viernes, junio 26, 2020

La Baader-Meinhof (19: Kaiserlautern)

Éstas son todas las tomas de esta serie. Los enlaces irán apareciendo conforme se publiquen.

La escalada
Las bombas de Heidelberg
La caída
Sabihondos y suicidas
Sartre echa un vistazo
Estocolmo
El juicio
Mogadiscio
Epílogo: queridos siperos

En septiembre de 1970, a pesar de que el acuerdo inicial entre Huber y la Universidad de Heidelberg había llegado a su punto de expiración,  el dinero siguió llegando para el extraño experimento de aquel antisiquiatra revolucionario. Sin embargo, lo que sí hizo la Uni fue quitarle los cuatro despachos que les había facilitado. Lo cual no es de extrañar, porque para entonces el IZRU estaba lanzando “terapias” consistentes en cosas como ponerle una bomba al tren en el que iba a ir el presidente de la RFA (sic); terapia que, al parecer, no fue posible sólo porque Carmen Roll llegó tarde con la bomba.

El 24 de junio de 1971, dos tipos ligados a este grupo, Ralf Reinders y Alfred Mahlander, fueron detenidos por la policía cuando iban conduciendo. Uno de ellos, Reinders según la policía, sacó una pistola y disparó a un agente en un hombro. Escaparon, aunque fueron detenidos después. Un mes después, apenas un día después de la conversión del SPK en el IZRU, siete personas, entre las cuales estaban el propio doctor Huber y su señora, fueron detenidas, acusadas de organización criminal y tenencia ilícita de armas. Entre los que consiguieron escaparse a las detenciones estaban Carmen Roll y Klaus Jünschke.

Mientras pasaba todo esto, la Baader-Meinhof también tenía sus propios problemas con la policía. El 15 de julio de 1971, Petra Schelm fue parada por la policía cuando iba en un coche con un tal Werner Hoppe. Los dos iban en un BMW robado. La verdad es que la banda había incumplido una de las normas de oro de una organización criminal (procura que los coches que robes sean de diferentes marcas). Lejos de ello, la RAF, probablemente a causa del hecho de que su principal dirigente se creía Fittipaldi, tenía una preferencia muy marcada por los BMW, lo que hacía que la policía había aprendido a vigilarlos de forma especialmente interesada.

A las dos de la tarde, según la versión policial, una mujer al volante de un BMW ignoró una señal policial de Stop y se marchó gran velocidad. Los agentes persiguieron al vehículo hasta que se detuvo. En ese momento, un hombre salió del vehículo y comenzó a dispararles. Segundos después, una mujer salió también del coche, sacó su arma, y comenzó a usarla. La policía los conminó a rendirse, pero ellos siguieron disparando hasta que Hoppe, que era un ex toxicómano rehabilitado, echó a correr. Petra siguió disparando hasta que consiguió herir a un oficial; sin embargo, después la policía respondió con una nueva ráfaga, una de cuyas balas le atravesó la cabeza. Mientras ocurría esto, un helicóptero acorralaba a Hoppe, que se entregó.

Pocas semanas después, el 25 de septiembre de 1971, dos agentes de policía, que por casualidad se apellidaban ambos Ruf aunque no eran parientes, se acercaron a un coche que estaba mal aparcado en una zona de descanso de la autopista entre Frigurgo y Basilea. Casi inmediatamente, dos hombres y una mujer salieron del coche y comenzaron a disparar. Friedich Ruf tuvo suerte: recibió un disparo en una mano, lógicamente no mortal. Hermut Ruf, sin embargo, quedó muy malamente herido. Friedich, acostumbrado a los muchos carteles que entonces poblaban las comisarías, reconoció a Holger Meins y a Margrit Schiller, un producto de la factoría SPK. 

La policía encontró en el coche un ejemplar de El concepto de la guerra urbana, un panfleto que se puede considerar como el manifiesto de la RAF; texto que siempre se ha considerado fue obra de Ulrike Meinhof. En dicho escrito, entre otras cosas, la RAF acusa a la policía de haber sido la primera en disparar durante la acción de la huida de Baader. De hecho, esta posibilidad fue seudoadmitida por uno de los grandes compañeros de viaje de la Baader-Meinhof durante un tiempo, el famoso escritor alemán Heinrich Böhl, quien escribió varias cosas sobre la banda, y no muy críticas precisamente. La verdad es que esa afirmación no se sostiene: cuando Georg Linke, el viejo bibliotecario que recibió una herida de bala de los terroristas, estaba ya sangrando, los terroristas todavía estaban a dos puertas del primer policía con el que se encontraron. Pero, claro, estos matices poco interesaron a Böhl, a los cachondos de la Academia Sueca que le dieron el Nobel de Literatura de 1972, y a tanta gente que  leyó sus mierdas como si él fuera el que más supiese sobre esta materia.

El 22 de octubre de 1971, la arrestada fue Magrit Schiller. A las diez de la mañana, salía de una estación del Metro y echó a andar por la calle; pero pronto se dio cuenta de que un coche de policía la estaba siguiendo. Así pues, se metió en el parking subterráneo de una tienda de ropa y esperó un rato; luego salió de nuevo. Resulta un poco estúpido por su parte pensar que la policía podría aburrirse de seguirla, pero bueno. El caso es que los uniformados no habían dejado de vigilarla. La vieron ocultarse en el jardín de una casa prefabricada, como la vieron salir de allí cuando quedó con dos compañeros; Irmgard Möller y Gerhard Müller. Dos policías, llamados Schmid y Lemke, se fueron tras ella, que salió huyendo. Los dos corrieron detrás de ella, dejándose las llaves del coche patrulla puestas. Möller y Müller también echaron a correr.

Schimid alcanzó a Schiller y la agarró el brazo izquierdo. Con la mano libre, la mujer sacó una pistola. Los policías no esperaban que estuvieran armados, pero lo estaban; de hecho, los dos compañeros de Schiller también comenzaron a disparar. Schmid cayó al suelo, y Lemke fue herido en un pie. Éste último cojeó hasta el coche patrulla, pero se encontró con que alguien se lo había llevado; este retraso fue letal pues, para cuando Schmid llegó al hospital, estaba muerto. Tenía seis balas en el cuerpo, y su propia arma seguía en la sobaquera.

El suceso causó una alarma general. De madrugada, dos policías de paisano reconocieron dentro de una cabina telefónica a una de las mujeres a las que se estaba buscando. Esperaron a que saliera para pedirle los papeles; pero esta vez habían sacado ya sus armas. La mujer se mostró sorprendida y dijo que había pensado que la iban a violar. Sacó un DNI a nombre de Dörte Gerlach; Dörte tenía que ser una persona de vida muy interesante, ya que en el bolso llevaba, tal y como pudo comprobar la policía, una pistola de 9 milímetros. Un poco más tarde, incluso aparecerían en su bolso las llaves del coche de policía desaparecido aquella mañana.

En la comisaría se pudo comprobar fehacientemente que la detenida era Margrit Schiller.

Tres días después, la policía entró en un apartamento en la misma zona de la cabina telefónica donde Margrit había sido localizada, propiedad de un cantante pop. Los signos eran evidentes de que había sido abandonado a toda leche. Las personas que lo habían ocupado habían dejado tras de sí un auténtico arsenal: explosivos, balas, detonadores, walkie-talkies, uniformes policiales… la gran gala.

En noviembre, un envío de correos desde una ciudad al norte de Hamburgo, dirigido a un cerámico berlinés se cayó durante la manipulación y, para sorpresa de todos, un montón de balas rodaron por el suelo. La policía localizó en la tienda de Berlín otros envíos también llenos de balas, así como explosivos, pelucas, disfraces, walkie-talkies, matrículas falsas, documentación falsificada y un montón de cosas más. En total, se recuperaron treinta armas de diferentes tipos y calibres. En los envíos se pudieron encontrar las huellas digitales de Holger Meins, mientras que los calígrafos dictaminaron que las etiquetas habían sido escritas por Baader, Ensslin y Meinhof.

Siguiendo la pista de las armas, se pudo saber que buena parte de ellas habían sido compradas por Rolf Pohle, un aspirante a estudiante de Derecho que había cateado los exámenes, se había apuntado a la comuna de Teufel en 1969 y se había pasado a la clandestinidad ya en 1971. Su labor era comprar armas de forma legal usando documentación ilegal; pero, la verdad, los armeros suelen ser personas, por lógica, bastante suspicaces. Uno de sus vendedores, en Ulm, no tardó en sospechar de la documentación que portaba el chavalote, y lo denunció. Para dentro.

En diciembre continuó el annus horribilis de la RAF con el arresto de Marianne Herzog. Sin embargo, aquel mismo mes, para ser concretos el 22, fue cuando se produjo la acción más flagrante de los dinamiteros surgidos al calor del SPK. Ocurrió en Kaiserslautern, una ciudad no muy lejos de Heidelberg, donde atracaron una sucursal del Banco Hipotecario y de Cambio Bávaro y se llevaron casi 135.000 marcos. 

Un par de semanas antes del palo, una joven rubia había entrado en la sucursal para rellenar el boleto de una lotería benéfica. En su boleto se identificó como Angelika von Zech, residente en Mannheim, no lejos de allí, Herzogenriedstrasse 76. En realidad, esta calle, supongo que a estas alturas de la lectura ya lo habréis recordado todos, no tiene número 76. Lo que sí había en dicha calle era la cárcel en la que un conspicuo SPK, Alfred Mahrlander, estaba preso. Seis días antes del golpe, a Mahrlander lo visitaron en la prisión Angelika, que en realidad era Inbeborg Barz; y otro SPK, Wolfgang Grundmann, ambos ya unidos a la Baader-Meinhof.

Diez días antes del atraco, un coche tuvo un accidente con un camión en medio de la nieve en la autopista entre Munich y Ausburgo. Extrañamente, el conductor del coche, en lugar de salir a firmar el parte, salió corriendo a toda hostia de allí. Lógicamente, se llamó a la policía, que no tardó en averiguar que el coche había sido robado en Hamburgo y que las huellas digitales encontradas en su interior eran las de Holger Meins quien, al parecer, tenía afición por dejar el rastro de sus dedos por el mundo mundial. Además, apareció diversa documentación falsa y una pistola que resultó ser una de las adquisiciones de Rolf Pohle.

El hecho de que en el coche apareciese un pegatina de una tienda de automóviles de Kaiserslautern hizo pensar a los investigadores, ya posteriormente, que aquel coche podía estar relacionado con el atraco. El dueño de dicha tienda, cuando le fue enseñado el álbum de fotos de la banda, señaló sin mácula de duda a Manfred Grashof, el especialista en falsificaciones.

Bueno, el caso es que, a las ocho de la mañana del 22 de diciembre, un hombre entró en la mentada agencia bancaria, se fue hacia un pupitre que entonces había en todos los bancos para que los clientes rellenasen formularios y tal, y puso encima un musicasete. Lo puso a tope de sonido, con estridente música pop. Al instante, tres personas más entraron en la sucursal, con pasamontañas. Fuera, en la misma acera, donde estaba prohibido aparcar, los esperaba un minibús Volkswagen.

Justo enfrente del Banco Bávaro había otra sucursal, en este caso del Banco de Ahorro del Distrito. Curiosamente, en ese momento era en el banco no atracado donde se estaba haciendo una entrega de dinero. De hecho, el empleado de la firma de transporte dinerario estaba saliendo de la sucursal, lógicamente protegido por un policía, Herbert Schoner. Cuando Schoner vio el Volkswagen aparcado donde no debía, cruzó la calle para decirle que se abriese. Pero el minibús arrancó y comenzó a hacer maniobras violentas que casi lo atropellan. Manfred Schoner sacó su arma y se dirigió a la puerta del conductor para hacerlo salir; pero desde dentro lo dispararon. Cayó hacia atrás, trastabillando, y un segundo disparo le dio en la espalda. Desde el suelo, el policía disparó tres veces, y luego reptó hacia la puerta del banco que estaba siendo atracado. En la confusión de los hechos, ni siquiera se dio cuenta de que algo raro estaba pasando dentro.

Schoner intentó entrar para encontrar refugio. Dentro, sin embargo, uno de los atracadores estaba sentado sobre el mostrador, esperando a que sus compañeros abriesen la caja fuerte. Cuando lo vio, apuntó su arma con calma, y le disparó en el pecho.

Probablemente, estaba muerto antes de tocar el suelo con la espalda.

2 comentarios:

  1. He leído Retrato de grupo con señora de Böll y mentiría si no admitiera que me gustó el estilo, aunque ahora entiendo mejor la simpatía hacia el hijo de la protagonista, un niñato macarra, y el comentario de un quiosquero marxista respecto a que él no vende pornografía: quizá una referencia a que el Konkret después de todo la incluía.

    Siempre he pensado que no debemos tomar las opiniones de absolutamente nadie como indiscutibles, por lo que jamás entenderé esa fascinación por escritores y otros artistas cuando hablan de política. ¡Como si no pudieran tener los mismos sesgos que el vecino!

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