No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung
Para Sukarno, la llegada del gobierno Sjahrir sí tenía algo de bueno: nombrando a una figura totalmente ajena al poder japonés en las islas, la República estaba despegándose de esa gomosa influencia, que tendía a contaminarlo todo en un mundo que avanzaba en clave antifascista. Sin embargo, los hechos no se podían esconder. Cuando accedió al gobierno, Sjahrir publicó un documento que venía a ser como su declaración programática, Perjuangan kita, nuestra lucha, en la que atacaba a Sukarno despiadadamente, afirmando sin ambages que todos aquéllos que habían colaborado con los japoneses deberían ser apartados del poder. Sjahrir condenaba la violencia pemuda, pero al mismo tiempo abogaba por cortar de raíz a “nuestros propios fascistas”.
Indonesia, pues, tenía un panorama complicado. En la cúpula de la República había dos políticos: Sukarno y Hatta, que no tenían lo que se dice mucha química. Por hacer un símil gallego, su colaboración cada vez se parecía más a la del PSOE y el BNG al frente de la Xunta, cada uno haciendo la guerra por su cuenta y hablando mal del otro. En sus intentos por contraprogramar a Sukarno, Hatta había creado otro foco de poder, Sjahrir, que estaba muy lejos de ser un polichinela a sus órdenes y tenía su propia agenda (era, pues, un poco Yolanda Díaz, si entendemos que Hatta era Pablo Iglesias). Y, para colmo, en los días en que el primer ministro alcanzó su condición, el TKR, es decir, las Fuerzas Armadas, sin esperar una decisión de dicho gobierno como hubiera sido lógico, votó quién quería que fuese su comandante en jefe. Los soldados eligieron al general Sudirman. Os llamo la atención del pequeño detalle de que esto hizo de Sudirman el único miembro de la cúpula del poder independiente indonesio que había sido votado (de hecho, el parlamento creado por Hatta siguió colonizado por personas nombradas a dedo durante diez años).
Otro detalle: por pura necesidad, pero también valorando, seguro, que con el gesto dejaba claro que Sukarno era un nenaza, Sjahrir decidió quedarse en Yakarta. El puridad, tenía que hacerlo, pues le tocaba negociar con británicos y holandeses, y no podía hacerlo por Teams porque los padres de Bill Gates todavía no habían pensado en inseminarlo.
Mientras tanto, y para desgracia de los uileminos que hubieran preferido resolver todo esto en algún sótano oscuro del planeta, el asunto de Indonesia comenzaba a captar el interés del mundo. Cuando he comenzado esta serie ya os he dicho que Indonesia es una escalera de tierra que une áreas del mundo muy importantes mediadas por mares muy grandes. Todo el mundo comenzaba a barruntar que, en un mundo más liberalizado como el que se anunciaba, en el el que el comercio estaba llamado a ser el gran anestésico para las guerras (aunque a veces, en realidad, es su principal razón de ser), aquella escalera no se podía dejar en el olvido. En febrero de 1946, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU todavía no se había podido mudar a su sede definitiva y seguía reuniéndose en Londres, apenas dos semanas después de haber comenzado a currar, el dosier indonesio fue puesto sobre la mesa.
Aquella reunión sirvió para que los soviéticos, a través de la delegación ucraniana, protestasen por el hecho de que los británicos hubiesen luchado codo con codo con los japoneses durante algunos disturbios. Las palabras de los ucranianos pusieron de los nervios a Ernest Bevin, el representante británico. Dejó bien claro que si ellos estaban implicados en aquel avispero, era porque se lo había ordenado el mando aliado; y también que estarían encantados de dejar aquello lo antes posible.
Los Países Bajos, en un detalle más que viene a demostrar que suelen ser peor amigo de lo que ellos quieren que creas, llegaron a apoyar la propuesta de una comisión de investigación de la actuación británica. Vistas las cosas que acabarían por hacer en el mismo teatro, el tema suena a chiste. A mediados de 1945, los uileminos habían nombrado primer ministro a Willem Schermerhorn. Shermerhorn, acompañado del eterno Van Mook, fue en las navidades de 1945 a visitar a Clement Attle, el primer ministro británico. La intención de los holandeses era arrancar del británico la promesa de que no se marcharían de Indonesia hasta que hubiese un acuerdo estable con la República; la obsesión, pues, era la de siempre: que otro les hiciera el trabajo. La promesa de Attle demostró ser el resultado de una puñalada de pícaro pues, si él pensaba que aquello estaría terminado para marzo, en realidad se tomó casi todo el año.
En puridad, las cosas estaban fáciles. Schermerhorn era miembro del Partido del Trabajo (léase Partido del Trabajo de Otros), es decir, era socialdemócrata; y así se autodefinía también Sjahrir y, por supuesto, Clement Attle. En el tema de Indonesia, pues, se producía eso que Leire Pajín llamó “una confluencia planetaria”. Los holandeses, por lo demás, lo tenían algo más fácil porque su opinión pública estaba un poco hasta los cojones del tema de Indonesia y no le hacía ascos a un proceso de descolonización. Pero todo esto es sólo la superficie, es decir, ese punto en el que la mayoría de los analistas de asiento trasero de taxi se quedan. En realidad, el gobierno holandés, una coalición frágil de socialistas, católicos y protestantes, permaneció casi todo el año 1945 sin intentar el menor contacto con la República. En noviembre, quizás inspirándose en los muy recientes acuerdos firmados por los franceses con los vietnamitas, sugirió un régimen en el que los indonesios serían libres de regularse en las cuestiones internas, pero no las externas. Luego llegó la batalla de Surabaya, la actitud británica cambió, y comenzaron a calcular la posibilidad de concederle una independencia a Java, siempre dentro de una especie de federación holandesa.
Surabaya, además, provocó que los holandeses se diesen cuenta de que tenían que poner en juego sus propias fuerzas armadas. A finales de 1945, los neerlandeses tenían unos 10.000 efectivos en Indonesia, la tercera parte que los británicos; en marzo de 1946 se sumaron 15.000 voluntarios, todos bajo el mando de Simon Spoor. A lo largo del año 1946, unos 95.000 jóvenes más fueron reclutados en los Países Bajos. Había un problema técnico importante, y es que el artículo 192 de la Constitución neerlandesa establecía que el recluta tenía que dar su consentimiento expreso para ser enviado a las Indias Neerlandesas. Así que hubo que diseñar una especie de ley de emergencia que eliminase ese engorroso requisito; ley que no estuvo lista hasta el verano de 1947.
El belicismo que mostraba la leva se encontró pronto con serias resistencias de la opinión pública. En primer lugar, muchos de los jóvenes reclutados, amparados por la Constitución como he dicho, se convirtieron en lo que se dio en llamar “objetores de Indonesia”; jóvenes que no tenían reparo en hacer el servicio militar, pero que exigían hacerlo en Europa. En segundo lugar, los grupos políticos y sociales más a la izquierda, notablemente los comunistas y los protestantes, comenzaron a movilizarse en favor de las soluciones pacíficas y negociadas, llegando a acopiar más de 200.000 firmas.
El 24 de septiembre de 1946, fecha que estaba señalada para la salida de un barco con reclutas hacia Indonesia, el 40% de los reclutas, directamente, ni siquiera se presentó. Hubo que prometer un indulto general, y aún con eso, el siguiente barco todavía zarpó con un 20% de soldados faltantes. Las partidas de los barcos, por lo demás, provocaron manifestaciones, sobre todo en Amsterdam, donde hubo un muerto. En los trenes que transportaban a los soldados, la gente colgaba carteles que decían “Transporte de carne Amsterdam-Batavia”. Países Bajos declaró levas hasta el año 1949, con diferente éxito. Aún así, se enviaron a Asia 120.000 efectivos, lo cual convertía aquello en algo muy parecido a la segunda guerra mundial, cuando se movilizaron apenas 30.000 jóvenes más. El país, por lo demás, mantuvo una durísima política contra los desertores incluso mucho después de la independencia de Indonesia, pronunciando más de 2.500 sentencias.
Como ya hemos visto, el gobierno uilemino estuvo un tiempo convencido de que tenía que despedir al vicegobernador Van Mook por haber tenido el gesto de verse con Sukarno. Ésta, sin embargo, fue una más de las cosas que cambió la batalla de Surabaya. El gobierno de La Haya se dio cuenta de que no le quedaba otra que avanzar hacia la autodeterminación de Indonesia; y para negociar algo así en condiciones necesitaba al político-bocina. Fue, de hecho, el regreso de Van Mook a la primera línea del tema indonesio, en marzo de 1946, lo que ablandó a Mountbatten y le movió a permitir el desembarco en las islas de los voluntarios neerlandeses. De abril en adelante, conforme vieron que los contactos entre neerlandeses e indonesios comenzaban a producirse, los británicos comenzaron a cederles a los neerlandeses diversos puestos que ocupaban.
Las conversaciones se celebraron en el parque natural de Hoge Veluwe, concretamente en el conocido como pabellón de caza de Sint Hubertus, y duraron diez días. Por parte holandesa, Van Mook acudió escoltado por Schermerhorn; Willem Drees Senior, viceprimer ministro; Jan Herman van Roijen, ministro de Asuntos Exteriores; y Johan Heinrich Adolf Logemann, ministro de Ultramar. Estos políticos traían en el sobaco un plan que, consideraban, los indonesios no podrían rechazar. Que, en realidad, era eso que los castizos llaman un sí es no es.
El plan neerlandés reconocía la República de Indonesia sólo en Java, mientras que el resto del archipiélago seguiría siendo uilemino. El principal argumento que se esgrimía para justificar esto era que la República, en realidad, sólo tenía autoridad en Java; argumento que se manejaba con elegancia, es decir, sin entrar a analizar en cuál de las otras islas los holandeses podían considerar que tenían poder por sí solos (lo cual, de nuevo, viene a sugerir que estaban pensando en que otro les resolviese cuando menos parte del problema).
Las Indias Neerlandesas, continuaba la oferta, se convertirían en una federación de Estados, entre los cuales descollaría Java por sus elevados niveles de autonomía. Los holandeses, pues, pretendían crear Euskal-Javalerria, y quedarse con el resto. La federación de Estados Indonesios formaría parte de una mancomunidad con los Países Bajos: idea, ya os lo he dicho muchas veces, probablemente copiada de la Unión Colonial francesa, copiada asimismo de la Commonwealth británica; copias que, como suele pasar con las copias carbón, cada vez que se repitieron, eran de peor calidad. Aquello, por lo demás, ni siquiera se expresaba en un tratado formal, sino en una especie de protocolo extraño y blandurrio, como si lo que estuviesen haciendo uileminos y aceitunados fuese firmar un parte amistoso de accidente.
A los indonesios se les dijo que eso eran lentejas; o más bien otra cosa, porque los holandeses, la verdad, comen peor que nosotros (entre otras cosas, viven convencidos de que los mejillones de Zelanda son los mejores del mundo).
De todos los negociadores indonesios, el que quedaba en peor posición a causa de la condición de los uileminos sordociegos, era Sjahrir. No sólo era el primer ministro y, por lo tanto, el rostro que se llevaría las hostias. Es que, además, era sumatrano, como Hatta; y aquel plan, entre otras muchas cosas, era una patada en todos los huevos de la isla. Eso, factor común que ninguno de los negociadores podía regresar a Indonesia con esa mierda de papel en la mano, y esperar que los pemuda les permitiesen seguir respirando ni cinco minutos más. En Indonesia, los pemuda, el general Sudirman e incluso Tan Malaka, el desaparecido líder comunista que de repente se había hecho carne de nuevo, himplaban que merdeka total, y que había que empezar a repartir hostias.
Hoge Veluwe no sirvió para nada. Los holandeses, enfrentados a unos líderes indonesios que rechazaban el acuerdo que se les ofrecía, ni siquiera ofrecieron cambiarlo: se limitaron a contestar que, si no lo firmaban, podría ser la guerra. Aquellas negociaciones, en todo caso, fueron una puñalada de pícaro, asestada con mucha inteligencia por los uileminos. Yo creo que hasta ellos tenían que saber, antes de comenzar las negociaciones, que los indonesios nunca aceptarían esas condiciones, no por nada, sino porque no podían. Pero, entonces, ¿por qué impulsaron una negociación condenada al fracaso? Bueno, hay un factor evidente: demostrar a Londres que querían negociar, algo que era fundamental para que Mountbatten no diese la orden de retirada, cosa que La Haya no se podía permitir. Pero hay una segunda razón más maquiavélica. Aunque los indonesios se negaron como un solo hombre, lo cierto es que aquellos diez días sirvieron para aflorar las divisiones que existían entre ellos. Entre Sukarno, el hombre que todo lo quería negociar diplomáticamente; y Sjahrir, un líder que cada vez estaba más por la lucha armada, mediaban anchísimas escalas de grises, que ahora quedaron expuestas para todo aquél que quisiera verlas. En ese entorno, para muchos podía parecer que el retorno del poder colonial neerlandés, por muy rancio que fuese, era necesario.
Los británicos, sin embargo, estaban empeñados en algún tipo de acuerdo. Estuvieron en las conversaciones haciendo de hombres buenos; y luego destacaron a Yakarta a uno de sus mayores expertos en asuntos coloniales: Miles Wedderburn Lampson, primer barón Killearn, normalmente conocido como Lord Killearn. Killearn había sido embajador en Egipto, así pues sabía bastante del tema. Fue en su casa de Yakarta donde Schermerhorn se reunió por primera vez con Sjahrir. Entre ambos hombres creció cierta capacidad de entendimiento, que cristalizó meses después en una tregua militar provisional. Sin embargo, este cese de hostilidades corrió paralelo a la estrategia de Spoor, basada en tomar los puestos británicos y después algo más. Como consecuencia, en el verano de 1946 los neerlandeses controlaban ya más territorio indonesio del que nunca habían controlado los británicos. Los uileminos inflaban a menudo las cifras de sus efectivos en las islas para acojonar a los indonesios. Y, muy probablemente, lo consiguieron, ya que Sjahrir comenzó a mostrarse seriamente preocupado por la creciente pérdida de poder negociador de la República.
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