de
noviembre, el tren se paró en una zona boscosa. A 100 metros, otro tren paró.
Estaban en el bosque de Compiègne, no muy lejos de París. A las 10 de la
mañana, los alemanes fueron llevados al vagón de Fernando Foch. Estaba vacío.
Luego entró Foch, acompañado por Sir Rosslyn Erskine Wemyss, primer barón de
Wester Wemyss, almirante de la flota inglesa; George Price Webley Hope,
almirante; y el general Maxime Weygand, jefe de Estado Mayor de Foch. Erzberger
se dio perfecta cuenta de que no había estadounidenses en la partida; lo cual,
obviamente, no eran buenas noticias para los alemanes.
Foch saludó a los alemanes con la
misma calidad con la que un padre saludaría al hombre culpable de violar a sus
siete hijas; o sea, probablemente no les vomitó en la pechera porque los
franceses, al fin y al cabo, están acostumbrados a comer cosas que harían
vomitar a una cabra.
Erzberger dijo: estoy aquí para
recibir “sugerencias” sobre el armisticio. Por toda respuesta, Foch sacó un
papel donde tenía escritas las “sugerencias”, y dejó claro y diáfano que no
pensaba aceptar cambio alguno. Erzberger replicó que los alemanes estaban allí
para negociar con base en los 14 puntos; a lo que Foch, impaciente, contestó:
“¿Está usted aquí para pedir un armisticio, o no?” Erzberger contestó exigiendo
una cesación de hostilidades; a lo que Foch respondió, con toda la razón en mi
opinión, que no se hiciese el subnormal; que cesar hostilidades sería consecuencia de haber firmado el
armisticio.
A continuación, Weygand leyó las
condiciones del armisticio en francés.
En ellas se decía que el Ejército alemán evacuaría todas sus posiciones, 190
divisiones, de Francia, Bélgica, Luxemburgo y Alsacia-Lorena en un máximo de
dos semanas. El territorio alemán en la orilla izquierda del Rhin sería ocupado
por tropas francesas. Tres puntos “calientes” del río: Mainz, Coblenza y
Colonia, también serían ocupados. Quedaban inmediatamente revocados los
acuerdos de Brest-Litovsk y Bucarest. En el proceso, Alemania debía dejar atrás
una cantidad sustancial de pertrechos militares: vehículos, armas y, sobre
todo, toda su flota, incluida la
submarina. Se anunciaba que Alemania debería pagar reparaciones de guerra, en
una cantidad que debería fijarse en el futuro.
Finalizada la lectura, Foch dijo: son lentejas. O se comen todas, o se dejan todas. Y le dio a los alemanes 72 horas para responder.
Todo había ocurrido en menos de una hora.
Erzberger contactó tanto con el
Alto Mando en Spa como con el gobierno en Berlín. Pocas horas después de su
envío, en la mañana del 9 de noviembre, la ola revolucionaria que había
comenzado en el puerto de Kiel llegó a la capital. Los Capataces Revolucionarios
habían convocado una huelga general en la ciudad ese día. Pero lo más
importante fue que el MSDP, como ya os he comentado, se dio cuenta de que si se dejaba llevar por la
moderación, lo pagaría caro; así que decidió colocarse al frente de la
manifestación.
A las 9 de la mañana, Philipp
Scheidemann y Gustav Bauer anunciaron que habían dimitido del gobierno, y
urgieron a todos los socialdemócratas a colocarse en contra del Ejecutivo y
sumarse a la huelga. Cuando los mandos militares ordenaron a los soldados salir
de los cuarteles a reprimir la huelga, éstos se negaron a disparar contra sus
ciudadanos, y salieron a las calles a unirse a los huelguistas.
A las 11 de la mañana, el príncipe
Maximiliano contactó con el káiser en Spa. Le contó la que se estaba liando
parda en Berlín, y le rogó que por sus muertos abdicase de una puta vez.
Guillermo contestó que estaba dispuesto a abdicar como emperador de Alemania;
pero que no pensaba dejar de ser rey de Prusia. Prometió un comunicado; pero la
cosa es que Baden, tras esperar media hora a que le llegase dicho texto, to no avail, decidió lanzar un
comunicado él mismo, en el que decía: “El emperador y rey ha decidido renunciar
al trono”. Añadía que su intención, ahora, era nombrar a Friedrich Ebert, el
líder de MSDP, como canciller y primer ministro de Prusia; y que se elegiría una
nueva Asamblea Nacional basada en el sufragio universal.
A primera hora de la tarde, en
Spa, el empe recibió las noticias de su "como abdicación"; ya que cualquier especialista en derecho constitucional, incluso los que escriben en X o van a programas de La Sexta, os puede explicar que el que abdica es el rey, no su gobierno. Un rey abdica, no es abdicado. Hindenburg entró en la
habitación de Guillermo con las noticias, pero se lo encontró en medio de un
brote sicótico, porque ya las conocía. En esa situación, el general le informó
de que no podía garantizar su seguridad y que, en consecuencia, lo mejor era que
se marchase a Países Bajos; en cualquier momento, dijo, tropas que
eventualmente se uniesen a la huelga de Berlín podían aparecer para arrestarlo
o, incluso, fusilarlo a la rusa. Guillermo seguía en sus trece; incluso en el
exilio, quería seguir siendo rey de Prusia; Prusia era, para él, como el
descapotable para Amador Rivas. En todo caso, en el amanecer del 10 de
noviembre, en su tren especial, Guillermo II de Alemania, que ya no lo era en
realidad, partió hacia Países Bajos. Se marchó, por cierto, sin abdicar; no lo
haría formalmente hasta el 28 de noviembre.
La abdicación, o mejor deberíamos decir el anuncio de la abdicación, cambió completamente
las cosas. Sobre todo entre los socialdemócratas moderados, que tenían las
mismas ganas de ir a la huelga general que de templarse un cuchillo recién
salido del horno en el culo. Ebert hizo un llamamiento a la calma y anunció que
los socialdemócratas participarían en el gobierno. Ebert, de hecho, quería un
gobierno de izquierdas de amplio espectro; tan amplio, que incluso le ofreció
un puesto a Karl Liebknecht; pero éste le contestó que no mamase. Ebert, sin
embargo, era consciente de que necesitaba al USPD en la movida.
En esas horas tensas de noviembre,
Friedrich Ebert era una perfecta demostración de la bipolaridad de la izquierda
socialista. Él lo que quería era crear un sistema parlamentario, que esperaba
que dominasen las izquierdas durante 107 años, pero en el que participasen
todos. Pero, al tiempo, no le hacía ascos a apoyarse, en ese proyecto, en
formaciones y políticos que querían la revolución bolchevique y la dictadura
del proletariado y tal. Para entonces, además, Berlín tenía las calles más
llenas que las casetas de Sevilla en abril; el personal empujaba, aunque muchos
de ellos no tenían muy clara la dirección.
A las dos de la tarde de aquel 10
de noviembre, desde una ventana del Reichstag, Scheidemann arengó a las masas.
Anunció que Ebert había recibido (lo que no tengo claro es de quién) el encargo
de formar un nuevo gobierno; que había nombrado a Scheidemann canciller; y que todos los socialistas formarían parte de
él. Sheidemann dio vivas a la república alemana, algo que no le gustó a Ebert
quien , cuando se salió de la ventana tras el discurso, le apostilló que la
forma de gobierno era algo que decidiría la Asamblea.
El discurso de Sheidemann fue una
tentativa de contraprogramar a la izquierda comunista y salvar los muebles. Por
lo general, aunque hay casos en los que la ambición personal matiza mucho esto,
no hay nada que repugne más de un comunista, que un socialdemócrata. Podréis
pensar que un fascista de derechas es el peor enemigo de un fascista de
izquierdas, pero os equivocaréis. En realidad, el peor enemigo de un comunista
es un socialista, porque compiten por el mismo espacio. Los socialdemócratas
querían una voladura controlada del imperio sólo formalmente democrático de
Guillermo; pero eran conscientes de que Alemania, lastrada por la derrota y
convertida en una república socialista, sería fácil y prontamente aplastada,
con el resultado de muchas muertes y mucha miseria. Todos estos argumentos, sin
embargo, se le daban una higa a Karl Liebknecht. Liebknecht (no así su
conmilitona, la Rosi) era un comunista average;
el tipo de persona incapaz de hacer análisis multifactoriales por encima de un
factor y medio; el tipo de tío para el cual Alberto Garzón es un pensador
profundo. Miembro pues de la casta de los comunistas mostrencos, que tanto ha
dado de sufrir a los comunistas listos, tipo Lenin, conscientes de que la
revolución no llega cuando la deseamos, sino cuando debe llegar, Liebknecht era
incapaz de entender que el 10 de noviembre de 1918 no es que fuese mala fecha
para crear la república socialista alemana; es que era la peor. Por eso
Sheidemann salió al balcón del Reichstag en plan Bergoglio con chucrut. Los
socialdemócratas sabían que los espartaquistas estaban a un chisco de proclamar
su propia república socialista, y necesitaban darle a la masa de huelguistas
berlineses, que como he dicho por lo general no tenía muy claro hacia dónde
iba, un destino claro, fácil y tratable.
El problema para el MSPD era que
la imagen de unidad que trató de transmitir Scheidemann desde la ventana del
Reichstag era mentira. Tanto el USPD como los capataces y los espartaquistas
querían la revolución, carajo. Dos horas más tarde de la promenade de Scheidemann, a las cuatro, desde la balconada del
palacio de la ciudad de Berlín (antigua residencial real), Karl Liebknecht dio
su propio discurso a las masas. Por supuesto, anuncio el final del capitalismo
y proclamó la República Socialista Libre de Alemania, dirigida por un gobierno
de trabajadores y soldados y por la dictadura del proletariado.
En esas circunstancias tan
difíciles, Ebert formó el 10 de noviembre el gobierno prometido. Estaba
compuesto tan sólo por miembros del USPD y el MSPD y llevaba, a propósito, un
nombre muy soviético: Rat der
Volksbeauftragten o Consejo de Diputados del Pueblo. Cuyo poder,
formalmente, emanaba de los cientos de soviets que se habían formado en las
últimas horas.
El gobierno declaró lo evidente:
que era un gobierno puramente socialista, que iba a desplegar un programa
socialista. Prometía libertad de prensa, libertad de opinión, amnistía, y una
tía cada día. Seguro de desempleo, jornada de ocho horas (ambas conquistas ya
logradas en Alemania, pero suspendidas con la guerra). Se encontraría empleo a
los parados y vivienda a los sin techo. Elecciones democráticas en las que
votaría todo alemán de más de 20 años. Aquello parecía el programa electoral
cuqui chuli de Yolanda Díaz. Eso sí, ni se citaba el final de la propiedad
privada, ni se hablaba de nacionalizaciones. O sea, el típico sí es no es de
quien, en el fondo, no quiere ser revolucionario; o sí quiere, pero la cabeza
le da para entender que sería un desastre.
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