miércoles, mayo 30, 2018

Sudáfrica (y 10; hasta aquí hemos llegado)

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Los comienzos de Mandela
Biko
El ridículo internacional que hizo Mbeki con el tema del SIDA sólo quedó enmascarado gracias a la labor de zapa que realizaron tantos palmeros en el mundo occidental, empeñados en convencernos de que la culpa de que la gente muriese a capazos en África a causa de la enfermedad era del Papa de Roma o de las farmacéuticas. Mbeki era un político básicamente demagogo, en la concepción moderna de la demagogia, ya se sabe: decirle cosas que uno sabe que son mentira a tipos que uno sabe que son imbéciles. El flamante presidente de Sudáfrica se vio crecientemente mesmerizado por las teorías de un pequeño conjunto de científicos (entiéndase por científico persona con título universitario en Ciencias; si para una cosa sirvió la polémica del SIDA en África fue para aprender el poquísimo valor que tiene la referencia “soy microbiólogo”, mucho menos “soy médico”) que propugnaban las típicas teorías rompedoras sobre el SIDA: que si no existía, que si se lo habían inventado las grandes potencias en connivencia con las farmacéuticas para profundizar la pobreza en África, que si los antirretrovirales mataban mientras el SIDA no... la típica gran gala de soluciones tontopollas y mistabobas a las que el pueblo, ese ente eternamente sabio, se abrazó gustoso.


En el año 2000, en el ápex de esta estrategia, Mbeki fue el anfitrión de una conferencia internacional sobre el SIDA. Con tal motivo, le envió al secretario general de la ONU y a los grandes líderes mundiales una carta en la que venía a instarles a abrir los ojos en el tema del SIDA. La carta era un compendio tan enorme de soplapolleces que en el Departamento de Estado de la Casa Blanca confesaron que, durante un cierto tiempo, la clasificaron como hoax, es decir, como una de las muchas cartas delirantes que cada día jubilados con demasiado tiempo libre, sicópatas y enfermos mentales en general le escriben al presidente de los Estados Unidos. Mbeki contestó tirando de manual de demagogo y haciendo un símil entre estos seudocientíficos, hoy perseguidos por la opinión científica mundial, y los negros cuando lo eran por el apartheid. Cuando 5.000 científicos de todo el mundo firmaron una carta urgiendo al mundo a aceptar las explicaciones canónicas del SIDA y sus soluciones terapéuticas (que han terminado salvando vidas a millones), Mbeki lo consideró una toma de posición elitista; es el punto 3 del manual del demagogo: egalitarismo a tope, si se está discutiendo una cuestión sobre fatiga de materiales, vale lo mismo la opinión de un ingeniero de caminos que la de un vigilante de la playa. En julio del 2002, tuvo que ser el Tribunal Constitucional sudafricano el que arrastrase a Mbeki por el fango de la humillación, al dictaminar que el Estado tenía la obligación de suministrar a las mujeres embarazadas seropositivas, en los hospitales públicos, con nevirapina. Lo creas o no, lector occidental, esta solución, como digo propugnada por una obligación jurídica, tenía una alternativa: la del ministro de Sanidad, Manto Tshabalala-Msimang, quien sostenía que lo que tenían que hacer las madres enfermitas para no pasar el virus era comer mucho ajo.

En fin, además de la cagada de los miles y miles de muertes e infecciones causadas por la imbecilidad demagógica de unos políticos (además de Karol Wojtyla, por supuesto), el gobierno de Mbeki tuvo otro grano serio: las relaciones con la antigua Rhodesia, llamada ya Zimbabwe.

La dependencia de Zimbabwe respecto de Sudáfrica era, y en buena parte sigue siendo, importante. El vecino del sur provee al del norte con estructuras de transporte y de otros servicios básicos que para Zimbabwe son muy importantes a la hora de hacer funcionar el país. De hecho, ya los gobiernos blancos de Sudáfrica, con el obvio interés de reducir presión sobre ellos mismos, habían utilizado esa dependencia para obligar a Ian Smith a darle boleta a los negros rodhesianos. En el año 2000, Robert Mugabe, uno de esos grandes personajes que dejan la política africana a la altura que la dejan, comenzó su política que podríamos decir de “evolución hacia la dictadura de facto”, que provocó un rosario de sanciones internacionales. Todo el mundo, en esas circunstancias, esperaban que Sudáfrica hiciera pandán con la tendencia internacional; pero no fue así. Mbeki optó, dijo, por la convivencia pacífica.

Si me debo poner en la tesitura de decidir cuál de los dos: Mbeki o Mugabe, era más listo entonces, la verdad es que me costaría tomar una decisión. Pero lo que desde luego estaba y está claro es que a Mugabe, a la hora de ser descarado, no hay quien le gane. Thabo Mbeki se quiso convertir en el campeón de la teoría de que lo que hay que hacer con alguien que se sale de la línea es negociar en lugar de amenazarlo. El papel de poli malo en el tema zimbabuense lo estaba claramente haciendo Reino Unido, y Sudáfrica quería ser ese tipo poli bueno que hace ofertas que el delincuente no puede rechazar. Sin embargo, cuando juegas a ese juego con Mugabe, lo más probable es que termines sin calzoncillos y con cara de gilipollas. El líder de Zimbabwe, un tipo que nunca ha entendido el concepto de mantener su palabra más allá de unas horas, tuvo incluso la humorada de dar una rueda de prensa televisada tras una reunión con Mbeki en la que anunció que los por él llamados “veteranos de guerra”, patotas de ocupas que habían tomado fincas de blancos por la fuerza, serían desalojados inmediatamente de dichas fincas; para aparecer al día siguiente, solo ya, ante la misma televisión, aduciendo que sus palabras habían sido malinterpretadas, y anunciando una intensificación de las ocupaciones. Constantemente, el presidente de Zimbabwe le prometía a su comprensivo vecino del sur rondas de negociaciones con la oposición que luego nunca se producían. A cambio, el vecino del norte se cobraba, una a una, todas las gavelas que le exigía al del sur. Así, Mbeki se convirtió, no sólo en un defensor de su política de negociación, sino en un crítico constante de Reino Unido, al que culpaba de todo lo que pasaba en Zimbabwe; y, por supuesto, no prestaba ni ojos ni oídos al creciente empobrecimiento de la población negra que estaba causando el presidente de Zimbabwe. Abogando cada vez que hablaba por la marcha atrás en la suspensión de Zimbabwe en la Commonwealth, Mbeki se convirtió en algo así como el portavoz de aquel régimen ante el mundo.

Hay que decir que el movimiento de Mbeki no era completamente gilipollas en términos políticos. En su país la granjeó crecientes apoyos de esa porción de la población negra que en realidad es partidaria de una solución zimbabuense para Sudáfrica, basada, por lo tanto, en la ocupación de las tierras de los blancos y a ser posible su expulsión del país. Sin embargo, como todo en política son vasos comunicantes, su política puso muy nerviosos a los inversores extranjeros y sobre todo, cómo no, a la opinión pública blanca. En general, los defensores de los valores democráticos comenzaron a preguntarse si Mbeki, en realidad, sería uno de los suyos. De hecho, la política de quiet diplomacy propugnada por Mbeki ponía sobre la mesa un factor muy importante de la política africana, dicen los que saben que procedente de su fuerte contenido tribal. La postura de Mbeki respecto de Mugabe venía a demostrar, en este sentido, que sus posiciones políticas no eran netas. Que ni él, ni el ANC, eran, o son, organizaciones comprometidas con los derechos humanos. Su compromiso es, sí, con los derechos humanos; pero es también, e incluso por encima, un compromiso con los colegas. Si un colega cerca de ti se caga y se mea en los principios que tú dices defender, como resulta que es tu colega, pues tú vas y te callas en el mejor de los casos; lo más normal es que le defiendas con el mayor de los desparpajos.

El ANC había basado buena parte de su retórica internacional en la era Mandela en la idea de que era, o más bien se había convertido en, un movimiento político a la usanza occidental, presidido por las ideas. Pero el ANC de Mbeki, y en buena parte los que han venido detrás, es un movimiento presidido por las afinidades. No es que, al escribir esto, esté tratando de establecer un adarme de superioridad de la política occidental sobre la africana pues, al fin y al cabo, ¿que otra cosa que una solidaridad tribal-ideológica exhibía, y exhibe, ese ideologizado militante europeo recién duchado que exige libertades en su país mientras sale a la calle, puño en alto, a dedicarle larga vida al régimen cubano? Lo que pasa es que en África ha habido pocas oportunidades de irradiar un estado de cosas verdaderamente democrático y, probablemente, el ANC ha sido la más importante dada la relevancia relativa de su país; y éste es un tema que no está saliendo del todo bien.

Sudáfrica construyó un sólido proceso de transición desde la violencia hacia la convivencia pacífica. Encadenó diversas elecciones comúnmente entendidas como libres y limpias y aprobó una Constitución con fuertes elementos garantistas. Además, supo reinstalar, por así decirlo, su economía y basarla en más pilares que los que la sostenían en los tiempos de los gobiernos blancos. Por lo tanto, en buena parte la experiencia de su proceso de transición es considerada, justamente, un éxito.

El panorama, sin embargo, presenta muchas incertidumbres. Lo normal en estas notas es que las paremos cuando ya nos acercamos en exceso al momento presente porque la función de un blog de Historia no es ni relatar ni juzgar el presente. Pero son muchos los signos de que, conforme Sudáfrica se aleja del recuerdo de Mandela, que es la persona que con su carisma fue capaz de enderezar un proceso tan difícil, las cosas tienden a cambiar, por no decir torcerse.

La gran batalla perdida por la transición sudafricana es la batalla de la igualdad. Sudáfrica ha conseguido ser un país próspero y estable, sobre todo diferencialmente próspero y estable respecto de lo que se puede ver en África en cuanto se traspasa su frontera. Pero sigue teniendo un problema grave de paro y exclusión social, porque cuando se ha estado medio siglo practicando la inequidad se tarda bastante más que otro medio siglo en poner las cosas en su sitio. Es un país donde el ejército de efectivos que pueden decir que a ellos la recuperación de la democracia los ha traspasado sin romperlos ni mancharlos es muy nutrido; y esto quiere decir que su debate sociopolítico siempre está en la frontera de ser pasto del populismo.

Si hablamos de que en Europa y en los Estados Unidos el populismo está avanzando a marchas forzadas y amenaza las estructuras políticas tradicionales, en Sudáfrica hay un proceso parecido, si bien en este caso está en el seno de las grandes formaciones tradicionales más que en nuevas expresiones. El populismo tiene una herramienta importante para extenderse, que es la oferta de poner las cosas en su sitio. En esto, paradójicamente, a Mandela le está pasando lo mismo que le ocurre a los arquitectos de la Transición española. Todos ellos pensaron que tenían en el tiempo a un aliado, pero han acabado por descubrir que, en realidad, en un enemigo. Que un proceso de pacificación voluntaria, de renuncia consciente a demandas y necesidades justas, lo que genera en las generaciones que no lo vivieron, y que por lo tanto no son conscientes de los porqués de las cesiones, es una sensación de vacío y rencor muy fácil de explotar en mitines y charlotadas televisivas.

En Sudáfrica no ha desaparecido ni de coña la sensación de que los blancos, los blancos racistas en el caso de los análisis más finos, se escaparon de rositas, y que eso no puede ser. Como digo, esta sensación, por pura lógica demográfica, es cada vez más sostenida por gentes que si no quieren conocer las claves de ese proceso pueden no conocerlas, porque ya no son sus contemporáneos. Dónde pueda terminar ese cóctel, eso, ya, te lo miras en algún blog de futurólogos.