viernes, julio 17, 2020

La Baader-Meinhof (y 28: queridos siperos)

Éstas son todas las tomas de esta serie. Los enlaces irán apareciendo conforme se publiquen.


Los exámenes post mortem confirmaron la tesis del suicidio. Sin embargo, las opiniones en contra pronto llegaron del propio ambiente de los presos. Irmgard Moller,  por ejemplo, aseguró que se había rociado gas en las celdas, que los presos habían sido drogados, y que ella misma se había encontrado con las heridas de cuchillo al despertarse. Sin embargo, no se encontraron trazas de drogas o gas en su cuerpo.

En todo caso, la muerte de Baader, Raspe y Ensslin dejaba dos grandes preguntas sin responder. Una, creo yo que de menor jaez, era cómo habían sido capaces de enterarse del resultado de la acción de Mogadiscio. La otra, mucho más importante, de dónde habían sacado Baader y Raspe sus sendas pistolas; porque, la verdad, los presos, y sobre todo los de máxima seguridad, no tienen costumbre de estar armados.

Sobre lo primero, el misterio tenía poco recorrido. Las autoridades de la cárcel, seis semanas antes, cuando se decidió el aislamiento, se habían llevado radios y televisiones; pero habían mantenido el cableado de las celdas y no se habían atrevido a hacer registros a fondo, por temor a las protestas continuas de familiares y abogados. Cuando la búsqueda se hizo bien hecha, se encontró que Raspe había conservado un pequeño transistor, que el cableado le había servido de antena y que había desarrollado un sistema de señales para transmitir de una celda a otra.

En lo tocante a las armas, la tesis de la policía es que habían sido introducidas antes del aislamiento, en un momento en el que los contactos con abogados y familiares eran frecuentes y relativamente incontrolados. Además, una de las piezas del arma con la que se mató Raspe, o que mató a Raspe, había sido comprada en Basilea en noviembre de 1976, junto con una carabina que acabó siéndole intervenida a un miembro del grupo de Haag, o sea la nueva RAF, cuando la policía lo arrestó. Aunque también es cierto que esta teoría de que las armas habían sido introducidas con mucha premeditación le venía muy bien al Estado alemán a la hora de defender la idea de que el suicidio había sido una táctica premeditada, ligada al momento en que los presos reputasen inevitable su permanencia en prisión.

Hay que decir que esta teoría, en todo caso, no está exenta de puntos de apoyo. Simpatizantes de la RAF, en sus apelaciones a que el gobierno alemán cediese a las exigencias de los secuestradores de Mogadiscio, habían dicho ya que, si no pasaba tal cosa, temían que los presos fuesen asesinados en la cárcel. Y, el día que Schlayer fue secuestrado, un correo interno a las células terroristas les conminaba a prepararse para la posible muerte de los presos. En el mismo mes de octubre en que se produjo el secuestro aéreo, Andreas Baader le escribió una carta a un tribunal de Stuttgart en la que aseguraba que ninguno de los presos de Stammheim cometería nunca suicidio; pero el caso es que el tribunal no le había inquirido esa información. Gudrun Ensslin, por su parte, le dijo a dos clérigos que la visitaron que, si ella o sus compañeros eran asesinados, podían encontrar en determinado lugar unas cartas que lo explicaban todo. Sin embargo, esas cartas no aparecieron, aunque, obviamente, quien quiere creer en la teoría del asesinato puede creer que lo que pasó es que los servicios secretos alemanes llegaron antes que los curas (o que los propios curas eran del servicio secreto).

Como ocurre a veces con los problemas ligados con el terrorismo, las acciones de protesta contra la muerte de Baader, Raspe y Ensslin fueron más frecuentes, y más violentas, fuera de Alemania. El clímax se alcanzó a primera hora de la tarde del miércoles, 19 de octubre. En la redacción parisina del diario Liberation se recibió una llamada en la que el comando Siegfried Hausner informaba de que el cuerpo sin vida del doctor Schlayer estaba en un Audi aparcado en la calle Péguy, en Mulhouse. Los forenses dictaminaron que el disparo en la nuca que lo mató había sido hecho el día 18; los terroristas, pues, reaccionaron inmediatamente a las noticias de Somalia.

La policía se lanzó a por dieciséis personas que se convirtieron en las más buscadas de Alemania: Albrecht, Klar, el abogado Lang, Willy Peter Stroll, Elisabeth van Dyck, Maier-Witt, Schultz, Sternebeck, Speitel, Frederike Krabbe (hermana de Hanna Elise), Juliane Palmbeck, Inge Viett, Brigitte Mohnhaupt, Rolf Heissner, Rolf Clemens Wagner y Christoph Michael Wackemagel.

A Andreas Baader, Jan Carl Raspe y Gudrun Ensslin los enterraron el 27 de octubre, en un cementerio de Stuttgart, en medio de las protestas de vecinos de la ciudad, que no los querían allí.

La huella de la Baader-Meinhof permaneció, o permanece, de forma importante en Alemania. Aunque la organización se disolvió en los últimos estertores del siglo pasado, todavía en el 2008, por ejemplo, la liberación de Christian Klar, uno de los terroristas de segunda hornada, entonces con 56 años, produjo una importante polvareda en el país, por cuanto Klar no había mostrado arrepentimiento por sus acciones.

¿Me preguntáis qué creo de la muerte de Baader, Meinhof, Raspe y Ensslin? Ya lo he insinuado párrafos atrás: yo tiendo a inclinarme por la tesis de que se suicidaron. Creo que un Estado como el alemán, que muestra la capacidad de repetir la jugada de Entebbe, lo cual tenía su dificultad porque los terroristas la estaban esperando, no sería tan torpe como para matar a unos presos como supuestamente los mató. Ciertamente, ya lo he dicho, las autoridades alemanas actuaron en todo este tema como si se la sudase que la gente dijese o creyese; en el caso de la autopsia de Ulrike Meinhof, por ejemplo, no creo que hubieran perdido gran cosa siendo más transparentes. Pero, sinceramente, lo de Baader y Raspe a mí me parece que no tiene pase. Un Estado que tiene a dos tipos metidos en sendas celdas, aislados, totalmente controlados, puede encontrar cienes y cienes de drogas irrastreables en el cuerpo apenas horas después de la muerte que sustituirían con eficiencia a un disparo con una pistola. Cargarte a un preso en una celda de un tiro en la cabeza, para mí, equivale a que mañana, en una celda de Topas, provincia de Salamanca, apareciese un preso muerto por la mordedura de una mamba negra, siendo el director de la prisión un conocido herpetólogo. Como asesinato preparado, es una gilipollez.

El juicio a la RAF, en todo caso, no se para en el propio grupo. Nunca es así con los terroristas. El juicio a la RAF es, también, el juicio a los siperos. El juicio a una sociedad que, claro, con su recia tradición protestante ya habrá olvidado esa admonición, tan cierta, de la misa católica, que nos advierte que, cuando pecamos, lo hacemos de palabra, de obra, y, también, de omisión. El pecado de omisión es tan gordo como sus otros dos compañeros; y cabe preguntarse cuánta gente, cuántos colectivos, cuánto inteligente y cuánto minusválido conceptual pecaron de omisión durante aquellos locos años que ellos mismos, los habitantes de la década de los sesenta, luego intentaron mitificar, creo yo que para esconder las muchas miserias de aquellos años de mierda.

La historia de la RAF, como la historia de la ETA, nos enseña que ser terrorista es tener muchos apartamentos en los que recalar; en tener fuentes de dinero, escondites suficientes para la pasta, para las armas, para los explosivos. Detrás de un ejército de ejecutores hace falta que exista otro ejército, tan numeroso o más, de eso que podemos llamar civiles colaborantes. Personas que, de palabra, obra u omisión, trabajan para aportarle movilidad y eficiencia a los activistas. Porque, claro, son un poco cabrones; matar, no se debe matar. Pero es que…

Piénsese que la ETA, a pesar de tener sus santuarios y un terruño de origen donde eran y son muchos los que los comprendían, cuando no los defendían, tuvo que instaurar el impuesto revolucionario; se vio compelida a conseguir que quien no le quería dar dinero se lo diera a la fuerza. La RAF no necesitó eso; tenía los palos a los bancos, y luego a los amigos, y luego a lo siperos. Además, ¿la financiaron desde más allá del muro? Sería muy inocente pensar que no. Pero, aun así, eso no lo puede explicar todo.

Yo tuve un profesor en el colegio que había estudiado varios años en Heidelberg. Alguna vez contaba en clase que la moda en el colegio mayor donde estaba era colgar de la puerta de las habitaciones unos carteles que decían: “Juro que Ulrike Meinhof no ha dormido esta noche aquí”. La policía, sí, quería cazar a Ulrike Meinhof; los estudiantes se cachondeaban de eso, lo criticaban por excesivo; y seguro que no pocos de ellos decían aquello de Jawohl, aber… Y lo hacían en la misma población en la que esos tipos se habían llevado por delante a dos estadounidenses prácticamente de su edad que estaban admirando un coche nuevo.

El relativismo moral es la antesala de la superioridad moral. Toda persona que considera que, por pensar las cosas que piensa, por escuchar la música que escucha, por leer los libros que lee o por ver el cine que ve, tiene derecho a mirarte por encima del hombro porque tú piensas, escuchas, lees o ves otras cosas, en realidad lleva en su interior un puto duende kazajo (sí, la mayor parte de las conciencias son de Kazajstán, mira tú) que está ahí para recordarle que las ideas que tiene, y sobre todo las que tuvo, a veces son malas ideas. En su fuero interno, todo el mundo sabe que si un tipo se dedica a matar gente porque en Vietnam están matando gente es un rocapollas de la vida. Lo saben, y porque lo saben necesitan el relativismo moral, el no es para tanto, el todo tiene su justificación, el y tú más; todos ellos, trampantojos morales diseñados para que parezca que tienen una ventana abierta a las verdades cuando, en realidad, lo suyo es sobrevivir en los sótanos húmedos y oscuros de la autocomplacencia.

La primera etapa, digo, es decir: todo da igual. La primera etapa es decir cosas como que unos tipos que ejercen la violencia porque han sido comandados para ello por un sistema constitucional de elecciones libres, porque tienen pues el monopolio democrático de esa violencia, están al mismo nivel que unos tipos que ejercen la violencia porque les sale de los cojones, porque quieren hacer una revolución o porque están matando a mucha gente en Vietnam. El segundo paso, cuando el duende kazajo no para de repetir Siz jaqsı emessiz jäne siz onı bilesiz (que es, según el Google Translate, como se dice en kazajo: “no eres bueno, y lo sabes”), es convertir ese relativismo moral en superioridad moral. Por eso, los herederos de aquellos chicos tan pesados, de jersey de cuello alto, conversación apestosa, principios variables y perillas mal cuidadas, siguen empeñados en convencernos de que lo suyo es lo más de lo más; porque, en el fondo, saben lo que hicieron, saben lo que dijeron, lo que pensaron; y, sobre todo, saben lo que no hicieron, lo que no pensaron, y lo que no dijeron.

Yo, sin embargo, y lo digo con todo respeto, autoinculpándome de imbécil de salida para que ya nadie tenga que hacerlo, pienso que, del rastro de los terroristas, hay una sola cosa que queda: las víctimas. Un hombre de 29 años fallecido en la primera mitad de los años setenta del siglo pasado debería, tablas de mortalidad en la mano, haber vivido unos 50 años más; aproximadamente, hasta mediados de la próxima década. Ésa es, mutatis mutandis, la condena que recibieron sus hijos. Ni revisable, ni bajo palabra, ni hostias. Cincuenta años, cada minuto de ellos.

Algún día, queridos siperos, podíais tener un detallito y abrir la boquita para decir: Biz budan da jaqsısın jasay alamız. Que, de nuevo según Google, es como los kazajos dicen: podríamos haberlo hecho mejor.

5 comentarios:

  1. Lester Burnham2:57 p.m.

    Gracias por la serie, espectacular como siempre

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  2. ...Pero,si. Tanto monta, monta tanto. TODO el mundo pudo hacerlo mejor. Y todavía puede.
    De todas maneras, me encanta leerte, a pesar de tu obsesión por los cabellos de las meretrices. Un consejo: llama a la gente siempre (o casi siempre )de la misma manera, si unas veces lo haces por su nombre, otras por su apellido, otras por su profesión, otras por su apodo y otras por el mote que te inventes; muchas veces se hace dificil saber a quién te refieres.

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  3. Todos los buenos misterios lo son porque ninguna de las alternativas es realmente convincente. O si se prefiere, todas tienen agujeros que las hacen muy improbables. El caso del suicidio de los líderes de la RAF es uno de esos misterios. Personalmente, y sin tener mucha información, no me atrevo a decantarme, la verdad.

    A favor del suicidio está el hecho de que como asesinato es excesivamente chapucero y que el Estado Alemán tenía poco que ganar en ese momento. A favor de la ejecución extrajudicial está que son suicidios muy raros y además en cárceles de máxima seguridad. Más aún teniendo en cuenta que “la banda de fuera” había dado muestras de querer liberar a los presos como fuera y tendrían que estar muy vigilados, pero, claro, ya dieron muestras de idiocia cuando Meinhof liberó a Baader. Tampoco la personalidad de los terroristas de izquierda ha sido especialmente proclive a la inmolación por lo general, pero por otro lado los de la RAF parecían menos “profesionales” y un poco más grillados si cabe que los de otros grupos. En fin, a ninguna de las alternativas se le puede aplicar la navaja de Ockham. Eso sí, en cualquiera de los dos casos, quedó claro que el Estado Alemán fue un completo chapucero.

    Como mucha gente de mi generación, crecí entre gente que daba por hecho que había sido un asesinato, y ahí incluyo tanto a los que lo criticaban como los que se regocijaban. Curiosamente (o no) se reprodujo en las mismas personas la valoración sobre el GAL: los que apoyaban la liquidación de etarras por la vía rápida solían esgrimir “lo que hizo Alemania con la banda Baader-Meinhof” (alabándolo, claro está), y los que criticaban el GAL, pues lo mismo, pero al revés. Ninguno veía contradictorio criticar unos asesinatos y otros no y siempre me llevé las tortas de ambos grupos por pensar que el “no matarás” no era algo orientativo. Los siperos abundan mucho. Está mal eso de asesinar, pero siempre hay que saber quién es el asesino, el asesinado y las motivaciones y dependiendo de todo eso, ya diré si me parece mal de forma categórica o introduzco un “si pero”.

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  4. Hace poco fue el aniversario del repugnante asesinato de Miguel Ángel Blanco-más repugnante aún pues fue una venganza por la liberación de José Antonio Ortega Lara-y en algún programa de televisión comentaron que fue un punto de inflexión en la lucha contra ETA. También muchas veces se mencionan atentados como el del Hipercor de Barcelona o los varios contra casas cuarteles en que murieron niños como ejemplos para prevenir que algún canalla le venda a algún jovenzuelo con intenciones de revolucionario la idea de que este grupo de "hijos de puta" (cita textual de gente de diversas orientaciones políticas) eran héroes antifascistas.

    No es inverosímil pensar que entre esos críticos hay antiguos "siperos" que ante cualquiera de estos crímenes ya no pudieron seguir la farsa y, por seguir tu nomenclatura, admitieron que el duende kazajo decía la verdad y se arrepintieron... en ese momento o después si al principio fue por puro cálculo político.

    En el caso del Ejército Rojo, no faltan momentos que pueden incitar al cambio de opinión: los secuestros a aviones y embajadas que se saldaron con muertos, la masacre de Múnich o que Ulrike Meinhof considerara que hacer de sus hijas terroristas era lo mejor para su futuro... No obstante, debe de ser que o bien los alemanes tienen otra cosmovisión, como dices, o que el "pero" era más fuerte por las circunstancias: pero no ha pasado en Alemania, pero era policía, pero las víctimas eran judíos, pero los asaltantes son mayormente palestinos, pero son sus hijas...

    Supongo que casi nadie está libre de esa horrible idea de que el enemigo de nuestro enemigo es nuestro amigo...

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  5. Magnífica serie, Juan. Muchas gracias. Excelente corolario para los siperos. Desgraciadamente ahí continúan.

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