jueves, marzo 12, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (3): Abdica de una vez, coño


 


Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over

 


El 26 de octubre, el káiser se reunió con Hindenburg y Ludendorff. Inmediatamente, le exigió al segundo la dimisión y éste, al fin y al cabo un militar obediente, la presentó ipso flauto. Entonces Hindenburg le dijo al rey que si no había Casera, que él también se abría; pero el empe le dijo no, tú  no. Tú te quedas, macho. Al salir de palacio, Hindenburg le ofreció a Ludendorff llevarle en su coche, ya que el general acababa de perder el suyo (porque eso de que un DAO cesao por meter mano siga usando su coche oficial, entre alemanes de aquella época, no se estilaba). A lo que Ludendorff le vino a decir (traducción poética): “teniendo en cuenta cómo me has tratado ahí dentro [supongo que se refería a que no lo defendió], que se suba contigo tu puta madre”.

El sustituto de Ludendorff fue Wilhelm Gröner, que venía de currar en el Kriegsernährungsministerium, lo cual quiere decir, aparte de que se hacía las tarjetas de visita en formato A3, que se había responsabilizado de los bocadillos de chope para los soldados; y después como jefe de la Oficina de Guerra o Kriegsamt. Su persona era muy valorada por el káiser y por Baden porque, al haber tenido responsabilidades logísticas, ello le había permitido consolidar contactos con la ugeté y las comisiones obreras.

El 26 de octubre, tratando de convencer a los aliados de que Alemania había abandonado el Antiguo Régimen, se presentaron nuevas reformas constitucionales en el Reichstag. Estas reformas reforzaban el papel del canciller y, en general, la subordinación del poder militar al civil; lo que viene ser matar a Napoleón, vaya. Aquello no le gustó nada a las derechas, pues querían que los militares siguiesen mandando y, sobre todo, consideraban que se quería convertir al káiser en un felpudo. Las reformas constitucionales, quizás precisamente por eso, fueron aprobadas. Por ello, el 28 de octubre, cuando el káiser firmó su propia emasculación como poder absoluto, Alemania se convirtió, quizás, en el país de la Historia que más rápidamente evolucionó desde un sistema autoritario decimonónico a una democracia de corte moderno.

El 27 de octubre, el gobierno alemán, avalado ya por estas reformas, envió un nuevo mensaje a Wilson, en la que informaba de que las negociaciones de paz estaban siendo conducidas por “un gobierno democrático”; y que esperaban propuestas.

A esas alturas de la película, Felpudo Hohenzollern era ya plenamente consciente de que había una porción muy relevante del pueblo alemán que quería que se pirase ya. El 29 de octubre, el káiser dejó Berlín, y Alemania. Fue un viaje poco sospechoso: iba al cuartel general de Spa, en Bélgica, lo cual era, como digo, bastante normal. De hecho, el káiser dijo que es que quería estar con sus soldados. Aquel gesto, típico de un tipo que estaba acostumbrado a hacer lo que le saliese del higo y que tenía muchos problemas para comprender esa verdad universal según la cual todos los hechos tienen consecuencias; ese gesto, digo, fue un error mayúsculo. El gesto de un rey de abandonar un país, sea para jugar al Estratego con su Estado Mayor, sea para cazar elefantes en Botswana, es la mejor manera de regalar estopa seca a los que quieren labrar la hoguera de la abdicación o la república. Y esto, por cierto, los felpudos lo saben tan bien, que son cienes las veces que abandonan el territorio nacional y no se lo dicen ni a la puta madre de nadie.

El primero que se dio cuenta de que Guillermo II estaba, con su estancia en Spa, realizando un renuncio como el de Cagancho en Almagro, fue Maximiliano. Así que el canciller decidió enviar a Spa a un mandadero a ver qué pasaba; y se decidió por Wilhelm Arnold Drews, normalmente conocido como Bill Drews. Drews llegó a Spa, básicamente, para discutir cuándo iba a el káiser abdicar, no si iba a hacerlo. Llegó el 1 de noviembre y se reunió con Guillermo, Hindenburg y Gröner.

Los miembros de las familias reales, esto lo tienes que entender si no lo entiendes ya (aunque es difícil porque es bastante obvio); los miembros de familias reales, digo, se educan en ambientes que tú no puedes ni imaginar. Esto es totalmente cierto incluso para los tiempos presentes; tiempos en los que los cachorros y cachorras de las camadas felpúdicas van a las mismas universidades que todo el mundo (o, por lo menos, de todo el mundo que tiene dinero) y se suben al mismo palo mayor que el resto de guardiamarinas. Así que imagínate hace cien años, cuando reyes e infantes eran poco menos que seres de otra galaxia. Esto quiere decir que lo más que puedes aspirar a que un rey entienda es que tiene que irse, como incluso el lerdo de Alfonso XIII llegó a entender. Pero lo de la abdicación, salvo mediar razones para dejar sitio al siguiente del escalafón, eso, sinceramente, no puedes aspirar a que uno de éstos lo entienda.

Guillermo, en este punto, no decepcionó. Su respuesta fue: “ni de coña”. Su disculpa, que en realidad no lo era, porque era verdad: la abdicación del emperador provocaría el final en cascada de todas las monarquías alemanas. A ello, Hindenburg añadió que, si el káiser abdicaba, entonces el Ejército alemán perdería toda disciplina, y se convertiría en una patota de cabrones haciendo de su capa un sayo e intentando volver a Alemania por cualquier medio.

En este ambiente, el 5 de noviembre Wilson envió su quinta nota a los alemanes. Confirmaba que los aliados estaban por un armisticio basado en los 14 puntos. Añadía, sin embargo, que, sobre sus exigencias, había que añadir dos más que habían sido impuestas por franceses e ingleses. La primera era la aceptación alemana de la libertad en los mares tal y como la habían definido los aliados. Y la segunda, ojo, era la exigencia de reparaciones de guerra. Por último, Wilson se quitaba de en medio y les decía a los alemanes que el móvil que tenían que marcar era el de Ferdinand Jean Marie Foch, jefe del Mando Supremo Aliado.

En medio de este merdé, sin embargo, en Alemania se venían cositas. El 4 de agosto de aquel año de 1918, Karl Paul August Friedich Liebknecht y la polaca Roza Luksemburg habían fundado un movimiento marxista, la llamada Liga Espartaquista o Spartakusbund, un movimiento ligado al USPD. El 23 de octubre, Liebknecht fue liberado de prisión; el 8 de noviembre, la que salió de Soto del Real fue Luxemburgo. Los dos estaban en el maco por haber animado una manifa contra el belicismo alemán el 1 de mayo de 1916; pero ahora se beneficiaron de una amnistía dictada por el canciller Baden que liberó a todos los presos políticos.

Wilhelm Liebknecht, el papá de Carlos, había sido fundador del SPD. Pero su hijo era bastante más radical. Liebknecht, pues, era una especie de Ramoncito Espinar comedor de chucrut. Ya en 1907 fue arrestado durante 18 meses por sus artículos antibelicistas. En 1912 fue en las listas del SPD al Reichstag, y salió elegido. De hecho, fue el único diputado que en 1914 votó en contra de los créditos solicitados por el káiser para financiar la guerra.

Luxemburgo era de una familia de judíos polacos. Su idea siempre fue trasladarse para Alemania porque consideraba que el país ofrecía las condiciones perfectas para la revolución marxista que quería propugnar. En 1897, se casó con el hijo de un amigo de la familia, Gustav Lübeck; no lo hizo por otra cosa que por conseguir la nacionalidad alemana. El matrimonio nunca compartió techo y se divorció cinco años después. De hecho, ya antes de casarse Luxemburgo estaba frotando velcros con Leo Jogisches, un socialista de Vilna, quien le pagó parte de su educación.

Rosa Luxemburgo es uno de los personajes del universo marxista que más curiosidad ha despertado y despierta; pero, curiosamente, es una curiosidad que es mayor conforme menos marxista es el observador. Se trata de una figura no fácil de valorar, teniendo en cuenta que sus ideas no están del todo claras y, sobre todo, su desgraciada evolución vital real nos ha dejado con las ganas de saber qué estrategia habría llegado a recomendar en según qué situaciones. En términos generales, Rosa Luxemburgo es considerada una marxista impura o, si se prefiere, una marxista con convicciones propias. Personalmente considero que era una mujer cuya educación acabó por provocar cierta seducción en ella de ideas de raíz más anarquista que marxista. Por esto, rechazaba, con desprecio incluso, la idea leninista sobre la existencia de una vanguardia obrera que es la que tiene que mandar y decidirlo todo. Con una clarividencia muy loable teniendo en cuenta el tiempo en que expresó estas ideas, Luxemburgo consideraba que la invención de vanguardias políticas no conducía a otra cosa que a la generación de elites burocráticas totalmente desconectadas de la clase obrera.

Por todas estas razones, Rosa Luxemburgo consideraba que el socialismo no debería llegar mediante la revolución, sino mediante el uso de las herramientas que proveen los sistemas parlamentarios burgueses (una idea que, paradójicamente, o quizás no tanto, aprovecharía Adolf Hitler). Por ello, estaba a favor de la celebración de elecciones libres y defendía la libertad de prensa para todos,  no sólo para antoniomaestres y gonzalomirós como suelen defender los marxistas. Esto la convirtió en un personaje incómodo para todos: para los no marxistas, por razones obvias; pero no menos para los marxistas, porque aquel jilguero que cantaba lo que placía no cuadraba muy bien en la selva de loros disciplinados que suele ser todo partido político marxista.

Liebknecht era un hombre muy popular en la extrema izquierda alemana; y su presencia en las calles dio un espaldarazo a quienes propugnaban la abdicación del káiser. Los espartaquistas, sin embargo, no eran el único grupo que estaba en aquello. También hay que considerar a los Revolutionäre Obleute o Capataces Revolucionarios. Este grupo estaba liderado por Richard Müller, que provenía del ala izquierda del USPD. Los Capataces habían organizado una huelga general revolucionaria en enero de 1918, seriamente reprimida; y preparaban una revolución en el otoño.

Todo esto confluyó, que diría Pablo Iglesias, en un encuentro, el 2 de noviembre, entre espartaquistas, capataces, y otros grupos de la izquierda del USPD. El convocante fue Emil Barth, otro socialdemócrata que estaba convencido de que el tiempo de la revolución había llegado. De hecho, propuso comenzarla dos días después, el 4.

Liebknecht, sin embargo, se opuso. En su visión, la revolución no podía llegar mediante un movimiento de rebelión semi-militar, como proponía Barth (es decir: algo así como la mal llamada revolución de Asturias). Él pensaba que lo que había que hacer era un rosario de huelgas y movidas que fuesen ablandando el jarrete, sabotajes en fábricas y mucha propaganda en el ejército para que los soldados desertasen en masa. Al final de la reunión se votó, y Barth perdió por sólo dos votos.

Liebknecht, en todo caso, no hablaba a humo de pajas. Sabía que un movimiento basado en la creación de soviets en fábricas y cuarteles le iba a hacer bastante gracia a los bolcheviques en San Petesburgo, lo que les podía mover a soltar pasta; y no se equivocó. La embajada rusa en Berlín se convirtió en algo así como la casa de Cerdán para los radicales del USPD y los espartaquistas.

El 4 de noviembre, sin embargo, la UCO alemana interceptó una valija llena de pasta y, al comprobar que los soviéticos no habían comprado nada en Amazon, se dio cuenta de por dónde iban los tiros. Dos días después, el equipo diplomático de la embajada, encabezado por Adolph Abramovitch Joffe, fue expulsado del país.

La propaganda pacifista, y la sensación de que ya estaba todo el pescado vendido y que aquello era morir para nada, estaba instilando poco a poco en los cuarteles. Un entorno en el que ese pesimismo se instaló con más claridad fue la llamada Flota de Altamar o Hochseeflotte. La razón de que allí el sentimiento fuese más intenso es que el Alto Mando había diseñado para el 28 de octubre un enfrentamiento en el Mar del Norte para el que los marinos, y no pocos de sus oficiales, sabían bien que ir era tontería. Para entonces, los alemanes estaban claramente superados por los medios navales de los aliados; la marinería era plenamente consciente de que iban a ser patos de feria.

En la ciudad portuaria de Kiel fue donde comenzó a acunarse la oposición contra el denominado Plan 19, es decir, la citada batalla naval. El 29 de octubre, la marinería de dos de los barcos surtos en el puerto, que estaba de permiso pero tenía que regresar ese día, se hizo mayoritariamente la orejas, y no se presentó. La noticia pasó a otros barcos, donde las tripulaciones comenzaron a ponerse chulas. En unas pocas horas, había un motín de tal calibre que el Plan 19 fue abandonado.

Aquello, sin embargo, no había terminado. El 2 de noviembre, los amotinados exigieron la liberación de los compañeros que habían sido detenidos en los disturbios.

Para entonces, los marineros amotinados tenían un líder; un tipo de extraordinaria longevidad, que habría de morir en 1981 a los 101 años de edad: Karl Artelt. El día 3, varios miles de marineros marcharon hacia la Waldwiese, una cervecería que funcionaba como prisión provisional. Los militares dispararon sobre la multitud, matando a siete personas e hiriendo a 29. Pero eso no detuvo a los marineros. Al día siguiente, los marineros tomaron Kiel, edificios oficiales incluidos. El 5 de noviembre, los Capataces convocaron una huelga general.

En Berlín, el príncipe Maximiliano estaba bastante acojonado con lo de Kiel. Los marinos estaban formando soviets, y por eso temía que aquello no fuese sino la primera chispa de una revolución en toda Alemania. El MSDP, por otra parte, también estaba preocupado con la estrategia adoptada por los grupos a su izquierda. Los socialdemócratas moderados se reunieron el Berlín el 6 de noviembre. Scheidemann fue de la opinión de que había exigirle a Maximiliano la cabeza del káiser o, de lo contrario, ellos abandonarían al gobierno. En realidad, lo que venían a decir era que, sin abdicación, habría revolución, y ni siquiera ellos la podrían parar.

En estas circunstancias, Baden aceptó viajar a Spa, a ver si el Hohenmierden entraba en razón. Sin embargo, en las horas que tardó en encontrar un billete de la Renfe (por no mencionar que, como la Renfe la llevaba Oskar Brücke, el tren se paraba a cada rato porque petaba la catenaria), la revolución se lio parda. Primero fueron otras poblaciones costeras con bases navales, cuyos marineros comenzaron a hacerse un Kiel. Y luego ya fue toda Alemania en su mismidad.

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