Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
El 26 de octubre, el káiser se reunió con Hindenburg y Ludendorff. Inmediatamente, le exigió al segundo la dimisión y éste, al fin y al cabo un militar obediente, la presentó ipso flauto. Entonces Hindenburg le dijo al rey que si no había Casera, que él también se abría; pero el empe le dijo no, tú no. Tú te quedas, macho. Al salir de palacio, Hindenburg le ofreció a Ludendorff llevarle en su coche, ya que el general acababa de perder el suyo (porque eso de que un DAO cesao por meter mano siga usando su coche oficial, entre alemanes de aquella época, no se estilaba). A lo que Ludendorff le vino a decir (traducción poética): “teniendo en cuenta cómo me has tratado ahí dentro [supongo que se refería a que no lo defendió], que se suba contigo tu puta madre”.
El sustituto de Ludendorff fue
Wilhelm Gröner, que venía de currar en el Kriegsernährungsministerium,
lo cual quiere decir, aparte de que se hacía las tarjetas de visita en formato A3, que se había responsabilizado de los bocadillos de chope
para los soldados; y después como jefe de la Oficina de Guerra o Kriegsamt. Su persona era muy valorada
por el káiser y por Baden porque, al haber tenido responsabilidades logísticas,
ello le había permitido consolidar contactos con la ugeté y las comisiones
obreras.
El 26 de octubre, tratando de
convencer a los aliados de que Alemania había abandonado el Antiguo Régimen, se
presentaron nuevas reformas constitucionales en el Reichstag. Estas reformas
reforzaban el papel del canciller y, en general, la subordinación del poder
militar al civil; lo que viene ser matar a Napoleón, vaya. Aquello no le gustó
nada a las derechas, pues querían que los militares siguiesen mandando y, sobre
todo, consideraban que se quería convertir al káiser en un felpudo. Las
reformas constitucionales, quizás precisamente por eso, fueron aprobadas. Por
ello, el 28 de octubre, cuando el káiser firmó su propia emasculación como
poder absoluto, Alemania se convirtió, quizás, en el país de la Historia que
más rápidamente evolucionó desde un sistema autoritario decimonónico a una
democracia de corte moderno.
El 27 de octubre, el gobierno
alemán, avalado ya por estas reformas, envió un nuevo mensaje a Wilson, en la
que informaba de que las negociaciones de paz estaban siendo conducidas por “un
gobierno democrático”; y que esperaban propuestas.
A esas alturas de la película,
Felpudo Hohenzollern era ya plenamente consciente de que había una porción muy
relevante del pueblo alemán que quería que se pirase ya. El 29 de octubre, el
káiser dejó Berlín, y Alemania. Fue un viaje poco sospechoso: iba al cuartel
general de Spa, en Bélgica, lo cual era, como digo, bastante normal. De hecho,
el káiser dijo que es que quería estar con sus soldados. Aquel gesto, típico de
un tipo que estaba acostumbrado a hacer lo que le saliese del higo y que tenía
muchos problemas para comprender esa verdad universal según la cual todos los
hechos tienen consecuencias; ese gesto, digo, fue un error mayúsculo. El gesto
de un rey de abandonar un país, sea para jugar al Estratego con su Estado
Mayor, sea para cazar elefantes en Botswana, es la mejor manera de regalar
estopa seca a los que quieren labrar la hoguera de la abdicación o la
república. Y esto, por cierto, los felpudos lo saben tan bien, que son cienes
las veces que abandonan el territorio nacional y no se lo dicen ni a la puta
madre de nadie.
El primero que se dio cuenta de
que Guillermo II estaba, con su estancia en Spa, realizando un renuncio como el
de Cagancho en Almagro,
fue Maximiliano. Así que el canciller decidió enviar a Spa a un mandadero a ver
qué pasaba; y se decidió por Wilhelm Arnold Drews, normalmente conocido como
Bill Drews. Drews llegó a Spa, básicamente, para discutir cuándo iba a el
káiser abdicar, no si iba a hacerlo. Llegó el 1 de noviembre y se reunió con
Guillermo, Hindenburg y Gröner.
Los miembros de las familias
reales, esto lo tienes que entender si no lo entiendes ya (aunque es difícil
porque es bastante obvio); los miembros de familias reales, digo, se educan en
ambientes que tú no puedes ni imaginar. Esto es totalmente cierto incluso para los
tiempos presentes; tiempos en los que los cachorros y cachorras de las camadas
felpúdicas van a las mismas universidades que todo el mundo (o, por lo menos,
de todo el mundo que tiene dinero) y se suben al mismo palo mayor que el resto
de guardiamarinas. Así que imagínate hace cien años, cuando reyes e infantes
eran poco menos que seres de otra galaxia. Esto quiere decir que lo más que
puedes aspirar a que un rey entienda es que tiene que irse, como incluso el
lerdo de Alfonso XIII llegó a entender. Pero lo de la abdicación, salvo mediar
razones para dejar sitio al siguiente del escalafón, eso, sinceramente, no
puedes aspirar a que uno de éstos lo entienda.
Guillermo, en este punto, no
decepcionó. Su respuesta fue: “ni de coña”. Su disculpa, que en realidad no lo
era, porque era verdad: la abdicación del emperador provocaría el final en
cascada de todas las monarquías alemanas. A ello, Hindenburg añadió que, si el
káiser abdicaba, entonces el Ejército alemán perdería toda disciplina, y se
convertiría en una patota de cabrones haciendo de su capa un sayo e intentando
volver a Alemania por cualquier medio.
En este
ambiente, el 5 de noviembre Wilson envió su quinta nota a los alemanes.
Confirmaba que los aliados estaban por un armisticio basado en los 14 puntos.
Añadía, sin embargo, que, sobre sus exigencias, había que añadir dos más que
habían sido impuestas por franceses e ingleses. La primera era la aceptación
alemana de la libertad en los mares tal y como la habían definido los aliados.
Y la segunda, ojo, era la exigencia de reparaciones de guerra. Por último,
Wilson se quitaba de en medio y les decía a los alemanes que el móvil que
tenían que marcar era el de Ferdinand Jean Marie Foch, jefe del Mando Supremo
Aliado.
En medio de
este merdé, sin embargo, en Alemania se venían cositas. El 4 de agosto de aquel
año de 1918, Karl Paul August Friedich Liebknecht y la polaca Roza Luksemburg
habían fundado un movimiento marxista, la llamada Liga Espartaquista o Spartakusbund, un movimiento ligado al
USPD. El 23 de octubre, Liebknecht fue liberado de prisión; el 8 de noviembre,
la que salió de Soto del Real fue Luxemburgo. Los dos estaban en el maco por
haber animado una manifa contra el belicismo alemán el 1 de mayo de 1916; pero
ahora se beneficiaron de una amnistía dictada por el canciller Baden que liberó
a todos los presos políticos.
Wilhelm
Liebknecht, el papá de Carlos, había sido fundador del SPD. Pero su hijo era
bastante más radical. Liebknecht, pues, era una especie de Ramoncito Espinar comedor de chucrut. Ya en 1907 fue arrestado durante 18 meses por sus
artículos antibelicistas. En 1912 fue en las listas del SPD al Reichstag, y
salió elegido. De hecho, fue el único diputado que en 1914 votó en contra de
los créditos solicitados por el káiser para financiar la guerra.
Luxemburgo era
de una familia de judíos polacos. Su idea siempre fue trasladarse para Alemania
porque consideraba que el país ofrecía las condiciones perfectas para la
revolución marxista que quería propugnar. En 1897, se casó con el hijo de un
amigo de la familia, Gustav Lübeck; no lo hizo por otra cosa que por conseguir
la nacionalidad alemana. El matrimonio nunca compartió techo y se divorció
cinco años después. De hecho, ya antes de casarse Luxemburgo estaba frotando
velcros con Leo Jogisches, un socialista de Vilna, quien le pagó parte de su
educación.
Rosa Luxemburgo
es uno de los personajes del universo marxista que más curiosidad ha despertado
y despierta; pero, curiosamente, es una curiosidad que es mayor conforme menos
marxista es el observador. Se trata de una figura no fácil de valorar, teniendo
en cuenta que sus ideas no están del todo claras y, sobre todo, su desgraciada
evolución vital real nos ha dejado con las ganas de saber qué estrategia habría
llegado a recomendar en según qué situaciones. En términos generales, Rosa
Luxemburgo es considerada una marxista impura o, si se prefiere, una marxista
con convicciones propias. Personalmente considero que era una mujer cuya
educación acabó por provocar cierta seducción en ella de ideas de raíz más
anarquista que marxista. Por esto, rechazaba, con desprecio incluso, la idea
leninista sobre la existencia de una vanguardia obrera que es la que tiene que
mandar y decidirlo todo. Con una clarividencia muy loable teniendo en cuenta el
tiempo en que expresó estas ideas, Luxemburgo consideraba que la invención de
vanguardias políticas no conducía a otra cosa que a la generación de elites
burocráticas totalmente desconectadas de la clase obrera.
Por todas estas
razones, Rosa Luxemburgo consideraba que el socialismo no debería llegar
mediante la revolución, sino mediante el uso de las herramientas que proveen
los sistemas parlamentarios burgueses (una idea que, paradójicamente, o quizás
no tanto, aprovecharía Adolf Hitler). Por ello, estaba a favor de la
celebración de elecciones libres y defendía la libertad de prensa para
todos, no sólo para antoniomaestres y
gonzalomirós como suelen defender los marxistas. Esto la convirtió en un
personaje incómodo para todos: para los no marxistas, por razones obvias; pero
no menos para los marxistas, porque aquel jilguero que cantaba lo que placía no
cuadraba muy bien en la selva de loros disciplinados que suele ser todo partido
político marxista.
Liebknecht era un hombre muy
popular en la extrema izquierda alemana; y su presencia en las calles dio un
espaldarazo a quienes propugnaban la abdicación del káiser. Los espartaquistas,
sin embargo, no eran el único grupo que estaba en aquello. También hay que
considerar a los Revolutionäre Obleute o
Capataces Revolucionarios. Este grupo estaba liderado por Richard Müller, que
provenía del ala izquierda del USPD. Los Capataces habían organizado una huelga
general revolucionaria en enero de 1918, seriamente reprimida; y preparaban una
revolución en el otoño.
Todo esto confluyó, que diría
Pablo Iglesias, en un encuentro, el 2 de noviembre, entre espartaquistas,
capataces, y otros grupos de la izquierda del USPD. El convocante fue Emil
Barth, otro socialdemócrata que estaba convencido de que el tiempo de la revolución
había llegado. De hecho, propuso comenzarla dos días después, el 4.
Liebknecht, sin embargo, se opuso.
En su visión, la revolución no podía llegar mediante un movimiento de rebelión
semi-militar, como proponía Barth (es decir: algo así como la mal llamada
revolución de Asturias). Él pensaba que lo que había que hacer era un rosario
de huelgas y movidas que fuesen ablandando el jarrete, sabotajes en fábricas y
mucha propaganda en el ejército para que los soldados desertasen en masa. Al
final de la reunión se votó, y Barth perdió por sólo dos votos.
Liebknecht, en todo caso, no
hablaba a humo de pajas. Sabía que un movimiento basado en la creación de
soviets en fábricas y cuarteles le iba a hacer bastante gracia a los
bolcheviques en San Petesburgo, lo que les podía mover a soltar pasta; y no se
equivocó. La embajada rusa en Berlín se convirtió en algo así como la casa de
Cerdán para los radicales del USPD y los espartaquistas.
El 4 de noviembre, sin embargo, la
UCO alemana interceptó una valija llena de pasta y, al comprobar que los
soviéticos no habían comprado nada en Amazon, se dio cuenta de por dónde iban
los tiros. Dos días después, el equipo diplomático de la embajada, encabezado
por Adolph Abramovitch Joffe, fue expulsado del país.
La propaganda pacifista, y la
sensación de que ya estaba todo el pescado vendido y que aquello era morir para
nada, estaba instilando poco a poco en los cuarteles. Un entorno en el que ese
pesimismo se instaló con más claridad fue la llamada Flota de Altamar o Hochseeflotte. La razón de que allí el
sentimiento fuese más intenso es que el Alto Mando había diseñado para el 28 de
octubre un enfrentamiento en el Mar del Norte para el que los marinos, y no
pocos de sus oficiales, sabían bien que ir era tontería. Para entonces, los
alemanes estaban claramente superados por los medios navales de los aliados; la
marinería era plenamente consciente de que iban a ser patos de feria.
En la ciudad portuaria de Kiel fue
donde comenzó a acunarse la oposición contra el denominado Plan 19, es decir,
la citada batalla naval. El 29 de octubre, la marinería de dos de los barcos
surtos en el puerto, que estaba de permiso pero tenía que regresar ese día, se
hizo mayoritariamente la orejas, y no se presentó. La noticia pasó a otros
barcos, donde las tripulaciones comenzaron a ponerse chulas. En unas pocas
horas, había un motín de tal calibre que el Plan 19 fue abandonado.
Aquello, sin embargo, no había
terminado. El 2 de noviembre, los amotinados exigieron la liberación de los
compañeros que habían sido detenidos en los disturbios.
Para entonces, los marineros
amotinados tenían un líder; un tipo de extraordinaria longevidad, que habría de
morir en 1981 a los 101 años de edad: Karl Artelt. El día 3, varios miles de
marineros marcharon hacia la Waldwiese, una cervecería que funcionaba como
prisión provisional. Los militares dispararon sobre la multitud, matando a
siete personas e hiriendo a 29. Pero eso no detuvo a los marineros. Al día
siguiente, los marineros tomaron Kiel, edificios oficiales incluidos. El 5 de
noviembre, los Capataces convocaron una huelga general.
En Berlín, el príncipe Maximiliano
estaba bastante acojonado con lo de Kiel. Los marinos estaban formando soviets,
y por eso temía que aquello no fuese sino la primera chispa de una revolución
en toda Alemania. El MSDP, por otra parte, también estaba preocupado con la
estrategia adoptada por los grupos a su izquierda. Los socialdemócratas
moderados se reunieron el Berlín el 6 de noviembre. Scheidemann fue de la
opinión de que había exigirle a Maximiliano la cabeza del káiser o, de lo
contrario, ellos abandonarían al gobierno. En realidad, lo que venían a decir
era que, sin abdicación, habría revolución, y ni siquiera ellos la podrían
parar.
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