lunes, marzo 29, 2021

Islam (28: musulmanes, pero no de la misma manera)

El modesto mequí que tenía the eye of the tiger

Los otros sólo están equivocados
¡Vente p’a Medina, tío!
El Profeta desmiente las apuestas en Badr
Ohod
El Foso
La consolidación
Abu Bakr y los musulmanes catalanes
Osmán, el candidato del establishment
Al fin y a la postre, perro no come perro
¿Es que los hombres pueden arbitrar las decisiones de Dios?
La monarquía omeya
El martirio de Husein bin Alí
Los abásidas
De cómo el poder bagdadí se fue yendo a la mierda
Yo por aquí, tú por Alí
Suníes
Shiíes
Un califato y dos creencias bien diferenciadas
Las tribulaciones de ser un shií duodecimano
Los otros shiíes
Drusos y assasin
La mañana que Hulegu cambió la Historia; o no
El shiismo y la ijtihad
Sha Abbas, la cumbre safavid; y Nadir, el torpe mediador
Otomanos y mughales
Wahabismo
Musulmanes, pero no de la misma manera
La Gran Guerra deja el sudoku musulmán hecho unos zorros
Ibn Saud, el primo de Zumosol islámico
A los beatos se les ponen las cosas de cara
Iraq, Siria, Arabia
Jomeini y el jomeinismo
La guerra Irán-Iraq
Las aureolas de una revolución
El factor talibán
Iraq, ese caos
Presente, y futuro


En el siglo XIX, el mundo musulmán siguió siendo musulmán; pero ya no de la misma manera.

El siglo XIX es el siglo del estrechamiento del mundo. El ferrocarril, el telégrafo, son invenciones que acabarán por conseguir que todo lo que ocurre durante nuestra vida en cualquier parte del mundo podamos aspirar a conocerlo antes de morirnos. El siglo XIX es el siglo más democrático de la Historia de la Humanidad porque es el siglo en el que más cosas, entre ellas la propia democracia, se van democratizando. El Islam es una religión tremendamente basada en la tradición, exactamente igual que el cristianismo. De forma inevitable, ambas partes tenían que sufrir fatiga de material a base de entrar en contacto con otras tradiciones. El siglo XIX es un siglo en el que, por ejemplo, el  Chiringuito de los Francisquitos entra por la puerta gordo, orondo y poderoso, y sale por una cancela delgadito, medio olvidado y sin Estados. Al Islam no le ocurre lo mismo, entre otras cosas porque no tiene  Francisquito; pero eso no quiere decir que no sea objeto de un proceso relativamente parecido.

Por primera vez en su Historia, el Islam está en contacto sencillo y casi inmediato con ideas que no han surgido en su seno: secularismo, democracia, nacionalismo, constitucionalismo. Inicialmente, el Islam las rechaza como cosas de extranjeros, como el señor de Soria que se niega a comer saltamontes fritos como determinados asiáticos (y algunos mexicanos, creo). Pero, finalmente, tendrá que tomar para sí la labor de hacer algo con esas ideas, integrarlas.

El siglo XIX es, también, un siglo en el que se juega un partido que el Islam no está acostumbrado a jugar. La religión victoriosa durante muchos siglos, a través de varias y diversas dinastías y teologías, de repente está a la defensiva: pierde presión. En 1914, en el mundo sólo quedan tres estados musulmanes: el Imperio otomano, ese zombie; Irán; y Afganistán. El Islam ha perdido o pronto perderá, califalmente hablando: España, el Magreb, Egipto, Siria, Iraq, Arabia, la India.

A finales del siglo XVIII, por otra parte, la guerra interna musulmana se puede considerar definitivamente ganada por los suníes. Los shiíes han de conformarse con Irán y Azerbaián (entonces incluido en esa monarquía), Bahrain, algunas zonas de la India y algunos parches árabes. En el Imperio otomano, los enclaves shiíes son bastante pocos: Jebel Amil (Líbano), Kerbala, Najaf, Hilla. Los zaidíes siguen siendo importantes en las montañas yemeníes, mientras alauitas y drusos hacen lo que pueden en sus áreas de Siria.

A esta situación de finales del XVIII se une, como digo, el hecho de que el siglo XIX es el gran siglo de las potencias occidentales. El poder colonial es muy fuerte, y las sociedades islámicas contemplan con estupor cómo, de iure o de facto, importantes partes de su nación islámica van cayendo bajo el control de señores que viven en lugares muy fríos. Esto hace surgir la idea del panislamismo, de la defensa del orbe musulmán en su conjunto; se revisita la idea califal, que es la idea musulmana por excelencia; no lo olvidéis, y así entenderéis por qué ha vuelto, y por qué volverá, y volverá, y volverá.

Durante todo el siglo XIX, oliendo este efluvio, el Imperio otomano trabajará para revivir sus credenciales califales. Abdul Hamid II, sultán que lo fue entre 1876 y 1909, muestra mucho más interés por ser apelado de califa que de sultán. La gran nación turca adopta una Constitución precisamente en 1876; una ley de leyes que comienza por establecer que “Su Majestad el Sultán es, en su capacidad como Califa Supremo, el  protector de la religión musulmana”. El desdibujado imperio turco pretendía, de esta manera, extender su autoridad sobre todos los islamitas del mundo (y, al tiempo, retener el derecho de llamarlos para defenderlo). Dado que el Imperio turco tenía muy pocas credenciales que exhibir para justificarse como heredero del poder califal, Hamid tuvo que crear en Estambul toda una escuela de eruditos que le ayudasen a generar la idea panislamista bajo cuya protección sería posible lograr el objetivo político deseado. Esta escuela, que a veces ha sido comparada con un pequeño Vaticano islámico, es la que desarrolla la idea de que no importan las fronteras, ni los orígenes, sólo la Fe; es, básicamente, lo que conocemos como islamismo. Hay una diferencia, en efecto, entre islamista e islamita. Islamita es la palabra que utiliza, por ejemplo, Sánchez-Albornoz en sus libros sobre la España de la Edad Media; tiene un significado de musulmán a secas. Islamista es otra cosa; es alguien que, como acabamos de leer, abraza la idea de la unión de todos los musulmanes basada en su fe. Alguien que cree que la creencia está por encima de la nacionalidad. Una especie de musulmán internacionalista, pues.

Tras la guerra de Crimea (1856), las potencias europeas tomaron la decisión de integrar al Imperio turco en el orden mundial, por así decirlo; Estambul pudo participar, entonces, en el Congreso de Viena. Para los turcos, esto adquirió un gran valor. Emisarios suyos se dedicaron a ir a las remotas mezquitas del mundo para recordarle a los fieles que no sólo debían rezar por el alma de los viejos califas; también de los nuevos.

Con toda esta parafernalia, sin embargo, Abdul Hamid no intentaba otra cosa que esconder la durísima realidad de una entidad imperial que estaba perdiendo gran parte de su poder. Como sabemos, en el año 1908 los llamados Jóvenes Turcos dieron un golpe de Estado. Entre los jóvenes turcos había miembros que puede que fuesen jóvenes, pero turcos no eran. Había musulmanes balcánicos, judíos, armenios. Eso no les impidió, sin embargo, crear una ideología abiertamente nacionalista y secular. Turquía, pues, siguió siendo un Estado musulmán, pero sus reivindicaciones sunitas perdieron fuerza.

En el lado shií, Irán fue gobernado desde 1790 hasta 1920 por la misma dinastía: los Qajar, gobernantes de la pata kizilbash. Esto hacía que, pese a ser rabiosamente duodecimanos, siendo como eran de origen turco no podían, como los safavides, argumentarse como descendientes de los imanes.

Los Qajar cultivaron con pasión a los eruditos usulíes, pero eso sólo sirvió para que esta casta de clérigos, que hemos de recordar hacía de sus interpretaciones de los textos islámicos la principal fuente doctrinal, crease un fuerte poder independiente y difícilmente controlado por los gobernantes temporales.

Los usulíes, además, crearon su propia jerarquía. En su escalón más bajo están los mulás, que son aquellos clérigos que elaboran criterios sobre materias que están, por así decirlo, muy claras. Por encima de los mulás están los mujtahidin, estudiosos con conocimientos sobre los principios en los que se basan las reglas de interpretación y que, por lo tanto, son capaces de dictar instrucciones por sí mismos. Por encima de ellos, y en la cumbre de la pirámide, se encuentran aquellos eruditos que tienen una competencia por encima de las anteriores, absoluta y completa, la ijtihad mutlaq o ijtihad absoluta o sin discusión. El simple creyente, y el mulá, normalmente elegían un mujtahid para seguirle. Si un erudito llegaba a la categoría de único y máximo intérprete de la ley islámica, eso es algo que sólo puede surgir del consenso de los creyentes. Nada de cónclaves ni movidas.

Esta lucha por la hegemonía shií tuvo otros objetivos en los sufíes, el llamado movimiento Babi y los Bahais. El movimiento Babi fue consecuencia de la celebración del milenio de la ocultación del décimo segundo imán, ocurrido en 1844. Alí Mohamed, un tipo de Shiraz que era descendiente de El Profeta, se descolgó con un anuncio peligroso: el imán reaparecería en Kerbala el 1 de enero de 1845. Para sí mismo reservó el puesto de bab o mensajero que permitía el acceso al imán. En un  primer momento, cuando un grupo de clérigos se le echó a la chepa y le dijeron que no mamase, se retractó; pero luego volvió a las andadas y se descolgó con que ni regreso ni leches; que él era el imán en su propia mismidad. En consecuencia, mandó la sharia a tomar vientos, puesto que, como es bien sabido, en el momento en que llegue el Fin de los Tiempos, ya no tendrá validez. Con profundo dolor de su corazón, puesto que era descendiente de quien era, las autoridades tuvieron que enjaretarlo, fustigarlo y, finalmente, ejecutarlo en 1850. Sus seguidores, sin embargo, puesto que ya tenían un mártir, crecieron y se rebelaron. Entre estos rebeldes estaba Mirza Husein Alí Nuri Bahaulá, que se convertiría en el fundador de la religión Bahai, la minoría religiosa más numerosa del Irán.

En todo caso, lo realmente importante es la gran fuerza que la clase clerical acopió en Irán, algo que se haría claro en 1890 cuando, en medio de un conflicto que ya hemos contado en este blog, consiguieron que toda la población de Irán dejase de fumar. Con mayor importancia que ese proceso, hay que hablar de la conocida como la revolución constitucional iraní (1905-1911). El gobernador de Teherán hizo flagelar públicamente a unos cuantos mercaderes que consideraba estaban especulando con el precio del azúcar. Los clérigos se pusieron de parte de los mercaderes. La revolución subsiguiente fue atizada por los clérigos, quienes tuvieron un papel fundamental en el diseño de la Constitución que fue el resultado de todo aquel proceso; ley de leyes que ya afirma que el shiismo duodecimano es la religión estatal. Se estableció un comité de mujtahids que tendría poder de veto sobre la legislación, para garantizar su compatibilidad con el Islam. Este comité, sin embargo, nunca se constituyó (entonces, quiero decir).

El hecho de que la nación se dotase de una Constitución fue notablemente complejo. Muy pronto hubo clérigos que comenzaron a destacar que había aspectos en la regulación que no eran compatibles con la sharia. Entre otras cosas, la Constitución establecía un sistema judicial mínimamente racional, esto es, ajeno a las estructuras clericales; por no hablar de la igualdad de los ciudadanos ante la ley, que no es muy compatible con la distinción básica que hace la sharia entre musulmanes y no musulmanes.

Hasta el siglo XVIII y buena parte del XIX, las diferencias entre suníes y shiíes estaban destinadas a profundizarse. Sin embargo, un factor importantísimo tendió a partir de entonces a desdibujar las diferencias entre las dos grandes formas de concebir el Islam: Occidente. El hecho de que las naciones musulmanas se sintiesen crecientemente agredidas por el poder de las potencias occidentales, un sentimiento que, lógicamente, se elevó exponencialmente tras la creación del Estado de Israel, tendió a que las zanjas entre musulmanes se fuesen rellenando en muchos casos. En buena parte de los países que forman el centro del Islam, sin embargo, no hay que olvidar que la diferencia entre suníes y shiíes evolucionó como diferencia social. Sin ir más lejos, en Iraq el hecho de que las clases urbanas y crecientemente prósperas tendiesen a ser suníes, mientras que la mayoría de los habitantes rurales, de mucho menor nivel económico, fuesen shiíes, labró buena parte de las divisiones que todavía son visibles en su sociedad. De hecho, esta diferencia no fue, probablemente, ajena al desarrollo del shiismo duodecimano en el sur de este país.

Iraq era la localización de cuatro grandes santuarios shiíes: Nayaf, Kerbala, Kazimain y Samarra. Cuando, a principios del siglo XVIII, los afganos suníes capturaron Isphahan, obligaron a muchos clérigos shiíes residentes allí a emigrar a Iraq, especialmente a Nayaf y Kerbala. Su comunión de objetivos con los iraníes provocó que estas ciudades obtuviesen de los turcos un estatus especial, una especie de cupo duodecimano usulí que las hizo prácticamente independientes. Diversas tribus del sur del país fueron convertidas y cuando, a finales del siglo XIX, la administración otomana actuase contra ellos, buscando asimilarlas al sunismo, no hicieron otra cosa que echar gasolina a la hoguera.

Ante esta realidad, la administración turca sunita decidió actuar contra los iraníes shiíes y a finales del siglo XIX se planteó limitar sus movimientos en Iraq, bajo su administración. En este entorno de cosas fue en el que se produjeron las tentativas, quizá demasiado bienintencionadas, de Abdul Hamid.

A pesar de estos conflictos, como digo, en este momento del análisis estamos en el punto en el que debemos hablar más de la solidaridad entre musulmanes. Porque los tiempos están cambiando y, además, lo hacen muy deprisa.

2 comentarios:

  1. Tengo que admitir que al leer alauita he pensado primero en la dinastía marroquí.

    En 1914, en el mundo sólo quedan tres estados musulmanes: el Imperio otomano, ese zombie; Irán; y Afganistán. El Islam ha perdido o pronto perderá, califalmente hablando: España, el Magreb, Egipto, Siria, Iraq, Arabia, la India.

    Así, uno entiende mejor la "alianza" entre el Islam y ciertos grupos que se definen como descolonizadores, aunque sean totalmente incompatibles.

    ResponderBorrar
  2. Anónimo9:24 p. m.

    "El siglo XIX es un siglo en el que, por ejemplo, el Chiringuito de los Francisquitos entra por la puerta gordo, orondo y poderoso, y sale por una cancela delgadito, medio olvidado y sin Estados. Al Islam no le ocurre lo mismo, entre otras cosas porque no tiene Francisquito..."

    Eso,y sobre todo porque de hecho la mayoría de los pueblos musulmanes vivían, aún viven, plenamente su dulce Edad media. En cuanto el personal pruebe las mieles del materialismo,y que puede pillar las 72 virgenes en este mundo los varones, o al hombre que las dejará plenamente satisfechas las hembras, al Islám como es hoy le quedan cuatro primaveras. Algo que ya está ocurriendo allá por los dominios de los petrodolares, postureo público meapilas de ablución aparte.

    ResponderBorrar