miércoles, enero 21, 2026

Ceaucescu (y 52): Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez




Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez



Se puede decir, sin temor a exagerar, que unas 48 horas antes de que Ceaucescu huyese de Bucarest, los hombres y mujeres que se manifestaban en Timosoara en defensa del pastor Tokes ya habían acabado con el comunismo en Rumania. Fueron dos días durante los cuales hubo dos focos de poder en el país: el Frente Democrático en Timisoara, y el Partido Comunista, reunido en la sede de su Comité Central en la capital.

Ambos centros de poder, sin embargo, no tenían la misma dinámica ni de coña. El movimiento de Timisoara era, sin duda, el que se estaba extendiendo y, además, lo estaba haciendo muy deprisa. Pronto, la movida en la ciudad se fue extendiendo a otras del área, y pasó la raya de Tansilvania; ahí, ya, el tema se puso sobaco de grillo para el comunismo rumano. El 21, las movidas habían llegado ya a poblaciones como Cluj, Oradea, Targu-Mures o la propia Bucarest. El 22 siguieron extendiéndose por otras poblaciones. Oltenia y Moldavia fueron los únicos enclaves donde las calles de las ciudades permanecieron básicamente tranquilas. El 21 de diciembre, 26 manifestantes fueron asesinados por las fuerzas armadas. Ese mismo día, manifestantes estaban recorriendo las calles de Sibiu, entonando cánticos anti-Ceaucescu; lo cual tenía un elevado significado simbólico, ya que el secretario general del Partido en Sibiu era Nicu Ceaucescu, el hijo del dictador.

En las vísperas de Nochebuena, Ceaucescu estaba, de alguna manera, recogiendo los frutos de una gestión manifiestamente mejorable de la crisis de los días anteriores. En primer lugar, en su alocución pública del día 20, Nicolae había estado en comunista de pura cepa. Esto quiere decir que había mostrado cero empatía con las víctimas de los sucesos de Timisoara, mostrándose, por lo tanto, como un dictador impasible que lo único que esperaba era la sumisión de sus súbditos.

La insondable indiferencia hacia las víctimas, con seguridad compartida con la nota de su señora, que era una siesa para echarla de comer aparte, provocó una corriente de rechazo hacia su persona; su respuesta, sin embargo, fue convocar una concentración el 21 en Bucarest en apoyo de su persona y de su régimen. Aquella concentración fue contemporánea de un auténtico tsunami de reuniones “espontáneas” en las fábricas y cuarteles de Rumania, todas ellas para recabar el apoyo incondicional y también “espontáneo" hacia la figura del Conducator de los cojones. En su incapacidad total de leer el partido adecuadamente, los dirigentes comunistas, y concretamente el Comité Ejecutivo Político del Partido, decidió convocar una gran reunión de cuadros comunistas para mostrar su apoyo a Ceaucescu. En su sobradismo, decidieron que la reunión sería televisada y radiada para el mundo entero.

Aquel 21 de diciembre, Nicolae Ceaucescu comenzó a hablar a las 12.31 de la mañana exactamente. Mi impresión personal es que el hombre que tomó la palabra era alguien totalmente alienado de lo que ocurría en su país; en realidad, alienado de lo que llevaba pasando en el mundo varios meses. Estaba convencido de que el poder rumano, todo el poder rumano, estaba presente en la amplia sala; y que, además, tenía el decidido compromiso de seguirle adonde fuese. Sin embargo, nada más comenzar a hablar, a Ceaucescu se le ve un hondo gesto de disgusto y desaprobación cuando una especie de tumulto, con voces que se oyen fuera del tiro de la cámara, le obliga a detener su perorata. En ese momento, la retransmisión se cortó, pero no sin haber captado antes, algo que debo recordaros vieron todos los rumanos que estaban delante de un televisor, la cara de disgusto y, se podría decir, miedo, del otrora todopoderoso secretario general del Partido Comunista. Ceaucescu nunca se recuperó, y nunca se habría recuperado, de aquello. Nunca se ha sabido a ciencia cierta en qué consistió aquella bronca que tanto desanimó a Ceaucescu; pero yo creo que, en el fondo, da igual.

La gente seguía gritando, y Ceaucescu seguía en pie, con sus papeles. Yo tengo por bastante más que probable que esas segundas personas que están siempre cerca del mandatario y que tienen la capacidad de pensar con algo más de frialdad, entre las que probablemente estaba su mujer, se lo trabajaron para que recomenzase su discurso. Finalmente, lo hizo. Pero para entonces no era el hombre seguro de sí mismo que, apenas unos minutos antes, había tomado la palabra para decir: “Sus vai a cagá”. Ahora, era un hombre que trataba de que el grupo vociferante tuviese la amabilidad de escucharlo.

Prometió una inmediata subida de salarios y de pensiones; la típica promesa de político de turno porque, la verdad de las cosas, aquello era como prometer un gasto en defensa: no tenía con qué financiarlo. Será por eso, o por otra cosa, porque el caso es que el anuncio de que Rumania iba a entrar en el club de los países prósperos en cinco minutos hizo que la multitud se pusiera todavía más cabrona. Pero, vamos, que los comunistas son lo que son y, como el escorpión del cuento, no pueden esconder su naturaleza. Algunos jóvenes que estaban presentes en el acto, cuando salieron a la calle, fueron disparados por las fuerzas armadas, que no los dejaron en paz hasta que dejaron de respirar.

El 21 de diciembre había sido bastante claro en sus circunstancias. Cualquiera con dos dedos de frente habría entendido los claros mensajes que enviaba la situación. Pero no Ceaucescu. Ceaucescu era de la escuela de Gheorghiu-Dej, y Gheorghiu-Dej era de la escuela de Stalin. Ellos, a lo que estaban acostumbrados, era a meter en un coche a la madre de un tío al que habían matado, y asesinarla a ella también comme il faut. Más allá de esa dinámica, Ceaucescu era un pollo sin cabeza, alguien sin dinámica ni alternativa. De hecho, podría haber cometido muchos errores el día 22 de diciembre, algunos de ellos errorcillos, otros errorazos. Y decidió cometer uno de los gordos: de manera totalmente inexplicable teniendo en cuenta como había transcurrido el acto público del día anterior, decidió convocar otro.

¿En qué estaba pensando Ceaucescu? Bueno, eso se lo tendríais que preguntar a él. Personalmente, considero que en aquellas alturas de la película, Ceaucescu no podía pensar que el pueblo rumano estaba con él. Pero, claro, eso es algo que un comunista no necesita pensar: todo lo que necesita pensar un comunista es que va a poder dominar al pueblo; con eso le basta.

Yo creo que Ceaucescu, o más bien su mujer porque la jugada me parece muy propia de ella, lo que estaba intentando era provocar a Gorvachev. Quería colocar la situación rumana en un alto punto de ebullición; lo suficientemente alto como para que Gorvachev acabase asumiendo que, o perdía ese peón comunista del tablero, o hacía algo. Ese “algo” es el que yo creo que estaba esperando Ceaucescu. Su seguridad vendría a ser, pues, una mezcla entre la confianza en una intervención soviética, y la confianza en la capacidad represora de su propios ejército y policía.

Existe un factor, en todo caso, que yo creo que Ceaucescu no valoraba en ese momento, y que es bastante evidente a la luz de la forma en que evolucionó Rumania inmediatamente después de su democratización. Ese factor era el hecho de que en la clase política comunista había en ese momento, en realidad había ya de bastante tiempo atrás, bastante gente que estaba trabajando para su propio futuro personal, y no del Partido. A pesar de que los signos eran muchos en ese momento de las personas recias comunistas que estaban a punto de convertirse en “demócratas de toda la vida”, los Ceaucescu, que basaban su filosofía vital en el principio de que todo el mundo les debía obediencia ciega, se empeñaban en no ver lo evidente. Cuando menos para mí es claro que, si lo hubiesen visto, habrían actuado de otra manera.

Las cosas, en todo caso, estaban como estaban. A las 11,30 de la mañana, Ceaucescu estaba en el amplio balcón del edificio del Comité Central, dispuesto a comenzar su perorata; que, sin embargo, fue acallada por los abucheos de la multitud. El jefe de la guardia personal del presidente, general Marin Neagoe, terminó por llevarse para dentro a su jefe.

Dentro del edificio se produjo un conciliábulo del que, que yo sepa, no ha habido todavía testimonios directos. Yo lo imagino así: Neagoe, probablemente una de las mentes frías del momento, se dirige a Ceaucescu y le dice: presidente, has de abandonar Bucarest. Ceacusescu se niega, entre aspavientos de su mujer, que reclama que los traidores de su marido, el primero el que ha hablado, sean colgados del los pies, o cosas peores. Pero Nicolae es un hombre roto; tal vez, en ese momento, es cuando comprende que está solo. Que, en unas pocas horas o días, sus fieles secretarios del Comité Central, sus incondicionales compañeros del Politburó, no es que estarán negándole tres o tres mil veces como Cephas; es que estarán señalándole para decir: “¡Éste! ¡Éste ha sido!”

Sea como sea, el caso es que Nicolae se sube a un helicóptero. Un vehículo pequeño en el que, sin embargo, cabe ya casi todo el entourage que de verdad le queda: su mujer, Elena; los miembros del Politburo Manea Manescu y Emil Bobu; y dos guardaespaldas: el comandante Florian Rat (sic) y el capitán Marian Constantin Rusu.

Ceaucescu ordenó al piloto del helicóptero aterrizar en Snagov, a unos 30 kilómetros de Bucarest, donde tenía una de sus dachas. Allí, él y su mujer apañaron una maleta con ropa. De Snagov partió el helicóptero de nuevo con los Ceauescu y los guardaespaldas; Manescu y Bobu se quedaron en tierra.

Según el comandante Vasile Malutan, que conducía el aspas, el destino del vuelo era la base de helicópteros de Otopeni. De allí, Ceaucescu ordenó partir a una base de paracaidistas en Oteni. Si embargo, en llegando a Oteni, cuando Malutan contactó con el control de la base, se le comunicó la orden del comandante de la misma en el sentido de que él ese marrón no se lo comía y que no estaban autorizados para aterrizar. Entonces el piloto le dijo a Ceaucescu que casi no le quedaba sopa y que, además, temía ser descubierto por los radares que, para entonces, les estaban buscando. Ceaucescu le ordenó aterrizar en una carretera, cerca de Serdanu, no lejos de la ciudad de Targoviste.

Los guardaespaldas pararon un auto, conducido por un médico, el doctor Nicolae Deca, quien aceptó llevar en su coche al presidente de la república, a su señora y a los bodigars hasta Vacaresti. Allí, el médico se quedó sin sopa, por lo que los guardaespaldas tuvieron que parar a otro coche. Esta vez, el conductor era un ingeniero llamado Nicolae Petrisor, quien los llevó hasta una siderúrgica en Targoviste. Allí, uno de los guardaespaldas abandonó al grupo para buscar a algún cuadro comunista que pudiera echar una mano; pero no regresó. Petrisor, sin saber muy bien que hacer con su ilustre paquete, condujo hasta una granja experimental, cuyo gerente, cuando vio quiénes eran, se acojonó en modo experto; así que los encerró en una habitación y llamó a la policía local. Llegaron dos policías, que se los llevaron a la comisaría de Targoviste, donde también tenía sede la Securitate. Para entonces, sin embargo, Radio Macuto había funcionado a tope, y había una multitud rodeando el edificio que les impidió el paso. Los policías, sin saber qué hacer con aquellos dos, los llevaron en coche a una villa cercana llamada Ratoais. Allí estuvieron cerca de un lago, escondidos, hasta que las cosas en Targoviste se tranquilizaron y pudieron ser llevados a un cuartel militar.

En Bucarest, una vez que los Ceaucescu se habían marchado, la multitud comenzó a apelotonarse en los alrededores del centro de televisión. En la televisión nadie sabía muy bien qué hacer. Lo normal en las televisiones públicas es que sus directivos estén acostumbrados a mover la colita y pedir galleta a cambio de sus cabriolas y felices ladridos; pero, claro, en situaciones en las que no se sabe quién tiene el poder, como no saben a quién obedecer, se suelen encontrar como pollorrondo sin cabeza.

Estando en esta situación se presentaron en el edificio un conocido actor local, Ion Caramitru; y un poeta conocido por sus posiciones de disidencia: Mircea Dinescu. Fue el de Caramitru el primer rostro que vieron los rumanos en la televisión después de que, en medio de todo lo que había pasado en las horas antes, los siempre prudentes paniaguados de la tele público hubiesen decidido cortar la emisión. Después de Caramitru aparecieron otras personas a contar su movida; incluyendo, ojo al dato, altos cargos del Partido como Ion Iliescu o Silviu Brucan, en el fondo tan culpables de la situación de mierda a que los comunistas habían abocado al país, pero plenamente dispuestos ahora a demostrar que eran unos membrillos de la hostia. También intervinieron otras personas que, en ese momento, eran totalmente desconocidas para el rumano medio, pero que muy pronto estarían cortando el bacalao, como Petre Roman o Geliu Voican Voiculescu. Iliescu, en todo caso, era un personaje que, en los últimos tiempos, había perdido el favor de Ceaucescu, más que probablemente porque era generalmente asumido, tanto en Rumania como en occidente, que era el preferido de Gorvachev. Hizo una llamada a todas las personas responsables para que fuesen a las cinco de la tarde al edificio del Comité Central, para discutir la fundación de un Comité de Salvación Nacional.

Iliescu, después, anunció la disolución de la Securitate, que había sido absorbida por el ejército, y pidió ayuda para el nuevo gobierno de salvación nacional. Acto seguido, abandonó el edificio de La Mamandurria (o sea, la tele pública) y, de acuerdo con diversas personas, entre las cuales estaban Brucan, el general Militaru, el coronel Gheorghe Ardeleanu, jefe de la brigada antiterrorista, Petre Roman, creó un gobierno provisional, llamado Consejo del Frente de Salvación Nacional. Dos comunistas, Gheorghe Apóstol y Grigore Raceanu, fueron dejados fuera.

Según el testimonio de Brucan, fue en la tarde del día de Nochebuena cuando Iliescu, Roman, el propio Brucan, Voiculescu y Militaru tomaron la decisión de que había que juzgar a Ceaucescu. Todos ellos estaban en el Ministerio de Defensa, por no tener muy clara su seguridad personal tal y como estaba el tema. Se decidió acusarlo, entre otras cosas, de genocidio; lo cual no sirvió para otra cosa, la verdad, que para seguir en la carrera, que hoy en día está en full throttle, para vaciar de contenido dicha palabra, pues no todo asesinato es genocida. Otras acusaciones, como haber destruido la economía rumana, se las podrían haber hecho a sí mismos muchos de los autores intelectuales de dicha acusación.

Ceaucescu siempre discutió la legalidad de la Corte que lo juzgó. En su idea, él, constitucionalmente, sólo era responsable ante la Asamblea Nacional. Pero la cosa es que le dio igual. El juicio de Ceaucescu duró apenas una hora; tras un breve periodo de deliberación, el presidente de la Corte militar, coronel Gica Popa, sentenció a muerte al matrimonio. Los sacaron afuera, y los fusilaron.

Y así terminó la vida de Nicolae Ceaucescu y de su régimen; aunque su régimen, de alguna manera, ha permanecido en muchas cosas de la vida posterior, y actual, de su país.



El comunismo, como praxis política, es una cosa muy curiosa. Da la impresión de que los comunistas, dado que su vida política consiste demasiadas veces, y en demasiadas ocasiones, en decir una cosa y la contraria pretendiendo que ambas sean ciertas, al final han terminado por generar este tipo de figuras señeras que podríamos decir esquizofrénicas. Figuras absolutamente apegadas a la fidelidad a un mando superior, sobre todo en vida de Stalin; pero que al tiempo se empeñan en generar figuras completamente propias e independientes.

Enver Hoxha, Mao, Ceaucescu, Tito. La frecuencia de comunistas que deciden tocar fuera de tesitura es muy elevada. Y, al tiempo, el comunismo ha alumbrado los tipos más disciplinados posible. Nicolae Ceaucescu, con su trayectoria, quintaesencia esta realidad mejor que nadie. Hoxha y Tito decidieron, directamente, colocarse aguas afuera del comunismo oficial, por mucho que conservaron las esencias comunistas porque eso les venía muy bien, ya que no tenían ninguna intención de darle libertad a sus ciudadanos. Mao, por su parte, jugó una partida mucho más grande, pues intentó convertirse en el nuevo referente del comunismo mundial. Nadie, pues, representa mejor que Ceaucescu la incongruencia básica del comunismo; el deseo de sorber y soplar a la vez. Porque quiso ser, a la vez, comunista, y el peor enemigo del comunista, como es el nacionalista. Por el camino, descojonó un país. Pero eso, la verdad, no es ninguna novedad.

Estas notas, en todo caso, se han escrito para tratar de lograr que cuando menos haya una persona (y si son más, mejor) que, tras haberlas leído, pueda decir que sabe, aunque sea superficialmente, quién fue Gheorghe Gheorghiu-Dej. Porque en este tema del comunismo rumano, cuando menos en parte, unos se llevan la fama, pero otros cardan la lana. Ceaucescu no cayó del cielo; se crio a los pechos de un perfecto hijo de puta que, dada su condición poco relevante en el marco mundial y otros factores, parece que se beneficia de la prez del desconocimiento. Cuando es una persona que debería ser mundialmente conocida, y no precisamente para echarle flores.

Al terminar estas notas, me di cuenta que el círculo, cuando menos, tiene todavía una mella: Tito. Algún día intentaré reparar esa falta, si tengo tiempo.

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