jueves, febrero 19, 2026

Indonesia (17): Raymond Westerling, el franquista de las Célebes


No es nada personal, son negocios
Los primeros pasos
El nacimiento de Perhimpunan Indonesia
Mano dura
Japón, esa nación herida
¡Es el petróleo, estúpidos!
En dos días, seré comida para los peces
¿Amigo o enemigo?
Las semillas del odio
Le odio, pero no quiere decir que te ame
Independientes por la gracia de Nos
Que vienen los británicos
La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
Raymond Westerling, el franquista de las Célebes
Los malos acuerdos generan malas soluciones
La invasión
Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung

 


El gobierno holandés de posguerra era un gobierno estable gracias a la alianza entre los socialdemócratas y los católicos de centro izquierda; sin embargo, el tema colonial no era precisamente el dosier en el que más estaban de acuerdo. Los socialistas habían terminado por adoptar totalmente la causa independentista, pero no así los católicos. Mientras Max van Poll estaba a favor de conceder la soberanía a los locales, Welter, como ya os he dicho, era uno de los líderes sociales de la oposición pro colonial.

El ministro de Ultramar, Jan Anne Jonkman, se aplicó, en esta situación, a ganarse el apoyo de los católicos. Trató de convencerlos con argumentos como que el plazo del 1 de enero de 1949 era más un desideratum que, por lo tanto, que diría Rajoy, se cumpliría, o no. Asimismo, se convirtió en un defensor de la idea de que Nueva Guinea debía quedar abierta al establecimiento allí de holandeses e indoholandeses que no quisieran vivir en el nuevo Estado federal, pero tampoco quisieran abandonar Asia. Jonkman, asimismo, interpretaba los acuerdos de Linggadjati en el sentido (en mi opinión, no muy claro) de que la nueva República asumiría como propia la deuda de las Indias Neerlandesas (y cada vez que un político de Madrid se sienta a negociar con los nacionalistas catalanes, podemos ver la extremada importancia que adquiere precisamente este tema). Por último, también interpretaba la oferta de reducción de efectivos militares neerlandeses en el archipiélago como un desideratum; algo que se haría si se podía hacer. En cuanto a la cláusula final de los acuerdos, consistente en someterlos a un arbitraje internacional si fuere necesario, ni la consideraba necesaria ni, en realidad, aplicable.

A pesar de que mostrarse tan neerlandesamente flexible le granjeó algún que otro apoyo, todavía la cosa estaba bastante complicada. La coalición socialdemócrata-católica (literalmente: lo mejor de cada casa) presentó pues una moción en la que se quiso mostrar dura y exigente. Los holandeses habían redactado un preámbulo nuevo para el acuerdo, y exigían que dicha redacción pasase a formar parte del mismo. Tras su paso por la clase política holandesa, un acuerdo de seis páginas se convirtió en un mamotreto de varias decenas de folios, perlado de matices, de trampas, de socavones escondidos. Con el documento debajo del brazo, Schermerhorn regresó a Indonesia consciente de que mejor haría tomando el sol en Bali, porque era todo lo que iba a sacar de aquel periplo.

Los indonesios no tardaron en reaccionar. El problema fundamental que tenía el nuevo documento era su tono. Verdaderamente, uno de los grandes errores de los negociadores holandeses en Linggadjati, error sin el cual hay que reconocer que probablemente no habría habido negociación, fue aceptar el principio general que imponían los británicos a la discusión de que aquello era un diálogo entre iguales. Dos partes isopotenciarias, pues, se juntaban alrededor de una mesa para pactar los términos necesarios para llevarse bien. En La Haya, sin embargo, se interpretaba esa mesa de otra manera. La lectura era la lógica de todo país colonial, por mucho que nosotros, en la distancia de las décadas, tengamos problemas para entenderla. Para los neerlandeses, o cuando menos para una porción muy relevante de ellos, lo que había en Linggadjati era una parte (los Países Bajos) que tenía el poder y la posesión, y que se avenía a discutir la forma en la que renunciaría al mismo. El problema del Parlamento holandés, en este sentido, no dejaba de ser el mismo que el que tendrían muy pronto los políticos británicos frente a Mahatma Ghandi, Pandit Nehru y Mohammed Ali Jinnah: ellos pensaban estar entregando más o menos graciosamente lo que los otros consideraban, simple y llanamente, suyo.

Ninguna de las partes quería aparecer como dinamitadora de los acuerdos. Por eso, los movimientos que se produjeron tendieron a ser orquestales en la oscuridad. Los neerlandeses, dueños de los puertos, establecieron un bloqueo de facto que buscaba arruinar el comercio de la República. La República, dueña de los mejores campos de cultivo del archipiélago, decretó un boicot de productos alimentarios, y se negaron a proveer a los neerlandeses.

Por otro lado, los Países Bajos todavía tenían una importante labor por delante: construir las llamadas regiones exteriores. Como ya os he explicado, el centro de los acuerdos de Linggadjati era aceptar por parte de Países Bajos la pérdida de Java y Sumatra a cambio de la construcción, en el resto del archipiélago, de Estados más o menos en la órbita neeerlandesa, no republicanos y bajo la autoridad de la Uilemina. Pero esto había que construirlo, y el arquitecto de todo aquello tenía que ser el eterno Van Mook. En julio de 1946, el político-bocina organizó una conferencia en Malino, en las Célebes. Allí reunió a un florilegio de líderes locales de lo que desde entonces se conoció como “zonas de Malino”. 

Les explicó que quedarían distinguidos de Java y Sumatra, y que tendrían sus propias instituciones administrativas. Entre todos, fundaron el Gran Oriente de Indonesia Oriental, con capital en Macasar, que era, verdaderamente, la ciudad más importante fuera de Java y Sumatra. Borneo, por su parte, también adquiría el mismo estatuto. Van Mook, quien además de ser un político inteligente conocía bien las Indias Neerlandesas, a sus gentes y a sus reyezuelos, supo explotar muy bien la idea de que, si toda aquella gente se dejaba dominar por Java y Sumatra, en el fondo serían menos libres que si eran más o menos monitorizados, que no gobernados por unos tíos lechosos que vivían en las antípodas del globo. La República, sin embargo, no se quedó quieta, y muy pronto grupos de pemuda de las dos grandes islas independentistas se desplazaron a las Regiones Exteriores para hacer allí pandilla con los que estaban en contra de cualquier presencia neerlandesa.

El resultado de todo eso fue mixto. Mientras en enclaves como Bali, la nobleza local (fundamental para decantar el territorio de un lado o de otro) estuvo básicamente de acuerdo con el status quo que ofrecía La Haya, en la capital, Macasar, pronto el movimiento pro republicano fue ampliamente mayoritario, en parte gracias a la labor de los agitadores llegados de otras islas. Los pro republicanos encontraron una figura muy inspiradora en Sam Ratulangi, un reputado matemático de las Célebes que había estudiado en Zurich y había participado en las instituciones creadas por los japoneses para preparar la independencia (las gentes de aquellas islas, salvajes incultos al fin y al cabo, escogían sus líderes sociales entre los matemáticos; no como nosotros, mucho más evolucionados, que los escogemos entre los actores). 

Ratulangi había intentado crear una república cuando terminó la guerra, pero cuando los australianos desembarcaron en las Célebes, le rompieron el mecano. En abril de 1946, los neerlandeses lo habían exiliado. Sukarno se había apresurado a nombrarlo gobernador republicano de las Célebes. Rápidamente, los republicanos, y los pemuda con ellos, expresaron su total oposición a los acuerdos de Linggadjati en lo que a las Regiones Exteriores se refería. Esto comenzó una espiral de violencia en las Célebes meridionales que le dio una vuelta de tuerca a la situación.

Para cuando la violencia estalló en las Célebes, los neerlandeses ya no estaban en la situación putomiérdica en la que, como todos los europeos, habían quedado inmediatamente después de la segunda guerra mundial. Habían pasado apenas unos meses, pero la liberación de obligaciones generada por el fin total de las hostilidades, unida a las levas decretadas por incompletas que fuesen, estaba cambiando las cosas. Muy en particular, cuando los problemas en las Célebes se presentaron, los neerlandeses ya tenían una serie de cuerpos específicos, los llamados Cuerpos de Tropas Especiales, que habían recibido formación de comando de los británicos, y que podían actuar. El general Spoor no lo dudó a la hora de encargarle a estos cuerpos especiales el tema celebérrimo; como tampoco dudó de poner al mando a un personaje tristemente célebre: Raymond Westerling, también conocido como El Turco (porque había nacido en Estambul).

Westerling optó por una gestión, digamos, feminista o católica de la cuestión. Quiero con ello decir que él creía que los habitantes de las Célebes cargaban todos con un pecado original, o eran todos violadores en potencia. En consecuencia, según su teoría, un nativo local que no había hecho nunca nada contra los neerlandeses no dejaba de ser un nativo local que todavía no había hecho nada contra los neerlandeses; y que, además, como en aquellos pueblos y aldeas que visitaba con sus tropas todo el mundo se conocía, si no era un cabrón, sabría señalar a los cabrones si era suficientemente impulsado a ello.

Así las cosas, las actuaciones de Westerling se parecían bastante a las de Tom Berenger en la peli de Oliver Stone Platoon. Llegaba a las aldeas, las rodeaba, y ordenaba disparar a matar, sin preguntas, a todo aquél que intentase huir. Entonces reunía a todos los habitantes en un lugar diáfano, y sacaba una lista que traía preparada. Todo aquél que escuchase su nombre debía colocarse en cuclillas. Acto seguido, les disparaba, uno a uno, en la cabeza (inciso: estamos hablando del año 1946; pero los culpables somos nosotros, que presuntamente matábamos aztecas de una forma parecida 500 años antes. También me gustaría escribir que ese tipo de violencia: matar a personas desarmadas arrodilladas en el suelo, no se practicó en la guerra civil española. Pero el caso es que sí lo fue: en el otoño del 36, en la cárcel Modelo de Madrid, y por “incontrolados”). Luego interrogaba a los habitantes que no estaban en la lista y, si no le daban información, también se los apiolaba. Lo normal es que, después, quemase el poblado.

Westerling decía que lo hacía por economía. Que aquélla era la única forma de pacificar las Célebes con un número mínimo de víctimas. Con los años, además, no han sido pocos los intentos neerlandeses por “incontrolar” a Westerling; por argumentar que fue un cachoburro que interpretó mal sus órdenes y que hizo de su capa un sayo. La verdad, no cuela. Una estrategia así de represión y de obtención de información no se puede llevar a cabo de forma individual e intransferible. La única duda que existe es si el mando militar neerlandés ordenó esas operaciones, o simplemente las conoció y dejó hacer. El matiz es, realmente, menor. Pero, ojo, si te vas a un seminario de licenciados en Historia hispano-neerlandeses, el animal de bellota fue Franco, que fusiló a personas tras sentencias judiciales más o menos sólidas; y no este señor, que asesinaba sin sentencia, que arrasaba con el medio de vida de aldeas y comarcas.

En la primera acción de Westerling, a finales de 1946, mató a a 44 personas. Dos días más tarde, en otro pueblo cercano, los muertos fueron 81. Así estuvo tres meses. Y creó escuela. Algunos de sus mandos crearon sus propios grupos y llevaron el tema a niveles superiores de sofisticación. Vaciaban las prisiones y masacraban a sus inquilinos delante de la gente. A Abubakar Lambogo, un líder rebelde, no sólo lo mataron, sino que lo decapitaron y luego se pasearon con su cabeza clavada de una pica; una práctica más bien propia de unos cuantos siglos antes.

La mayor matanza la perpetraron los acólitos de Westerling el 1 de febrero de 1947. Ocurrió en un lugar llamado Galung Lombok. En la zona había una cárcel, la cárcel de Majene. Los holandeses sacaron del edificio a todos los presos y los llevaron a Galung Lombok. Los habitantes de la zona fueron compelidos a colocarse en cuclillas y ser testigos de cómo los presos y otros sospechosos eran asesinados uno a uno. Luego interrogaron a los lugareños. Como éstos les dijeron que no conocían a nadie de los grupos antiholandeses, comenzaron a sacar a hombres al azar y a asesinarlos. En ese momento, llegó la noticia de que en un pueblo vecino había habido un enfrentamiento con muertos neerlandeses. Entonces los neerlandeses sacaron a todos los habitantes de ese pueblo que estaban allí, y los mataron. En total, más de 350 personas asesinadas en un solo acto. Pero, ojo, España es el país del mundo que tiene más fosas blablablá.

Los neerlandeses vienen a reconocer unos 5.000 muertos por la acción represora de las Célebes; la aplicación de oportuno multiplicador se la dejo al lector. Ni Westerling, ni ninguno de los oficiales que lideraron aquellas patotas de asesinos, fueron juzgados. Westerling, de hecho, tras abrir algún que otro negocio, acabó colocándose de socorrista en una piscina en Doorwerth, donde cualquiera podía acercarse a escuchar sus batallitas, que contaba con fruición. En el 2015, el tribunal de La Haya (esto no deja de ser una coña triste) condenó al Estado neerlandés por los asesinatos en las Célebes, por lo que se fijaron indemnizaciones a los descendientes que, honradamente, no sé si han pagado. 

En medio de este merdé, el 25 de marzo de 1947, y tras las oportunas ratificaciones, el acuerdo de Linggadjati fue firmado. Cuando el Parlamento neerlandés acabó por mostrarse dispuesto a firmarlo, las instituciones de la República Indonesia se quedaron sin base para poder resistirse a lo mismo. El Parlamento de Sukarno había sido ampliado a 514 miembros, porque el flamante presidente quería que hubiera espacio para todos. Los dos principales partidos eran el Masyumi, musulmán; y el PNI, republicano nacionalista; ambos se marcharon del Parlamento cuando fue ampliado, considerando, con razón, que dicha ampliación diluía la representatividad (además de mejorar exponencialmente las posibilidades maniobreras de Sukarno, que era otro gran amigo de las mayorías Frankenstein). La firma del acuerdo de Linggadjati fue, por otra parte, bastante chusca: los indonesios firmaron el texto original, mientras que los neerlandeses firmaron el que habían tuneado. El buen rollo era cosa del pasado. Ambas partes sabían que el otro les iba a intentar engañar y, de hecho, los engaños comenzaron antes de cumplirse el minuto uno.

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