viernes, febrero 20, 2026

Indonesia (18): Los malos acuerdos generan malas soluciones

 


No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung

 

Los acuerdos de Linggadjati establecían que, en todo caso, la creación de los Estados federados a la República debería hacerse en colaboración con ésta. Los neerlandeses, sin embargo, procedieron a actuar desde el principio por su cuenta. Además, un poco asustados porque había áreas que no lograban controlar bien, en La Haya se decidió una estrategia basada en crear Estados de pequeño tamaño que, por lo tanto, lo tuviesen más difícil para oponérsele o para decantarse por la nueva Indonesia. De esta manera, partieron Borneo e, incluso, reclamaron la Java occidental, al contrario de lo prometido inicialmente, que era que todo Java sería de la nueva República. Mantener, e incluso incrementar, la presencia neerlandesa en Java fue posible, por lo demás, gracias a que la metrópoli también se desdijo de la promesa de reducir su presencia militar; presencia que, en realidad, fue incrementada. Por último, los neerlandeses procedieron a un reconocimiento formal de la República, pero siguieron intentando asfixiarla económicamente mediante el bloqueo comercial.

Sukarno y su gente respondieron enviando apoyo armado a Borneo y las Célebes, algo que nadie les había pedido. Más aún: la República nombró gobernadores en estos territorios que había firmado que no eran suyos, les conminó a ondear la bandera bicolor, e incluso designó diputados de dichos territorios para su parlamento. Además, como primera providencia (siempre es la primera, como sabemos bien los españoles), la República incumplió el compromiso de no tener una diplomacia propia, y pronto estableció relaciones informales con diversos Estados del área y con el campeón mundial de la descolonización en ese momento, es decir Egipto. Egipto fue, de hecho, el primer Estado que reconoció diplomáticamente a Indonesia.

Yo creo que nada de esto debe sorprendernos. Los acuerdos de Linggadjati son un buen ejemplo de los resultados habituales que generaba la diplomacia británica de la primera mitad del siglo XX (otro es el Estado de Israel, por ejemplo). Los británicos, que en buena medida ocuparon durante la primera mitad del siglo XX el espacio que entonces no ocupaba la ONU (otra que tal), tenían una máxima que, en buena medida, sigue presidiendo el multilateralismo mundial: un acuerdo siempre es mejor que una disensión. En la práctica, esto supone que, para Londres, que dos partes firmen unos compromisos que saben que no van a cumplir es mejor que si siguen en desacuerdo; una decisión que, las cosas como son, ha reducido el número de guerras, pero ha disparado la violencia terrorista en el mundo. 

Reino Unido, al fin y al cabo un habitual jugador de rugby, llegó a Linggadjati, que no debéis olvidar que fue obra suya, convencida de que una de dos cosas tenía que pasar: una, muy improbable, que Países Bajos se olvidase de su pasado colonial; y, dos, que se firmasen los seis folios que se firmaron, u otros parecidos, para darle una patada a seguir a la pelota y seguir a hostias. Lo que pasó fue lo segundo y, en consecuencia, no pasó mucho tiempo sin que en La Haya, un ex primer ministro neerlandés, Pieter Sjoerds Gerbrandy, llegase incluso a plantearse recuperar lo que consideraba suyo a hostia limpia; algo en lo que el gotha militar neerlandés le apoyó dedicadamente. Pero no se trataba de tomar Indonesia, sino de dar un golpe de Estado en los Países bajos, aunque el proceso tenía una sucursal en el archipiélago gestionada por el general Simon de Waal, comandante de las tropas holandesas en el teatro indonesio. Parece ser que el tema se organizó para el 24 de abril de 1947, en una movida que incluía la detención de todos los ministros del gobierno democrático. Sabemos que los conspiradores se lo plantearon a la reina Uilemina; pero no terminamos, a menos que yo sepa, por saber con exactitud qué contestó ella, si es que contestó algo. Sabemos que la reina tenía muchos reparos hacia el acuerdo de Linggadjati y que, además, apreciaba en mucho a Gerbrandy; pero no podemos aseverar que se colocase en apretada falange con los golpistas, entre otras cosas porque, si así hubiera sido, con seguridad los hechos habrían sido otros.

El 24 de abril de 1947, como he dicho y según todos los indicios, la fecha del golpe, dos hombres armados estuvieron deambulando en La Haya cerca de la casa de Koos Vorrink, el fundador y presidente del Partit van de Arbeid o PvdA, el Partido del Trabajo. Esto ha hecho suponer a muchos investigadores que el golpe se pretendía iniciar con la neutralización (asesinato más que probablemente) del que sin duda era el político neerlandés más favorable a la descolonización de las islas. Una vez detenidos los ministros en casa, se procedería a detenciones en Yakarta y Surabaya.

De aquello, sin embargo, no hubo nada. Lo cierto es que el CNI neerlandés fue informado de los planes cuando menos horas antes, y es materia de especulación si la información no les pudo llegar de La Zarzuela, so to speak. Vorrink, avisado, ni siquiera estaba en La Haya. Así que los posibles asesinos se fueron a ver a Gerbrandy para informarle de que no habían podido matar al político de izquierdas; y fue en ese punto cuando Gerbrandy les informó de que había sido todo coña.

Una vez que la clase política gobernante neerlandesa regresó al planeta Tierra y se ahorró un bochorno histórico de la hueva, llegó el momento de hacer balance de verdad. En los Países Bajos, cierto es, había mucha gente que creía que a los aceitunados ésos que se querían auto-gobernar lo que había que hacer era meterles un bambú por el culo y tirarlos al mar. También había otro grupo de neerlandeses, más exiguo pero creciente, que consideraba que era de justicia que los indonesios se autodeterminasen. Pero, en realidad, los más realistas eran los que estaban in between de ambas posiciones. Los que podríamos llamar agnósticos porque, muy a menudo, ni siquiera se preguntaban si era o no justa la autodeterminación, puesto que todo lo que planteaban era si los Países Bajos se podían permitir otra cosa.

Los Países Bajos son hoy un Estado próspero que es contribuyente neto de la Unión Europea; lo es hasta tal punto que yo no sé muy bien qué cara se le pondrá a esa gente cuando se entere, si es que se entera, del tipo de chorradas para las que están dando dinero a italianos, españoles, portugueses y demás patulea de países socialdemócratamente solidarios, es decir, demandantes de la solidaridad de otros. Pero que sean eso hoy no quiere decir que lo hayan sido siempre. En el año 1947, estaban quebrados. El Estado iba tirando con las reservas de oro y divisas, pero cada vez le quedaban menos. La única solución, Plan Marshall mediante, era pedir un préstamo al amigo americano; pero EEUU nunca daría un empréstito a un país que no podía garantizar una situación estable en sus colonias, porque eso, obviamente, afectaba de lleno a la capacidad de los Países Bajos de devolver lo recibido.

Había llegado el momento de hacer economías. Y la gran pregunta que se planteaban los diputados neerlandeses era si esas economías debían afectar al despliegue militar en Indonesia. El ministro de Defensa, Alexander Helenus Johannes Leopoldus Fiévez, un enjuto militar con cierto aire a David Niven, consideraba que había tres posibilidades: o bien Países Bajos retiraba unilateralmente sus tropas; o bien lograba pactar con la República una desmilitarización bilateral; o bien se daba un golpe de Estado para tomar el control de las vastas zonas agrícolas que habían quedado en manos de Sukarno y, así, recuperar la capacidad de exportación desde el archipiélago y mejorar la economía local.

Los neerlandeses procedieron por eliminación. La primera de las opciones supondría enfrentarse a la amplísima sección de su opinión pública que consideraba que descolonizar Indonesia sería un ultraje a la nación. Como ya os he dicho en otro punto de estas notas, los holandeses tienen mucha parte de responsabilidad en la construcción de la Leyenda Negra española; pero, las cosas como son, nosotros, en términos de admiración hacia nuestros tercios o la labor realizada en América, somos putos principiantes al lado de estos uileminos elegidos por el mismo Dios para su misión civilizadora. Todavía en 1947, cuando un huevo de cosas habían cambiado en el mundo y más que iban a cambiar, seguían pensando que la suya en las Indias Neerlandesas era una misión inmanente y tal y tal, y se negaban a abandonarla. Pero, ojo, los cabrones somos nosotros, que nos resistimos a los paseíllos de Simón Bolívar siglo y medio antes. La primera opción, pues, estaba descartada.

La segunda era imposible. Los indonesios, simple y llanamente, nunca desmilitarizarían a sus unidades pemuda ni a a su ejército regular. Primero, porque no querían. Segundo, porque no podían, a menos que fuesen ellos mismos masacrados en el intento.

Quedaba, pues, la opción que más le molaba a los militares, es decir, la llamada opción Clemente: patadón p'alante y, si hay que dar hostias, se dan.

Los Países Bajos estaban pasando por uno de los inviernos más fríos de su Historia. Y, creedme: allí, cuando hace rasca, hace mucha rasca. Todo aquello lo estaban pasando los locales con grandes esfuerzos, pues por no haber ni había carbón. Pieter Lieftinck, el ministro de Finanzas, declaró de facto la quiebra del Estado cuando anunció la pronta extinción de las reservas. La carta que escribió contando todas estas movidas fue la que terminó de convencer al gobierno Louis Joseph Maria Beel de que, cuando menos bajo su punto de vista, no tenía opciones. La minuciosa construcción por ambas partes de un entorno de desconfianza radical apartaba toda posibilidad de colaboración.

En mayo de 1947, el primer ministro Beel y el ministro de Ultramar Jan Anne Jockman se fueron varias semanas a Indonesia, en la que fue la primera visita de un mandatario ejerciente neerlandés a las islas. Al terminar dicha visita, el día 27, los neerlandeses le entregaron a la República un ultimátum. En él se decía que el proceso de transición terminaría el 1 de enero de 1949 como muy pronto; y se establecían una serie de condiciones para dicho periodo transicional. Estas condiciones se centraban en que La Haya aceptaba que la República administrase Java y Sumatra, pero siempre en un entorno en el que, jurídicamente, el poder sería de los Países Bajos. Además, las dos islas deberían quedar totalmente abiertas para que los propietarios neerlandeses accediesen a sus plantaciones y las pudiesen explotar sin cortapisas. Habría un gobierno provisional presidido por un representante de la Corona; en otras palabras, los neerlandeses querían seguir teniendo un gobernador de las islas, aunque ahora lo llamasen Papá Pitufo. Cada parte tendría su ejército, pero intensamente correlacionados (léase bajo un mando neerlandés) y con una gendarmería común. La República debía cesar toda actividad en el extranjero, y largarse de las Regiones Exteriores.

Con su tradicional y legendaria generosidad, los neerlandeses le dieron a los indonesios dos semanas para contestar a este ultimátum; que ni siquiera, porque en esos días pasaron una resolución en el Parlamento de La Haya, según la cual, si la respuesta no era la que ellos esperaban, declaraban planteable la acción militar.

A pesar de esta presión, y tras mucho debate interno, el 7 de junio el primer ministro Sjahrir declaró que la República estaba dispuesta a aceptar una parte de las propuestas. Básicamente, los indonesios aceptaban el gobierno de transición y la apertura económica; pero se negaban a renunciar a su policía y a sus embajadas. Doce días después, en medio de un ambiente prebélico, Sjahrir aceptó que los Países Bajos retuviesen la soberanía sobre el archipiélago durante el periodo de transición, y el regreso de un representante de la Corona en plan gobernador. Pero eso fue Sjahrir. La indignación entre los diferentes grupos políticos fue tal que el gobierno indonesio cayó.

La situación estaba, pues, justo donde siempre la habían querido las fuerzas más conservadoras neerlandesas y, en realidad, la opinión pública del país: cuesta abajo en dirección a la tercera opción de Fiévez. El primer ministro Beel, sin embargo, seguía preocupado. Y no es para menos. El motivo de toda aquella movida había sido que el país no tenía dinero. La tercera opción se veía como la salida, pero eso sólo era cierto en el caso de que una acción militar ordenada desde La Haya fuese universalmente exitosa y, además, rápida. Países Bajos, como país arruinado que era, no podía permitirse que su acción militar se enquistase. Y los más listos de entre los estrategas del Ejército neerlandés (que no eran muchos) sabían bien que en el sudeste de Asia es muy fácil que una guerra se enquiste (como, de hecho, acabaría pasando poco tiempo después, y todos sabemos).

Por todas estas razones, Beel decidió tratar de acojonar a los indonesios, a ver si funcionaba. En términos contemporáneos a los momentos en que escribo estas líneas, le encargó a Van Mook, pues, una acción que vendría a ser como el lanzamiento de los 200 misiles iraníes sobre Israel: una acción limitada, estudiada para no generar un conflicto total, pero lo suficientemente contundente como para enseñarle a los de Yakarta hasta dónde podían llegar las cosas. Esta acción, al parecer, fue saboteada (si lo fue con o sin conocimiento, eso no lo sé) por el cónsul general estadounidense en Indonesia, Walter Clifford Foote, quien ofreció una jugosa ayuda económica al archipiélago con la condición de que ambas partes colaborasen.

Días después, en julio, Van Mook le escribió una carta a Sukarno con cinco exigencias irrenunciables: soberanía neerlandesa durante el periodo de transición; regreso de los propietarios neerlandeses; colaboración de la República con los órganos de gestión federales; desarme de la diplomacia propia, y gendarmería conjunta. Sukarno se declaró de acuerdo con todas las condiciones, menos la última (que, probablemente, no podía garantizar). Van Mook contestó exigiendo, en ese caso, el cese de las hostilidades y la retirada de todas las tropas republicanas hasta diez kilómetros de las líneas de demarcación. Aquí, Sukarno se plantó. La condición supondría que Indonesia no podría vigilar sus fronteras, y que pueblos enteros de su entorno estarían a merced de la violencia neerlandesa. Además, para entonces el presidente de Indonesia se había convencido (con razón) de que una invasión neerlandesa tendría muy mala prensa en el mundo.

Así las cosas, el 17 de julio, Van Mook declaró inválidos los acuerdos de Linggadjati. El día 20 comenzaron las acciones militares.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario