lunes, enero 19, 2026

Ceaucescu (50): El derrumbador de iglesias y monasterios




Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez


Conforme la situación en Rumania se fue haciendo cada vez más fastidiosa y Ceaucescu se fue mostrando más inflexible y desconectado con la realidad, en el Ejército del país comenzó a producirse un cierto movimiento de descontento entre algunos oficiales. En febrero de 1990, cuando ya todo había pasado, el general Stefan Kostyal, que había servido en el Directorio Político del Ejército, publicó informaciones en el sentido de que ya en 1970 Ceaucescu le había encargado una limpieza a fondo de no rumanos en las Fuerzas Armadas. Parece ser que protestó y que fue degradado por ello. Este tipo de sucesos lo llevó a confluir con el almirante Nicolae Mihai para que firmasen una carta al Comité Central. La carta provocó que Mihai fuese también degradado, mientras que Kostyal fue obligado a residir obligatoriamente en una población del interior.

Siempre según Kostyal, en 1984 había habido otra conspiración militar. Aparentemente, dos grupos que hasta entonces habían estado diseñando sendas operaciones para derribar a Ceucescu entraron en contacto. Un grupo estaba liderado por el general Ion Ionita, que fue sido ministro de Defensa entre 1966 y 1976. En 1979 cayó en desgracia y perdió todos sus puestos entre 1982 y 1984. A partir de ese momento, comenzó a pensar en un golpe militar contra Ceaucescu (que no necesariamente contra el comunismo, pues siempre se ha especulado que los soviéticos podrían no haber sido ajenos a aquellos movimientos). Ionita consiguió ganarse la voluntad de Janos Fazekas, un húngaro que había sido miembro del Comité Central, del Politburo y del gobierno. También terminaron por reclutar a Kostyal.

El segundo grupo se nucleó alrededor del general NIcolae Militaru, un hombre sospechoso de trabajar para los soviéticos que había sido cesado de su puesto como jefe militar de la plaza de Bucarest en 1978. Ion Iliescu, futuro presidente de la Rumania pos comunista, sería, según algunas versiones miembro de este grupo. De hecho, Militaru fue brevemente ministro de Defensa en la nueva etapa.

Una vez producida la fusión, los planes que elaboraron para dar el golpe militar fueron finalmente traicionados por dos generales: Gheorghe Gomiou y Dimitrie Popa. Ceaucescu, enterado de las unidades de Bucarest que iban a usarse para el golpe, las envió al campo para echar una mano en la recolección de la cosecha; con ello, el golpe quedó anulado.

De todas maneras, la distancia del Ejército no era una noticia terrible para Ceaucescu. Durante todo su mandato, como el de su antecesor Gheorghiu-Dej, el verdadero sostén del régimen y de la dictadura personal fue la Securitate. En la policía política rumana se ganaban, de largo, los mejores sueldos de las fuerzas armadas; el comunismo siempre quiso a sus Villarejos contentos.

A partir de 1987, cuando se produjeron los sucesos de Brasov, Ceaucescu redobló las presiones sobre el ministro del Interior, Tudor Postelnicu, para que la seguridad pública fuese más efectiva. Quería mejorar el control sobre una sociedad rumana que se le estaba escapando de entre los dedos. El tema llegó a ser tan serio que se prohibieron las celebraciones de boda y las fiestas en restaurantes. Para entonces, el general Marin Neagoe, responsable de la seguridad personal del presidente, tenía a su cargo a 484 efectivos.

La paranoia de Ceaucescu se incrementaba en paralelo a sus pensamientos faraónicos. Ya hemos visto que fue el impulsor de un plan de reducción de villas por el cual quería cargarse unos 7.000 centros de población. Pero, en realidad, fue un obseso de las reconstrucciones a su gusto y estilo. En marzo de 1977 le llegó la disculpa ideal cuando se produjo un importante terremoto en Rumania. Diversos edificios de Bucarest quedaron muy tocados, y ésta fue la disculpa que se buscó el Conducator para encargarle a un grupo de arquitectos la búsqueda de algún área de la ciudad que se considerase geológicamente más estable, para construir allí un nuevo centro administrativo. Ceaucescu nunca engañó a nadie; “estoy buscando”, dijo, “la forma de erigir un símbolo de las décadas ilustradas que hemos vivido”. Así que proyectó la construcción de una Casa de la República, que estaría escoltada por una Casa de las Ciencias, y otros edificios.

Se escogieron tres barrios de la ciudad, situados en alto, como los ideales para el proyecto. Eran tres barrios situados en la parte más antigua de la ciudad, por lo que la densidad de monumentos históricos que había allí era muy elevada.

Ceaucescu convocó un concurso para el diseño y construcción de la Casa de la República, que fue ganado por Anca Petrescu, que en ese momento tenía 25 años y acababa de recibirse de arquitecto, como dicen los hispanoamericanos.

De la cabeza de esta casi estudiante salió la idea de construir el segundo edificio más grande del mundo después del Pentágono, 86 metros de alto con fachadas de 276 metros; en total, un área de 6,3 hectáreas. La fachada principal daría a un amplio bulevar, flanqueado por bloques de apartamentos destinados a la nomenklatura comunista rumana. Alrededor, también, estarían los ministerios y edificios oficiales. O sea: al lado de la visión de Petrescu, los Nuevos Ministerios de Franco aparecían como un apartamento de interior sin baño.

El diseño de Petrescu demandaba la demolición del distrito de Urano completo, y de la mayor parte de los de Rahova y Antim.

El 29 de diciembre de 1981, Ceaucescu emitió un decreto presidencial para garantizar la realización de estas obras. Nicolae y su mujer Elena comenzaron a obsesionarse totalmente con el proyecto, y cada sábado por la mañana visitaban las obras.

Ceaucescu, en realidad, sólo entendía de mandar. No era, en modo alguno, un hombre de poder que tuviese gusto por la arquitectura, y por eso impulsaba ese proyecto. Le costaba entender las explicaciones técnicas de Petrescu, especialmente los temas relativos a la perspectiva y las proporciones. Así que era prácticamente inevitable que, en algún momento, lo que estuviese vigilando le pareciese demasiado pequeño; entonces reclamaba que se hiciese más grande y, como allí nadie se atrevía a contradecirlo, se le obedecía. La consecuencia inmediata es que el área circundante de la Casa de la República se fue haciendo más y más grande, con más edificios; y la consecuencia de todo ello es que el edificio central comenzó a parecer más pequeño de lo que era. Era un sistema que se retroalimentaba.

Los perdedores de ese proceso fueron los residentes de la zona. El inicio del proyecto ya había supuesto que muchos de ellos se tuvieran que ir a tomar por culo. Pero ahora que el proyecto estaba creciendo de forma casi descontrolada, fueron miles los residentes que se quedaron sin casa. Ceaucescu también derribó hasta los cimientos varias iglesias, y sólo tras una fuerte campaña en occidente aceptó trasladar dos de ellas. Para entonces, arquitectos e historiadores rumanos estaban tan acojonados con la epidemia de destrucción que estaban creando las obras de los nuevos edificios, que comenzaron a surgir voces que proponían la creación de un censo de obras de arte e históricas rumanas, tratando con ello de protegerlas de la pica. Aun así, nadie pudo evitar que en todo el distrito de Urano, que como os he dicho estaba petado de edificios históricos, sólo sobreviviese la iglesia Mihai Voda, del siglo XVI, que fue trasladada unos centenares de metros. Un año antes de esta salvación, sin embargo, cinco iglesias ortodoxas habían sido hechas gravilla, y tres más al año siguiente. Quizá la pérdida más valiosa fue la del monasterio Vacaresti, construido en en siglo XVIII en las afueras de Bucarest, que fue reducido a nada para poder levantar un nuevo palacio de Justicia. Un pequeño grupo de historiadores solicitó por carta abierta la salvación del Vacaresti; pero lo cierto es que el episcopado ortodoxo no dijo nada.

En febrero de 1989, en el marco de la llamada Comisión Bogomolov, Alexander Yavkolev, uno de los asesores más cercanos a Gorvachev en materia exterior, consideraba que, en el medio plazo, Rumania podría enfrentarse a varios escenarios posibles: el escenario favorable pasaba por la sustitución de Ceaucescu al frente del régimen comunista por algún político más creíble y flexible (lo que podríamos denominar la vía Delcy). El escenario medio planteaba el mantenimiento del liderazgo del país y la continuidad en el deterioro social, por lo que, de no mejorarse esta situación, podría producirse una explosión social. Aparentemente, Yakovlev no quiso explicitar un escenario pesimista.

El gran problema para Ceaucescu, en ese momento, es que no se fiaba de nadie, ni de nada. En todo veía las semillas de una conspiración contra él. Las cosas como son, conforme avanzó la década de los ochenta, sobre todo su segunda mitad, hay cosas que se le pusieron de cara. Rumania siempre había sido el Pepito Grillo del Pacto de Varsovia, contestando las frecuentes llamadas de la URSS hacia un rearme y un aumento de la inversión militar. Tras la reunión de Gorvachev con Reagan en Rejkiavik, precisamente estas ideas pasaron a ser la estrategia de moda entre los comunistas, es decir, Ceaucescu quedó reivindicado. Pero ni siquiera entonces supo subirse al caballo, porque, como os digo, para entonces cualquier oferta le parecía una trampa.

Esta desconfianza generalizada fue especialmente lesiva para los rumanos en lo tocante a la tecnología. Los ochenta del siglo XX fueron la primera década en la Historia del hombre en la que se empezó a percibir con claridad que el camino de la productividad era la automatización y la digitalización. Ceaucescu, sin embargo, recelaba de todas estas soluciones. Rumania se negó a entender el surgimiento de los computadores, de las copiadoras, de los fax. Para usar una fotocopiadora había que registrarse.

Lo más importante de todo es que Ceaucescu, a pesar de haber sido en 1968 el dirigente comunista más cercano a la primavera checa, ahora se había convertido en el mayor creyente de la doctrina Breznev; ahora, que ni siquiera los soviéticos la apoyaban. Las relaciones con Gorvachev se volvieron gélidas; Ceaucescu era frontalmente opuesto a la perestroika y la glasnost. Para entonces, lo que más le preocupaba de todo, porque le parecía un ejemplo muy jodido para él, era la situación en Polonia. Y cuando miembros de Solidaridad entraron en el gobierno polaco, directamente entró en pánico. Él, que veinte años antes había defendido que el Pacto de Varsovia no debería haber enviado sus tanques a Praga, ahora defendía que el mismo Pacto debía de hacer lo que hiciese falta para conservar el comunismo en Polonia. El 19 de agosto de 1989, Ceaucescu se entrevistó con el embajador soviético en Bucarest, Evgheni Mihailovicth Thazelnikov, en presencia del ministro rumano de Asuntos Exteriores, Ioan Totu. Ceaucescu apeló a la toma de “medidas urgentes” que impidiesen “la liquidación del socialismo” en Polonia. Solicitó una entrevista urgente con Gorvachev. El líder soviético, sin embargo, tenía para entonces las mismas ganas de verse con Ceucescu que de pegarse un tiro en cada cojón. El Politburó del PCUS se reunió para analizar la situación; reunión tras la cual Eduard Shevardnadze, titular soviético de Exteriores, se dirigió a su colega rumano, el Totu, para decirle que en el PCUS preferían que el Partido de los Trabajadores Polacos se lamiese su propio pene. El 20 de noviembre de 1989, ante el XIV Congreso del Partido Comunista Rumano, Ceaucescu se despachó con un discurso en el que puso a Gorvachev, y a sus políticas, de puta para arriba.

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