Rumania, ese chollo
A la sombra de los soviéticos en flor
Quiero rendirme
El largo camino hacia el armisticio
Conspirando a toda velocidad
El golpe
Elecciones libres; o no
En contra de mi propio gobierno
Elecciones libres (como en la URSS)
El último obstáculo, el rey
Con la Iglesia hemos topado
El calvario uniate
Securitate
Yo quiero ser un colectivizador como mi papá
Stefan Foris
Patrascanu y Pauker
La caída en desgracia de Lucretiu Patrascanu
La sombra del titoísmo
Gheorghiu-Dej se queda solo
Ana Pauker, salvada por un ictus
La apoteosis del primer comunista de Rumania
Hungría
Donde dije digo…
El mejor amigo del primo de Zumosol
Pitesti
Pío, pío, que yo no he sido
Trabajador forzado por la gracia de Lenin
Los comienzos de la diferenciación
Pues yo me voy a La Mutua (china)
Hasta nunca Gheorghe
El nuevo mando
Yo no fui
Yo no soy ellos
Enemigo de sus amigos
Grandeza y miseria
De mal en peor
Esos putos húngaros
El puteo húngaro
El maldito libro transilvano
El sudoku moldavo
La fumada de Artiom Lazarev
Viva Besarabia libre (y rumana)
Primeras disidencias
Goma
Los protestantes protestan
Al líder obrero no lo quieren los obreros
Brasov
No toques a Tokes
Arde Timisoara
El derrumbador de iglesias y monasterios
Qué mal va esto
Epílogo: el comunista que quiso sorber y soplar a la vez
Conforme la situación en Rumania se fue haciendo cada vez más fastidiosa y Ceaucescu se fue mostrando más inflexible y desconectado con la realidad, en el Ejército del país comenzó a producirse un cierto movimiento de descontento entre algunos oficiales. En febrero de 1990, cuando ya todo había pasado, el general Stefan Kostyal, que había servido en el Directorio Político del Ejército, publicó informaciones en el sentido de que ya en 1970 Ceaucescu le había encargado una limpieza a fondo de no rumanos en las Fuerzas Armadas. Parece ser que protestó y que fue degradado por ello. Este tipo de sucesos lo llevó a confluir con el almirante Nicolae Mihai para que firmasen una carta al Comité Central. La carta provocó que Mihai fuese también degradado, mientras que Kostyal fue obligado a residir obligatoriamente en una población del interior.
Siempre según Kostyal, en 1984
había habido otra conspiración militar. Aparentemente, dos grupos que hasta entonces
habían estado diseñando sendas operaciones para derribar a Ceucescu entraron en
contacto. Un grupo estaba liderado por el general Ion Ionita, que fue sido
ministro de Defensa entre 1966 y 1976. En 1979 cayó en desgracia y perdió todos
sus puestos entre 1982 y 1984. A partir de ese momento, comenzó a pensar en un
golpe militar contra Ceaucescu (que no necesariamente contra el comunismo, pues
siempre se ha especulado que los soviéticos podrían no haber sido ajenos a
aquellos movimientos). Ionita consiguió ganarse la voluntad de Janos Fazekas,
un húngaro que había sido miembro del Comité Central, del Politburo y del
gobierno. También terminaron por reclutar a Kostyal.
El segundo grupo se nucleó
alrededor del general NIcolae Militaru, un hombre sospechoso de trabajar para
los soviéticos que había sido cesado de su puesto como jefe militar de la plaza
de Bucarest en 1978. Ion Iliescu, futuro presidente de la Rumania pos
comunista, sería, según algunas versiones miembro de este grupo. De hecho,
Militaru fue brevemente ministro de Defensa en la nueva etapa.
Una vez producida la fusión,
los planes que elaboraron para dar el golpe militar fueron finalmente
traicionados por dos generales: Gheorghe Gomiou y Dimitrie Popa. Ceaucescu,
enterado de las unidades de Bucarest que iban a usarse para el golpe, las envió
al campo para echar una mano en la recolección de la cosecha; con ello, el
golpe quedó anulado.
De todas maneras, la distancia
del Ejército no era una noticia terrible para Ceaucescu. Durante todo su
mandato, como el de su antecesor Gheorghiu-Dej, el verdadero sostén del régimen
y de la dictadura personal fue la Securitate. En la policía política rumana se
ganaban, de largo, los mejores sueldos de las fuerzas armadas; el comunismo
siempre quiso a sus Villarejos contentos.
A partir de 1987, cuando se
produjeron los sucesos de Brasov, Ceaucescu redobló las presiones sobre el
ministro del Interior, Tudor Postelnicu, para que la seguridad pública fuese
más efectiva. Quería mejorar el control sobre una sociedad rumana que se le
estaba escapando de entre los dedos. El tema llegó a ser tan serio que se
prohibieron las celebraciones de boda y las fiestas en restaurantes. Para
entonces, el general Marin Neagoe, responsable de la seguridad personal del
presidente, tenía a su cargo a 484 efectivos.
La paranoia de Ceaucescu se
incrementaba en paralelo a sus pensamientos faraónicos. Ya hemos visto que fue
el impulsor de un plan de reducción de villas por el cual quería cargarse unos
7.000 centros de población. Pero, en realidad, fue un obseso de las reconstrucciones
a su gusto y estilo. En marzo de 1977 le llegó la disculpa ideal cuando se
produjo un importante terremoto en Rumania. Diversos edificios de Bucarest
quedaron muy tocados, y ésta fue la disculpa que se buscó el Conducator para
encargarle a un grupo de arquitectos la búsqueda de algún área de la ciudad que
se considerase geológicamente más estable, para construir allí un nuevo centro
administrativo. Ceaucescu nunca engañó a nadie; “estoy buscando”, dijo, “la
forma de erigir un símbolo de las décadas ilustradas que hemos vivido”. Así que
proyectó la construcción de una Casa de la República, que estaría escoltada por
una Casa de las Ciencias, y otros edificios.
Se escogieron tres barrios de
la ciudad, situados en alto, como los ideales para el proyecto. Eran tres
barrios situados en la parte más antigua de la ciudad, por lo que la densidad
de monumentos históricos que había allí era muy elevada.
Ceaucescu convocó un concurso
para el diseño y construcción de la Casa de la República, que fue ganado por
Anca Petrescu, que en ese momento tenía 25 años y acababa de recibirse de
arquitecto, como dicen los hispanoamericanos.
De la cabeza de esta casi
estudiante salió la idea de construir el segundo edificio más grande del mundo
después del Pentágono, 86 metros de alto con fachadas de 276 metros; en total,
un área de 6,3 hectáreas. La fachada principal daría a un amplio bulevar,
flanqueado por bloques de apartamentos destinados a la nomenklatura comunista
rumana. Alrededor, también, estarían los ministerios y edificios oficiales. O sea: al lado de la visión de Petrescu, los Nuevos Ministerios de Franco aparecían como un apartamento de interior sin baño.
El diseño de Petrescu demandaba
la demolición del distrito de Urano completo, y de la mayor parte de los de
Rahova y Antim.
El 29 de diciembre de 1981,
Ceaucescu emitió un decreto presidencial para garantizar la realización de
estas obras. Nicolae y su mujer Elena comenzaron a obsesionarse totalmente con
el proyecto, y cada sábado por la mañana visitaban las obras.
Ceaucescu, en realidad, sólo
entendía de mandar. No era, en modo alguno, un hombre de poder que tuviese
gusto por la arquitectura, y por eso impulsaba ese proyecto. Le costaba
entender las explicaciones técnicas de Petrescu, especialmente los temas
relativos a la perspectiva y las proporciones. Así que era prácticamente
inevitable que, en algún momento, lo que estuviese vigilando le pareciese
demasiado pequeño; entonces reclamaba que se hiciese más grande y, como allí
nadie se atrevía a contradecirlo, se le obedecía. La consecuencia inmediata es
que el área circundante de la Casa de la República se fue haciendo más y más
grande, con más edificios; y la consecuencia de todo ello es que el edificio
central comenzó a parecer más pequeño de lo que era. Era un sistema que se
retroalimentaba.
Los perdedores de ese proceso
fueron los residentes de la zona. El inicio del proyecto ya había supuesto que
muchos de ellos se tuvieran que ir a tomar por culo. Pero ahora que el proyecto
estaba creciendo de forma casi descontrolada, fueron miles los residentes que
se quedaron sin casa. Ceaucescu también derribó hasta los cimientos varias
iglesias, y sólo tras una fuerte campaña en occidente aceptó trasladar dos de
ellas. Para entonces, arquitectos e historiadores rumanos estaban tan
acojonados con la epidemia de destrucción que estaban creando las obras de los nuevos edificios, que
comenzaron a surgir voces que proponían la creación de un censo de obras de
arte e históricas rumanas, tratando con ello de protegerlas de la pica. Aun
así, nadie pudo evitar que en todo el distrito de Urano, que como os he dicho
estaba petado de edificios históricos, sólo sobreviviese la iglesia Mihai Voda,
del siglo XVI, que fue trasladada unos centenares de metros. Un año antes de
esta salvación, sin embargo, cinco iglesias ortodoxas habían sido hechas
gravilla, y tres más al año siguiente. Quizá la pérdida más valiosa fue la del
monasterio Vacaresti, construido en en siglo XVIII en las afueras de Bucarest,
que fue reducido a nada para poder levantar un nuevo palacio de Justicia. Un
pequeño grupo de historiadores solicitó por carta abierta la salvación del
Vacaresti; pero lo cierto es que el episcopado ortodoxo no dijo nada.
En febrero de 1989, en el marco
de la llamada Comisión Bogomolov, Alexander Yavkolev, uno de los asesores más
cercanos a Gorvachev en materia exterior, consideraba que, en el medio plazo,
Rumania podría enfrentarse a varios escenarios posibles: el escenario favorable
pasaba por la sustitución de Ceaucescu al frente del régimen comunista por
algún político más creíble y flexible (lo que podríamos denominar la vía Delcy). El escenario medio planteaba el
mantenimiento del liderazgo del país y la continuidad en el deterioro social,
por lo que, de no mejorarse esta situación, podría producirse una explosión
social. Aparentemente, Yakovlev no quiso explicitar un escenario pesimista.
El gran problema para
Ceaucescu, en ese momento, es que no se fiaba de nadie, ni de nada. En todo
veía las semillas de una conspiración contra él. Las cosas como son, conforme
avanzó la década de los ochenta, sobre todo su segunda mitad, hay cosas que se
le pusieron de cara. Rumania siempre había sido el Pepito Grillo del Pacto de
Varsovia, contestando las frecuentes llamadas de la URSS hacia un rearme y un
aumento de la inversión militar. Tras la reunión de Gorvachev con Reagan en
Rejkiavik, precisamente estas ideas pasaron a ser la estrategia de moda entre
los comunistas, es decir, Ceaucescu quedó reivindicado. Pero ni siquiera
entonces supo subirse al caballo, porque, como os digo, para entonces cualquier
oferta le parecía una trampa.
Esta desconfianza generalizada
fue especialmente lesiva para los rumanos en lo tocante a la tecnología. Los
ochenta del siglo XX fueron la primera década en la Historia del hombre en la
que se empezó a percibir con claridad que el camino de la productividad era la
automatización y la digitalización. Ceaucescu, sin embargo, recelaba de todas
estas soluciones. Rumania se negó a entender el surgimiento de los
computadores, de las copiadoras, de los fax. Para usar una fotocopiadora había
que registrarse.
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