miércoles, junio 06, 2018

Las islas lejanas




Qué: Las islas lejanas.
Quién: Francisco Ruiz Aldereguía.
Con quién: Ediciones La Rectoral.
Cuánto: 25 lereles (lo mejor y más cómodo es comprarlo a través de Iberlibro).
Calificación: 8,5 sobre 10.



El autor de este blog no lee nunca, o casi nunca, novela histórica. La razón fundamental es que la novela histórica, salvo honrosísimas excepciones, es una mierda. Las honrosísimas excepciones, desde Gisbert Haefs hasta Gore Vidal, deben ser leídas; pero el resto, y muy particularmente las novelas históricas de campanillas que suelen ser muy consumidas, suele ser bastante tóxico. [Inciso tonto: no he leído La catedral del mar ni creo ya que la vaya a leer; pero lo que sí he hecho el otro día es ver el primer capítulo de la serie con mi mujer. Nada más encontrarme con la típica escena de apertura en la que un noble mú malo mú malo se presenta en la boda de su siervo, reclama su -inexistente- derecho de pernada y, además, de paso le da a la tía una paliza que la tumba, me acordé de este párrafo, que para entonces ya había escrito. Por cosas como éstas las novelas históricas, o las adaptaciones filmadas, son una mierda].

Tal vez por eso quizás te interese aprovechar la ocasión en la que te voy a recomendar una novela histórica: Las islas lejanas, de Francisco Ruiz Aldereguía Una novela escrita por un marino con vocación de escritor, que quería contar algo que, la verdad, poca gente ha contado antes que él, ya sea en ficción o en no ficción. Esto es lo que le añade al libro un plus de interés, además.

Vayamos primero con la parte, digamos, técnica. Las islas lejanas es un texto bastante bien escrito y adaptado al esfuerzo que requiere del lector, quien al fin y al cabo se tiene que meter entre hemisferios cerebrales casi 1.000 páginas. Esto quiere decir que no es un texto que se haga denso. En la introducción a la novela, el autor confiesa que una nebulosa de amigos y críticos amables lo convenció de adelgazar progresivamente sus manuscritos; cabe sospechar, por lo tanto, que inicialmente el autor vertió en la novela la totalidad de sus investigaciones históricas, que han debido ser muchas, convirtiéndola en un tomazo sólo apto para muy friquis. Si es así, sus amigos le hicieron un favor, pero él ha sabido ejercitarlo, porque el texto final, el finalmente editado y por lo tanto integrante del libro, no se hace nada pesado. O, por lo menos, a mí no se me lo hace, aunque es probablemente cierto que no estamos hablando de un libro que se pueda leer a salto de mata.

La ambientación del libro es más que notable. Por ahí, ya se sabe, fallan muchos cultiparlantes, escritores de novela histórica industrial, que le hacen usar a sus personajes objetos no inventados en el momento que vivieron o los describen paseando entre eucaliptos que no estaban plantados en los bosques en sus tiempos, cosas así. Pero esto, que yo haya visto, no le pasa a Francisco Ruiz. A decir verdad, a mí hay un solo aspecto que me chirría un poco en toda la novela, aunque debo decir que el autor se defiende de mi crítica: Ruiz hace al protagonista de su historia, el hidalgo gallego Joseph Quiroga Losada, asistir al acto de fe celebrado en Madrid durante el reinado de Carlos II (según me ha comentado el propio autor, en realidad Quiroga estaba entonces ya en Guam, pero quiso colocarlo ahí para completar el relato de la España de su tiempo).

La descripción de dicha escena, a mi modo de ver, olvida un poco que un auto de fe, máxime ya en el siglo XVII, era, fundamentalmente, un acto de exaltación de dicha fe más que de castigo de la herejía. Lo que todo el mundo conoce de los autos de fe, eso de los condenados ardiendo en el fuego de Dios, no sólo no era el acto central de los mismos, sino que era un hecho que se producía después de haber terminado ya los agotadores sermones y salmos; cuando todo el mundo, salvo los muy morbosos, se había ido a casa; y ocurría (cosa que, eso sí, Ruiz describe puntillosamente) lejos del lugar donde se había congregado la asamblea de creyentes, como si fuera, porque lo era, un acto repugnante a los ojos de muchos de los católicos. Sigo creyendo, y en esto vuelvo a confesar que discrepo con el autor del texto, que este pasaje de la novela acepta un poco el orden de cosas a que estamos acostumbrados en la descripción de los hechos de la Inquisición. Pero es pecado venial, muy venial.

Lo que más me ha gustado de la novela de Ruiz Aldereguía es que, como dicen los raperos, tiene mucho flow. Voy a ver si me explico.

Uno de los problemas que solventa malamente un escritor poco profesional o inseguro es el reto de introducirle al lector en una novela datos e informaciones que necesita conocer, pero que son obvios para los personajes que están en la trama. Esto no ocurre sólo en la novela histórica. De hecho, donde más ocurre, que yo haya visto, es en una serie de televisión famosérrima llamada CSI.

Veamos. Un forense entra en el despacho de otro forense, y se entabla el siguiente diálogo.

- Necesitamos saber si la víctima fue violada.

- Eso sólo lo podremos saber si le hacemos la prueba del nitrito de dioetileno.

- ¿Te refieres a ese componente que, colocado debajo de la nariz del cadáver, se pone de color gris marengo si el cuerpo contiene trazas de semen humano?

- Sí, ése.

Es obvio que dos forenses nunca hablan así. Básicamente, porque los dos, si conocen su oficio, saben de sobra qué es el nitrito de dioetileno, de qué color se pone, y para qué sirve. Sin salir del ámbito de la televisión, si le echáis un vistazo a Código negro, una serie que actualmente se exhibe en algunas plataformas de televisión y que vive del lenguaje y los conceptos médicos, podréis ver cómo los buenos guionistas resuelven este problema con elegancia.

Exactamente igual, uno se encuentra relatos y novelas históricas donde pasa lo mismo. En el punto en que dos interlocutores dijeron o pudieron decir «Mario está tratando de cortarle las alas a Julio», el escritor escribe cosas como «Mario está intentando cortarle las alas a Julio porque lo ha nombrado pontífice y según la Lex blablabla los pontífices no pueden mandar tropas». Esto hace que la novela a ratos parezca una novela y a ratos parezca una monografía de Historia Social del periodo de que se trate. No tiene flow.

Ruiz Aldereguía, a pesar de no parece esperar una gran audiencia para su novela pues la ha editado, primorosamente eso sí, de forma casi privada, demuestra en todo su texto una notable preocupación por el hecho de que su lector sea un lego de los tiempos que él relata. Esto quiere decir que no da nada por sabido pero, al tiempo, como digo introduce los conocimientos que el lector necesita entender de una forma bastante natural. No renuncia a escribir de vez en cuando algún que otro interludio omnisciente, pero eso es, en mi opinión, muy de agradecer; en otro caso, o bien esos datos quedarían hurtados al lector, o bien él tendría que habérselos obligado a decir a los personajes, creando esa chirriante sensación a fritanga conceptual que es tan común en las malas novelas históricas.

En lo tocante al argumento, el autor nos cuenta una vida. La vida de un hidalgo gallego, Joseph Quiroga Losada; un hombre que termina su vida casi literalmente en las antípodas del lugar donde hubiera debido de terminarla con mayor probabilidad. Al inicio de la novela Joseph, siendo un mangallón, recibe la heredad de un tío suyo en las tierras de Galicia, tierras de nobleza pequeña pero apañada, Este gesto escribe un guión para su vida, basado en la combinación entre el mando de sus tierras, el control de sus arrendatarios, y el periódico servicio de armas al rey de España; todas ellas labores lógicamente supuestas en un pudiente propietario rural galaico.

Joseph, al contrario de lo que yo imaginé durante los primeros centenares de páginas, no es un marino vocacional. La verdad, yo pensé que sería así sabiendo como ya sabía que las singladuras son una de las cosas a las que se ha dedicado el autor de la novela en su propia vida. A los marinos les gusta mucho escribir sobre marinos, así pues iba yo adelantando en la lectura episodios aun no alcanzados en los que Quiroga entraba a conocer el arte de la navegación y, enamorado de él, se empeñaba en navegar los océanos. Pero esos episodios, en realidad, nunca llegaron. El cúmulo de situaciones que acaba colocando a Quiroga asomándose por los acantilados de Agaña, en la isla de Guam, tiene poco que ver con su voluntad de averiguar qué hay más allá del horizonte. En realidad, son circunstancias mucho más interesantes que tienen que ver con la comprometida situación en que se encontraban España y su Imperio a finales del siglo XVII, y con un viaje personal, místico, muy de la época también.

Esto es muy importante porque, en realidad, terminada la lectura del libro uno se pregunta un poco quién es, en realidad, el protagonista del mismo. La respuesta fácil es que el protagonista es Quiroga; pero, en realidad, cuando menos para mí, y ésta es una gran virtud del libro, el protagonista real del texto es el tiempo en el que a Quiroga le tocó vivir. Un protagonista relativamente sorprendente por la pujanza con que aparece. La inmensa mayoría de las personas que conozco y que son relativamente sabedoras de la Historia de España miran hacia los reinados de Felipe IV y de Carlos II desarrollando la imagen de tiempos de depresión colectiva, décadas en las cuales el alma hispana era ya consciente de su profunda enfermedad. Pero esto, en parte, no es verdad; en buena medida, es una visión generada por los deprimidos intelectuales de un 98 deprimido, que le colocaron su depresión a todo dios que pudieron. Por supuesto que ya supongo que los nombres de la alta política carlina serían conscientes de que aquel rey era un contrahecho medio lelo, de que las posibilidades de resistir a la presión de Francia eran cada día menores, y de que las arcas cada día estaban en peor situación. Pero Ruiz Aldereguía no ha escrito la vida de esas gentes. Ha escrito la vida de un oficial mediano de caballos corazas, de las gentes que estudiaron con él, que lucharon con él y, al fin y a la postre, acabaron con él en una esquina del mundo, en las islas Marianas.

Y las gentes que viven estas vidas son diferentes. Aquí creo que reside un interesante valor añadido de este libro. Son gentes que viven en ese Imperio que nosotros hoy sabemos en decadencia, pero aun guardan el orgullo y hasta la esperanza. No están acogotados esperando la derrota; sueñan con victorias que saben cada vez más difíciles, pero que aun así les parecen posibles. Supone en este sentido este libro una mirada limpia al interior de un periodo histórico que habitualmente observamos con el prisma del tópico; me recuerda en esto al relato que hizo Alfonso Danvila de los años inmediatamente posteriores a los relatados por Ruiz Aldereguía.

El libro se vende en dos tomos; pero es, en realidad, es que es un libro en dos tomos. En el primero se nos cuenta la juventud y madurez de Quiroga. Su destino europeo, por así decirlo. En el segundo se nos cuenta su peripecia vital en las Marianas, de la que ya no saldrá. Es en este segundo tomo donde el relato gana en sabor agridulce, el protagonista, que ya he dicho no es tanto Quiroga como su tiempo, se vuelve esquizofrénico. Son los tiempos en los que el océano Pacífico es conocido como El Lago Español por la intensa e incontestada dominación del Imperio sobre el mismo; pero son, también, los tiempos en los que a toda esa dominación comienzan a crujirle las cuadernas. Tres son, a mi modo de ver, los factores para que eso ocurra y que se hacen evidentes en la novela: por un lado, el hecho incontestable de que el Imperio se ha hecho demasiado grande, de que nadie, ni España ni cualquier otro país, puede allegar, a finales del siglo XVII, ni la tecnología ni los recursos para gestionar medio mundo. El segundo de los factores, directa conclusión del primero, es la corrupción. España nunca ha sido un país al que le haya costado dictar leyes; lo que siempre nos ha costado mucho es hacerlas cumplir, y en los tiempos de un Imperio desangrado, era prácticamente inevitable que sus esquinas menos importantes acabasen en manos de gobernadores más preocupados de sí mismos que de la grandeza de la Corona. El tercer y último factor de los que quedan fielmente retratados en la novela es el conflicto entre el poder temporal y el espiritual. En las décadas que transcurren en las Marianas durante la novela, nunca queda del todo claro si el deseo del Imperio es que en las islas manden los pastores de almas o los soldados. La España conquistadora de los siglos XV a XVII conquista para extender la Fe de Cristo, pero por debajo de ese objetivo mayor deja muchos cabos sueltos, que unas veces se atan del derecho y otras del revés.

Ruiz Aldereguía describe en su novela cómo estos tres factores: agotamiento fáctico, incapacidad inspectora y estructuras de poder en discusión, van poco a poco debilitando la capacidad de un Imperio. Conforme avanzan las páginas del segundo tomo, en un proceso del que no sé si el autor es consciente, la figura de su protagonista individual se va desdibujando. En cine diríamos que el plano corto en el que se ha mantenido buena parte del relato comienza a alargarse, con la intención de conseguir que el espectador deje de centrarse en la peripecia personal para pasar a ser testigo de la colectiva; esa peripecia colectiva que, como digo, es para mí la verdadera protagonista de esta novela.

Libro, en suma, muy recomendable. No fácil de encontrar (la forma más sencilla es comprarlo a través de Iberlibro) y demandante de una lectura atenta: no es buena idea, por muchas razones, llevártelo al metro. Pero abre una ventana a un periodo normalmente dominado por los tópicos, mostrando con fidelidad un tiempo difícil, pero no desesperado.