martes, febrero 17, 2026

Indonesia (16): Linggadjati


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La espiral violenta
La batalla de Surabaya
Negociemos
Linggadjati
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Negociación de buenos oficios
Madiun
Yo no voy a ser Salvador Allende
Julianos aislados
... y Sukarno comenzó su meccano
La invención de un líder mundial
La misa-romería de Bandung


 En noviembre comenzaron las negociaciones formales. Los ueliminos se negaron a desplazarse a Yogaykarta, un lugar que consideran una especie de Rentera en el franquismo, donde ni siquiera daban su seguridad personal por garantizada. En el otro lado, tanto a Sukarno como a Surdiman, Yakarta les presentaba los mismos problemas. Así que finalmente las partes se vieron en una ciudad costera, Cirebon, en las faldas del volcán Ciremai; concretamente, en un pequeño pueblo llamado Linggadjati. Allí se produjeron las conversaciones entre el 11 y el 13 de noviembre de 1946.

Allí no hubo ni un segundo para el buen rollo. Los negociadores neerlandeses llegaron en un hidroavión que amerizó a unos centenares de metros de la costa de Cirebon. Ahí, los uileminos se empeñaron en que el paquebote que los debía llevar a puerto tenía que ser de la marina holandesa; mientras que los indonesios se empeñaron en que tenían que llegar a suelo indonesio en un buque de la República. Aquello pudo fácilmente terminar a tiros.

Vencidos estos problemas, las dos delegaciones se reunieron en la mansión designada, bajo la presidencia de Lord Killearn. Ambas delegaciones tenían cuatro miembros, una presidida por Sjahrir, y la otra por Schermerhorn. Van Mook era de la partida neerlandesa pero en la indonesia no estaban ni Sukarno ni Hatta; se alojaron en Kuningan, a unos diez kilómetros. Como siempre ocurre entre nacionalistas que lo que están haciendo, al fin y al cabo, es administrar y enfrentar diferentes tipos de radicalismo social, entre los indonesios había un interesante entramado de cálculos políticos que, cuando menos en mi opinión, nunca ha sido completamente aclarado o estudiado. A finales de 1946, cualquier político asiático que tuviese ojos para leer y cerebro para entender podía tener mucha información de hasta qué punto el proceso de descolonización teóricamente más maduro del área: el de Viet Nam, se estaba emputeciendo (aunque probablemente nadie era capaz de prever hasta qué punto se emputecería, claro). Lo importante es que había una clara imagen de hasta qué punto las potencias coloniales europeas trataban de dar la impresión de ceder, cuando su intención real era no hacerlo. En esas condiciones, formar parte de una delegación y hacerse fotos sonrientes alrededor de una mesa podía ser un gran activo si verdaderamente se conseguía avanzar (poco probable); pero podía ser un baldón si todo aquello fracasaba a la postre (bastante probable, a la luz de lo que estaba pasando por ahí). El gesto de Sukarno y de Hatta, por lo tanto, fue, probablemente, un gesto muy calculado, que además les salió de puta madre, ya que Schermerhorn perdió el culo para ir a verlos a Kuningan, con lo que les dio todo el beneficio del liderazgo, mientras les ahorraba el desgaste de la negociación.

Las partes se pusieron rápidamente de acuerdo sobre la estructura del forjado interno: La Haya ofreció el reconocimiento del poder de facto de la República no sólo en Java, sino también en Sumatra. Esto suponía poner en manos de la República al 85% de la población indonesia, y una isla que era fundamental para convertir el país en un país consistente desde el punto de vista de la capacidad económica. A cambio de esta cesión uilemina, los aceitunados se comprometían a integrar su momio en un Estado federal llamado Estados Unidos de Indonesia, de la que formarían parte también Borneo y el llamado Gran Oriente, que no es que fuese una república de masones sino la típica línea “Otros” que aparece siempre en las tablas numéricas por categorías. Los Estados Unidos de Indonesia formarían parte de la Unión Neerlandesa-Indonesia, bajo la autoridad de la corona uilemina. La Haya, pues, quería su Commonwealth. La Unión, pues, integraría a los Estados Unidos de Indonesia y a los Países Bajos, que incluirían a Surinam y las Antillas Neerlandesas.

La propuesta parecía atractiva. Pero no era suficiente. Muchos de los grupos de opinión que en Indonesia llenaban el debate independentista, como ya os he dicho, habían aprendido del debate vietnamita. Y en Viet Nam había dos cuestiones que enfangaban especialmente la negociación: la primera, que los franceses no tenían intención de dar una independencia territorial total, puesto que pretendían seguir controlando la Conchinchina (y aquí Borneo hacía las veces); y, segundo, que lo que pretendían los franceses era dar libertad a los indochinos, pero no soberanía; de modo y forma que, por ejemplo, le vedaban a los indochinos la capacidad de crear su propia política diplomática; cláusula que fue reproducida por los neerlandeses en Linggadjati. Sjahrir sabía que la oferta de La Haya daría alas a los demandantes de una merdeka total. Por lo demás, la fecha de despliegue propuesta para estas medidas (1 de enero de 1949), también le parecía poco ambiciosa o, más en concreto, poco vendible en las calles. Todo ello, factor común que no se fiaba de que Sukarno, o Hatta, o incluso Surdiman, no se la fuesen a liar.

Tras el primer día, los neerlandeses decidieron quedarse en tierra. Schermerhorn quería ver el aspecto del asado tras las primeras discusiones, y por eso había aceptado ir con Sjahrir, Sukarno y Hatta a un concierto de gamelán, que supongo que le levantaría un dolor de cabeza de puta madre porque esas cosas tan exóticas quedan muy bonitas y tal, pero pasados diez minutos, qué queréis que os diga, te entra una nostalgia de Puccini que ya no se te va en meses. Al día siguiente pasó algo que no sé si pasó así o pasó de otra manera que no nos cuentan: el primer ministro neerlandés, en lugar de volver a la mesa de negociación, se fue a ver a Sukarno y Hatta; se dijo que Sjahrir no había ido porque tenía dolor de cabeza. Lo cual no se lo cree nadie, porque un dolor de cabeza puede servirte para no echar un polvo cuando no te apetece; pero no es excusa para dejar de participar en encuentros en los que lo que se ventila es la indepencia de tu nación.

Hubo, pues, un giro dramático de los acontecimientos: los holandeses se pusieron a negociar con quien, probablemente, entendieron que era quien podía garantizar un éxito de las negociaciones. Sukarno y Hatta no se anduvieron por las ramas: le dijeron a los uileminos que donde ponía “libre” en el acuerdo, debía poner “soberano”. Van Mook, buscando lógicamente valorar el precio de aquella eventual cesión, les retrucó preguntando que, si los neerlandeses aceptaban aquello, se podía decir que tenían un acuerdo. Y Sukarno, campanudamente, le dijo que no sólo aquél era el único obstáculo que quedaba; sino que, en el caso de que lo derribasen, él pondría todo su caudal político en juego para defender el acuerdo. En otras palabras: les vino a decir que, a cambio de que la mancomunidad java-sumatrana pudiera convertirse en Euskal-Indonerría, Borneo, Ambón, la Guinea y todos los demás se los podían quedar, y él haría propaganda de la decisión.

Sukarno había perfeccionado su segunda puñalada de pícaro. La primera había sido la Proklamasi, en la que se había cagado y meado encima del espíritu colectivo de la resistencia indonesia para realizar un acto de imagen personal; y ahora llegaba esta segunda, en la que, de forma paralela a la negociación formal y desde su Waterloo particular, había llegado a un acuerdo que, además, a los propios negociadores no les convencía. 

A partir de ahí, Sjahrir fue de culo. Cuando se presentó en la mesa para discutir con los uileminos, se encontró a unos tipos que, según lo que se les fuese diciendo, respondían: we have a deal. Tenemos un acuerdo, macho, y eso que me estás pidiendo lo excede. A Sjahrir, pues, no le quedaba otra que aceptar lo que otro había acordado, y tratar de machihembrarlo de la mejor manera posible. El resultado fue un documento de 17 artículos en seis folios.

El 13 de noviembre, todo terminó y las delegaciones se fueron cada una a su olivo. El día 15, el documento fue ratificado en Yakarta, aunque todavía quedaba una firma oficial.

El mundo reaccionó de una forma muy positiva a los acuerdos de Linggadjati. Sobre todo las potencias occidentales, que consideraban que los neerlandeses habían hecho un buen acuerdo. De hecho, mucha gente en occidente apostaba por que la Indonesia independiente no resistiría la presión de vivir a dos calles de una Indonesia seudocolonial. En ese momento procesal, un momento en el que, aunque Europa estaba descojonada y rota, todo el mundo tenía una gran imagen de los países aliados, a los que consideraba el epítome del desarrollo y la civilización. Consiguientemente, consideraban que Java-Sumatra y Borneo muy pronto serían, por así decirlo, como Israel y Gaza: dos territorios muy cercanos el uno del otro en los que las diferencias de desarrollo y de bienestar serían tan notorias que, incluso especulaban algunos, lo mismo hasta la nación independiente acababa por decidir su vuelta al redil. Esto, como digo, era el fruto de una percepción bastante desenfocada del poder holandés, que nunca ha sido tan eficiente como dice ser (cosa que también le pasa a los alemanes).

En las columnas de los periódicos de Londres, París o Nueva York, de hecho, se hizo muy poco caso del hecho, palmario para cualquiera que viviera en Indonesia, de que los negociadores locales no concebían los acuerdos nada más que como un primer paso. Esto es lógico. Por mucho prestigio que tuviese Sukarno, y los hechos habían demostrado además que podía perderlo en apenas un par de horas si las cosas se ponían sobaco de grillo, los negociadores de facto: Sukarno, Hatta y Sjahrir, asimismo cabezas del Estado y del gobierno, no podían aspirar a sobrevivir en las calles ni medio día si admitían que los acuerdos de Linggadjati eran definitivos; es decir, que la negociación había dicho adiós a buena parte de las islas de Indonesia. Ellos tenían que decir que el resto vendría más tarde; primero porque lo pensaban; y, segundo, porque, aunque no lo pensasen, tenían que pensarlo.

El gran problema, sin embargo, estaba en Europa. La gran imagen que tuvieron los acuerdos indonesio-neerlandeses en el mundo se nutrió, fundamentalmente, del apoyo de personas que no se jugaban nada en aquello; los típicos burócratas que con el tiempo se acabarían refugiando en la acromegálica e inútil estructura de comités de la ONU. Pero a quienes sí estaban directamente implicados en el tema: el gobierno de su graciosa majestad la Uilemina, aquello les pareció un robo.

Schermerhorn, parece ser, llegó a Schipold ya bastante deprimido. A los holandeses se les habían ido fibrilando las noticias de lo que pasaba en la otra esquina del mundo; y, conforme las fueron conociendo, se fueron poniendo de peor hostia. Así las cosas, el negociador neerlandés aterrizó en su tierra con el portafolios lleno de copias de telegramas que le anunciaban que el contraste del acuerdo con las instituciones locales iba a ser tormentoso.

Y lo fue. En primer lugar, el acuerdo tuvo la oposición frontal del Ejército. Tanto el almirante Helfrich como el JEMAD neerlandés, general Hendrik Johan Kruls, aprovecharon que podían ir al palacio real casi sin ser anunciados para comerle la oreja a la reina con que aquel acuerdo iba a ser un desastre en términos de seguridad, insinuando pues la posibilidad de que las inevitables tensiones entre la República y los territorios controlados por La Haya terminasen en una guerra (lo que podemos denominar el escenario Viet Nam que, verdaderamente, los hechos demuestran que era altamente probable). Por otra parte, en Países Bajos no faltaban Elisas Benis e incluso gente que sabía de Derecho que argumentaban que el acuerdo era inconstitucional.

Lo que siguió fue un enfrentamiento social. La sociedad de amistad Países Bajos-Indonesia se desplegó bajo el paraguas de “necesitamos una solución pacífica”; en paralelo, sin embargo, grupos de derechas crearon sus propios polos de opinión, como Las Indias en Peligro o el Comité Nacional para el Mantenimiento de la Unidad del Reino, que consiguieron centenares de miles de firmas contra el acuerdo. Antiguos políticos, como el ex primer ministro Pieter Sjoerds Gerbrandy o Charles Welter, que había sido ministro de Ultramar, se unieron a estas iniciativas. A finales de 1946, el 36% de los neerlandeses estaba en contra de Linggadjati, por un 38% a favor y un 28% que no tenía el coño para ruidos.

Schermerhorn, las cosas como son, creía tener un triunfo en la mano. Consideraba que los acuerdos de Linggadjati, sobre no ser perfectos, eran; y que eso es algo contra lo que no podría actuar nadie. Cualquier persona con dos dedos de frente se daría cuenta de que dar marcha atrás al acuerdo, o intentar modificarlo unilateralmente, haría a los Países Bajos acreedor de un descrédito internacional que no se podía permitir. Pero en eso se equivocó.

En todo departamento administrativo que se precie de serlo, como ministerios o consejerías de comunidad autónoma, siempre hay un individuo, o incluso un departamento, que está especializado en convenios. Los convenios o protocolos de actuación son documentos que, a menudo, parecen inocentes, meros cantos al sol en los que ambas partes se declaran de acuerdo en cosas que son evidentes. Pero son, en realidad, ladinos documentos en los que cualquiera puede encontrarse pillado. No hay cosa más fácil, si se conoce el oficio, que buscarle las vueltas a un texto simple, apresurado, y redactado en tres días. Los neerlandeses lo hicieron, buscándole los puntos débiles; y, al final, encontraron uno: Nueva Guinea.

La isla de Nueva Guinea había formado parte del caudal relicto colonial neeerlandés, pero la verdad es que La Haya nunca le había hecho caso. Era una isla muy difícil de domeñar, los indios papúas eran bastante cabrones y belicosos, y ofrecía pocos atractivos económicos. Ahora, sin embargo, se convirtió en la piedra de toque del acuerdo. La Haya argumentó que Nueva Guinea era necesaria para radicar allí a los indoholandeses; personas a las que la violencia pemuda y, en general, el discurso general independentista trataba con una hostilidad tal que, verdaderamente, era muy difícil pensar que serían bien recibidos en la nueva Indonesia. Pero si así iba a ser, entonces Nueva Guinea tenía que quedar fuera del ámbito del nuevo Estado federal pergeñado en Linggadjati. Esto, entre otras propuestas. Los detonadores del acuerdo, pues, buscaban que quedase claro que era un documento abierto. Sabían bien que, si fuese así, en Yogyakarta también se iban a apuntar a cambiarlo. La mejor manera de cargárselo.

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