lunes, julio 06, 2020

La Baader-Meinhof (23: sabihondos y suicidas)



1972 fue un año dificilillo para Alemania. Fue el año del arresto de la cúpula de la banda Baader-Meinhof, desde luego. Pero también fue el año en el que se celebraron los Juegos Olímpicos de Munich, y por lo tanto la acción terrorista palestina en la que se llevaron por delante a once atletas irsaelitas. En una demostración bastante clara de cómo se las gasta el Comité Olímpico Internacional, una organización que se parece a la Iglesia católica en que ha terminado por estar montada por, para, a través de, cabe y con la pasta, es que, tras aquella tragedia, los juegos continuaron. No es de extrañar, con estos mimbres, que para aplazar los de este año hayan tenido que arrastrar el escroto varios kilómetros.

Una de las cosas que estaba pasando en aquella Alemania, en todo caso, era que el terrorismo de la Fracción del Ejército Rojo estaba prendiendo. Como ya hemos contado, las bombas de Heidelberg habían terminado por enemistar a la RAF con buena parte de la izquierda Sipero; pero también había tenido el efecto galvanizador sobre muchos grupos y grupúsculos de ultraizquierda, hasta entonces dedicados al terrorismo de baja intensidad, o ni eso, que ahora, sin embargo, decidieron crear sus propias franquicias. Quizás el más importante de todos esos movimientos, que en todo caso eran extraordinariamente permeables, por lo que a veces resultaba complejo saber quién militaba dónde, era el Movimiento 2 de Junio, llamado así por ser ésa la fecha del asesinato de Benno Ohnesorg.

Para los miembros principales de la Baader-Meinhof, sin embargo, había llegado el momento de esperar el juicio; pues no creo que haga falta explicar que, con el tipo de acciones que habían realizado, ya bastante más allá del incendio de unos almacenes en las horas de cierre, a nadie se le ocurrió proponer algún régimen lenitivo que pudiera facilitar la huida; y, desde luego, de haberlo propuesto, tampoco los jueces lo habrían concedido. Ahora, los Baader estaban acusados de asesinato, intento de asesinato, robo, y crimen organizado.

A Ulrike la llevaron a Colonia, a la prisión de Ossendorf. La metieron en una habitación para ella sola y su régimen era bastante bueno: tenía libros, una radio, y la posibilidad de ser visitada por parientes y personas cercanas; de hecho, su hermana la visitó, y llevó con ella a Regina y Betina. Podría recibir cartas. Ulrike recibía esas cartas y visitas con placer, aunque hay una excepción: cuando Renate Riemeck la escribió, la carta llegó devuelta sin siquiera haber sido abierta. La prisionera no quería saber nada de su medio madre.

Los abogados de la banda, sin embargo, no veían las cosas de esta forma. Para ellos, lo de las celdas individuales era, en realidad, una estrategia de tortura por aislamiento contra la que elevaron una protesta. Argumentaron que los presos estaban siendo sometidos a privación sensorial en celdas totalmente silenciosas y pintadas de blanco; que las luces de las celdas estaban encendidas en todo momento, y que las autoridades penitenciarias se negaban a permitir que fuesen examinados por médicos designados por los abogados. Cuando ese tema se solucionó, la primera prisionera que fue examinada por un médico independiente (so to speak) fue Astrid Proll. El facultativo concluyó que Proll sufría daño mental y físico. La enviaron a una clínica en la Selva Negra, de donde se escapó (huyó a Reino Unido, donde se casó y tuvo una vida modesta hasta que fue detenida en 1978. A su regreso a Alemania, logró evitar la cárcel porque ya había servido gran parte de la sentencia que tenía pendiente, y porque las acusaciones que le quedaban fueron eliminadas a cambio de su colaboración,. Que yo haya leído, Astrid Proll ha sido inquirida alguna vez sobre si se arrepiente de las acciones cometidas, pero nunca ha mostrado dicho arrepentimiento.)

En todo caso, el Ministerio de Justicia trató de responder a las acusaciones de los abogados de la banda. Arguyó, por ejemplo, que no es que las celdas de los prisioneros de la banda estuvieran pintadas de blanco; es que todas las celdas en Alemania estaban pintadas de blanco. Que el tema de dejar la luz encendida formaba parte de protocolos antisuicidio, para que los guardias pudiesen comprobar la situación del prisionero durante la noche. Negaron la privación sensorial o la tortura por aislamiento. De hecho, había casos, como el de Meins y Raspe, que habían sido autorizados a relacionarse con otros presos; y habían sido ellos mismos los que habían decidido pasar.

A pesar de estas respuestas, lo cierto es que el tratamiento de los presos cambió. Por ejemplo, Gudrun Ensslin fue trasladada a Ossendorf, donde pudo estar con Ulrike; momento que vino a coincidir con otro en el que Meinhof, aduciendo que la presencia de un funcionario de prisiones en sus entrevistas la coartaba de hablar libremente, dejó de recibir visitas de familiares e, incluso, de escribirle a sus hijas.

En septiembre de 1974, por otra parte, Meinhof fue trasladada a la prisión de Moabit, en Berlín. Era necesario que fuese a dicha ciudad porque iba a comenzar el juicio por la acción de huida de Baader. En ese juicio le cayeron ocho años, aunque eso no supuso que la separaran, cuando se acercó el juicio gordo, del resto de sus compañeros.

Los prisioneros en espera de juicio, cuando fueron emplazados en Stammheim, tenían bastante comodidad. No se les regulaba, por ejemplo, el uso de la luz; podían tenerla encendida el tiempo que quisieran (aunque, esto es muy alemán, tenían que pagarla). Se les autorizaba a tener televisiones portátiles. El paseo diario, que normalmente era de sesenta minutos en las cárceles alemanas, se amplió a noventa.  Cuatro días a la semana tenían dos horas para pasarlas todos juntos. Podían tener aparatos de gimnasia. Podían jugar una hora los sábados y domingos al ping-pong (pero nunca lo hicieron). Ulrike y Gudrun podían tener contacto con otras prisioneras (pero declinaron tenerlo). Tenían un par de miles de libros a su disposición, en una celda-biblioteca preparada al efecto. La propaganda sobre la presunta tortura que estaban sufriendo los presos de la Baader había tenido tanto efecto que, de hecho, otros presos de la misma cárcel acabarían por quejarse de los privilegios que reputaban excesivos.

Ya en la cárcel de Essen, entre el 20 de junio y el 10 de junio de 1972, Gudrun Ensslin había realizado una huelga de hambre. Lo hizo como protesta cuando se decretó una investigación sobre el abogado Otto Schily (fundador de Los Verdes, luego se pasó al SPD, con el que llegaría a ser ministro del Interior), acusado de pasarle a Ulrike Meinhof cartas de Gudrun. Esta misma investigación provocó la huelga de hambre de Ulrike Meinhof. No fueron las únicas. En los siguientes meses y años, hubo varias huelgas de hambre de prisioneros así llamados políticos. En general, la Administración alemana las afrontó ofreciéndole a los huelguistas leche entera con toda su nata y tal. Si los huelguistas rehuían tomarla, a los dos días se les retiraba el agua, para forzarles a beber la leche.

La mayoría de los abogados seleccionados por los encausados eran personas claramente identificadas con la izquierda. Christian Ströbele, por ejemplo, era miembro del colectivo de abogados satelizado alrededor de Horst Mahler (en 1983, Ströbele fue acusado de ayudar a terroristas encarcelados. Con el tiempo, se apuntó a la creación de Los Verdes, formación para la que ha sido parlamentario desde 1998 hasta el 2017). Asimismo, hay que contar a Klaus Croissant (quien, como Ströbele, sería excluido del juicio de Stammheim. Este tipo, siempre muy cercano a las organizaciones como la Baader como veremos, fue acusado por dicha colaboración, liberado bajo fianza, y huyó a Francia donde, entre otros, el inevitable Jean Paul Sartre hizo campaña contra su extradición a Alemania. Como quiera que hay veces (pocas) que la voz de los gilipollas no se impone, la extradición acabó verificándose. Tras su liberación, Croissant trabajó para la organización vanguardia de las libertades del hombre, también conocida como Stasi o policía política de la Alemania Oriental); a Jörg Lang (que se pasaría a la clandestinidad); el matrimonio formado por Eberhard y Marieluise Becker; o el que ya fue abogado de Ulrike Meinhof cuando se divorció, Kurt Grönewold (quien acabaría acusado como Ströbele de pasar información entre presos). Grönewold y Croissant fueron los principales portavoces de la campaña por las condiciones de los presos.

El 9 de febrero de 1973, siete abogados, entre ellos los Becker, Croissant y Grönewold, llevaron a cabo una huelga de hambre de cuatro días. Se colocaron, vestidos con sus togas (que trataban de no llevar en los juicios, pero que por lo visto son un uniforme indispensable en las huelgas de hambre) delante de la Bundesgerichtshof o Tribunal Supremo Federal en Karlsruhe.

Mientras pasaban estas cosas, sin embargo, diversos miembros de la banda eran llevados a juicio y, por lo general, condenados. A Karl Heinz Ruhland, por ejemplo, le cayeron cuatro años y medio el 15 de marzo de 1972. El 1 de marzo de 1971 había sido juzgado en Berlín Horst Mahler, a causa de su participación en la huida de Baader, junto con Ingrid Schubert e Irene Görgens. Fue en este juicio donde se produjo la gran sorpresa de que Peter Urbach, el tipo que decía estar convencido de que había unas armas enterradas en un cementerio, apareció de repente y comenzó a declarar contra Mahler, haciéndose así evidente que había estado trabajando de informante policial. La noche anterior al juicio, diversos activistas de la APO tiraron cócteles Molotov a una comisaría y la tomaron con varias tiendas de la Ku-Damm; la policía hizo un centenar de arrestos.

Los jueces dictaminaron que Horst Mahler era no culpable de aquel delito; pero le metieron seis años a Schubert y cuatro a Görgens. El Estado, sin embargo, apeló, y en instancia de apelación la inocencia de Mahler fue revocada.

En el otoño del año siguiente, 1972, Mahler visitó de nuevo los tribunales para ser juzgado por atraco a bancos. Junto a él en el banquillo estaban Asdonk, Bäcker, Berberich, Görgens (que, como vemos, repetía), Grusdat y otra repetidora: Schubert. El tribunal hizo bacarrá, declaró a todos los acusados culpables (la verdad es que las pruebas contra ellos eran bastante aplastantes) y les cascó diversas penas, por ejemplo catorce años a Mahler.

En noviembre de 1974, por su parte, fue cuando se produjo la condena de ocho años contra Ulrike Meinhof por su participación en la liberación de Baader; pero en este juicio también estuvo Mahler, acusado de asociación criminal. Le cayeron doce años, concurrentes con los anteriores catorce. Hans Jürgen Bäcker, que fue juzgado con ellos, fue encontrado no culpable.

Para entonces, tanta sentencia, fuese concurrente o no, parece que había cambiado la forma de pensar de Horst Mahler. El abogado que tantos cambios ideológicos acabaría por tener iba diciendo que se había dado cuenta de que la praxis de la RAF, en realidad, no era la acertada. En auxilio de su imperiosa necesidad de alejarse de los terroristas acudieron sus más que posibles lecturas maoístas. Mao Zedong se apoya en Lenin pero, en el fondo, lo niega en muchos puntos o, como poco, lo matiza. Si una gran novedad introduce el maoísmo sobre la praxis marxista habitual hasta la llegada del marxismo chino es la poca fe que tiene en las posibilidades de una vanguardia revolucionaria como la defendida por Lenin y construida por Stalin. Para los chinos, nada puede ser si las masas no lo apoyan; por eso en Mayo del 68 reclamaron, prácticamente desde el minuto uno, la convergencia entre estudiantes y trabajadores. Ahora, Horst Mahler podía decir, sin dejar de ser un izquierdoso de libro, que la RAF se había equivocado; que su guerra podría ser una guerra adecuada o proletariamente moral; pero que era un error en tanto en cuanto no había contado con el apoyo de las masas. De hecho, Mahler se unió al KPD, partido comunista de nuevo cuño maoísta, lo que provocó que la RAF lo expulsase.

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