viernes, marzo 18, 2016

Breve historia del metro (megapost)

Para la Semana Santa, os dejo esta lectura amplia, que es el megapost que reúne todos los que fui publicando sobre la historia del metro. Espero que lo disfrutéis.

Hace ahora casi cuarenta años yo era un adolescente y pisaba un laboratorio de química casi por primera vez. Era mi profesor uno de los miembros del claustro de mi colegio, Moncho Núñez, quien con los años acabaría siendo uno de los más eficaces divulgadores de la ciencia en España. Recuerdo vagamente aquella clase: éramos grupos de cuatro alumnos que trabajábamos juntos. Teníamos que hacer un experimento que no recuerdo en su formulación, pero que consistía en que teníamos un líquido en un matraz al que teníamos que añadir, nos dijo Moncho, «una gota» de otro. Nosotros cogimos el matraz donde estaba el segundo líquido y vertimos un chorrito pequeño en el primer matraz.

La reacción química que tenía que producirse (un cambio de color, si no recuerdo mal) no se produjo. Moncho se acercó a nosotros y nos preguntó si habíamos hecho bien las cosas. Le explicamos lo que habíamos hecho e, inmediatamente, su rostro se endureció y, con voz grave, pronunció una frase que no se me olvidó: «Una gota no es un chorro. Una gota es una gota». Luego, claro, nos preguntó que para qué pensábamos que teníamos una pipeta.

De alguna manera, esa lejana tarde de mediados de los setenta comencé, sin saberlo, a interesarme por la historia de Pierre François Méchain. Es obvio que nadie en los Jesuitas de La Coruña, ni siquiera Moncho Núñez, me habló de él. Pero no tardé mucho en saber, porque mis primeras lecturas sobre la medición del meridiano las hice antes de cumplir los treinta. Y es una de esas historias que siempre me han fascinado. Tiene mucho de cinematográfica; creo que se podría hacer una muy buena peli con las tribulaciones de dos científicos en la Francia revolucionaria, la larga estancia de Méchain en Barcelona, su casi suicida etapa pirenaica… y, sobre todo, la enorme tragedia de un científico para el cual una gota no era un chorro, pero que vivía en un momento de la Historia en la que esa distinción era muy difícil de hacer.

Me gusta la historia de la medición del meridiano porque quintaesencia el espíritu de la Ilustración, que tendrá todas las sombras que queramos, pero nos ha hecho como somos. Me gusta la historia de la medición del meridiano por ese personaje casi ciclópeo que es Jean Baptiste Delambre, una persona llamada a casi no utilizar sus ojos que terminó siendo el mayor astrónomo de su tiempo. Pero, sobre todo, me gusta por cómo me angustia imaginar la tortura autoinfligida de Méchain, su lento resbalar hacia la depresión, la manía persecutoria, la existencia atrabiliaria, la rabia; tal vez, la enfermedad mental con todas sus letras.

Pierre François André Méchain fue víctima de su creencia en la ciencia. Fue víctima de su apetito de precisión y de la natural inseguridad que genera en todo científico serio. Su enemigo comenzó siendo la caprichosa forma del planeta en que vivimos, luego fueron sus otros colegas savants, y acabó siendo él mismo. Nunca sabremos qué límites alcanzó esa tortura; para saberlo, deberían haber sobrevivido papeles que con seguridad él hizo desaparecer.

Estamos acostumbrados a admirar a las personas que suben a la montaña más alta, bucean hacia la sima más profunda, conquistan lugares helados donde no vive nada o exploran nuestro Universo cercano. Las montañas más altas, los peores precipicios, las distancias más insondables no están, obstante, en esos lugares. Están dentro de nosotros. Las cordilleras más difíciles de domeñar esperan en el fondo de nuestras convicciones y del compromiso con nosotros mismos de hacer las cosas bien. Hay personas que, como Méchain, simplemente no pueden superar la frustración de no ser capaz de fracasar y vivir con el fracaso. Pero sin esas personas, sin esas gentes que no están dispuestas a dejar las cosas a medias, a aceptar el error, a alzarse simplemente de hombros y decir «paso»; sin esas personas, digo, no avanzaríamos. Ellos son los obstinados bueyes que tiran del carro incluso en las rampas más empinadas y difíciles.

Admiro a los dos protagonistas de esta historia, cada uno por sus razones. Sólo espero que, al final de la lectura, tú sientas algo parecido.

Lee, pues.


La historia que pretendo contaros en las notas que comienzan aquí es la historia de la medición del mundo. Bueno, no. A fuer de ser precisos, se trata de la historia de la medición precisa de la distancia existente entre Dunkerke y Barcelona; medición que habría de servir para obtener unas dimensiones del mundo, amén de homogeneizar la medida de la longitud.

Todo esto es lo que estaba en juego en junio de 1792, cuando dos astrónomos comenzaron viajes en sentidos opuestos. Jean Baptiste Joseph Delambre salió de París en dirección hacia el norte, mientras que Pierre François André Méchain lo hizo hacia el sur. Con los datos que habrían de traer a París se establecería la longitud de la Tierra y, una vez hecho esto, se definiría la medida universal de longitud, el metro, como la diezmillonésima parte de la distancia entre el Polo Norte y el Ecuador.

Aquel objetivo estaba claramente influido, en realidad impulsado, por el espíritu normalizador y excitadamente confiado en los poderes esencialmente buenos de la ciencia que trajo la Ilustración, y en buena parte no hemos abandonado (por mucho que, de vez en cuando, descubramos que los científicos pueden ser tan mezquinos, tan mentirosos, tan interesados, tan corruptos incluso, como lo puedan ser los de Letras). Eso sí, lo que era, por encima de todo, es una necesidad imperiosa. El mundo de la primera revolución industrial, que se preparaba para el sueño de crecer económicamente en medio siglo lo que no se había crecido desde la antigua Grecia, no podría conseguir ese objetivo si mantenía dos cosas que había conservado de los tiempos viejos: una, la compleja y tediosa red de fielatos y demás cargas aduaneras con que se veía gravado el comercio cada vez que se dejaba un condado; y, dos, la no menos compleja y no menos tediosa red de mediciones.

La primera de las cosas no es cuestión de este relato. La segunda, sí. En cualquier país de aquella Europa, y España no era una excepción sino más bien su epítome, cada región, casi cada ciudad, medía las distancias, los volúmenes de líquidos, o el peso de una gallina, de forma diferente. Cualquier comerciante que traspasase una frontera (un hipotético ganadero de Tordesillas que se fuese a feria de Medina del Campo ya estaba expuesto a este peligro) podía encontrarse con la necesidad de hacer conversiones de todo tipo, que de hecho lo desincentivaban de mirar muy lejos; y eso lastraba el PIB (porque el PIB, y esto lo digo para desgracia de aquellos de mis lectores que suelan utilizar palabras como neoliberal y austericidio, ha sido siempre lo que importa).

La inmensa mayoría de las medidas que se usaban tenían su origen en actos arbitrarios: la cantidad de vino que cabía en un determinado recipiente. El espíritu ilustrado quería sustituir estos particularismos por la universalidad de una medida basada en algo incontestable, como por ejemplo la longitud del mundo. Así se procuraría su universalidad.

Sólo en Francia había un cuarto de millón de medidas diferentes, lo cual hace que no sea extraño que fuese la cuna del proceso unificador ilustrado, aunque también es cierto que la propia Francia retiene el “mérito” de ser el primer país que rechazó el uso de ese sistema métrico que desarrolló. No obstante, no avancemos acontecimientos. Hablemos primero del viaje de nuestros dos astrónomos.

Jean Baptiste Delambre estaba destinado a ser todo menos astrónomo. Sin ir más lejos, hasta los veinte años fue fotofóbico, hasta el punto de vista de ser incapaz de leer lo que escribía, y todo el mundo a su alrededor asumía que tarde o temprano se quedaría ciego. Quizás por esa razón se convirtió en un gran lector, puesto que no sabía cuánto tiempo le quedaba de disfrutar de los libros. Uno de sus profesores le procuró una plaza en la escuela Du Plessis de París, centrada en la enseñanza de los clásicos. Pero suspendió los exámenes finales por la simple razón de que no podía leer los papeles con las preguntas. Así pues, los padres de Juan Bautista lo animaron a regresar a su ciudad natal de Amiens y tirar por donde parece le correspondía a alguien como él, y hacerse sacerdote. El joven Delambre, sin embargo, se quedó en París, donde se entregó a eso que luego conoceríamos como una vida bohemia. Para poder vivir, se empleó como maestro del hijo de un noble en Compiègne. Tenía 22 años cuando regresó a París para ser el tutor del hijo de Jean Claude Geoffroy d'Assy, uno de los hombres de las finanzas del rey. Permaneció 30 años en aquella casa y, como recompensa por sus servicios, acabó aceptando una modesta renta que le permitiría dedicarse a los estudios.

El campo fundamental de estudio de Delambre eran los antiguos griegos. Leyendo sus obras llegó a las científicas, y fue para complementar los conocimientos griegos que acabó leyendo el libro de referencia de su momento en materia astronómica, es decir la Astronomie de Jerôme Lalande. La lectura le interesó tanto que comenzó a frecuentar las conferencias de Lalande en el Collège Royal. Un día, en una de esas conferencias, Lalande dijo que la anchura de la Vía Láctea era equivalente a la de la esfera celeste. Al terminar la disertación, Delambre se fue a por el conferenciante para informarle de que eso ya lo habían dicho los griegos.

Jerôme Lalande era el Stephen Hawking de su tiempo. Famoso y respetado, igual que hoy todo el mundo quiere saber si Hawking piensa que se puede o no viajar en el tiempo, a finales del siglo XVIII todo París andaba acojonado porque Lalande había calculado que existían algunas posibilidades de que algún cometa volviese a impactar contra la Tierra. Persona de trato difícil y pagado de sí mismo, sin embargo le cogió muy pronto cariño a Delambre; como hicieron también los D'Assy, que acabaron construyéndole un pequeño observatorio para él solo en su propia casa.

La Asamblea Nacional francesa tomó la decisión de crear un sistema universal y uniforme de medida, basado en la longitud de la Tierra, en 1790 (la ley es de 22 de agosto). En abril del año siguiente, la Academia de Ciencias designó como responsables del proyecto a Pierre François André Méchain, Adrien Marie Legendre y Jean Dominique Cassini. La elección era bastante lógica si atendemos a la fama de los tres, pero pronto surgieron las fisuras. Cassini se mostró poco entusiasta con el proyecto. Acababa de enviudar, y eso planteaba el tema de cómo mantener a sus cinco hijos; además, todo París sabía que era bastante regalista.

En medio de la procrastinación de Cassini, el primer ministro Jean Marie Roland propuso, el 3 de abril de 1792, que el sistema universal (para Francia) se impusiese de una forma más pragmática: imponiéndole a todo el país las medidas usuales en París. Urgida por esta propuesta, la Academia reaccionó partiendo en dos el viaje meridiano que debía de conseguir la medición del mismo: un viaje, al norte, entre Dunquerque y Rodez; y otro viaje, al sur, entre Rodez y Barcelona, en España. No obstante, eso no sirvió para resolver todos los problemas. Cassini, quien seguía resistiéndose a tener que darse la paliza de recorrer media Francia haciendo mediciones, sin embargo seguía sintiéndose con derecho a dirigirlas. Así, propuso que uno de los trayectos le fuese adjudicado a él, aunque se quedaría en París mientras un propio hacía el trabajo de campo. La Academia de Ciencias rechazó la oferta.

Este fue el momento en el que el inesperado Delambre tuvo su oportunidad. El 15 de febrero de 1792 había sido admitido en la Academia. El 5 de mayo, ante la enésima negativa de Cassini, ésta reaccionó eligiendo a Delambre para realizar el tramo norte. Y así fue cómo un científico en modo alguno vocacional y casi ciego fue encomendado de la labor de hacer las observaciones más precisas que nunca se habían hecho en la Historia.

El 24 de junio llegó la autorización real para la expedición, y Delambre se aplicó a buscar puntos altos cercanos a París. Trataba de recuperar las observaciones realizadas en su momento por Cassini en una expedición meridiana realizada en 1740, mejorar la precisión de las observaciones, y comenzar su viaje hacia el norte a finales de año.

¿Que tenían que hacer los expedicionarios? Pues, simple y sencillamente, triangular, que es algo que habían hecho otros muchos antes para medir distancias y seguiría haciéndose después prácticamente hasta la llegada de los GPS [aunque al parecer, según algunos doctos comentarios a esta serie cuando fue publicada por píldoras, en realidad el sistema GPS sigue triangulando]. Cualquiera que se dedicase a atender superficialmente en clase de trigonometría conoce el principio: si de un triángulo se conocen los tres ángulos y la longitud de uno de los lados, se pueden obtener todas sus dimensiones. Así pues, para medir una distancia había que encontrar estaciones o nodos, normalmente elevados. Si cada uno de los nodos era visible desde al menos otros tres nodos, entonces el científico podría crear una serie de triángulos que fuesen trazando la longitud del meridiano objetivo. Así pues, su función era ir de estación en estación, midiendo los ángulos y la longitud de uno de los lados del triángulo, y luego calculando las dimensiones que le faltaban. Una vez que hubiese terminado, derivando por métodos astronómicos la latitud de los nodos más al norte y más al sur de su observación, podría extrapolar la longitud del meridiano.

Este principio, sin embargo, se tenía que corregir constantemente, por causas como la diferente altura real de los puntos utilizados o la incapacidad de situar los instrumentos exactamente donde debían estar, por ejemplo el vértice del triángulo, sin mencionar el fenómeno de la refracción o el otro, mucho más importante todavía, de que los ángulos de un triángulo curvo no suman exactamente 180 grados, como décadas después desarrollaría con elegancia Riemann.

Para que nos hagamos una idea de las dificultades que presentaba el proyecto nos bastará la primera decepción de Delambre: cuando, en 1792, se subió al primer nodo, la torre de la iglesia de San Pedro cerca de la cumbre de Montmartre, comprobó, desilusionado, que ni uno solo de los otros nodos usados por Cassini décadas antes se veía ya.

El proceso de elección de los primeros nodos fue tan complicado que las primeras mediciones de Delambre datan del 10 de agosto de 1792. Ese día, situó sus instrumentos geodésicos en el campanario de la colegiata de Danmartin y envió a su joven becario, Michel Lefrançais, a Montmartre, con la instrucción de usar un reflector parabólico desde uno de sus tejados. Le dieron las diez de la noche sin notar señal alguna y, la verdad, más allá de esa hora ya podía su becario bailar con el espejito, que no reflejaría nada. Eso sí, vio con claridad la luz inconfundible producida por el fuego: el palacio de las Tullerías estaba ardiendo. En efecto, aquél fue el día en que los parisinos tomaron el palacio real, pero eso Delambre no lo sabía. Lefrançais había pensado en hacer señales lumínicas aquella noche desde su tejado de Montmartre, pero se dio juiciosamente cuenta de que podría ser pelín peligroso: los milicianos podrían interpretarlo como señales de los monárquicos. A la noche siguiente, asistido por su tío (Lalande) consiguió hacer un fuego, pero no ardió el tiempo suficiente como para permitirle a Delambre una lectura adecuada.

Delambre decidió pasar de la colina de Montmartre como su nodo central parisino, pero no acabaron ahí los problemas. Estaba empezando a emplazar sus trabajos en la cúpula de Los Inválidos, su nuevo nodo, cuando recibió noticia de que el pueblo airado había presionado en Montjai para que una pequeña plataforma-observatorio que él había construido fuese derribada. El astrónomo fue allí y trató de convencer a la asamblea de ciudadanos de lo guay de su labor, pero todo lo que consiguió fue soliviantar a otras aldeas de la zona contra él. Así pues, también abandonó Montjai y se decidió por el castillo de Belle-Assise, donde sus problemas no fueron menores.

La cosa, pues, no comenzaba muy bien.

Una vez presentado nuestro amigo Delambre, deberemos pasar a la vertiente sur del proyecto, esto es Méchain.

Pierre François Méchain tomó las de Barcelona desde París, acompañado por tres asistentes, el 25 de junio de 1792, algunas semanas después de que el Gobierno francés hubiese negociado la colaboración de España en sus labores. Detrás de sí dejó a su mujer, Barbe Thérèse Méchain, de soltera Marjou; quien, por cierto, hubo de comprometerse a seguir realizando las mediciones que su marido hacía en el observatorio parisino, así como terminar un estudio que estaba realizando sobre los eclipses lunares.

El primer ayudante en el equipo de Méchain era un ingeniero cartógrafo militar llamado Jean Joseph Tranchot. Tenía en su currículo el importante mérito de haberse ocupado durante años de la triangulación de distancias en la isla de Córcega lo cual, a ojos de Méchain, lo hacía especialmente indicado para enfrentarse a la labor de triangular los Pirineos. Asimismo, en el equipo había un especialista en construir y reparar instrumental, llamado Esteveny; y un criado llamado Lebrun.

El viaje hacia el sur fue relativamente calmado, aunque a poco de dejar París, en la villa de Essonne, a la expedición le dieron el alto en una barricada. Igual que le pasó a Delambre, la milicia local tomó los instrumentos de triangulación por extrañas armas secretas, por lo que fueron detenidos. Tuvieron la suerte de que, al producirse la detención antes de la caída de Luis XVI, los papeles que llevaban firmados por el rey sirvieron para liberarlos.

Una semana después de empezar el viaje, Méchain y los suyos llegaron a Perpiñán, y arribaron a Barcelona el 10 de julio. El enlace que le fue designado fue un militar, el teniente José González, experto en navegación astronómica. Tanto González como otros interlocutores que llegaron con él, al ser científicos, estaban habituados a hablar el francés (como lo están los de hoy en día con el inglés). El francés encargó a artesanos catalanes la fabricación de unas tiendas de forma cónica donde debía situarse el novísimo aparato que traía consigo para las mediciones, conocido como círculo de repetición de Borda (en honor a Jean Charles de Borda), y que de momento vamos a dejar embalado en su caja. Una vez que este trabajo estuvo completado, el equipo salió de viaje en dirección norte, para buscar y seleccionar las estaciones y nodos que habrían de usar, tras lo cual volverían al sur para empezar a medir. Excursión ésta que, por cierto, tuvieron que hacer poco menos que al palpo pues, por extraño que pueda parecer, no lograron encontrar un solo mapa de Cataluña en toda Barcelona.

Divididos en dos equipos que avanzaban en paralelo y colocaban señales que el otro era capaz de ver, comenzaron su camino en Valvidrera, siguiendo en dirección norte hasta el monasterio de Montserrat, labor que pudieron dar por terminada en septiembre. En realidad, llegaron tarde, pues hubo nodos previstos, como las cumbres de Costa Bona y Massanet, que no pudieron ser alcanzadas por estar ya nevadas. Llovía mucho, pero el problema fundamental no tenía nada que ver ni con el clima ni con la naturaleza. En las últimas boqueadas del verano de 1792, tanto al sur de Francia como a Cataluña y España entera estaban llegando, cada vez más fuertes, los rumores de la caída de la monarquía capeta, y la primera pregunta era cuál sería la reacción de la monárquica y católica España. El gobernador general de Cataluña, de hecho, cursó orden imperiosa a los españoles que acompañaban a Méchain de que se alejasen de la frontera inmediatamente; y, puesto que el permiso con que contaba el francés para moverse por España lo era con la precondición de estar acompañado por ellos, tuvo él también que seguirles.

Méchain reaccionó al problema con esa típica falta de visión de la realidad que tienen los científicos. Tenía razón al pensar que todo el follón que lo rodeaba no tenía nada que ver con él, pues la suya era una misión de paz total, pero no la tenía al pensar que, por ello, nada de lo que ocurría tenía por qué tocarle. Además, sus soluciones eran impracticables: ni más ni menos que propuso a las autoridades francesas de Perpiñán que se las arreglasen para que un aviso descriptivo de su misión fuese clavado en los tablones de todos los pueblos y aldeas del Pirineo catalán.

Obviamente, no tuvo más remedio que dejar la designación de estaciones como estaba y volverse a Barcelona para comenzar las mediciones.

Antes de empezar, saquemos de sus cajas los dos círculos que Méchain llevaba consigo: uno calibrado a 360 grados y otro, concesión a los nuevos vientos de racionalidad, a 400 grados. Como ya hemos dicho, el círculo de repetición había sido inventado por Jean Charles de Borda, el primer y fundamental físico experimental de la Francia de su tiempo, además de hábil marino; tan hábil, que le cabía el honor de haber participado en la mayor victoria en campaña naval que jamás han obtenido los franceses frente a los ingleses, esto es la ligada a la liberación de las colonias americanas. A mediados de la octava década del siglo, Borda había modificado uno de sus instrumentos de navegación para que le sirviese en la medición de la Tierra. Colaborando con un famoso artesano, Etienne Lenoir, logró fabricar este círculo de repetición, que en su momento fue lo más de lo más de la precisión.

La principal comodidad del círculo de Borda era tomar varias mediciones del mismo ángulo sin necesidad de volver a colocar el instrumento (de ahí lo de repetición: se podían repetir las mediciones); con ello, las posibilidades de mediciones erróneas se reducían.

Trataré de contaros cómo era, pero ojo que yo soy de Letras. Se componía de dos telescopios montados uno encima del otro en anillos de metal, y que rotaban independientemente. El aparato tenía, además, una escala de medición angular. Para medir la distancia angular entre dos puntos que estuviese observando, el geodésico situaba el plano del círculo en el plano definido por los dos puntos. Entonces, igualaba a cero uno de los telescopios mirando hacia la estación a la derecha, y apretaba los tornillos de ese anillo para que no se moviese. Entonces cogía el otro telescopio (más pequeño) y lo rotaba para alinearlo con el nodo a la izquierda. En ese momento, se movían los dos telescopios en dirección de las manecillas del reloj, hasta alinear el pequeño con el nodo derecho. En ese momento, liberaba el anillo del telescopio mayor y lo rotaba (a él solo) hasta alinearlo con el nodo izquierdo. De esta manera, el telescopio mayor había recorrido exactamente el doble de ángulo que el que se quería medir. Dado que esta operación se podía repetir con mucha facilidad, se permitía realizar diez o más medidas para cada ángulo, reduciendo así la probabilidad de error.

Aquella sesión de 1792-1793 terminó siendo un éxito para Méchain. A pesar de todos los pesares, en un trimestre había conseguido medir siete estaciones y cubrir con ello casi la mitad del tramo que le tocaba. Le quedaba, en todo caso, realizar las mediciones de latitud que le permitiesen establecer la posición exacta del extremo sur del arco de medición; en otras palabras, establecer en qué punto del globo terráqueo exactamente se situaba Barcelona. Para estos cálculos escogió la montaña de Montjuïch. Aunque las cosas iban tan bien que Méchain, al fin y al cabo ambicioso como todo científico, consideró la posibilidad de extender sus mediciones hasta Mallorca. González le había ofrecido el barco que patroneaba, el Corzo, para llevarle a las islas, donde el francés podría colocar sus estaciones o nodos en los puntos altos. De hecho, al mismo tiempo que Méchain comenzaba su trabajo en Montjuïch, donde erigió un pequeño observatorio astronómico, varios de sus asistentes, acompañados por españoles, ponían proa hacia Mallorca.

Con los instrumentos que tenía, el francés aspiraba a establecer la situación de la montaña con una precisión nunca conseguida hasta entonces, con un error del orden de un segundo de arco. Creía a pies juntillas en el principio que había inspirado a Borda la construcción de su círculo de repetición, esto es que la paciencia y la acumulación de observaciones es capaz de acabar con el error. Colocó el círculo en posición vertical alineado hacia el meridiano. Uno de los telescopios fue entonces alineado con el horizonte, mientras que el otro se alineaba con la altura esperada de la estrella elegida. Conforme dicha estrella se aproximaba a la línea del meridiano, el observador seguía su trayectoria, escuchando el péndulo del reloj para establecer el tiempo exacto. Luego realizaba un ejercicio parecido al de las mediciones geodésicas, con el fin de doblar el ángulo recorrido por el telescopio. Resultaba una labor extremadamente demandante de paciencia y sabiduría astronómica.

Con el tiempo, llegaron los problemas. Los oficiales españoles que colaboraban en el proyecto, y que se concebían como representantes del rey de España, cada vez aguantaban peor el papel meramente subalterno que Méchain les reservaba, pues el meticuloso astrónomo realizaba la totalidad de las mediciones. Tanto fue el cántaro a la fuente que uno de estos ayudantes españoles hubo de ser sustituido por un capitán llamado Agustín Bueno.

En seis meses de trabajo, Méchain tomó 1.050 observaciones de seis estrellas distintas, cada una de ellas constituida por diez mediciones. A base de pasarse las noches catalanas en la montaña haciendo mediciones, era lógico que acabase teniendo descubrimientos colaterales. De hecho, tras las observaciones del 10 de enero de 1793 reportó la visualización de un nuevo cometa (por lo que he podido investigar, se conoce como cometa Gregory-Méchain, puesto que Edward Gregory lo había observado dos días antes). Este descubrimiento, aparentemente casual (el cometa estaba muy cerca de Mizar, una de las estrellas que Méchain decidió observar) fue publicado por el recientemente abierto Diario de Barcelona, que se apresuró a aclarar a sus lectores que, contra lo que decían los supersticiosos, un cometa no era señal de desgracia alguna. Aunque esta vez se equivocó, porque once días después del descubrimiento, Luis XVI fue decapitado en París, y poco después estallaría la guerra.

El enrarecimiento político puso las cosas difíciles para las relaciones entre españoles y franceses. En febrero de 1793, el atraco de un convoy de comerciantes catalanes por un francés provocó toda una indignación en la capital de Cataluña, que llevó a las masas a masacrar a un genovés creyéndolo francés (o no; el odio catalán hacia los comerciantes genoveses es legendario; los llamaban moros blancos). El cónsul francés advirtió de los peligros para sus ciudadanos en una carta en la que no dejaba en buen lugar a los catalanes: “son brutos, simples y vengativos; el oro es su Dios”. José González, el patrón que colaboraba con Méchain, fue encomendado de salir a la caza de piratas. Cuando regresó al puerto de Barcelona, Méchain comenzó a pensar en dejar Barcelona. Sin embargo, cuando comenzó a expresar esta voluntad, se encontró con la obstinación de las autoridades españolas, que insistían en ser puntualmente informadas de su trabajo, esto es, de los resultados de sus triangulaciones y de la latitud exacta de la montaña de Montjuïch. Para España, esta actitud no era en modo alguno un capricho: ya se ha dicho que se carecía de un mapa fiable de Cataluña, y aquellas observaciones podían ser de mucha ayuda para conseguir desarrollarlo. Así pues, el mes de marzo de 1793 hubo de ser utilizado por Méchain en la redacción de un informe para los españoles, amén de otro que le envió a Borda a París.

Aquel mismo mes de marzo, los ciudadanos franceses residentes o de paso por Barcelona recibieron la orden del gobierno español de irse a tomar Camembert a su puta casa.

Ciertamente, Méchain consiguió ampliar el plazo hasta fin de mes: estaba redactando el informe, así pues los españoles tenían interés en que se quedara. Pero, sin embargo, la guerra francoespañola acabó, indirectamente, con toda posibilidad de extender los cálculos hasta Mallorca. El capitán González y su Corzo fueron encomendados con misiones de escolta y de otro tipo y, aunque Méchain trató de que cuando menos el capitán Bueno siguiese con él, no lo consiguió. Con fecha 4 de abril, el mando militar de Barcelona le ordena a Méchain que desmonte su observatorio de Montjuïch y se vaya de la montaña y su fortaleza, aunque no lo expulsa de España.

Desalojado de su lugar de trabajo pero no de la ciudad, Méchain cogió una habitación en una fonda llamada La Fontana de Oro, sita en el carrer dels Escudellers de la ciudad, a tiro de lapo de las Ramblas, la plaza Real y la Boquería; es muy probable, por la fama que tenía entonces entre los franceses esta calle como la de las mejores fondas de Barcelona, que Méchain estuviese escogiendo una especie de Sheraton del Antiguo Régimen.

Algo más relajado tras haber cumplido con sus obligaciones y sabiendo que había sido capaz de realizar su trabajo a un ritmo superior al esperado, no encontró problema en aceptar la oferta de un amigo suyo catalán, el doctor Françesc Salvà i Campillo, por los alrededores de la ciudad. Salvà, todo un espíritu renacentista con sabor a fuet, tenía mucho interés en que el francés conociese una estación de aguas existente fuera de la ciudad. Cuando llegaron, la encontraron cerrada por ser festivo, y por lo tanto sin caballos para que hiciesen funcionar los artefactos. Méchain dijo que se conformaría con verlos sin funcionar, pero Salvà se emperró en ponerlos en movimiento. El intento acabó causando un accidente que dañó al doctor y su ayudante. Tratando de ayudarlos, fue Méchain quien resultó brutalmente golpeado en el pecho, cayendo en el suelo, aparentemente muerto.

El metro estaba herido de muerte.

El doctor Salvà y su sirviente llevaron a un exangüe Méchain a una casa cercana. Allí el doctor residente, por cierto uno de los mejores de Barcelona, logró recuperar su pulso, si bien no su consciencia. Muy preocupados por su supervivencia lo cargaron en un carro y lo llevaron a Barcelona, para ponerlo en manos del doctor Sarpons, entonces reconocido como el mejor cirujano de Barcelona. La oreja derecha de Méchain sangraba abundantemente, e incluso aquel experimentado cirujano estaba seguro de que no sobreviviría a la noche. Los médicos decidieron sangrar todavía más al enfermo (trataban de evitar la formación de coágulos en el cerebro, al parecer) y dejar el tratamiento de las heridas traumatológicas para el día siguiente, y así evitarle estrés al cuerpo.

Méchain amaneció al nuevo día respirando pero sin haber despertado. Toda la parte derecha de su torso estaba hundida. Se le habían roto las costillas y la clavícula. Lo vendaron como una momia. Tres días después, la fiebre comenzó a ceder, y recobró la consciencia.

Tampoco tenía prisa el francés por recuperarse. Evidentemente, cuando comenzó la guerra estuvo en un tris de ser expulsado, y de no ser por tener pendiente el informe a los españoles probablemente habría sido así. Pero ahora el gobierno español había cambiado de idea, y le conminaba a todo lo contrario: tenía prohibido salir de Barcelona hasta que terminase la guerra. El nuevo gobernador general de Cataluña, de hecho, temía (con razón) que si Méchain regresaba a Francia con sus mediciones, podría usarlas para dar alguna ventaja a los franceses en sus batallas. Además, se había decretado el embargo de los activos en poder de franceses, y eso significaba que no había en toda Barcelona, en toda Cataluña, en toda España, un solo banco o prestamista que estuviese dispuesto a prestarle el dinero que habría necesitado para marcharse.

Si la desgracia se había cernido sobre Méchain, a Delambre no le iba mucho mejor. Dios parecía no estar muy de acuerdo en que el hombre lograse medir ese mundo que se supone que había creado en siete días.

Una vez que superó los primeros problemas derivados de milicianos locales que tomaban sus instrumentos por armas peligrosas, y provisto con nuevos salvoconductos válidos, Delambre salió a toda prisa hacia Saint-Martin-du-Tertre. Tenía prisa por poder hacer mediciones hacia la colegiata de Danmartin antes de que el viento de la revolución se llevase el edificio por delante. Sus movimientos fueron rápidos, especialmente desde que los franceses consiguieron parar a los prusianos en Valmy y los ánimos en las zonas rurales que atravesaba se pacificaron.

Sin embargo, la Naturaleza todavía tenía algo que decir. El día de septiembre en que Delambre consiguió subir a las alturas de la iglesia de San Martín de Montículo, le fue imposible ver tanto la colegiata de Danmartin como la cúpula de los Inválidos, porque había una niebla del carajo.

Delambre trabajaba a temperaturas tan siberianas que incluso afectaban al elegante movimiento de los círculos de su medidor geodésico. Para colmo, al estar en el punto más alto estaba al lado de la campana, que no dejó de hacer su trabajo de marcar los momentos del día, dejándole sordo a él y a sus asistentes. Finalmente, comprendiendo que sus problemas de vista eran un hándicap en esas condiciones y que además Lefrançais era mucho más bajito que él, por lo que cabía mejor en el pequeño espacio de que disponían, decidió dejar las mediciones en manos de su adjunto.

Tres semanas, tres, esperaron, ateridos, Delambre y su gente hasta que un día vieron París finalmente. Pero vieron París, sólo. Porque, cuando se levantó la niebla, descubrieron que había una puta colina que se interponía entre ellos y los Inválidos. Así las cosas, Delambre hubo de medir los ángulos tomando como referencia la cúpula del Panteón, sabiendo que algún día debería rehacer el trabajo que había hecho en París.

En noviembre, Delambre estaba de nuevo en Montlhéry, donde había comenzado su accidentada excursión, pues pensaba hibernar en París (no lo culpo; es la mejor época. El otoño parisino está sobrevalorado por lacrimosos poetas asténicos.) Sin embargo, no pudo hacerlo. Los propietarios de la granja de Malvoisine que le habían permitido construir un puesto de observación en su tejado le comentaron, con ese savoir faire que siempre despliega el francés rural (¡que lo hagas, coño!), que temían que la nieve de la invernada colapsase la estructura, causándoles posibles daños. Le conminaron a desmontarla. Para Delambre, eso significaba que no podría volver en la primavera (otra época parisina sobrevalorada, a menos que se experimente furor uterino) a terminar sus mediciones en la propia granja y otros nodos escogidos en los alrededores.

Delambre procedió a hacer esas mediciones en lugar de volver a París y, una vez terminadas, trató de seguir su trabajo hacia el sur. Pero cuando estaba llegando a Fontainebleau, la nieve comenzó a caer y la práctica de mediciones solventes devino imposible. Acababa Delambre de terminar de hacer mediciones desde los últimos nodos en los que se podía ver París. Ahora tendría que volver a la ciudad. Eso sí, invirtió los meses de febrero y marzo en hacer el trabajo pendiente en la cúpula del Panteón. Las autoridades le permitieron construir una pequeña habitación cerrada, que por lo tanto hacía posible su trabajo en condiciones de temperatura propias del hombre blanco. En lo alto de la cúpula colocó un globo iluminado para que el Panteón fuese visto con más precisión. Pudo hacerlo porque la Revolución había quitado de ese lugar la cruz que antes estaba y, aunque se pensó en sustituir ésta con una estatua de Renommée (la Fama), nunca fue colocada.

En los dos primeros meses de 1793, mientras los albañiles construían el nidito astronómico, el rey de Francia fue llevado a los tribunales, condenado y ejecutado; acción que provocó una guerra con Inglaterra y una serie de escaseces en la propia París que pronto provocaron manifestaciones indignadas. Luego se declaró la guerra con España, se produjo la contrarrevolución en la Francia occidental, y el futuro Terror se puso al punto de baño María. Pero de todo esto Delambre se enteró más o menos como se entera un operador de call center de Toledo de las vicisitudes del mercado secundario de deuda estonio. Mientras todo esto pasaba, él completó las observaciones de Saint-Martin-du-Tertre, Danmartin, Belle-Assisse y Montlhéry, que era lo que necesitaba. Realizó la última medición el 9 de marzo, con notas suficientes como para medir el meridiano que atraviesa París en invierno (que es el mismo que lo atraviesa en verano; pero es mucho más bonito observar dicha travesía en la primera de las estaciones citadas).

En dicha fecha, Delambre había hecho menos de la décima parte de su trabajo; mientras que, por esos días, Méchain había realizado ya casi la mitad del suyo, y estaba fijando la posición de Montjuïch. No obstante lo dicho, todavía confiaba, como le dijo a Méchain por carta, en que llegasen a encontrarse aquel mismo año con el trabajo hecho.

A pesar de este optimismo delambrero, las cosas no iban bien. El gobierno francés, aunque es verdad que tenía otras cosas de las que ocuparse, del tenor de no ser invadido y tal, seguía el proyecto de cerca, y estaba un poco hasta los huevos. La Academia había asegurado que el trabajo del meridiano estaría hecho en un año, pero todo parecía indicar que tardaría bastante más.

En realidad, el gobierno francés sabía que todo aquello duraba ya bastante más que el tiempo que se habían tomado Delambre y Méchain. Como ya hemos dicho, Jerôme Lalande, el feo y desagradable científico, había sido el primer patrocinador de la idea de unas medidas armonizadas para todos. Su propuesta no había concitado interés público alguno hasta 1789, cuando el gesto seudovoluntario de la nobleza francesa en el sentido de renunciar a sus privilegios seculares supuso, de rebote, que abandonase su autoridad sobre pesos y medidas. La Revolución, mientras todavía era monárquica, había invitado a la Academia para que estudiase la posibilidad de establecer un sistema métrico. La lista de nombres implicados en estos trabajos es un auténtico hall of fame de la ciencia: Condorcet, Lavoisier, Laplace, Borda, Legendre...Todos ellos formaron una Comisión sobre Pesos y Medidas. En febrero de 1790, como ya hemos citado, la Asamblea estudió la propuesta de Lalande en el sentido de que se adoptasen los sistemas de pesos y medidas vigentes en París para toda Francia. Era una buena propuesta para una nación como Francia, crecientemente centralizada, pues estaba en fase de convertir un conglomerado de naturales de Neustria, Angulema, Borgoña, Normandía, Picardía, el Delfinado, Liguria, etc., en una apretada falange de enfants de la Patrie. Sin embargo, como bien sabemos (Napoleón, hermanos, no cayó del Cielo ni fue impuesto por los reptilianos), el proyecto francés, en realidad, ambicionaba más. Mucho más. Y es por eso que un mes después, Charles Maurice de Talleyrand se presentó en la Asamblea con una propuesta más, por decirlo mal y pronto, del mundo mundial. El antiguo obispo reconvertido a diplomático se mostró decidido partidario de la idea mayoritaria dentro de la Academia, cuyo mayor patrocinador era Condorcet: dejemos atrás todas esas medidas nacidas de las pulsiones históricas, las necesidades y las decisiones de unos pocos: reyes y aristócratas; y creemos una medida basada en la Naturaleza, que es el patrimonio de todos.

Talleyrand, siempre iluminado por Condorcet, que fue el auténtico Vickie el Vikingo de aquella movida, propuso algo más que dejó alucinados a los señores asambleístas: que todas las medidas que se desarrollasen, de longitud, peso, área, etc., estuviesen interconectadas en un solo sistema de carácter universal. Esto es: una vez definida la unidad de longitud, todas las demás derivarían de ella.

La propuesta hoy nos parece lo natural; pero en ese momento tuvo la calidad de alguien que hoy nos propusiese propulsar los bateaux mouche de París (que, por cierto, se disfrutan mucho más en invierno, no sé si lo sabéis) con impalas salvajes. De hecho, ni los científicos se ponían de acuerdo sobre esa interrelación. Lavoisier y el cristalógrafo René Just Haüy se pusieron a trabajar para definir el kilogramo, o el grave como se llamaba entonces, como un decímetro cúbico de agua de lluvia al punto fundente (o sea, cero grados Celsius; ni frío, ni calor); pero, claro, a nadie se le escapa que sin metro no hay decímetro, así pues tuvieron que dejar el curro en stand by (sería en 1799 cuando Louis Lefèvre-Gineau definiese el gramo como un centímetro cúbico de agua de lluvia a la temperatura de máxima densidad, esto es 4 grados).

Talleyrand sacó adelante la propuesta, y la Asamblea, además, añadió otra petición de los académicos, en el sentido de que la división de las nuevas medidas fuese decimal. La batalla entre lo decimal y lo sexagesimal venía produciéndose en Europa desde el Renacimiento, cuando Simon Stevin comenzó a usar la división por diez. Con posterioridad, personalidades como el británico John Locke se habían ocupado de cantar las ventajas de lo decimal. Lavoisier, en el momento de la Revolución, era su mayor fan. Cuando la nueva república americana decidió utilizar la división decimal para su moneda, los partidarios crecieron todavía más.

Sin embargo, la cosa no era nada fácil. En realidad, el partido de quienes decían que la nueva división debería basarse en el número doce tampoco estaba mal dotado. A los partidarios de esta solución les parecía que para cualquier comerciante analfabeto, obtener mitades, cuartos y tres cuartos de cualquier cosa le sería mucho más fácil trabajando en base doce. El principal obstáculo del sistema doudecimal era sus fricciones con la aritmética, que se pretendían solver mediante la construcción de una aritmética doudecimal en la que los números diez y once tuviesen dos nuevos símbolos de un solo dígito. Otros expertos abogaban por un mundo de base 8, un número que permitía dividir cualquier cosa física en mitades ad infinitum. Menos partidarios tenían las base 2 o las basadas en algún número primo, como el 11.

En medio de estas discusiones que eran, por así decirlo, enmiendas a la totalidad, la Academia tomó una decisión en el aspecto, con mucho, más batallón del proyecto: los prefijos. Parece una chorrada, pero si te paras a pensarlo te darás cuenta de que los prefijos del sistema decimal es lo que más usas de él. Así pues, si lo más importante de una medida para un científico es cuánto mide, lo más importante para el 99% del resto del mundo es cómo se va a llamar. La solución intuitiva es no cambiar los nombres. O sea: si los vinateros miden el vino en pellizcos, pues se estandariza la medida del pellizco, dejando el nombre (como se verá al final de estas notas, de hecho en España esta solución tuvo muchos partidarios). Pero esto repelía el espíritu ilustrado y revolucionario, que verdaderamente quería construir un nuevo mundo. Un mundo en el que los meses se llamarían fructidor y brumario, mandando a tomar Fanta a los viejos héroes y dioses romanos; y que, con las mismas, también pasaba de los viejos nombres de las medidas.

Fue en mayo de 1790 cuando el citoyen Auguste Savinien Leblond propuso, por primera vez, el neologismo “metro” como medida básica de longitud. Sin embargo, el personal asumió que las subdivisiones del metro (como el perche, 1.000 metros, el estadio de 100, la palma de 0,1 o el dedo de 0,01) mantendrían sus nombres. En un informe de la Comisión de Pesos y Medidas que data de mayo de 1793 es donde se propone, por primera vez, utilizar los prefijos clásicos, latín y griego, para subdividir las medidas: kilo, mili, etc.

Esto dio para mucho, pero, con todo, la propuesta que más vibración de cuerdas vocales consumió, con diferencia, fue la que justifica estas notas, esto es, basar la unidad de medida en las dimensiones de la Tierra. Talleyrand, en la propuesta a la Asamblea de la que hemos hablado recién, había propuesto definir el metro como el recorrido durante un segundo de un determinado péndulo. Sabido es que el movimiento pendular venía alucinando a los científicos desde que Galileo demostró que depende de su longitud. La propuesta de Talleyrand había sido ya discutida 170 años antes por el holandés Isaac Beeckman y el padre Martin Mersenne. Y veinte años antes, ya Turgot le había encargado a Condorcet que estudiase la posibilidad de un sistema basado en el péndulo.

Condorcet, que seguía convencido de lo adecuado de la solución, propuso a Talleyrand que el gobierno francés promocionase un auténtico congreso científico internacional, en el que dos hombres de ciencia de cada nación se juntasen para discutir el tema. El francés contactó con sir John Riggs Miller, miembro del parlamento inglés que también estaba intentando encauzar las aguas británicas, siempre proclives a fluir a su bola, por la misma canalización. Esto hizo a Talleyrand albergar la idea de una entente científica franco-británica, con lo que demuestra que no conocía a los ingleses como creía. En todo caso, de América llegaron mensajes de que una rutilante nueva estrella de dicho firmamento, Thomas Jefferson, se interesaba por el tema. Jefferson, secretario de Estado, tenía la orden de su presidente, George Washington, de abordar la reforma de los pesos y medidas americanos, y hacerlo coordinadamente con los franceses. Condorcet, literalmente empalmado desde un punto de vista cerebral (el otro no sabemos) anunció, campanudo, que en un futuro muy cercano Francia, Inglaterra y los Estados Unidos estarían usando el mismo sistema de pesos y medidas. Como científico era la hostia, pero como adivino no valía ni lo que se paga en las fruterías por el perejil.

El tema del péndulo tenía un pequeño problemilla. Desde Galileo hasta Condorcet, los científicos habían aprendido que el periodo de un péndulo dependía también de dónde se lo situase en la Tierra (me suena que un tipo llamado Foucault construyó un videojuego con esto). Así pues, era necesario escoger un lugar para hacer el experimento. Científicamente hablando, supongo que estaremos de acuerdo en que el lugar lógico a escoger era el Ecuador; pero tenía el problema de quedar donde Cristo perdió el carné de la Asociación Nacional del Rifle. Condorcet pensó un poco, y acabó convenciendo a Talleyrand de que lo lógico, a falta de pan, eran las tortas de escoger un punto a medio camino entre el polo norte y el Ecuador, puesto que allí la longitud del péndulo sería la media de las que se pueden medir en la Tierra. Buscando a esa latitud un lugar al nivel del mar y con pocas montañas cerca que pudiesen dar por saco, el científico (sólo por casualidad) francés terminó por escoger la ciudad (sólo por casualidad) francesa de Burdeos.

Ni qué decir que una vez que esta propuesta traspasó la raya de la Patrie, quedó claro que de evidente y consensuada, la elección de Burdeos no tenía nada. Los ingleses no se cortaron un pelo, así pues Riggs Miller dijo que la medida habría de hacerse en Londres. Jefferson propuso el paralelo 38, que es la latitud mediana de los EEUU, y que sólo por casualidad caía en Monticello, o sea en su Estado. Y no pocos franceses, incluso, abogaron por París. Finalmente, la ley aprobada por la Asamblea el 8 de mayo de 1790 tuvo que decir que la medición se haría “a 45 grados, o cualquier otra latitud que pueda llegar a preferirse”; además de formar la Comisión de Pesos y Medidas. Ya se sabe que cuando un problema es batallón, se forma una Comisión.

La Comisión tardó un año en discutir todos estos temas y presentó sus conclusiones ya el 19 de marzo de 1791. Finalmente, su sentencia era abandonar la estrategia pendular, que quedaría sustituida por la ya citada de la diezmillonésima parte de la distancia entre el Polo Norte y el Ecuador, tal y como se establecería mediante las triangulaciones que se llevarían a cabo.

Esta decisión es, por contarlo básicamente, una victoria de Borda sobre Condorcet. El científico y marino argumentó, en este sentido, que la solución de Condorcet no le convencía porque al fin y al cabo haría depender una medida: el metro, de otra: el segundo. En un eventual cambio de las medidas de tiempo, pues, el metro colapsaría. Debe recordarse, además, que en ese mismo momento la propia Academia estaba discutiendo si la división del tiempo del día, heredada de los muy sexagesimales babilonios, no debería ser cambiada. Lo lógico, seguía Borda, era definir la longitud con longitud, y además con una longitud, la de la Tierra, que cabía esperar que no cambiase. Todo, por no mencionar que era racional estimar que la diezmillonésima parte que se buscaba daría una longitud razonablemente cercana al aune parisino; una medida, pues, a la que mucha gente estaba habituada.

La selección del meridiano a medir también fue compleja. Borda quería que el arco seleccionado atravesase, cuando menos, un punto con 10 grados de latitud, para que así la extrapolación de todo el arco fuese más precisa. También debería incluir el paralelo 45, esto es la distancia media entre el Polo y el Ecuador, reduciendo los problemas causados por la excentricidad del volumen de la Tierra. Los dos puntos finales a medir debían de estar situados al nivel del mar. Y, por último, el trayecto elegido debería atravesar una zona ya bien conocida. Tal vez sólo por casualidad, este conjunto de científicos franceses concluyeron que la única línea que cumplía en todo el mundo estas características estaba en Francia: la que iba desde Dunquerque hasta Barcelona, pasando por París. Decisión que, por cierto, dio al traste con toda la colaboración internacional que había surgido con el proyecto del péndulo. La Royal Society en Londres se puso como el puma de Baracoa y acusó a la Academia de hacer pasar una medida francesa por universal. Jefferson también perdió la pasión por el sistema métrico, como bien saben todos sus compatriotas que todavía miden a los jugadores de la NBA en pies.

En la misma zona se contaba, eso es cierto, con algunas experiencias previas. Jean François Fernel, en tiempos de Enrique II, había medido la distancia entre París y Amiens por el simple método de desarrollar un contador mecánico que anotaba todas las vueltas que daba una de las ruedas de su carro (medición que, por cierto, fue razonablemente precisa). Sin embargo, desde que en 1617 Willebrord Snell, conocido por algunos como el Eratóstenes holandés, introdujo la triangulación, los científicos abrazaron este método. Sin embargo, la triangulación presentaba el problema de conocer con precisión las excentricidades de la Tierra que, como se sabe, no es redonda, redonda del todo.

De hecho, la Academia llevaba ya años preocupada por este tema, y había enviado una expedición al Perú para comprobar la excentricidad del Ecuador, así como otras para medir la curvatura de la Tierra en la cercanía del Polo. En 1740, una expedición de Cassini (la tercera) midió el meridiano entre Dunquerque y Perpiñán.

Siendo la línea a medir una línea “de casa”, los optimistas y por supuesto imparciales savants franceses aseveraron al gobierno revolucionario que la medición necesaria tomaría todo lo más un año. Y es por eso por lo que, cuando en el final del invierno de 1793 quedase claro que Delambre y Méchain estaban lejos de cumplir con su cometido, anduviesen un poco mosqueados. Bueno, por eso y porque el entusiasmo generado había supuesto una provisión para el proyecto de 300.000 libras, esto es tres veces el presupuesto anual de toda la Academia.

Así estaban las cosas cuando en marzo de 1793 Delambre, quien ya había aprendido suficiente en su primer viaje sobre las barricadas y poderes locales y, por lo tanto, había asumido que no daría un paso sin el nihil obstat oficial, solicitó permiso para salir de París.

Un síntoma bien claro de la situación en la que se encontraba aquella Francia de la Revolución es que, cuando menos en primera instancia, el consejo municipal de París rechazó la petición de Delambre en el sentido de continuar su periplo triangulador. El gobierno de la ciudad, dominado para entonces por los sans coulottes, contemplaba la Academia como una institución elitista de señoritos, la casta, y por eso se apremió a dejarla con el culo al aire. En una segunda instancia, la petición de Delambre, avalada por las personas adecuadas, pasó la votación; lo cual demuestra la solidez de las ideas que apenas unos días antes habían provocado la votación contraria.

Delambre, una vez fuera de la ciudad, y, eso sí, parando en cada pueblo para mostrar sus papeles y dejar clara su misión, había decidido, esta vez, pasar de la estrategia consistente en irradiar su trabajo desde París, sino comenzarlo por el principio, es decir, Dunquerque. Para cuando llegó al lugar, las cercanas tierras planas de Flandes estaban en guerra, y los enemigos de Francia avanzaban. Así pues, Delambre trató de darse prisa y hacer sus mediciones a pelo puta, antes de que la ciudad pudiese eventualmente caer en otras manos. Pudo avanzar deprisa, según sus propios escritos, gracias a uno de los sacerdotes de la iglesia local, apellidado García; de donde podemos colegir con cierta facilidad que era descendiente de españoles, aunque probablemente muy lejano, teniendo en cuenta que era una familia que aseguraba llevar tres siglos en Dunquerque.

Una vez superada la etapa dunquerquiana, avanzó Delambre hacia el sur en dirección a la región más erótica de Europa: la Picardía. Avanzó muy deprisa, aprovechando las mejores condiciones para la triangulación del verano, y a mediados de julio había completado diez triángulos. Ese mes, Lefrançais abandonó el equipo para ir a París porque su mujer (hija de Lalande) estaba a punto de parir. De hecho, el 27 de julio dio a luz a una niña, a la que llamaron Urania (es fácil deducir que, de alumbrar a la churumbela a día de hoy, la habría llamado Supercuerda, o Materiaoscura), aunque el bautizo quedó pendiente hasta que Delambre pudiese apadrinarla. Lo cierto es que Lefrançais nunca regresó a la misión. El 8 de agosto de 1793, antes de que hubiera podido hacerlo, la Academia fue abolida, y se quedó trabajando con su suegro.

Delambre supo de la abolición de la Academia por una carta de Lavoisier que le llegó cuando estaba en la torre de la catedral de Amiens tomando medidas. En todo caso, su corresponsal parisino le informaba de que los académicos habían podido salvar el proyecto de reforma métrica. La mala noticia es que el flujo del dinero se había acabado, y que también se había decidido, en parte a causa de las excesivas dilaciones del proyecto, implantar una especie de metro provisional.

Una ley de 1 de agosto de 1793, en este sentido, codificó el sistema métrico como lo conocemos hoy en día, y otorgaba un periodo transitorio de un año para que la gente se adaptase. Era evidente que para cuando el nuevo metro fuese obligatorio, la expedición del meridiano no habría podido terminar sus triangulaciones y mucho menos completar sus cálculos. Por eso se establecía un valor provisional.

Antes de que comenzase la expedición del meridiano, Borda había hecho algunos cálculos estimativos en los que había previsto un valor para el metro, expresado en medidas tradicionales hasta entonces en Francia. La intención del marino era, sin embargo, mantener estos cálculos, basados en lo que ya se sabía sobre las dimensiones de la Tierra, en secreto. Pero había muchos actores que querían conocerlos. Los más interesados en ello eran los funcionarios del Tesoro, que necesitaban conocer cuál sería el peso de las piezas de moneda. Ya el 1 de enero de 1793, el Comité de Finanzas solicitó de la Comisión de Pesos y Medidas una estimación adecuada de la futura longitud del metro. El trabajo lo abordaron Borda, Lagrange y Laplace. Para ello, asumieron que la longitud de un grado a una latitud 45 norte era la media de todo el cuarto meridiano. Tomaron esa medida de la expedición conocida como Cassini III (1740). A partir de ahí, teniendo en cuenta que un cuarto de meridiano ocupa 90 grados, multiplicaron dicha longitud por 90 y dividieron por diez millones (espero no haberme equivocado en la descripción...)

Los tres científicos, sin embargo, también guardaron este resultado, y sólo fue ante la amenaza de disolución de la Academia que lo dieron a la luz.

A pesar de esta adopción del metro, como hemos dicho siempre se tomó por provisional y, por lo tanto, la labor de las triangulaciones no se detuvo. En octubre de 1793, Delambre había logrado ya llegar lo suficientemente al sur como para conectar las mediciones que había hecho desde Dunquerque con las que había realizado anteriormente en los alrededores de París.

Avanzando por el sur de la capital se encontró con un problema difícil. La torre de la iglesia de Cour-Dieu, que había servido de nodo a Cassini, se encontraba ahora rodeada de árboles y no podía ser usada como nodo. A falta de otros elementos que pudieran ser usados, Delambre decidió que lo que había que hacer era construir un puesto ad hoc sobre una colina llamada Châtillon. La construcción de la torre tomó un mes y, lo que es más importante, concitó mucha curiosidad. Los lugareños de los alrededores estaban convencidos de que eran obras de algún complejo o máquina, que sería usada con intenciones contrarrevolucionarias. Así las cosas, lograron llamar a una tropa de unos seiscientos soldados para que fuesen allí. Afortunadamente para Delambre, en aquel ambiente más bien ilógico y bastante revolucionariamente pollas, las gentes de la zona decidieron cambiar de enemigo y, en el mes de diciembre, votaron por unanimidad que fuese demolido un monolito que se había construido muy cerca en recuerdo de la expedición de Cassini, por considerarlo un “signo odioso del despotismo extinto”.

El día de Nochevieja, Delambre y su adjunto Bellet lograron, finalmente, subir a la torre de Châtillon. Con el tiempo, sin embargo, acabaría quedando claro que las mediciones desde ese lugar no iban a ser de gran calidad. El fuerte frío, el viento y el delicado equilibrio en el que se veían obligados a colocar los aparatos de medición la provocaron.

Lo peor, sin embargo, llegó el 4 de enero de 1794. En ese día, Delambre recibió una carta de la Comisión de Pesos y Medidas en la que se le notificaba que, por orden del Comité de Salud Pública, había sido apartado del proyecto de medición del meridiano, junto con algunos otros científicos. La carta le instaba a empaquetar sus instrumentos de medición y todas sus notas y mantenerlos a disposición del sustituto que acudiría para tomar el control de la misión “en el caso que fuese reanudada”.

Ahora Delambre tenía dos preocupaciones: una, que le habían prohibido hacer las mediciones. La otra, que las tenía que hacer si no quería que todo el trabajo desde la torre de Châtillon quedase inutilizado; cosa que ocurriría si la torre era definitivamente derribada por el viento sin que hubiesen terminado las mediciones. Delambre consideraba, y tenía toda la razón, que la única forma de que la misión pudiese ser continuada por un tercero con garantías es que él terminase su trabajo en algún punto de observación fijo y no artificialmente construido. Pensaba en alguna de las torres de iglesia a lo largo del Loira. Otrosí, lo que el científico tenía en ese momento era un montón de notas crudas que necesitaban ser ordenadas, expurgadas y calculadas; un trabajo de por lo menos tres meses. Así las cosas, escribió a París solicitando cuando menos este tiempo para poder completar su parte de la misión.

La carta de Delambre fue recibida en París por un antiguo compañero de la Academia que, además, estaba llamado a ser su sustituto: el ingeniero Gaspard Prony. Prony, que recordemos pertenecía a esa profesión que los científicos puros suelen mirar con cierta superioridad, se portaría con Delambre como un auténtico científico: no sólo le asistió, sin sustituirle, en las mediciones de la torre de Châtillon, sino que luego siguió ayudándole en las mediciones en el Loira.

En año y medio de trabajo, Delambre había completado más o menos la mitad de su trabajo, recorriendo más de 3.000 kilómetros efectivos por carreteras deplorables; distancia que se explica porque, recordemos, cuando se triangula no se avanza en recto, sino en zig zag. Pero el 22 de enero, recibió la comunicación del Comité de Salud Pública, que llevaba fecha de 23 de diciembre de 1793, comunicándole su cese.

Fue la forma que encontró eso que conocemos como régimen del Terror de irrumpir en el proyecto del meridiano.  

Mientras Jean Baptiste Delambre se encontraba, a su pesar, inmerso dentro de los hechos de la revolución y la guerra francesas, Pierre François Méchain se encontraba, si no a la luna de Valencia, sí cuando menos a la de Barcelona. En efecto, el segundo de los miembros de la expedición del meridiano sabía muy poco en la ciudad condal sobre lo que estaba pasando en su país. La carta más moderna que había recibido era de marzo de 1793; así pues, de todo lo ocurrido desde entonces tenía informaciones muy parciales.

Méchain convaleció en cama unos dos meses de su accidente en las afueras de la ciudad. Pasado ese tiempo, cuando llegó la primavera y el buen tiempo, ergo se acercaba el solsticio de verano, comenzó a exigir a su gente que lo sacasen a la terraza de la Fontana de Oro, donde fue instalado en medio de un montón de almohadas y con el círculo de Borda.

La ambición del francés era medir la oblicuidad de la Tierra o, si se prefiere, el ángulo de la Tierra sobre el plano de su órbita alrededor del Sol. Era necesario seguir al Sol hasta que alcanzase su máxima altitud. En ese momento, Méchain orientaba los telescopios del círculo, mientras que Tranchot se encargaba de girarlo. Era un esfuerzo muy duro para Méchain. Su herida afectaba gravemente a la movilidad de su brazo derecho por lo que, siendo diestro, debía realizar todas las mediciones con el izquierdo.

El doctor Salvà, que no estaba nada convencido de los progresos del enfermo, sugirió una cura de baños en Caldas. Méchain le hizo caso; para entonces, estaba muy preocupado por la inutilidad de su brazo derecho, que los doctores opinaban tal vez nunca volviese a usar.

Para cuando regresó de sus baños, Méchain se encontró con que España estaba a punto de obtener una victoria militar a ambos lados de los Pirineos. Lavoisier le escribió una carta en la que le informaba de la disolución de la Academia, pero también de que ahora, como miembro de la Comisión de Pesos y Medidas, Méchain tenía derecho a un salario de diez francos diarios; la guerra, sin embargo, se encargó de que Méchain nunca recibiese esta misiva, y es por esto que, más o menos al mismo tiempo que Delambre estaba recibiendo la comunicación de su cese, él estaba todavía enviando cartas a París solicitando instrucciones. Finalmente, a través de gacetas y Radio Macuto, había acabado por tener alguna noticia de la disolución de la Academia, y había llegado él solo a la conclusión de que podrían estar haciendo con él lo mismo que con Delambre, esto es: cesarlo. Parece ser que no le faltaba razón, y que, en realidad, si el Comité de Salud Pública no fue a por él fue porque, estando en España, siempre hubiera podido buscar y encontrar asilo en nuestro país (llevándose su equipo y sus notas).

Méchain, de hecho, estaba en una situación en la que lo más lógico es que hubiese caído en los brazos de España. No tenía un duro, porque los banqueros no le daban crédito. Su moneda francesa no valía nada en Barcelona. Media Francia estaba ya luchando contra Francia y, por último, él mismo no era nada partidario del tono que, al parecer, habían tomado las cosas desde 1792. Sin embargo, todo eso cedía ante un sentimiento que para él era el más fuerte: la profesionalidad. Méchain quería terminar lo que había empezado, se sentía obligado a ello.

Afortunadamente para él, en el otoño de 1793 su brazo derecho había empezado a recuperarse. Por esta razón, reclamó permiso del general Ricardos para poder completar su triangulación en los Pirineos. Lógicamente, hubo de jurar solemnemente que ni él ni ninguno de los miembros de su equipo se pasaría a Francia o facilitaría a París los datos geodésicos antes del final de la guerra. Así las cosas, en septiembre Méchain, Tranchot y el capitán Bueno viajaron hacia las montañas. En Figueras, tras triangular el lugar meticulosamente, se dividieron en dos grupos: el capitán Bueno y Méchain por un lado, y Tranchot por el otro.

El objetivo de Tranchot era el Puig de l'Estelle, en el Canigou. Se le había permitido ir allí porque aquel lugar, parte integrante de Francia, estaba dominado por los españoles. Sin embargo, para cuando llegó las tropas francesas habían roto la barrera que las mantenía en Perpiñán, y empujaban a los españoles hacia su país. Tranchot siguió haciendo mediciones, seriamente obstaculizado por el clima; pero el 7 de octubre, en medio de un ataque francés a posiciones españolas, una banda de guerrilla rural de las muchas que habían formado los locales entonces lo emboscó en nombre de la revolución. Tranchot reaccionó identificándose como un fiel francés que estaba realizando una misión encomendada por la propia Asamblea Nacional, como demostraban sus papeles. Pero los paisanos no se impresionaron con esta información, así que lo ataron y se lo llevaron a su pueblo para ahorcarlo. Allí, sin embargo, el alcalde, que probablemente no quería cargar con la muerte de un señor que seguía diciendo que estaba en misión oficial, cosa que sus papeles parecían confirmar, lo mandó detenido a Perpiñán.

Las cosas pintaban mal para Tranchot, pero en realidad tuvo suerte. Era administrador de Perpiñán Françesc Xavier Llucía, persona que resultó estar al tanto de la misión del meridiano. Nada más llegar Tranchot a la ciudad, lo liberó y le garantizó libertad de movimientos. Algunos días antes, Méchain había hablado con él para solicitarle que construyese pequeños puestos de observación en algunas cumbres para que pudieran ser observados por él en la distancia.

Pero, contra las promesas que había hecho Méchain a los españoles, Tranchot estaba en lado francés.

Mucho más que eso. Uno puede preguntarse, de hecho, por qué Puig de l'Estelle fue, en realidad, la única cumbre de observación en toda la mitad del proyecto adjudicada a Méchain en la que éste permitió a Tranchot trabajar solo. No pudo ser por desconfianza en sus habilidades, puesto que el asistente dominaba perfectamente la técnica. Fue, sobre todo, porque Tranchot, y esto Méchain lo sabía, era un devoto republicano, además de capitán cartógrafo. En su condición de militar, por lo tanto, estaba obligado a proveer a las tropas francesas, si podía, de cuanta información tuviese sobre los fuertes españoles y su ubicación.

Méchain y Bueno estaban en Puig Camellas. El 25 de octubre, lograron ver con su telescopio una figura oscura en Puig de l'Estelle: Tranchot. Méchain terminó sus medidas el 4 de noviembre, mientras que Tranchot todavía estaba triangulando. Esperaron dos semanas, pero el asistente no apareció, lo que preocupó hondamente a Pierre François.

La cosa era evidente: con las mediciones pirenaicas, la misión en Cataluña, esto es en España, se había terminado. Lo que todo el mundo en París esperaría no es que Tranchot cruzase de nuevo la frontera para juntarse con su jefe, sino que su jefe hiciese el viaje exactamente contrario. Pero Méchain era un hombre extraordinariamente escrupuloso y poco dado a dejarse influir por los hechos externos a la ciencia. Él había hecho un solemne juramento ante el general Ricardos y, para él, eso era lo único que valía.

El momento en el que Méchain le estaba escribiendo encendidas cartas a Tranchot instándolo a volver fue el que escogió el ejército español para contraatacar en la zona. Lograron avanzar hasta volver a encapsular a los franceses en Perpiñán, con lo que, de nuevo, inmovilizaron a Tranchot.

Perpiñán, ciudad sometida a la más que probable invasión española, reaccionó como suele ocurrir, esto es con una grave lucha interna entre moderados y radicales, que ganaron éstos últimos. El gobierno de la ciudad se dedicó a ejecutar a militares y civiles que consideró demasiado próximos a la reacción monárquica. Entre los que visitaron el cadalso se encontraba Llucía, el gobernador franco-catalán. Si no cayó Perpiñán fue porque lo impidieron las lluvias de noviembre. Con la situación estabilizada, un preocupado Méchain regresó a Barcelona; por su parte Tranchot, tal vez tras valorar sus posibilidades o seriamente acojonado ante la suerte que había corrido su único valedor en Perpiñán, se las arregló para cruzar la cordillera aquel invierno y reunirse en Barcelona con su jefe.

Aquel signo de franqueza no impresionó a Ricardos. El general, probablemente, consideraba algo que yo, personalmente, también pienso: que Tranchot no se había atrevido a pasarse a Francia, pero eso no quiere decir, necesariamente, que no lo desease o hubiese contemplado. En consecuencia, no se fiaba de los franceses, así pues decretó que no podrían pasar a Francia y continuar su misión hasta terminada la guerra, y que tampoco podían sostener correspondencia alguna en la que incluyesen cálculos o cifras.

En marzo de 1794, Ricardos murió en Madrid. En cuanto el tiempo lo permitió, los franceses, al mando del general Jacques Coquille Dugommier, que había tenido a sus mandos en Toulon a un tal Napoleón Bonaparte, atacaron en el teatro pirenaico. A mediados de junio, los altos pasos de montaña ya eran suyos, obligando a los españoles a encastillarse en Figueras. Para entonces, Méchain había tenido confirmación por la prensa de la disolución de la Academia, y había llegado a la conclusión de que el proyecto meridiano había corrido la misma suerte. Se sentía injustamente detenido por los españoles; de hecho había intentado, sin éxito, salir de Barcelona en barco. Quería volver a Francia porque sabía que la parte de la misión que le quedaba (si es que había misión, claro) era mucho más fácil: puesto que el recorrido había sido ya triangulado por Cassini, todo se reducía a revisar los ángulos calculados en su día con el círculo de Borda. Para solventar la frustración, recomenzó sus observaciones astronómicas en la terraza de la Fontana de Oro.

Momento en el cual se dio cuenta de algo.

Eso de lo que se percató Méchain es lo siguiente: para calcular la posición de Montjuïch, el astrónomo había calculado la altura de seis estrellas diferentes. Éstas eran: Polaris, Thuban, Kochab, Mizar, Elnath y Pollux. Para su análisis final, había usado las cuatro primeras de las citadas, puesto que eran aquéllas sobre las que había obtenido más datos. Tres de estas estrellas convergían más que razonablemente en sus resultados:

·                     Polaris derivaba una latitud de 41º21'44,91''
·                     Thuban, 41º21'45,19''
·                     Kochab, 41º21'45,19''

Por lo tanto, estas mediciones se movían todas en un ámbito de 0,3 segundos de grado o, si se prefiere, un error de unos treinta pies. Para no tener GPS, estaba más que bien.

Sin embargo, la cuarta estrella, Mizar, ya era otra cosa. La latitud que indicaban sus lecturas era 41º21'41,00'', o sea unos cuatro segundos. Méchain entendió que las lecturas de Mizar daban estos resultados a causa de la refracción. Las correcciones de este efecto habían sido elaboradas por astrónomos que habían trabajado en París o en Londres pero, teorizaba Méchain, en ciudades más al sur, como Barcelona, en las que las estrellas circumpolares cruzaban el meridiano más cerca del horizonte, la distorsión podría ser superior.

Visto esto, Méchain decidió invertir el invierno de 1793 en la terraza de su hotel, tomando observaciones nocturnas que le permitiesen corregir los resultados iniciales. Tomó la asombrosa cifra de 910 observaciones estelares, cada una con diez repeticiones o más. En las horas diurnas, en la habitación del hotel, realizaba los cálculos y correcciones. En marzo de 1794 había determinado la latitud norte del hotel en 41º22'47,43'', basándose en Polaris; 41º22'48,38'' basándose en Kochab; y, finalmente, 41º22''44.10'' basándose en Mizar. De nuevo, el mismo efecto: Mizar se obstinaba en dar otra lectura.

Decidió Méchain dar un último paso para aclarar todo aquel embrollo. Se trataba de comparar estos nuevos resultados relativos a la Fontana de Oro con los conseguidos en Montjuïch mediante la sustracción de la distancia que los separaba. Para hacer esto último, realizó una triangulación que incluía el hotel, Montjuïch y un pequeño faro del puerto. El problema es que tenía que medir ángulos en los tres puntos de triangulación, y ahora mismo el castillo le estaba vedado, en su condición de francés.

A mediados de marzo, asistido por Tranchot, había tomado mediciones en el hotel, la catedral y el faro. Asimismo, logró convencer de alguna manera al comandante del castillo para que le permitiese hacer observaciones durante un solo día. Ese día fue el domingo, 16 de marzo de 1794. La triangulación decretó que Montjuïch se encontraba a 59,6 segundos de la Fontana de Oro, esto es poco más de una milla o kilómetro y medio. Por lo tanto, si la Fontana de Oro estaba a 41º21'45,10'', sustrayendo los correspondientes 59,6 segundos, quedaba 41º21'45,10''.

La catástrofe.

Los resultados se quedaban cortos en una magnitud de 3,2 segundos de arco. En un arco como el descrito entre los dos puntos barceloneses, eso suponía un error del 5,4%.

El problema para Méchain era simple: tenía que existir un error, y ese error se había cometido en alguna medición. Pero, ¿en cuál? ¿Se había equivocado en la terraza del hotel, en el castillo, en el faro? Lo que es peor, Méchain ya había enviado a París los resultados correspondientes a Montjuïch. Con el agravante de que no podía volver a realizar esas observaciones y corregirlas, pues bastante había tenido con el permiso de repetirlas durante un solo día.

Ahora mismo, pues, Méchain no sabía si uno de los datos fundamentales para establecer la longitud del metro era correcto. Y, si era incorrecto, tampoco sabía cómo podría solventar el problema.

Más aún, en realidad todo indicaba que los franceses tendrían que dejar Barcelona. Los franceses avanzaban, creando cada vez mayor tensión. El general Ricardos, principal adalid de la permanencia de Méchain en Barcelona, había muerto. Tranchot y Esteveny querían volver.

Aconsejado por sus amigos catalanes, Méchain se proveyó de un pasaporte hacia la Italia neutral, tratando con ello de regatear su obligación de informar al ejército español de su partida. En mayo, tras haber pasado dos años en Cataluña, Méchain se subió a un barco veneciano con destino en Génova, la ciudad más cercana a la frontera con Francia. El 25 de aquel mes, tres días después de que hubiese cargado en el barco sus círculos de Borda, un rayo cayó sobre el mástil, chamuscando las cajas de madera que llevaban los instrumentos. Aunque los círculos parece quedaron intactos, Méchain probablemente se sintió aliviado cuando dejó el puerto el 4 de junio.

Las noticias sobre la marcha de Méchain de Barcelona no llegaron a París. De hecho, dos semanas después de que se hubiese marchado, los franceses exigieron a los españoles su liberación.

En el otoño de 1794, el sitio francés de Figueras alcanzó su punto más intenso. Dugommier, de hecho, falleció allí el 17 de noviembre. Poco después, los dos países comenzaron negociaciones de paz, y en julio de 1795 firmaron el tratado de Basilea, recuperando las viejas (y poco definidas) fronteras entre ambos.

En el momento temporal que relatamos, los líderes revolucionarios franceses, en su mayoría, habían perdido ya la pasión por el proyecto del meridiano. Muchos de ellos, de hecho, lo consideraban una molesta gilipollez. Con el metro provisional en la mano, no veían necesidad de seguir echándole billetes a aquel proyecto, propio de envarados y elitistas científicos (porque la gente, como se verá con claridad en el siglo XX y muy particularmente en España, se siente mucho más cómoda llamando intelectuales no a gentes que saben mucho como los buenos científicos, sino a gentes que hablan mucho como los actores, trovadores, etc.)

El 1 de julio de 1794 llegó la fecha fijada en la norma para la obligatoriedad de uso del metro (provisional). Pero eso es lo que decía el papel. A pesar de que el gobierno era consciente de que tenía cosas que hacer para educar a la gente y, de hecho, había albergado el proyecto de construir millones de bastones con la longitud del nuevo metro, para cuando teóricamente el uso de esos bastones era obligatorio no había terminado ni 1.000; y toda Francia, mutatis mutandis, vivía a espaldas de la nueva unidad de medida. Aunque hubo sus avances: el 7 de diciembre de aquel año, siguiendo la propuesta de los científicos de que la nueva moneda que habría de alumbrar el nuevo Estado equivaliese a 0,01 gramos de oro, se declaró esta nueva moneda, el franco, equivalente a la vieja libra, y divisible en 100 céntimos.

Otro avance importante, en la misma línea racionalizadora, fue el del tiempo. Considerándose los revolucionarios como gestores de un nuevo tiempo para Francia y para la Humanidad, para ellos era evidente que debían cambiar el calendario. El calendario gregoriano, según su acertada reflexión, no dejaba de ser una división del tiempo montada sobre unos palafitos que eran las fiestas cristianas. El primer bastión que quisieron atacar fue el del comienzo del tiempo, pues obviamente contarlo desde el nacimiento de Jesús no les molaba. Hubo varias propuestas en este sentido, entre las cuales las que ganaron más adeptos fueron el 1 de enero de 1789 y, por supuesto, el 14 de julio: el día de la movida bastillera.

En 1793, un matemático con fuertes conexiones políticas (tal fuertes que acabaría en el cadalso), Gilbert Romme, propuso una solución. El año I de la nueva era sería situado en la fundación de la República Francesa, esto es el 22 de septiembre de 1792. Hay que tener en cuenta, para entender la fuerza de esta propuesta, que la dicha fecha, además de ser política, tenía un significado natural, ya que fue el día del equinoccio de otoño. A partir de ahí, se establecían doce meses de 30 días:

1.                 Vendimiario, el mes de la vendimia.
2.                 Brumario, el mes de las brumas.
3.                 Frimario, el mes de las heladas.
4.                 Nivoso, el mes de las nieves.
5.                 Pluvioso, el mes de las lluvias.
6.                 Ventoso, el mes de los vientos.
7.                 Germinal, el mes de la germinación.
8.                 Floreal, el mes de la floración.
9.                 Prairial, el mes de los prados hermosos.
10.             Mesidor, el mes de las cosechas.
11.             Termidor, el mes de la calorina.
12.             Fructidor, el mes de los frutos.

Cada mes tenía tres semanas de diez días llamadas por los franceses décadas; semanas que carecían de domingo (el día de Dios). Evidentemente, con el tiempo los revolucionarios tuvieron que inventar una fiesta intermedia en la semana, que llamaron quintidi, porque la gente estaba un poco mosqueada con las semanitas de diez días.

Como ya se ha dicho en estas notas, el viento racionalizador métrico llevó pronto a los políticos a plantearse la posibilidad de dividir el día en diez horas, y cada hora en 100 minutos. El 11 de brumario del año II (1 de noviembre de 1793) una ley decretó esta nueva forma de medir el tiempo. Mediodía pasaron a ser las cinco, y medianoche, las diez.

El rollo decimal siguió con el círculo, que pasó a dividirse en 400 grados para que así el ángulo recto tuviese 100. Estos cambios, obviamente, reclamaban hacer nuevas tablas trigonométricas y de logaritmos. Condorcet, por cierto, propuso en este terreno que este tedioso trabajo de recálculo fuese encargado a alumnos de escuelas para sordos; argumentando, y no le faltaba razón, que por definición eran menos susceptibles de ser distraídos. Aunque hoy en día todos los estudiantes son sordos al mundo exterior, viven ensimismados en un mundo interior de violadores del verso y extraños conjuntos indie, y la verdad es que no se les ve muy capaces de recalcular logaritmos.

La cosa, sin embargo, comenzaría a torcerse con la evolución revolucionaria. En sus inicios, la Revolución Francesa contó con los científicos y les hizo un sitio. Condorcet, de hecho, fue elegido para la Asamblea, donde defendió ideas muy avanzadas. Sin embargo, nunca se llevó bien con los jacobinos, lo cual no ayudó nada cuando llegaron al poder. Finalmente, el que entonces se consideraba primer científico de Francia fue condenado por el Comité de Salud Pública, y tuvo que esconderse. En mayo de 1794, ante la posibilidad de ser ejecutado en la plaza pública, se suicidó.

Laviosier nunca fue diputado, pero, como tesorero de la Academia mientras ésta existió, ocupó un lugar preeminente en la comunidad científica. Hombre de enorme influencia, permanente huésped de los mejores salones de París, hizo cosas como librar del servicio de armas a todas las personas implicadas en el proyecto del meridiano. Sin embargo, acabó estando en el punto de mira del Comité, que lo encarceló en la prisión de Porte-Libre.

Borda terció a su favor, solicitando su liberación a las autoridades. Pero ése fue el momento en el que los abogados del proyecto del meridiano se dieron cuenta de lo bajo que había caído ante los revolucionarios. El Comité respondió a la carta de Borda dictando su expulsión del Comité de Pesos y Medidas, junto con otros miembros como Laplace; y Delambre, pues ése fue el momento en que fue despedido, aunque se enteraría semanas después.

El principal pecado de Lavoisier era haber invitado a más de una reunión en sus salones al hombre fuerte del Comité, Prieur de la Coté d'Or. Yo, personalmente, ignoro por qué Prieur se había sentido tan atraído por un salón en el que se hablaba de fluidos, presión y órbitas excéntricas, asuntos todos ellos sobre los que él no sabía nada. Parece ser, además, que no pocas veces se había quedado solo defendiendo a la revolución. Estas humillaciones acabaron por trabajarse su personalidad vengativa. En cuanto tuvo poder, Prieur convenció al Comité de que era necesario purgar el Comité de Pesas y Medidas, liberarlo de la misión del meridiano, y centrarlo en la labor (en verdad, ingente) de implantar el sistema métrico.

A finales de enero de 1794, Delambre se presentó en París, devolvió sus círculos de Borda, y se presentó al comité de su vecindario. Le urgía hacer algo. Días antes, la revolución había arrestado a su mentor, Geoffroy d'Assy. En ese momento era fundamental poder escamotearle a los investigadores del Comité cualquier objeto o pista comprometedora, y por eso Delambre quería entrar en el domicilio parisino de D'Assy; para eso, y para sacar de allí sus propios papeles para que no le incriminasen. Aprovechó que, oficialmente, también era su domicilio (el número 1 de la rue Paradis) y le dijo al comité de barrio que tenía que entrar en la casa, que había sido sellada, para recoger unos objetos astronómicos. Por supuesto, no les contó que para entonces ya le habían despedido.

En el primer viaje que hizo, descubrió que su secreter estaba cerrado, y que no tenía la llave. Aquella anécdota le permitió volver a la casa un mes más tarde. Los oficiales que lo acompañaron, a pesar de recelar de todos esos papeles llenos de fórmulas y cálculos que no entendían pero sospechaban podían ser mensajes secretos, le dejaron llevárselos.

Delambre tuvo suerte. No así Lavoisier, que fue ejecutado el 8 de mayo de aquel año. La crueldad con que el régimen del Terror trató a los científicos, no pocos de ellos personas de extracción social relativamente elevada, les hizo huir de París. Borda se encastilló en su casa de campo. Laplace hizo lo propio, acompañado de su familia. Cassini, sin embargo, no tuvo tanta suerte. Su vivienda era el observatorio de París, donde había contratado, tiempo atrás, tres personas para que lo asistiesen. Ahora, estas tres personas reclamaron igualdad de trato respecto de su jefe. Para horror de Cassini, uno de estos tres contratados, el sacerdote Nicolas Antoine Nouet, le comunicó su deseo de casarse con su criada. Los adjuntos acusaron a Cassini de haberles robado su trabajo y haberlo publicado como propio; algo que, la verdad, tratándose de científicos de nombre, nunca podemos descartar.

Fuera como fuere, el gobierno, como es lógico teniendo en cuenta su ADN, reorganizó el observatorio bajo normas egalitarias. Creó cuatro puestos de profesores de observatorio. Uno fue para Cassini, pero los otros tres, que en lógica científica debieron ser para Lalande, Delambre y Méchain, fueron para los tres adjuntos, a los que no les costó convencer a los jacobinos de que los otros candidatos eran demasiado amigos de la aristocracia. Uno de ellos, Jean Perny, que una noche había vuelvo mamado de su club revolucionario y había aporreado la puerta de Cassini clamando para su ejecución, fue nombrado el primer director rotatorio. Ante semejante situación, Cassini dimitió, cortando más de un siglo de relación de su familia con el observatorio parisino. Con eso no consiguió sino empeorar sus perspectivas, pues pronto terminaría en la cárcel.

Las cosas durante aquel año, sin embargo, se movieron mucho, como los conocedores de la Revolución Francesa saben bien. Cayó Robespierre, y eso supuso que, repentinamente, pertenecer a los bandos más radicales de la revolución dejó de ser buen negocio. Esto le pasó a Alexandre Ruelle, uno de los tres profesores del observatorio, quien además fue atacado por sus propios adjuntos por haber cometido un error de 10 segundos en una observación. El 22 de agosto, Ruelle pasaba también a la prisión y, en ese momento, Nouet y Perny le ofrecieron a Delambre incorporarse como el tercer profesor.

Los cambios, de todas formas, eran más profundos. Los revolucionarios posteriores a Robespierre eran más moderados, y tenían una comprensión bastante adecuada del enorme daño que el Terror le había hecho al prestigio científico de Francia, hasta entonces puntero. En junio de 1795, como fruto de estas preocupaciones y discusiones, crearon una nueva institución, el Bureau de Longitudes, burda imitación del organismo inglés del mismo nombre, adonde fueron llamados, de nuevo, los huidos científicos de la nación: Lalande, Laplace, Legendre, Borda, Delambre y Méchain. Luego restituyeron la Academia de Ciencias. Cassini, sin embargo, se negó a volver, y se retiró a sus posesiones en Thury junto a su madre, sus cinco hijos y nueve monjas que habían sido liberadas, o expulsadas según se vea, de un convento local.

La retirada de Cassini, en todo caso, fue el tiempo de Lalande. El 17 de mayo de 1795, Jerôme se convirtió en el nuevo director del observatorio. El tema tenía su lógica pues si por algo se podía definir a Lalande, era por sus convicciones igualitarias y por su pasión por las estrellas. Las primeras las había mostrado, por ejemplo, cuando fue puesto en 1791 al frente del Collège de France, y anunció como primera medida la admisión de las mujeres de todas las clases. Lo segundo lo demostraba su bestial catálogo personal de estrellas que, para cuando Robespierre cayó en desgracia, superaba las 22.000. En 1796, decidió atacar la marca de 50.000 estrellas. La pasión por la astronomía de Lalande era tan grande que puso a su hija a hacer cálculos con él, y a otro de sus hijos, Issac, lo dio a la beneficencia porque distraía a la familia.

Delambre, mientras tanto, se encontraba en Bruyères, realizando discretas observaciones astronómicas en la finca de los d'Assy. Había conseguido una autorización del ayuntamiento local, para así evitar sorpresas desagradables, que en aquel entonces eran muy desagradables. Su intención era permanecer ajeno a los ojos públicos, pero no pudo ser. La culpa la tuvo él mismo cuando encontró un error en el nuevo calendario.

La obsesión del nuevo calendario revolucionario, ya lo hemos apuntado, era mantener incólume la feliz coincidencia de que el comienzo de la república fuese a coincidir con el equinoccio de otoño. Para que esto siguiera siendo así, el calendario había establecido el llamado franciade, un año en el que saltarían un día. Delambre, sin embargo, se dio cuenta de que el alineamiento era bastante más complicado. Haciendo cálculos relativos a los 150 años siguientes (esto es, llegando hasta el final de la segunda guerra mundial), Delambre descubrió un año en el que resultaría imposible predecir si el equinoccio se produciría antes o después de la medianoche del 22 de septiembre. En términos más prácticos, el problema residía en que el franciade no caería necesariamente cada cuatro años, como había previsto el calendario; ocasionalmente, ocurriría cada cinco. Movido por su espíritu científico, Delambre no pudo escuchar las llamadas a la prudencia que seguro se producían dentro de su cabeza, y le comunicó su descubrimiento a Lalande, quien lo hizo rular por París; muy pronto, los responsables del calendario se dirigieron a Delambre para solicitarle que les ayudase a resolver el problema.

Delambre, con una inocencia propia de los verdaderos científicos, informó a París de que había detectado inconsistencias que se presentarían cada 36.000 años. Ni cortos ni perezosos, los científicos de París se dirigieron al gobierno instándole a que legislase su compromiso de revisar el sistema de calendario dentro de 36.000 años, y un asombrado comité gubernamental así lo aprobó. Supongo, aunque no lo puedo adverar, que este decreto tiene el récord mundial a la legislación prospectiva; nunca, jamás, ha legislado el ser humano a un periodo vista tan largo.

En 1794, el general Etienne Nicolas Calon fue nombrado director del Dépôt de la Guerre et de la Marine, nombramiento que centralizó todos los cartógrafos militares franceses en un solo cuerpo. Para suerte del moribundo proyecto del meridiano, Calon era un decidido partidario de la realización de mapas nuevos, especialmente de los territorios que, en su frente oriental, habían conquistado los franceses. Él mismo era cartógrafo, y para valorar la posibilidad de llevar a cabo sus ideas decidió consultar a Delambre. Lo buscó primero en las prisiones, asumiendo que alguien lo habría encarcelado, pero cuando supo que estaba en la campiña lo hizo llamar a París.

Calon quería comunicarle lo que el astrónomo ya no esperaba: tenía el proyecto de solicitar al Comité de Salud Pública el reinicio de la expedición del meridiano, y el nombramiento de nuevo del propio Delambre y de Méchain para terminarlo.

Poco tiempo después del nombramiento de Calon, el siempre activo Prieur de la Coté-d'Or impulsó la aprobación por parte de la Convención Nacional de la ley de 18 Germinal III, esto es 7 de abril de 1795. Esta ley fijó la evolución del sistema métrico tal y como lo conocemos hoy en día, fijando el sistema de nombres y prefijos que conformaba dicho sistema.

La ley de 18 Germinal III también supuso algunos pasos atrás en los ardores iniciales. Por ejemplo, abandonó la división del día en diez horas. Además, se reconocía que la transición de sistemas habría de ser más prolongada de lo inicialmente calculado. Para monitorizar el proceso se creó una Agencia Temporal de Pesos y Medidas, bajo la dirección de Legendre. Se decidió asimismo que el metro sería introducido primero en París, con un plazo de transición de tres meses. El resto del país seguiría más tarde.

La nueva ley, por último, tal y como había querido Calon, lanzaba de nuevo la misión del meridiano; de hecho, se urgía a Méchain y Delambre para que reiniciasen sus trabajos lo antes posible.

Jean Baptiste Delambre abandonó París el 28 de junio de 1795, tras año y medio de interrupción en su labor. Pasaron la primera noche en d'Assy, y dos días después llegaban a Orléans, en las riberas del Loira, justo donde el astrónomo se había visto obligado a detener sus trabajos. Montaron su base de operaciones en la catedralicia ciudad de Bourges. Sin embargo, al llegar a esta ciudad, Delambre hubo de enfrentarse con el grave problema de haberse quedado sin dinero. En ese momento, la Francia revolucionaria vivía un tremendo episodio de inflación, y el crecimiento exponencial de los precios se había comido, literalmente, los recursos de la expedición. El papel moneda emitido por la Revolución, los assignants o títulos de deuda, había perdido casi todo su valor a causa de la política monetaria expansiva de los moderados que habían seguido al Terror. Como consecuencia, el presupuesto de Delambre para toda la expedición estaba consumido en apenas unas semanas, y tuvo que esperar cosa de un mes hasta que Calon fue capaz de allegarle nuevos recursos. Al menos, eso sí, les habían dado rango militar a los dos astrónomos (capitanes, para más señas); eso les daba derecho a ser alimentados.

Por si fuera poco todo esto, en la región de Sologne, que era la que ahora le tocaba triangular, Delambre se las vio y se las deseó para encontrar edificios altos desde los que poder hacer sus lecturas. Durante los tiempos más radicalizados de la Revolución, los sans coulottes locales se habían dedicado a derribarlos, puesto que, en su furor egalitario, consideraban que esos edificios altos eran un signo de soberbia, por elevarse por encima de los tejados de sus casas. A pesar de estos obstáculos generados por actuaciones que demuestran que la capacidad humana de pensar y hacer polladas es insondable, antes de empezar diciembre el astrónomo había conseguido triangular la zona, y estaba dispuesto a salir hacia Dunquerque.

¿Y Méchain? Pues su vida tampoco había sido del todo tranquila.

Habíamos dejado al otro astrónomo del proyecto meridiano en un barco camino de Génova, con sus círculos de Borda medio escarallados a causa de un rayo. No fue ésta, sin embargo, la única mala noticia del viaje. En llegando a Génova, un barco inglés interceptó la nave y la obligó a desviarse hacia Livorno, donde Méchain y su gente fueron puestos en cuarentena y sus círculos, intervenidos. Hubo de pasar, pues, diez días en el Lazareto de Livorno, sabiendo que no se podía poner en contacto con nadie que conociera en Francia; la carta, que debería cruzar un país en guerra, vendría obligada a ser más hábil que McGyver para haber podido cumplir su misión. Pensando, pensando, Méchain se dio cuenta de que sólo tenía a tiro a un conocido, que no amigo. Y le escribió. Le escribió una carta a Giuseppe Slop de Cadenburg, director del observatorio astronómico de la universidad de Pisa.

Méchain y Slop no se conocían. El francés sabía que el italiano había sido corresponsal de Lalande y que, como él, era un apasionado de los cometas; pero ahí terminaba toda su relación, porque jamás se habían visto ni escrito. Aun así, acuciado por la necesidad, Méchain le envió una carta en la que le rogó hiciese valer su influencia para que le devolviesen sus círculos. Slop cumplió su parte enviando a un asistente suyo a Livorno, que negoció todo para Méchain; y el francés, tal y como había prometido, pagó el favor dejándose caer por Pisa, donde llegó en el solsticio de verano de 1794, y se quedó tres semanas. Esta estancia en casa de Slop tiene su importancia porque en ella Méchain le confesaría a su colega las dudas que le corroían sobre sus mediciones barcelonesas.

El 11 de julio, Méchain y su gente partieron para Génova, que seguía siendo su objetivo. Llegaron a la ciudad apenas tres días antes de que lo hiciese un tal Napoleón Bonaparte, que llegó allí con la misión de allegar a los genoveses para el bando francés. Méchain esperaba con impaciencia los correos en el puerto y devoraba las noticias que llegaban (como la caída de Robespierre, que se supo en Génova diez días después de que le separasen la cabeza); pero ninguna noticia llegó sobre el asunto que interesaba al astrónomo.

Finalmente, en la segunda mitad de agosto llegaron noticias de su mujer. Le informaba de que la misión del meridiano había sido desconvocada al menos hasta la primavera siguiente. Por esos días recibió también una copia de la ley de 1 de agosto de 1793, por la cual se establecía el sistema métrico y un metro provisional equivalente a 443,44 lignes. Asimismo, le informaban de que Delambre había sido purgado de la Comisión de Pesos y Medidas, sin haber sido sustituido. Para Méchain, pues, era casi obligado llegar a la conclusión de que la misión del meridiano se había ido al carajo para siempre.

Aquella noticia, en todo caso, fue una liberación para el meticuloso astrónomo. Repentinamente, su error en Barcelona, ese error que en realidad no sabía ni dónde ni cuándo había cometido, ya no importaba. Eso sí, meticuloso y curioso como era, Méchain se impuso la tarea, ahora personal, de calcular en qué medida las diferentes mediciones hechas en Cataluña afectaban a la longitud del metro provisional.

Estaba en ésas tan desabridas y alegres cuando, la semana siguiente, llegaron noticias más frescas que le informaban de la reapertura de la misión del meridiano. Ni siquiera la noticia de que se le había nombrado jefe de cartografía naval, con un sueldo de 6.000 libras anuales del cual su esposa ya había cobrado dos meses, sirvieron para animarle. Dos meses después, llegó carta del general Calon reclamándolo lo antes posible en París.

En octubre, el embajador francés en Génova, un devoto jacobino, fue llamado a París para responder por esas aficiones repentinamente tan políticamente incorrectas; y su sustituto, un tal Villard, llegó a la ciudad italiana con dinero y pasaportes suficientes como para hacer posible el viaje del equipo astronómico a París.

Pedro Francisco se quería morir.

Yo creo, aunque no puedo asegurarlo, que Méchain, en efecto, a pesar de hacer público su deseo de volver a París, no tenía ningún deseo de hacer aquel viaje. Aunque hay gente que lo discute, yo creo que las trazas son bastante evidentes.

Sólo así se entiende que, días después de haber anunciado su partida, contactara con el astrónomo milanés Barbera Oriani. Méchain y Oriani se conocían personalmente (se habían visto años antes en París) y resulta muy difícil sostener que el francés no estuviese al tanto de que el italiano estaba realizando diversas triangulaciones en Italia. Lo que siguió es totalmente lógico y por lo tanto no sería extraño que Méchain lo hubiese previsto: Oriani, una vez informado por Méchain de todo lo que había hecho, propuso ardorosamente que las triangulaciones francesa e italiana fuesen puestas en contacto a través de Génova.

Si todo esto es, como yo sospecho, una movida de Méchain para quedarse en Italia, le salió bien. Escribió al general Calon para exponerle el proyecto del milanés y, probablemente para su sorpresa, se encontró con que su jefe no sólo abrazaba la idea, sino que le prometió por carta a Oriani su propio círculo de Borda en el momento en que Lenoir lo terminase. El apoyo del militar francés al proyecto probablemente tenga mucho que ver con el desarrollo bélico de la Revolución Francesa, y las sospechas más que evidentes de que Italia iba a ser uno de los teatros de la conflagración que se avecinaba; y eso significaba que disponer de mapas fiables se convertía en una necesidad. No obstante, para desgracia de Méchain, Calon seguía conminándole a ir a París, puesto que, le recordaba con diplomacia, “la misión que tiene usted pendiente es el proyecto del meridiano compartido con el señor Delambre”. En otras palabras: el ejército francés estaba encantado de tener acceso a buenos mapas de Italia; pero mucho más deseaba tenerlos de la propia Francia.

Aquello, sin embargo, no era una derrota para Méchain, sino tan sólo un traspiés. En una subsiguiente carta, el astrónomo recordó al general que la ciudad de Génova se encuentra muy cerca del paralelo 45, esto es, de la mitad de camino del meridiano entre el Polo Norte y el Ecuador. Burdeos, argumentaba, no es el único sitio adecuado para el experimento pendular que delimitaría la longitud del metro. Le solicitaba a Calon que le enviase el péndulo del observatorio parisino, de platino. Si tal hacía, él, Méchain, le ahorraría al Estado francés el traslado de un equipo de científicos a Burdeos para realizar el experimento, puesto que él mismo lo llevaría a cabo en Génova. Como se ve, pues, Méchain estaba engañando a Calon, y encima esperaba que éste le diese las gracias.

Lo más importante: se ofrecía el francés para hacer nuevas observaciones en Génova para hacer nuevas correcciones de refracción. En otras palabras: pretendía “repetir” la experiencia barcelonesa, con la intención de descubrir dónde se había equivocado. Porque todo esto va de que Méchain seguía torturado por las jodidas lecturas excéntricas de Mizar a su paso por el cielo catalán, y buscaba la manera de poder realizar nuevas mediciones.

Tuvo suerte Méchain, además, de que el embajador Villars decidiese solicitar instrucciones más precisas a París, tiempo durante el cual le negó el pasaporte al astrónomo, con lo que el culpable del retraso dejó de ser Méchain para pasar a ser el embajador. De hecho, retrasó la salida tanto que Méchain acabó pasando todo el invierno en la zona.

Durante aquel invierno, el francés no hizo ningún experimento pendular, ni tampoco colaboró con los italianos en triangulación alguna. Respecto de lo primero, el péndulo de París nunca llegó porque Calon no lo envió; y respecto de lo segundo, Lenoir no había terminado de fabricar el nuevo círculo de repetición. Ante la impaciencia de Oriani, Méchain le propuso a Calon venderle al italiano uno de sus círculos, dado que él podría quedarse con el nuevo cuando llegase. Calon, de forma relativamente sorprendente, aceptó la propuesta, y el círculo calibrado a 360 grados (el que escogió Oriani) fue vendido por 1.200 libras.

Méchain realizó algunas observaciones en las alturas de la catedral de San Lorenzo. Trataba de comprender el problema de la refracción, pero los resultados no fueron concluyentes.

Con la llegada de la primavera, tiempo de nuevo para triangular, Calon trató de nuevo de hacer a Méchain ir a París. Pero no fue hasta la ley de 18 Germinal III, o sea 7 de abril de 1795, es decir cuando la misión del meridiano fue formalmente reabierta, que aceptó Méchain hablar de regreso. No obstante lo dicho, también en este caso intentó hacerse el orejas, pero sus tácticas dilatorias habían sido tan dilatadas y descaradas que pronto tuvo que enfrentarse con la posibilidad real de ser despedido, lo cual venía a significar dejar a su mujer en la puta calle. A finales de abril, tomó el barco-correo que hacía la ruta entre Génova y Marsella, con el círculo que le quedaba y la compañía de un Tranchot con el que ya apenas se hablaba.

Al llegar a Marsella, lo lógico es pensar que Méchain iría a París, o a Perpiñán, a continuar las series de triangulaciones que le quedaban. Pero no hizo ninguna de ambas cossas. Lo que hizo fue quedarse cinco meses, que se dice pronto, en Marsella, sin motivo aparente. Perdió todo el verano en la ciudad costera, esto es el mejor momento para realizar triangulaciones. De hecho, en esa estación Delambre trianguló todo el trayecto entre Orléans y Bourges.

El inexplicable interludio marsellés puso a todo el mundo contra Méchain. Tranchot, que consideraba con justicia que lo justo y lógico es que él hubiera estado en París muchos meses, en realidad más de un año antes, se puso como el puma de Baracoa. Las cartas del general Calon fueron perdiendo paulatinamente todos sus recursos de savoir faire. Y los compañeros científicos en París tampoco se molestaron en intentar defender una actitud tan extraña. Calon, en un intento desesperado por solucionar el tema (recordemos que el general no sabía nada sobre los verdaderos motivos que llevaban a Méchain a procrastinar de aquella forma tan escandalosa) decidió enviar a Esteveny y a dos asistentes más, que sustituirían a Tranchot.

Méchain tenía muy claro que su asistente quería dejarle; en realidad, lo más probable es que Tranchot, de buena gana, habría guillotinado a su jefe. Si su relación personal nunca había sido como para tirar cohetes, después del episodio pirenaico en el que Tranchot había sido encomendado de realizar mediciones en solitario, y la enorme carga de desconfianza que levantó entre ambos su retraso en volver a Barcelona, las cosas no habían sido igual; y en Italia se habían puesto en modo hostia limpia. El jefe de la expedición reconocía todo eso, pero no quería deshacerse de su asistente. Formalmente, su resistencia tenía que ver con el alto concepto que tenía de las habilidades cartográficas de Tranchot, pero una vez más la verdad era otra: Méchain, simple y llanamente, no quería que llegase solo a París un experimentado cartógrafo como Tranchot, buen conocedor de las incongruencias existentes en las observaciones hechas en Barcelona. Así las cosas, escribió tanto a Lalande como a Calon asegurando que Tranchot no se podía ir. En agosto, Calon cedió.

En esas circunstancias, probablemente resignado ante lo que sabía que tendría que pasar, Méchain escribió a Delambre para inquirirle sobre la forma en que había archivado sus lecturas. ¿Lo había hecho por orden de observación, o de una forma más propia para realizar los cálculos? Con el contacto, ambos astrónomos habrían de descubrir que, en las muchas cosas que se habían preparado en el marco de aquella misión del meridiano, nadie parecía haberse preocupado en homogeneizar la captura de datos por parte de ellos dos. En términos modernos, es como si dos astrónomos fuesen encomendados de la misma observación, pero se les hubiese permitido capturar los datos con software diferentes. Méchain, en todo caso, se ofreció, dado que iba mucho más retrasado que Delambre, a adaptar sus notas a la metodología que hubiese sido utilizada por su compañero.

Delambre recibió esta carta encontrándose en Sologne. Le explicó que computaba todas sus observaciones por orden temporal, y que un asistente luego las pasaba a otro cuaderno preparadas para los cálculos. Deberá ser la Comisión, explicó en su carta, la que decida qué se publica y qué no; yo lo apunto todo.

Tras una serie de consideraciones logísticas, Delambre terminaba su carta planteándole una pregunta a Méchain. Inocente pregunta envenenada, aunque no lo supiese. En cuanto terminase de triangular hacia el sur, Delambre partiría hacia Dunquerque para determinar su latitud. ¿Sería tan amable su colega de informarle de qué estrellas había observado en Montjuïch, y qué medidas había tomado para asegurarse de la precisión de sus medidas?

Como cualquier fiel lector de estas notas comprenderá, cuando Méchain leyó la coda de aquella carta, los testículos se le escaparon del escroto y salieron rebotando por el pasillo como canicas.

Finalmente, tras pensarlo, decidió confesar. Siquiera parcialmente.

Méchain le contestó a Delambre con una larguísima carta, una auténtica novela corta. Le costó doce días escribirla. La empezó en Perpiñán, adonde se había desplazado por fin, y la terminó en Estagel, camino de las montañas.

En la carta, que es un auténtico monumento a la insinuación, Méchain asegura que tomó ésta y aquélla cautela al hacer las mediciones en Barcelona, pero al mismo tiempo, como digo, insinuaba que tenía dudas sobre la efectividad de dichas medidas. No se fiaba, confesaba, de las correcciones realizadas para la refracción. Los datos de Mizar se obstinaban en ser distintos. Le confesaba a Delambre que quería volver a Barcelona para repetir sus observaciones, y aseguraba que deseaba que él también completase la misión en Dunquerque, porque así “la comparación de resultados para las mismas estrellas será completa”. En otras palabras: Méchain tenía la ilusión de que Delambre se diese la misma hostia en Dunquerque que se había dado él en Barcelona.

En su larga confesión, se lo calló todo sobre el segundo grupo de mediciones que había hecho en el tejado de la Fontana de Oro. Esto es: por mucho que le contaba a su colega el problema, le ocultaba el hecho de que dicho problema era mucho más grave de lo inicialmente concebido, puesto que se había reproducido en una segunda serie de mediciones. Probablemente temía Méchain que, de saber esto, Delambre acabaría por dudar de toda la misión del meridiano ejecutada por su colega, colaborando para labrar el descrédito de su persona que tanto temía (temor que, por cierto, hay que entender: Méchain no sólo era un meticuloso científico para el cual el descrédito profesional era la peor de las condenas; también vivía en una Francia en la que hasta hacía nada a la gente le separaban la cabeza del cuerpo por cualquier idiotez).

Delambre contestó con una carta casi cálida en la que ponderaba los amplios saberes de su colega y le invitaba a tener más seguridad en sus observaciones. De hecho, le hacía en la misiva una serie de apreciaciones técnicas que demostraban cómo variaban los resultados según cuáles fuesen las asunciones sobre la relación entre la refracción y la temperatura, la altitud o el ángulo. Ciertamente concedía, estos cambios de asunciones no conseguían domeñar la obstinada rebeldía de Mizar, pero Delambre prometía que le prestaría una atención especial a este tema cuando hiciese sus observaciones en Dunquerque. Y añadía que, para él, las observaciones barcelonesas de Méchain eran definitivas, y no había necesidad alguna de regresar a la ciudad condal.

Se puede decir, pues, que Delambre se portó como un caballero.

Tras dicha carta, Delambre pasó fugazmente por París y se dirigió a Dunquerque, para hacer las mediciones de latitud. Colocó su observatorio en la terraza de un edificio militar y verificó la verticalidad de su círculo con tres métodos diferentes. Desarrolló fórmulas para corregir sus datos de acuerdo con la refracción y la temperatura. Entonces comenzó sus observaciones con Polaris.

Sus 38 observaciones de Polaris derivaron una latitud de 51º2'16,66'', con escasísima variabilidad entre las mediciones una vez que desechó varias que eran especialmente excéntricas. Luego, fue a por Kochab, pero encontró la estrella difícil de observar. Las observaciones tomadas en el tránsito más bajo eran muy pobres debido a las nubes, y resultaron estar 3 segundos por debajo de las lecturas de Polaris. Las lecturas del tránsito superior, sin embargo, se ajustaron con una mínima diferencia de 0,02 segundos.

En esas circunstancias, Delambre podía decir que contaba con un grupo de mediciones suficiente, y suficientemente preciso. Sin embargo, como quiera que le llegó dinero, decidió quedarse tres semanas más, para hacer nuevas observaciones… que, para su horror, se apartaban notablemente de las anteriores. Durante días, vivió el mismo infierno que Méchain, hasta que cayó en la cuenta que la culpa era de dos tornillos del círculo inferior, que se habían soltado.

Dejó Dunquerque el 29 de marzo de 1796, encantado de haberse conocido.

Delambre le había prometido a Méchain un reporte completo sobre sus mediciones en Dunquerque; pero todo lo que recibió fue un informe indirecto (de Lalande) que apenas citaba que las mediciones se habían realizado sobre Polaris y Kochab. Encabronado, Méchain le escribió a su colega una carta extraordinariamente educada, pero en la que dejaba bien claro que sus intentos de entender los problemas surgidos con la refracción dependían de los datos que él le facilitase.

Delambre le contestó a Méchain con una larga carta que, en realidad, era una especie de mercancía averiada, pues era el texto de una disertación que el propio Delambre hizo ante la Academia de Ciencias en París. Explicaba en dicho texto que había pasado de hacer mediciones con las cuatro estrellas adicionales que Méchain sí había utilizado porque había encontrado en todas ellas argumentos para no hacerlo: por ejemplo, Algedi únicamente se colocaba en posición durante las horas del día de Dunquerque (no así en Barcelona); y muy especialmente Mizar, la estrella rebelde de Méchain, pasaba demasiado cerca del horizonte. Así las cosas, Delambre consideraba que las dos observaciones que había llevado a cabo eran suficientes.

La carta incluía un addendum especial para Méchain, en el que Delambre se deshacía en halagos hacia su colega, del que decía tenía una capacidad de observar estrellas fuera de lo común, y asegurándose que el problema de la refracción de Mizar no era importante. Todos los colegas científicos, incluido Borda, estaban de acuerdo en considerar los datos de Méchain como definitivos. Todos los miembros de la Academia, le informaba, habían declarado unanimemente que la porción astronómica de la misión del meridiano estaba completada.

Méchain leyó estas noticias cuando estaba en la zona de Perpiñán, tratando con gran esfuerzo de triangular hacia el norte, dado que la zona estaba muy agitada. El regreso de los soldados que habían estado luchando contra España había creado una situación muy especial en la zona que derivó en una elevada actividad económica y su consiguiente hiperinflación. De nuevo, la expedición se quedó sin un mango, hasta el punto de que el propio Tranchot llegó a ofrecerle a Méchain entregarle su sueldo. El Bureau of Longitudes tuvo que multiplicar los salarios de los cartógrafos por 18. Cuando llegó diciembre, apenas había avanzado desde Perpiñán hasta Carcasona.

Mientras Méchain avanzaba muy poco a poco, en el crudo invierno, por los territorios que podría haber triangulado mucho más fácilmente en primavera de no haber retrasado las cosas, algunos temas evolucionaban en París. Aunque la Comisión de Pesos y Medidas había considerado siempre que las mediciones astronómicas de Dunquerque y Barcelona, unidas a las triangulaciones, eran más que suficientes para establecer la longitud del meridiano, entre algunos de sus miembros, notablemente Borda, comenzó a ganar momento la idea de que, tal vez, algunas mediciones intermedias servirían para precisar el conocimiento sobre la curvatura de la Tierra. Por ello, decidieron encomendar a los astrónomos mediciones adicionales en tres lugares: en París, esto es en territorio de Delambre; en Evaux, en la mitad del arco; y en Carcasona, esto es territorio de Méchain. La comunicación urgía a Méchain a que se diese prisa y se uniese con Delambre en Evaux, donde harían las observaciones juntos.

Cuando recibió la comunicación, Méchain contestó que no. Que prefería que Delambre realizase las mediciones en Evaux él solo. Esta renuncia la hizo acompañada de una serie de afirmaciones por su parte sobre la inferioridad de sus mediciones comparadas con las de Delambre, y fue esa impostada modestia la que encabronó a los científicos de París. Borda le escribió una áspera carta en la que le decía que si infravaloraba sus resultados, infravaloraba toda la misión; y le decía que los resultados de Mizar no probaban otra cosa que las tablas de refracción que en ese momento usaban los astrónomos no eran precisas.

Pero ninguna de estas carantoñas y apoyos le ayudó a sentirse mejor.

Cuando el verano de 1796 roló a otoño, Jean Baptiste Delambre había culminado la medición de siete nodos al sur de Bourges en dirección a Evreux. De hecho, llegó a esta población, el medio camino, el 24 de noviembre de 1796, alojándose en el albergue del Caballo Blanco. También practicó un agujero en la torre más alta del pueblo, fabricándose un modesto observatorio en el que realizó 210 observaciones de Polaris hasta que el invierno se puso duro y ya no hubo noches para la observación.

Cuando llegaron las nubes que imposibilitaban el trabajo de campo, Delambre se aplicó a computar sus observaciones, y compararlas con las que en su día había hecho Cassini. Inmediatamente descubrió que ambas observaciones diferían en mucho. Si hubiera sido Méchain, con seguridad habría entrado en pánico; pero Delambre estaba hecho de otra madera. Repasó sus cálculos y los de Cassini, hasta que descubrió un error en el método de éste. Así que rehizo todos los cálculos, operación de la que mantuvo puntualmente informado a Méchain.

Delambre estaba totalmente convencido de que terminaría su misión en el siguiente verano. En diciembre, le solicitó a Calon un anticipo para financiar esa última misión y, aunque el general le prometió hacer lo que pudiese, lo que pudo fue poco. El país estaba inundado de inflación y falto de moneda fuerte. Francia era, a muchos efectos, un Estado militarizado, en el que las decisiones las tomaban personas de uniforme, y Evaux quedaba lejísimos de los frentes; nadie querría enviar dinero allí. Como consecuencia de esto, Calon fue perdiendo su influencia, y de hecho en la primavera siguiente sería destituido. A pesar de que Lalande realizaba incontables e incansables gestiones en París, Delambre tuvo que echar mano de 2.000 libras que tenía ahorradas de su propio peculio.

El 1 de abril de 1797, Delambre comenzó su última etapa hacia Rodez. Le quedaban trece nodos y once triángulos por trazar sobre la Auvernia. Contempló Rodez por primera vez el 12 de agosto, desde Montsalvy. Cuando llegó a la ciudad que era su destino, esperaba tener inmediatas noticias de su compañero de misión, con el que había perdido el contacto en los tres meses anteriores. Y, efectivamente, el 23 de agosto, mientras hacía observaciones desde Rieupeyroux, muy cerca de Rodez, avistó uno de los nodos de Méchain, al sur. Al día siguiente, Delambre y su asistente Bellet comenzaron a hacer el camino hacia Rodez. En la carretera, se encontraron con un viajero solitario en dirección contraria: era Tranchot, que los buscaba. En el diario de Delambre de 9 Fructidor V, esto es el 26 de agosto de 1797, el astrónomo consignó un verso de Virgilio: Hic labor extremus, longarum haec meta viarum. Éste es el final de la labor, y la meta de largos viajes.

Pero Méchain no estaba con ellos. Se había precipitado Delambre con su cita de la Eneida.

En efecto, el representante del equipo de Méchain que contactó con Delambre fue Tranchot, pero solo. De hecho, llevaba semanas colocando los nodos él solo. Delambre estaba tan preocupado que incluso había escrito a la mujer de Méchain a París para saber si ella tenía alguna noticia del paradero de su marido. Sin embargo, Thérèse Méchain tampoco sabía nada de su marido desde el 21 de julio, fecha en la que había recibido su última carta.

Para cuando llegó una carta de Méchain, era ya invierno y Delambre se encontraba en París. La carta estaba fechada el 10 de noviembre en una ciudad llamada Pradelles. En su carta refería los escasos avances de mediciones que estaba realizando a causa del tiempo, y confesaba que había vuelto, por enésima vez, sobre sus lecturas barcelonesas, para volver a chocar contra los datos de Mizar. Su punto de desesperación era tal que, escribió en la misiva, “ojalá nunca hubiera observado esa estrella”, refiriéndose a Mizar. En ese punto, Méchain estaba en un lugar muy cercano a la depresión. Usando los datos de Delambre, combinó los datos de Dunquerque y Evaux, obteniendo una conclusión que apenas variaba en un segundo como máximo. Pero cuando introdujo sus propias observaciones barcelonesas y de Carcasona, encontró una inequidad de no menos de cinco segundos. Eso le convenció de que no tenía otra que volver a Barcelona aquel invierno, a pesar de que todo el mundo daba obviamente la misión por terminada. Por no mencionar que necesitaría el acuerdo de los gobiernos francés y español.

Méchain le escribió una carta desesperada a Delambre. El objetivo de la misiva era pedirle que le echase una mano para convencer a Borda de su regreso a Cataluña, pero el tono era casi suicida: en uno de sus puntos, afirmaba que le quedaban dos opciones: o recuperar la energía que no debería haber perdido (ir a Barcelona de nuevo) o dejar de existir. Además, el hecho de que la carta llegase desde Pradelles, que aunque Delambre no estaba seguro podría ser una población en el Languedoc, sugería que en los últimos meses Méchain, personalmente, no había completado ni un solo triángulo.

Delambre consultó con Borda. La cosa era compleja. Méchain tenía todos los datos de las observaciones de Delambre, pero el recíproco no es cierto; Pierre François André nunca había compartido sus propios datos con Delambre. Teniendo en cuenta eso y que la carta demostraba que estaba sometido a una auto-tensión nerviosa de enormes proporciones, existía la posibilidad de que, si volvía a España y sus nuevas observaciones no le placían, todo su trabajo desapareciese. En todas sus cartas, Méchain se mostraba esquivo a la hora de explicar, exactamente, qué es lo que no estaba bien en las observaciones barcelonesas. Incluso, mientras el general Calon fue su superior, se le ofreció enviarle a él los datos, bajo promesa solemne de que no se los enseñaría a nadie; pero Méchain rehusó la oferta. La manía persecutoria del astrónomo, que para entonces permanecía en cualquier lugar donde estuviese torturado ante la idea de ser acusado e incluso detenido, le llevaba a poner en duda en sus cartas a Delambre si “le estaba escribiendo a un amigo, o a alguien más”. Claramente, creía en la posibilidad de que su compañero estuviese permitiendo que sus cartas fuesen espiadas por otros; por eso no le enviaba los datos.

A mediados de enero de 1798, Méchain dejó Pradelles para ir a Carcasona. En dos años de campaña, la montaña de Pradelles, que subió más de treinta veces, era la única estación que había medido, mientras Tranchot hacía buena parte del resto del recorrido que les correspondía (aunque hay que matizar, es importante, que en buena parte la labor de Tranchot fue levantar los puestos de observación, pero no hacer las observaciones). La depresión y el miedo, simplemente, le habían llevado a olvidar la misión del meridiano, o a no valorarla.

Más o menos en las mismas jornadas en las que Méchain viajaba a Carcasona, la Academia de Ciencias, en París, trataba de darle el último golpe de riñones al proyecto. Decidió convocar una reunión científica internacional que revisaría los datos de las observaciones y delimitaría finalmente el metro. La reunión se agendó para septiembre de 1798. Lo cual significaba que la totalidad de los datos debían estar en París para ayer. Por lo tanto, era necesario que Méchain terminase sus mediciones, y que Delambre condujese las de los dos nodos adicionales de base que quedaban, uno en Melun y el otro en Perpiñán. Localizado por carta cuando llegó la primavera, Méchain prometió terminar su parte sin Tranchot. Había encontrado una persona en la zona, llamada Marc Agoustenc, que le podría ayudar. Prometía completar en aquella estación los triángulos pendientes desde Rodez hasta Carcasona. Cuando Delambre fue a Perpiñán a medir el nodo de base del sur, invitó a Méchain a juntársele; rechazó la invitación, formalmente porque no quería volver a ver a Tranchot; más que probablemente, tenía miedo de que le robasen sus datos.

En un intento se diría que desesperado, Thérèse Méchain se unió a la expedición de Delambre y así se lo escribió a su marido, con la intención de que por lo menos para verla a ella, el esquivo astrónomo se dejase ver. Funcionó, puesto que el 7 de julio de 1798, y por primera vez en seis años, el matrimonio se reunió en Rodez. Cinco semanas estuvieron juntos, durante los cuales es seguro que el marido le contase a la mujer, que no carecía en lo absoluto de conocimientos astronómicos, el problema que tenía. Después de más de un mes, se separaron en Rieupeyroux; Méchain, todavía, se negaba a juntarse con Delambre en Perpiñán. En la carta que Thérèse le envió a Delambre, ésta afirmaba que su marido renunciaba por completo a la medición de Perpiñán y “esperaba así concederle la gloria a aquéllos que han sido favorecidos por la fortuna”. También decía que él nunca aparecería mientras Tranchot no fuese apartado de todo, lo cual a mí me suena más a disculpa que a otra cosa. Y terminaba: “Ha sido la extremada sensibilidad de su alma la que lo ha echado a perder”. Una forma dieciochesca de decir que su marido tenía una depresión de caballo. Pierre François André, como todos los depresivos, estaba encerrado dentro de su propio sufrimiento.

A mediados de septiembre, con los savants del mundo entero allegándose a París para la conferencia internacional, a Méchain todavía le quedaban dos estaciones por medir, las de Montalet y Saint Pons, en las Montañas Negras. Un lugar repleto de patotas de forajidos que, entre otras cosas, habían derribado las torres de observación levantadas por Tranchot. A causa de esto, el astrónomo invirtió diez días en Montalet, viviendo en una tienda en la misma montaña con un intenso frío. Desde allí, escribió cartas a sus amigos de Carcasona expresando la típica ilusión del deprimido: irse a algún lugar muy lejano, dejarlo todo, “buscar algún refugio entre la oscuridad y la paz”... palabras que fácilmente pueden interpretarse como un coqueteo con el suicidio. Delambre estaba a menos de cien kilómetros de él, al otro lado de las montañas. Había llegado a finales de julio a Perpiñán para preparar la medición de la base sur. La labor propiamente dicha comenzó el 6 de agosto y los resultados se acercaron muchísimo a lo esperado según las otras mediciones. Habían terminado el 19 de septiembre. En ese momento, estaba recibiendo cartas de Lalande desde París instándole a terminar el trabajo de Méchain, a quien Lalande consideraba ya totalmente echado a perder a causa de “su enfermedad”.

El peripatético comedor de arañas no se equivocaba. Bajo la presión que sólo puede sufrir un científico, la falta de precisión que Méchain sabía que tenían sus mediciones, unida a la cercanía, cada vez mayor, de la fecha en la que tendría que exponer su error ante la comunidad científica internacional, habían llevado al astrónomo a un ataque de nervios. Para entonces, escribía casi diariamente cartas inconexas, en las que ofrecía cada vez una razón más para no terminar sus triangulaciones y, sobre todo, no ir a París. Delambre se ofreció a echarle una mano; de hecho, estaba a menos de un día de donde estaba Méchain; pero éste se negó. Delambre, caballeroso, aceptó esperar a que su colega terminase su trabajo.

Pasó todo el mes de septiembre, pero Delambre no se acercó por Saint-Pons, como probablemente quería Lalande que hiciese, tal vez por sospechar que, si lo hacía, acabaría con las escasas trazas que quedaban ya de confianza en sí mismo por parte de Méchain. Éste prometía un día tras otro enviar todos sus datos a su colega, pero siempre enviaba apenas resúmenes “cocinados”. El 13 de octubre escribió anunciando que terminaría el 14, pero el 19 escribió de nuevo con eso tan español de “estamos en ello”. El 22 de octubre escribió prometiendo estar el 24 en Carcasona, pero el 28 escribió de nuevo echándole la culpa al mulero quién, según él, había desconvocado el viaje por una tormenta.

En resumen: la misión para medir el metro que habría de medir las dimensiones de lo humano había sido primero adjudicada a dos hombres, uno de los cuales apenas podía ver; y, ahora, la mitad de los datos necesarios estaban en manos del otro, que tenía una depresión del cuarenta y dos y se negaba a facilitarlos.

¿Por qué, finalmente, Méchain bajó de la montaña? Pues, probablemente, fue por el fino olfato sicológico de su compañero Delambre. 99 de cada 100 personas en su situación, probablemente, habríamos considerado que lo mejor era presentarse en Saint-Pons inopinadamente, quitarle a Méchain sus datos, y acabar con la tontería. Delambre, sin embargo, da en su actuación trazas de comprender muy bien cuál era el estado mental en el que se encontraba su colega y, a pesar de no haberse producido todavía décadas de investigación terapéutica sobre la depresión y el temperamento maníaco, parece ser que entendió que lo mejor que se puede hacer con alguien en esa situación es darle espacio y ayudarle a salir, pero sobre la premisa de que ésa es una piscina de mierda de la que tiene que salir el bañista por sí solo; porque si lo sacan sin querer él, volverá a tirarse al instante. Delambre no estaba dispuesto a ser el único que saborease las mieles del triunfo de la misión del meridiano, y esa innecesaria solidaridad fue, probablemente, lo que conmovió a Méchain hasta el límite de hacerle ceder. A principios de noviembre de 1798, en la casa de un tal Gabriel Fabre, el juez local de Carcasona, los dos compañeros se encontraron por primera vez desde el inicio de la misión.

Lo que siguieron fueron tres días de discusiones, durante los cuales Delambre trató de convencer a su compañero de que lo acompañase a París. Pero Méchain no estaba por la labor. “No me expondré a la humillación final”, le dijo a Delambre, y acto seguido sugirió que toda su fama se la llevase Tranchot (a quien, para entonces, apelaba sarcásticamente como “mi director”).

Hay que decir, además, que Méchain insistía en que donde fuese él, irían sus datos.

Al tercer día, Delambre jugó su última carta. Le enseñó una carta del Bureau de Longitudes intimándole a Méchain el viaje a París y ofreciéndole la dirección del Observatorio de París.

El 14 de noviembre, ante una audiencia de encabronados científicos que llevaban mes y medio en París sobándose el escroto, Jerôme Lalande blandió, triunfante, una carta que le acababa de llegar por la posta.

Delambre y Méchain estaban la casa de los d'Assy en Bruyères-le-Châtel.

A un día de París.

La llegada de Pierre François Méchain a París, en efecto, no se pareció en nada a la que él esperaba. Apenas había tenido tiempo para darse una agüita y quitarse la polvareda del viaje, que Delambre vino a buscarlo para llevarlo a una cena de gala, en su honor, en la que estuvieron presentes el presidente del Directorio, el ministro del Interior, el de Asuntos Extranjeros y la Academia de Ciencias en pleno. Allí le fue confirmado el puesto de director del Observatorio de París, la mayor distinción que podía recibir un astrónomo en Francia. Méchain, horas después, le escribiría todo aquello a sus amigos de Carcasona (que parecían ser los únicos en los que realmente confiaba para entonces), preguntándose cómo serían las cosas cuando toda esa gente metiera las narices en sus cálculos y observaciones.

Ahora lo importante era la convención científica que se había convocado, con invitados venidos desde los Países Bajos, Dinamarca, Suiza, España e Italia (sólo por casualidad, las naciones que iban a formar parte de la liga antiinglesa; ni Inglaterra ni Estados Unidos ni Alemania fueron invitadas).

Como ya sabemos, Francia había confiado en que los nacientes Estados Unidos fuesen la primera nación que les siguiese en la adopción del metro; sin embargo, ya hemos contado que cuando decidió optar por la metodología del meridiano y no por la del péndulo, al evitar con ello que Thomas Jefferson pudiera hacer pasar a la Historia a su pueblo de Monticello, éste se extrañó por completo del proyecto.

Hemos de hacer notar, en todo caso, que los esfuerzos franceses por ganar a los americanos a la causa no terminaron ahí. En 1793, tras aprobar la ley del metro, los franceses enviaron a América a uno de sus naturalistas, Joseph Dombey, quien se llevó un bastón de cobre con la longitud del nuevo metro provisional, así como un objeto de un kilo de peso. En enero de 1794, Dombey se embarcó en Le Havre camino de América, pero una tormenta lo desvió al Caribe. Acabó en la colonia francesa de Guadalupe, donde los plantadores locales lo detuvieron por considerarlo un peligroso jacobino. Cuando fue liberado, no sin amenazas desde París, trató de llegar a su destino disfrazado de marino español en un barco sueco, pero fue apresado por unos corsarios ingleses, que lo engrilletaron en la isla-prisión de Montserrat, donde murió, enfermo.

De forma lógicamente rocambolesca, el bastón y el kilo acabaron por llegar a los Estados Unidos, donde fueron situados, y allí siguen, en el Museo del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología. Eso sí, el embajador francés, Jean Antoine Joseph Fauchet, tomó la misión de Dombey como propia. Consiguió que los periódicos de la América posh, la del Este (los del Sur y Oeste pasaban del tema, enfangados como estaban entre crops y cattle) se hiciesen eco de las virtudes racionalizadoras de la decisión francesa, y urgiesen a las personas con decisión en el país a decantarse por el nuevo proyecto racionalizador.

Fauchet, a base de ir a Filadelfia a dar el coñazo, consiguió que Georges Washington, un americano siempre dispuesto a mostrar detallitos profranceses, le cuestionase al Congreso la posibilidad de retomar el tema del sistema métrico. El propio presidente estaba preocupado por la diversidad de medidas que las ex-colonias habían heredado de su metrópoli.

Frauchet, sin embargo, cometió un error. Cuando se produjo en los Estados Unidos la Whiskey Insurrection. vio en ella el germen de una revolución jacobina a la americana, y la apoyó descaradamente. Washington se puso como el puma de Baracoa y, de hecho, exigió a París que se llevase de allí su mierda embajador. Seis meses después, full of rancor, el Congreso americano aprobaba la adopción de un sistema único de medición en los Estados Unidos, pero basado en el pie y la libra inglesas (o sea, no exactamente lo que medían las inglesas, sino con mediciones más precisas elaboradas por científicos, y divisibles por diez). Sin embargo, la legislación no pasó por inacción del Senado, que se limitó a hacer de don Tancredo y jamás votó la ley.

Hay que hacer notar que Inglaterra estaba también en proceso de cambiar y homogeneizar sus medidas, a causa, sobre todo, de la unión entre Inglaterra y Escocia. Las propuestas que escuchaban eran más o menos las mismas que en Francia, sólo que britanizadas. Por ejemplo, se quería definir el metro como el recorrido de un péndulo durante un segundo en la Torre de Londres. Ya sabemos que, en 1789, un MP llamado John Riggs Miller propuso sintonizar las medidas inglesas con la reforma francesa, mediante una medición pendular hecha en un lugar consensuado por ambos países. Miller por una parte, y Talleyrand por la otra, aceptaron el acuerdo; pero la verdad es que ambos estaban pensando lo mismo: que el otro les dejaría liderar la movida. Cuando los franceses se decidieron por la metodología del meridiano, los ingleses perdieron el interés por la colaboración.

La hostilidad de los alemanes se debe a razones muy parecidas. Siempre meticulosos, los científicos germanos opinaban que los cálculos basados en el meridiano reportarían resultados distintos según dónde y con qué instrumentos se hiciesen las mediciones, así que hubieran preferido una metodología pendular.

La cosa era un follón de puta madre, pero para aquéllos que no eran ingleses, americanos o alemanes, les resultaba muy difícil oponerse a los designios de Francia, más que nada porque Francia era el poder militar que mandaba en el continente.

La conferencia científica contó para su convocatoria con el decidido apoyo de Napoleón Bonaparte, pero éste no estaba para verla inaugurar porque se había ido a la famosa campaña de Egipto. Campaña militar que, por cierto, tenía también un fuerte sabor científico, pues el general se llevó con él a 167 científicos, entre ellos uno de veinte años de edad, Jerôme Isaac Méchain, que entre su misión tuvo la de triangular las pirámides de Giza.

Esta expedición descubriría, en la isla de Elefantina, el llamado Nilometro, un antiguo estándar que se usaba para medir las crecidas del Nilo. La comparación de este estándar con las mediciones contemporáneas llevó a los científicos a estimar que Eratóstenes había calculado el tamaño de la Tierra con una diferencia de apenas el 0,4%. Sus investigaciones les llevaron a especular con la posibilidad de que los antiguos egipcios hubiesen derivado sus estándares de medición usando métodos geodésicos. El perímetro de la Gran Pirámide, tal y como descubrieron, medía prácticamente un minuto del meridiano terrestre.

Pero volvamos al congreso científico. Para las discusiones era necesario que Delambre y Méchain presentasen sus cálculos, algo que les habría de llevar algo de tiempo, sobre todo a Méchain. Para entretener la espera, la Academia de Ciencias decidió inventarse una pequeña competición, en la que ambos astrónomos tratarían de establecer la latitud de París. Delambre la mediría desde el techo del número 1 de la rue de Paradis, su casa; y Méchain desde el Observatorio. Ambos científicos ajustarían sus mediciones para hacerlas converger en el Panteón.

El Panteón había cambiado un poco desde que comenzase la misión del meridiano. El pequeño observatorio construido por Delambre había sido desmontado. Como lo había sido la estatua de la Fama, considerada demasiado cara de mantener. Y luego estaba el tema de quién merecía reposar allí. El primer francés que recibió esa distinción fue Mirabeau; pero posteriormente fue des-panteonizado, y en el tiempo en que se celebraba el congreso se volvía a discutir la oportunidad de meterlo dentro; con el pequeño problema, eso sí, de que su cadáver había desaparecido. Otro personaje sobre cuyo derecho no se ponían de acuerdo los franceses era René Descartes; el mero hecho de que lo discutieran ya nos demuestra lo gilipollas que pueden llegar a ser.

Los dos astrónomos comenzaron sus observaciones el 7 de diciembre. Pero no de igual manera. Delambre, quien se hacía ayudar por su prohijado Charles de Pommard, hijo de Elisabeth Aglaée Leblanc de Pommard, la churri con la que vivía, entregaba cada noche sus mediciones a la Comisión Internacional. Pero Méchain, no. Pierre François había llegado a tal nivel de desconfianza en sí mismo, que probablemente contaminaba sus propias observaciones con sus dudas. Tras veinte noches y quinientas observaciones, anunció que debía comenzar desde el principio otra vez. Argumentó de todo: el frío de París (antes había dicho que la culpa de los fallos de Barcelona era del calor) o la incapacidad de su asistente de mantener nivelado el círculo de Borda.

En realidad, Méchain había dejado de observar las estrellas. Observaba sus datos, constantemente, a la búsqueda del error escondido de cuya existencia estaba cierto. Rápidamente, cayó en la fase Defcon 2 de la depresión, y se convirtió en un ser atrabiliario: dejó de ir a las sesiones del Bureau, que presidía, de la Academia de Ciencias y, por supuesto, de la Conferencia Internacional. Paseaba por París cuando sabía que no le verían.

La Conferencia comenzó a fijar sus sesiones en el Observatorio, para así evitar que Méchain pudiese darles esquinazo. Aun así, el astrónomo se negó a dar sus datos. Comenzaron a crecer los rumores. Y la rebelión. La Academia había prohibido expresamente a todos los participantes en la Conferencia que hiciesen públicas sus propias estimaciones sobre el metro hasta que no llegase la oficial. Pero Thomas Bugge, astrónomo real danés, que llevaba en París tres meses, se impacientó. Se hizo eco en las sesiones de varios rumores que corrían por ahí: que si Lalande iba diciendo en privado que todo era una mierda, que si los datos estaban mal... Así las cosas, el danés anunció que si la conferencia no había concluido para enero, él se piraba.

Pero enero terminó sin que los datos estuviesen encima de la mesa, así pues Bugge actuó as scheduled, y se volvió a Copenhague en medio de gravísimas acusaciones de la prensa parisina. No obstante, la marcha de Bugge hizo reaccionar a Lalande, quien, el 2 de febrero de 1799, presentó a la conferencia sus propios datos, basados en las mediciones de Delambre. Tras un día entero de discusiones, la conferencia aceptó todos los datos de Lalande, incluso algunos de los que Delambre tenía dudas. Los triángulos de Delambre desde Dunquerque hasta Rodez se dieron por válidos, así como sus cálculos sobre la latitud de Dunquerque.

Ahora quedaba Méchain.

Lalande visitó en el Observatorio al astrónomo. Era portador de un ultimátum: Méchain tenía diez días para entregar sus datos. Ni qué decir tiene que Lalande estaba haciendo justo lo que no se debe de hacer delante de un depresivo, que es obligarlo a salir de la piscina de mierda aun sin querer hacerlo. Méchain rogó, pero no consiguió. Al final, aceptó entregar sus datos en diez días, pero puso una condición: dado que sus diarios eran muy farragosos y difíciles de leer, presentaría resúmenes, estación por estación, una vez aplicadas las fórmulas habituales. Lalande, nada convencido, aceptó.

Durante esos diez días, Méchain “descubrió”, o al menos eso le dijo a la conferencia, que una de las tuercas de su círculo de repetición, que estaba algo suelta, era la responsable de la erraticidad de algunas de sus mediciones. Una vez que se había dado cuenta de ello, sus mediciones habían comenzado a converger con las de Delambre con una diferencia de apenas 0,13 segundos. Pero necesitaba diez días más. La conferencia aceptó.

Diez días después, todavía no estaba en condiciones de presentar sus datos. Y diez días después de esos diez días, volvió a posponer el encuentro para entregar la información. Los presentó finalmente, supongo que no sin presiones, el 22 de marzo de 1799. E ignoramos hasta qué punto los "cocinó".

Fue una sesión de un día entero, como la de Delambre, en la que cada ángulo, cada medición, fue sometido a severo escrutinio. Pero el resultado final fue una felicitación sin ambages al astrónomo. Por lo que se refiere a los datos de latitud de Montjuïch y la Fontana de Oro, la conferencia los encontró altamente consistentes entre sí. Visto eso, Méchain propuso, y obtuvo, que los datos de la Fontana de Oro fuesen considerados redundantes.

Esa misma noche terminó la tortura de Pierre François André Méchain. Paradójicamente, incluso uno de los miembros de la conferencia, al terminar la sesión, se acercó a Delambre para preguntarle, con retintín, como es que sus propios datos no eran tan precisos como los de su colega. Adivinamos en la boca de Delambre una sonrisa a media comisura, modelo “si tú supieras, cabrón, si tú supieras...”

Las semanas siguientes al conocimiento de los datos fueron las de los cálculos para la derivación del metro. Cada uno de los savants presentes en la reunión realizó sus propias derivaciones con los instrumentos matemáticos que prefirió. Quien ya no pudo hacer su aportación fue Borda, que había fallecido en el curso de los últimos retrasos de Méchain.

Conforme fueron llegando los resultados, se confirmaron los peores temores de los bien informados: los resultados, a menudo, eran inesperadamente excéntricos. Y eran así por la simple razón de que la Tierra misma era mucho más excéntrica de lo que se había pensado hasta aquel momento.

Todos los datos compilados hasta entonces, por Cassini o la expedición peruana, habían hecho pensar a los científicos que la excentricidad de los polos era de una trescientosava parte, esto es, que el radio de la Tierra en los polos era un 0,03% más corto que en el Ecuador. Pero los datos de los dos astrónomos sugerían que dicha excentricidad era de una sesquicentésima parte, esto es, uno entre ciento cincuenta: el doble. Más aún, cuando se juntaron los datos de Dunquerque, París, Evaux, Carcasona y Barcelona, donde los científicos esperaban encontrar un arco se encontraron con una línea distinta, que parecía ser distinta en cada trayecto.

Quizá, o sin quizá, la persona que más disfrutó con este descubrimiento, fue Méchain. Entre otras cosas, porque venía a demostrar que su intención de haber triangulado hasta las Baleares tenía mucho sentido, pero él la había defendido el solitario. En una carta a sus comprensivos amigos de Carcasona, el astrónomo les explicaba que “lo que las observaciones muestran es que es que la curvatura de la Tierra es casi circular entre Dunquerque y París, más elíptica entre París y Evaux, más elíptica aun entre Evaux y Carcasona, para regresar a la primera elipicidad entre Carcasona y Barcelona”.

Delambre y Méchain, sin proponérselo, habían descubierto que los meridianos varían entre unos y otros. O sea: se habían cargado la misión, pues si no todos los meridianos son iguales, entonces es imposible derivar un metro universal, porque no hay una sola diezmillonésima parte de la longitud de un meridiano. Como, por otra parte, ya lo hemos leído, sostenían, antes que ellos, los científicos alemanes.

Frente a frente con la verdad, ¿qué haría la Conferencia Internacional? A la hora de extrapolar la curva Dunquerque-Barcelona a todo el meridiano, ¿qué excentricidad utilizarían: la comprobada en otros experimentos, que parecía ajustarse más al conjunto de la Tierra, o la observada en el cuadrante triangulado? Discutieron mucho, pero yo creo que, en el fondo, todos sabían que al final se decantarían por una decisión practicable, lo cual les llevaba a no abandonar las viejas observaciones.

La conclusión final llevó el metro a una longitud de 443,296 lignes francesas, en lugar de las 443,44 que había medido el metro provisional. La diferencia eran unos putos 0,325 milímetros o, si se prefiere, tres folios colocados de canto; pero era mucho más de lo que los científicos esperaban. Hoy sabemos, además, que el metro definitivo definido por la conferencia es, en realidad, dos veces más impreciso respecto de la longitud real de la Tierra que la medida provisional. La Conferencia había avanzado en la dirección contraria.

Supieran, no supieran o sospechasen los científicos que la estaban cagando, lo cierto es que aceptaron el cálculo y se aplicaron al paso siguiente, cual era fijar la nueva medida en un objeto físico. Pero no: no fue ésta, como veremos, la famosérrima barra de platino-iridio que muchos hemos estudiado en el colegio (lo mismo la LOGSE lo considera hoy en día un dato inútil para el futuro de sus educandos). Es cierto que, a causa de su práctica indestructibilidad, fue elegido el platino. La Comisión de Pesos y Medidas invirtió un quinto de su presupuesto en comprar varios kilos de platino. Se compraron en Madrid, por cierto; y llegaron defectuosos. Marca España.

El honor de fabricar la barra fue para Lenoir, a quien, en abril de 1799, se le facilitaron el valor calculado del nuevo metro y cuatro barras de platino puro, con los que debería construir cuatro barras de un metro cada una. De las cuatro, se escogió la más acercada a la longitud deseada (apenas desviada en un 0,001%).

El 22 de junio e 1799, en una gran ceremonia, la barra de platino fue presentada a las asambleas legislativas francesas. Nadie se acordó de explicar que la barra tenía algunos defectos que hicieron que fuese inmediatamente retornada al taller de Lenoir, de donde no saldría en tres meses.

Lo que siguió fue la prédica de la buena nueva. En los cinco años anteriores a la fecha, la Agencia de Pesos y Medidas había llevado a cabo una política de comunicación pública que tiene muy poco que envidiarle a las modernas campañas de relaciones públicas. Editó miles de panfletos. Prieur de la Coté d'Or diseñó gráficos de conversión para aquellos ciudadanos que no sabían leer. Todos los editores comerciales diseñaron sus propias guías y almanaques, que hoy son piezas muy cotizadas en las librerías de viejo. Se crearon metros de mármol que fueron situados en las paredes de grandes edificios de la nación (uno de ellos lo podéis visitar en el 36 de la rue de Vaurigard). La enorme necesidad de bastones de metro hizo que la Agencia tuviese que subcontratar con empresas privadas, que hicieron su agosto con la historia. No obstante, cuando en septiembre de 1799 el metro se convirtió en obligatorio (en la región de París), la confusión fue enorme. Tan enorme y tan caracterizada por la resistencia que la gente que el gobierno se vio obligado a mandar las tropas del ejército a Les Halles para embargar las antiguas medidas. Las resistencias eran tantas que hasta Napoléon se negó a aprenderse el nuevo metro.

El metro no llegó a ser declarado la única medida para toda la nación hasta el 4 de noviembre de 1800, aunque el uso de las nomenclaturas compuestas (decímetro, kilómetro) fue abolida.

Uno de los grandes instigadores de la ilegalización de esos prefijos griegos que no le gustaban a la gente era Napoleón. Regresado de Egipto, la Academia de Ciencias lo agasajó con una medalla conmemorativa hecha con el platino que había sobrado de hacer el metro. Dos semanas después de haber aceptado la medalla, el 18 de Brumario, Napo dio un golpe de Estado. Tras triunfar, nombró a su antiguo preceptor de matemáticas, Pierre Simon Laplace, ministro del Interior con responsabilidad de implantar el sistema métrico. Aunque dos semanas después lo cambió por su propio hermano.

Pierre François André Méchain salió de la misión del meridiano convertido en el primer astrónomo de Francia. Pero ni había superado su depresión (en realidad, se sentía cada vez peor conforme era objeto de homenajes y admiraciones) ni consecuentemente se sentía cómodo. Intentó superar todo aquello intentando convertir el Observatorio parisino en el primero del mundo. Compró excelentes telescopios y con ellos descubrió dos nuevos cometas y observó los asteroides.

Un poquito más abajo en la escala de la fama estaba Jean Baptiste Delambre. Menos laureado que su compañero, recibió, sin embargo, el importante encargo de escribir la historia de la expedición del meridiano y la exposición de sus resultados. El astrónomo se aplicó a diseñar una obra de dos mil páginas en tres volúmenes. Para la cual, obviamente, necesitaba los datos de Méchain, no los resúmenes. Aquel proyecto convirtió a los dos astrónomos, que hasta entonces habían sido colegas a pesar de todo, en enemigos. Por ejemplo, cuando en el 1800 Delambre fue nombrado presidente provisional del Bureau des Longitudes, Méchain atizó una muy agria discusión sobre quién tenía que controlar los libros de cuentas de la institución.

En 1799, Méchain fue nombrado albacea testamentario de Borda y tuvo lógico acceso a todas sus posesiones. Entre éstas, encontró las cartas que se habían intercambiado Delambre, Borda y su propia mujer; leerlas le cambió totalmente. Dejó de ser la persona apocada, temerosa de ser descubierta en sus errores, para pasar a ser el típico científico rencoroso que cree merecer méritos que se le escamotean en la persona de otro. Según él, las cartas demostraban que por parte de Delambre había habido una estrategia diseñada para hacer más triángulos que él, y para medir nodos que le correspondían, como Perpiñán. Como sabemos, esto no es verdad: si Delambre tuvo que hacer todas esas cosas, fue porque Méchain ni estaba, ni se le esperaba. Pero eso, a una persona que está acostumbrada a refocilarse en sus propias reflexiones, le da igual.

Napoleón empeoró las cosas entre los dos ex compañeros al nombrar a Delambre, en 1801, secretario permanente de la Academia de Ciencias (o sea, presidente in pectore, puesto que el presidente formal era el propio Napoleón). El 6 de septiembre de 1801, un miembro no identificado del Bureau des Longitudes propuso que la misión del meridiano se ampliase desde Barcelona hasta las Baleares. Nadie ha dudado nunca de que era Méchain, y que lo hacía para poner a Delambre un poco entre la espada y la pared. Un año más tarde, septiembre de 1802, Napoleón aprobó la expedición.

Méchain aceptó el reto, aunque a su manera. Tardó todo lo que quedaba del año en seleccionar a su equipo y perfeccionar sus instrumentos. Eso sí, el pacto, por así decirlo, consistía en que él podía ir a su misión, a cambio de darle a Delambre los datos de sus observaciones. Y lo hizo. O no. Porque le entregó una descripción de dichas observaciones, y el mismo resumen que ya había entregado un día a la Comisión Internacional.

Méchain esperaba completar su misión en seis meses, saliendo en febrero, esto es coger toda la primavera y el verano. En el invierno de 1803 esperaba fijar la latitud de Menorca, para regresar en la primavera de 1804 a París y al Observatorio. Sin embargo, no pudo salir de París hasta el 26 de abril.

Llegó a Barcelona (again) el 3 de mayo de 1803. Momento en el que se encontró a una España que estaba mucho más de canto que la primera vez que había estado. El gobernador general de Barcelona le informó fríamente de que no habían llegado los pasaportes que le permitirían viajar a las Baleares. Luego le dijeron que un capitán que iba a ayudarle en las triangulaciones había sido llamado al servicio en Cartagena, y no aparecería. Los amigos barceloneses le explicaron que todo esto no era casualidad, puesto que el director del Observatorio de Madrid, el padre Salvador Ximénez Coronado, era un furibundo enemigo del metro. Luego tuvo que esperar más, hasta que sus amigos en París garantizaron en Londres la neutralidad de los barcos británicos (Inglaterra y Francia estaban a punto de entrar en guerra) respecto de esta expedición científica.

Durante las semanas que debió esperar, Méchain se aplicó a hacer nuevos triángulos usando nuevos nodos barceloneses, con la clara intención de enterrar sus observaciones de Montjuïch y la Fontana de Oro debajo de toneladas de nuevos datos. En octubre llegó a Montserrat, y en noviembre bajó a Barcelona para ir a las islas. Necesitaba ver Ibiza desde la cumbre de Montsia, pero en la atmósfera del otoño no lo consiguió. Así que no le quedaba otra que ir a las Islas y rezar para que Montsia se pudiese ver desde Ibiza.

Las desgracias de la expedición no habían terminado. Cuando el barco que lo iba a transportar tocó el puerto de Barcelona, se declaró en su interior una epidemia de fiebre amarilla que mató a la mitad de la tripulación. Lógicamente, se decretó la cuarentena. Era una auténtica epidemia surgida en Andalucía que volvió a inmovilizar a Méchain, otra vez en la Fontana de Oro. Y se le habían acabado las pelas. Los dos asistentes que tenía lo abandonaron, obligándole a reclutar a un monje español llamado Agustín Cañellas. Pero no todo era malo. El Barón de la Puebla, un aristócrata valenciano aficionado a la astronomía, le dijo a Méchain que la montaña del Desierto de Palmas sí que se vería desde Ibiza (deben referirse las crónicas que he leído al llamado Monte Bartolo, que hoy en día es frecuentado sobre todo por ciclistas. Según la Wikipedia, "un científico galo" trazó en dicho monte a principios del siglo XIX el paso del meridiano de Greenwich por la montaña; es posible, tal y como yo lo veo, que el galo sabihondo sea Méchain, y que la misión, en realidad, fuesen las observaciones ligadas al proyecto balear). El barón, de hecho, se ofreció a construir allí un puesto de observación cuando Méchain partiese hacia las islas.

Finalmente, Méchain y su hijo salieron para Ibiza el enero de 1804. En lugar de un día, tardaron tres en llegar, y cuando llegaron no pudieron entrar en el puerto de Ibiza. Trataron de desembarcar en una cala, pero un grupo de baleáricos armados se lo impidió, por temor a que trajesen la fiebre amarilla. Después de dos días de tiras y aflojas, Méchain fue autorizado para buscar un punto de observación en la isla.

Las desgracias, sin embargo, no habían terminado. Ascendiendo a uno de los picos de la isla, Méchain se cayó del burro que lo llevaba, hiriéndose en la cabeza y en una muñeca. Cuando llegó a la cumbre, descubrió que la cumbre de Montsia no se veía, por mucho que le habían asegurado que sí. Así las cosas, o bien regresaba a la península para prolongar sus triangulaciones hacia Valencia; o bien tendría que saltar de isla en isla, conectando con triángulos Barcelona e Ibiza vía Mallorca. Todo eso con la estación para medir casi terminada y el presupuesto con que contaba, totalmente gastado.

Last but not least, Méchain no tardaría en comprobar que el barco que lo había traído a Ibiza se había, simplemente, dado el piro (luego averiguaría que había ido a Mallorca a por provisiones). Desesperado, le escribió una carta a Delambre, pidiéndole consejo sobre qué hacer.

El 27 de enero de 1804, Méchain navegó hacia Palma, donde se reunió con su hijo y estuvo casi dos meses. No fue hasta marzo que viajó a Soller, donde comprobó que hacia el norte era capaz de ver Barcelona y, hacia el sur, Ibiza; lo cual demostraba que la triangulación era posible. Sin embargo, para llevar a cabo esta misión necesitaba la aprobación del Bureau y, para su desgracia, a mediados de marzo le llegó la respuesta de Delambre indicándole que dicha institución se inclinaba por la solución de triangular la costa levantina. Técnicamente, era la mejor decisión: sólo reclamaría el cálculo de un triángulo de grandes proporciones (los más proclives al error), mientras que la solución a través de las islas demandaría calcular tres. Eso sí, los científicos parisinos reconocían que el que estaba al pie del cañón era Méchain, por lo que era a él al que competía la última decisión.

Así las cosas, a principios de abril, Méchain salió hacia Valencia. Se encontraba en el mejor momento para hacer observaciones, pero perdió mes y medio en la ciudad esperando los preceptivos pasaportes. Éstos no llegaron hasta mediados de junio, por lo que Méchain salió a uña de caballo a hacer su trabajo, recorriendo unos 500 kilómetros en dieciocho días. En julio dispersó al equipo para realizar mediciones nocturnas, empezando por Cullera. Diversos problemas, entre ellos una epidemia de fiebres tercianas (o sea, malaria) y algunos errores cometidos por su equipo que le obligaron a repetir mediciones, le hicieron llegar a septiembre sin haber terminado su trabajo. En las últimas semanas del verano cayó enfermo. El 12 de septiembre, a pesar de que quedaban cosas por hacer, lo sacaron de la sierra de Espadán para llevarlo a Castellón de la Plana, el hogar de su amigo el barón de La Puebla. En la ciudad (más bien pueblo), tomó una habitación en un hotel. Inicialmente, su enfermedad no parecía grave, pero comenzó a pasar noches terribles. A la llegada del barón desde Valencia, fue trasladado a su residencia. El miércoles 19 de septiembre, Méchain rechaza beber y tomar su medicina. Luego cae en la inconsciencia y se aprecia una gran ictericia. Los brazos le tiemblan, lo cual hace pensar a los médicos que sufre una apoplejía. A mediodía experimenta una mejora, pero a las dos de la tarde entra en agonía, con graves accesos de tos y fiebre muy alta. Cuando llegan los doctores, no hacen sino comprobar que está terminal. Morirá a las cinco de la madrugada del 20.

A la mañana siguiente, un variopinto cortejo fúnebre, liderado por el barón de la Puebla y formado por el equipo de Méchain, nobles y militares españoles, residentes franceses de la zona y nada menos que tres centenares de monjes, cruzó Castellón con el cadáver de Pierre François Méchain. Se dijo una misa, tras de la cual fue enterrado en el cementerio de la catedral.

El 8 de octubre de 1804, las noticias de la muerte de Méchain llegaron a París. Algunas semanas después, su hijo Augustin, que había estado con él en sus últimas horas (y de hecho había tenido un ataque de nervios cuando se murió) llegó a la capital. Lo primero que hizo fue ir a ver a Delambre para darle los papeles de su padre que tenía él. El resto fueron enviados por correo por la viuda cuatro meses más tarde.

En enero de 1806, coincidiendo en el tiempo con la publicación de los principales opúsculos obituarios sobre Méchain, también se publicó el primer volumen de la obra de Delambre Base du système métrique, en la que su autor citaba a Méchain como el primer y principal miembro de la expedición del meridiano. No obstante, meses antes de la publicación, Delambre había hecho un descubrimiento. A causa de las presiones del editor que quería el primer volumen publicado lo antes posible, Delambre había dejado para otro momento el análisis a fondo de los papeles de Méchain. Cuando lo pudo hacer, como decimos poco tiempo antes de la publicación, se percató de la discrepancia de las mediciones de latitud hechas en distintos puntos de Barcelona, y no sólo de eso, sino que con su experto ojo de astrónomo se dio cuenta de que en los papeles se podía encontrar un esfuerzo sistemático por parte del autor de las notas por hurtar dicha discrepancia a otros ojos que no fuesen los suyos (de Méchain).

Como amigo, Delambre se sintió traicionado. Pero su peor problema lo tenía como científico. El metro había sido ya definido y esculpido en platino. El metro existía ya de una forma definitiva; ¿tenía el científico Delambre la obligación moral de hacer saber que, en parte, dicho metro se basaba en cálculos erróneos?

Los papeles revelaban con claridad la agónica existencia de Méchain. Una vez y otra, había reutilizado los datos y los había presentado de nuevo, en un intento por hacerlos coincidir con lo que se esperaba que fuesen. Un hecho muy significativo es que sus anotaciones no estaban hechas en un libro, sino en páginas sueltas, lo que venía a reflejar cierta voluntad de hacer desaparecer algún día algunas partes del relato. De hecho, ni Delambre ni nosotros podemos estar seguros de que Méchain no hiciese observaciones hoy desconocidas. En ocasiones, incluso había páginas que claramente habían sido copiadas para hacerlas pasar por las anotaciones originales, mientras que éstas habían desaparecido.

Delambre construyó un volumen coherente con todos aquellos flashes inconexos, redactando las notas correspondientes que informaban de su origen. El 12 de agosto de 1807, en la sala octogonal del Observatorio de París, Delambre presentó este inventario de documentación a tres testigos. En una de sus notas, Delambre justificaba las ediciones y sustracciones que había hecho sobre los datos porque, según él, no afectaban al cálculo del meridiano. Años más tarde, en 1810, Delambre daría el último paso en la documentación de su misión, depositando en el Observatorio su propia correspondencia con Méchain. No obstante, cedió esta correspondencia sellada, con la instrucción de que sólo fuese abierta en el caso de que surgiesen serias dudas sobre los resultados de la misión del meridiano.

Todo el problema de las observaciones de Méchain y lo que ahora sabía, sin embargo, colocó a Delambre en una situación de insatisfacción que acabaría por aflorar conforme pasó el tiempo y la misión del meridiano fue dejando de ser algo cercano. Diez años después de que el metro hubiese sido oficialmente establecido, Delambre admitió, por fin, que el progreso del conocimiento científico estaba erosionando la validez de los cálculos realizados en su día. Llegó a sugerir el redondeo de la longitud del metro a 443,3 lignes, eliminando dos decimales en los que, según s u visión, estaba acumulada toda la basura de la misión del meridiano.

No nos hacemos mucha idea del enorme trabajo que realizó Delambre durante todos aquellos años. Había comenzado a escribir en 1799, a causa de las discusiones de la comisión internacional. Y en 1810 publicó su tercer volumen. Y le había costado todos esos años darse cuenta de la verdad, y es que el error es, en buena parte, connatural con el momento de conocimiento científico en que uno se encuentre cuando lo comete. Esta asunción, incluida en el tercer volumen, tiene que ver con cosas que Delambre había aprendido justo antes de escribirlo.

Algunos años después de la misión del meridiano, la reflexión científica llegó a darse cuenta de que la forma adecuada de enfrentarse a la misión de Méchain y Delambre era asumir que la Tierra tiene un nivel de excentricidad en su forma que hace que lo suyo sea tratar de trazar la curva más lógica derivada de las observaciones y, a partir de ahí, estudiar en qué medida cada dato se aparta de dicha curva.

Esto, básicamente, es lo que Adrien-Marie Legendre y Karl Friedich Gauss (por separado) llamaron el método de los mínimos cuadrados, una de las claves de bóveda de la actual estadística. Y es, probablemente, el momento mágico en el que la ciencia pasa, por así decirlo, de soñar con la inexistencia del error, y decide, simple y llanamente, intentar comprenderlo.

En 1805, mientras Delambre trabajaba en el primer volumen de su obra, Legendre decidió aplicar su método a los datos de la misión. Asumió que el meridiano de la Tierra trazaba una elipse, y luego usó el método de los mínimos cuadrados para estudiar su excentricidad. Encontró que dichas desviaciones eran tan grandes que no podían adscribirse (como siempre había temido Méchain) a errores en la medición; tenían que deberse a la propia excentricidad del planeta.

La reivindicación de Méchain fue completada por un astrónomo francés, Jean Nicolas Nicollet, quien, usando entre otros el método de los mínimos cuadrados, fue capaz de distinguir en las observaciones de Méchain los errores de observación de los errores sistemáticos, minimizando los primeros.

Así pues, Méchain sufrió la locura, la depresión, la manía persecutoria, y sufrió sicológicamente en los últimos años de su vida como casi no nos podemos hacer idea, por la sola razón de que la matemática se retrasó apenas una decena de años en llegar en su auxilio. Hay que estudiar, chavales. Hay que estudiar mucho.

En 1803, Jean Baptiste Delambre sufrió unas fiebres reumáticas que lo convirtieron en un viejo casi inválido. Un año más tarde, después de años de relación en modo Juanito Valderrama y Dolores Abril, se casó con Elisabeth de Pommard, la madre de quien entonces era su asistente. De hecho, el niño Pommard, que quería ser astrónomo como su Tito, se enroló en la Escuela Politécnica, pero pronto la dejó para adscribirse a la burocracia financiera de Napoleón. Murió teniendo 26 años de edad, en Nápoles.

La evidente tristeza personal, sin embargo, se combinó para Delambre con la mayor de las famas científicas. Era secretario permanente de la Academia, había sucedido a Lalande en el Collège de France, era miembro del Bureau des Longitudes y tesorero de la Universidad parisina. En 1809, cuando Napoleón instituyó un premio al mejor trabajo científico de la época, la Academia, por unanimidad, concedió el premio en el apartado de ciencia aplicada al trabajo de Delambre. Esta nominación montó el pollo. La familia de Méchain protestó por no ser parte del premio, y la Academia, con esa forma que tienen los científicos de ser crueles con los colegas cuando les apetece (porque, la verdad, decimos de los premios literarios; pero los científicos son de lo peor), en lugar de simplemente aceptar el hecho, emitió un dictamen en el que recordaba que Delambre había medido 89 de los 115 triángulos del proyecto, además de mejorar los métodos geodésicos y reelaborar todos los datos de Méchain. Delambre acabó por retirar la obra del concurso por conflicto de intereses.

Dos años después, vino lo inesperado: la caída del metro.

En los nuevos tiempos franceses, que releían con indudable voluntad de cambio los tiempos revolucionarios, muchos de los cambios de éstos fueron atacados. El primero de ellos, la división del tiempo. Y no ha de extrañar, pues en contra de lo que habían considerado los revolucionarios con su buenismo un tanto bobote, la gente nunca se había acostumbrado a aquel calendario basado en las fases de las estaciones, mucho menos a la semana de diez días. De hecho, la gente había seguido celebrando el nuevo año en el punto en que lo hacen hoy. La ambición napoleónica de conseguir buenos términos con el Papado hizo el resto. Así pues, a medianoche del 10 de Nivôse del año XIV, volvió a ser de nuevo el 1 de enero, en este caso de 1806.

El siguiente fue el sistema métrico. En 1805 los científicos de la Academia hicieron lo que pudieron por conservarlo, y en 1810, cuando de nuevo el sistema fue atacado, intentaron convencer a Napoleón de que ahora que tenía control sobre media Europa, en realidad era el mejor momento de diseminar el sistema. Pero Napoleón tenía otra visión, y ni siquiera la propuesta de renombrar el sistema métrico y llamarlo napoleónico le hizo cambiar.

El general estaba preparando su invasión de Rusia, y por esta razón quería paz en casa. El 12 de febrero de 1812, Francia adoptó las llamadas “medidas ordinarias”. Un sistema basado en la barrita de platino, pero acercado a las medidas tradicionales. El sistema decimal seguiría enseñándose en la escuela, pero estaba herido de muerte. Lo cierto es que este sistema de medidas fue recibido fuera de Francia como lo habría sido el decimal. Para los habitantes de los países invadidos, las medidas tradicionales francesas eran tan extrañas como las nuevas.

Con la caída de Napoleón, Delambre perdió buena parte de sus privilegios y un 75% de su salario. Sin embargo, Luis XVIII le conservó el cargo de secretario perpetuo de la Academia, así como su puesto en el Collège de France y en el Bureau des Longitudes. Establecido en el 10 de la rue du Dragon como un viejito respetable, dedicó los últimos años de su vida a escribir una Historia de la Astronomía.

Estamos ya en 1819. El año del gran escándalo científico-funerario creado por el gesto de Suecia de enviar a Francia la supuesta calavera de Descartes, que llevó a muchos a preguntarse quién era, entonces, quien había estado enterrado en el Panteón y había sido movido recientemente a la iglesia de Saint-Germain-des-Pres. Ese año, Delambre, probablemente, se sintió morir, puesto que comenzó a hacer preparativos para ello. Por ejemplo, quemó la mayor parte de sus papeles personales. Asimismo, escribió una autobiografía donde trataba de contar la verdad sobre la misión del meridiano. Como ya hemos dicho, archivó en el Observatorio tanto las observaciones del meridiano como su correspondencia con Méchain (ésta última, bajo llave). Murió en su casa, a las 10 de la noche de 1822.

A la muerte de Delambre, quedaba por publicarse el último tomo de su Historia de la Astronomía, el dedicado al siglo XVIII. El viejo Delambre le había dicho a sus amigos que en ese tomo se contaría “toda la verdad” sobre la misión del meridiano. Decía que quería lavar su conciencia y que por eso sólo se refería en el libro a astrónomos ya muertos. Incluido él, pues había dejado encargado a su albacea científico, Claude Louis Mathieu, la publicación del tomo tras su muerte.

Lo que Delambre dice de Méchain en ese tomo y lo que dijo 17 años antes su oración fúnebre casi no se parece en nada. Había pasado demasiado tiempo, durante el cual Delambre habría aprendido demasiadas cosas. Con esa capacidad de rencor que, como digo, sólo tienen los hombres de ciencia cuando discuten entre ellos sus méritos a mala hostia, Delambre se remontaba hasta los mismos comienzos de la carrera de Méchain como astrónomo, negando incluso la historia de que había tenido que vender su telescopio a Lalande para pagar las deudas de su padre (y cito esto porque, la verdad, maldita la necesidad de hacer este desmentido décadas después de haberse producido la supuesta venta; como se ve, la crueldad de un científico resentido no tiene límites).

Seguía Delambre negándole a Méchain cualquier calidad como innovador, aseverando que todas las fórmulas que había usado en sus mediciones eran suyas. En una venganza muy sutil, el libro se deshace en elogios hacia Tranchot, y Delambre no podía olvidar, cuando los escribió, que los estaba vertiendo sobre la persona más odiada por su colega.

Por supuesto, el libro de Delambre se ocupaba de la discrepancia barcelonesa, quitándole importancia y, además, añadía otros datos nunca contados sobre el final de la misión: que la mujer de Méchain había sido compelida a obligarle a terminar las mediciones; que Méchain había exigido la dirección del Observatorio para volver a París. Etcétera. Eso sí, al final (esto también es muy de los científicos, que se pasan el día estrechando manos en las que antes han escupido, mientras sonríen) admitía que Méchain, esa persona a la que en las páginas anteriores motejaba de ladrón, de científico falto de brillantez, de extorsionador, era “un hombre admirable desde todos los puntos de vista”. Y, por supuesto, afirmaba que todos los errores y problemas en la misión del meridiano no comprometían el cálculo del metro.

Las cartas entre Delambre y Méchain no fueron abiertas hasta 1912. Para entonces, ofrecían ya pocos alicientes para los investigadores. Sin duda, eso es lo que buscaba el hombre que las donó.

A lo largo del siglo XIX, el hecho de que la misión del meridiano había obtenido mediciones contradictorias se convirtió en conocimiento extendido entre los astrónomos. En realidad, la falta de exactitud del metro de platino no tenía que ver estrictamente con estos errores, sino con la asunción, errónea, hecha por los científicos franceses, en el sentido de que de la longitud del meridiano triangulado se podría derivar la longitud de todo dicho meridiano.

El sistema métrico volvió a Francia cuando el país regresó a la valoración positiva de su revolución. Esto ocurrió en la revolución de 1830, que depuso a los Borbones y colocó a Luis Felipe de Orléans al frente del Estado. En 1837, el sistema métrico volvió a ser impulsado, de la mano, sobre todo, de Charles Émile Laplace y Claude Louis Mathieu, esto es el sucesor de Delambre, quien para entonces era diputado. La Asamblea votó la implantación del sistema en toda Francia a partir del 1 de enero de 1840. Aquella medida fue mucho más racional que la tomada décadas antes. Ahora se habían hecho las cosas bien pues, tras muchos años en los que el sistema decimal se había enseñado en las escuelas, se podía garantizar una entrada en vigor menos traumática, aunque no estuviese exenta de resistencias e incluso de violencia. En todo caso, en 1840 el sistema métrico llevaba siendo obligatorio en Holanda, Bélgica y Luxemburgo desde hacía dos décadas.

El paso francés influyó a otros. Piamonte y Cerceña lo implantaron en 1850. En Portugal también fue implantado, aunque sufriendo diversos aplazamientos. Entre 1848 y 1863, la mayoría de los nuevos Estados independientes de Latinoamérica lo adoptaron. En 1863, el acuerdo postal internacional firmado en París echaba mano del gramo para establecer su régimen de pesos.

En 1851, en la Exhibición del Crystal Palace, el sistema métrico fue el gran protagonista. En dicha exposición triunfaron los estándares enviados desde París, al tiempo que los organizadores de algunas competiciones se declararon incapaces de otorgar los premios por la variedad de medidas en que se habían elaborado los proyectos candidatos. En la Feria Mundial de París de 1867 se creó un gran stand específico sobre la Historia de las unidades de medida, que culminaba en el sistema métrico. En 1863, el Parlamento británico aprobó una resolución aprobando el sistema métrico en todo el Imperio, y en 1866 el Congreso de los Estados Unidos declaró la legalidad (que no la obligatoriedad) del sistema. En 1868, el Zollverein alemán anunció la adopción de estas medidas en 1872.

En 1867, en gran parte por el hecho de que Prusia, la otra gran potencia continental, tomó la decisión de acercarse al sistema decimal, surgió la discusión de fondo provocada por las divergencias experimentadas en la misión del meridiano: ¿realmente era el metro una medida natural, o una simple barra de platino que medía lo que medía como podría medir otra cosa? Ésta fue la gran cuestión de la primera conferencia geodésica internacional, celebrada en Berlín en dicho año. En las décadas anteriores, todos los países europeos habían triangulado su propio territorio, ajustando las medidas a la curva elipsoide que mejor se adaptaba a las circunstancias de su trozo del planeta. De alguna manera, pues, era como si cada mapa se hubiera hecho en una Tierra diferente. Surfeando sobre la potente ola de globalización que es el siglo XIX, ahora todos estos geodésicos estaban dispuestos a compartir sus mapas para componer uno solo; pero para eso necesitaban un estándar.

Los alemanes propusieron utilizar el método de los mínimos cuadrados (ya que, entre otras cosas, estaban convencidos de que se debía a Gauss) para derivar la forma de alinear de forma óptima los triángulos de cada país. Su idea era centralizar esta labor en la Asociación Geodésica de Centroeuropa, que había sido creada en 1861 por el general Jakob Baeyer. Sin embargo, cuando la propuesta superó las fronteras de los países más en la órbita prusiana, los franceses no reaccionaron con entusiasmo, precisamente. París, de hecho, no envió delegados a la convención berlinesa.

La convención, en todo caso, tomó una decisión que sigue vigente hoy en día. Una decisión pragmática según la cual el metro debía seguir siendo el estándar de longitud, pero no porque representase una diezmillonésima parte de la longitud del meridiano sino, simple y llanamente, porque estaba ampliamente aceptado. Eso sí, curaron su prurito por la precisión científica acordando que los defectos de la barra de platino debían solventarse haciendo una nueva. En los treinta o cuarenta años anteriores, diversos estudios científicos habían demostrado que la barra de platino, de hecho, tenía defectos y era más sensible a la temperatura de lo inicialmente pensado, por lo que probablemente su longitud había cambiado. La convención quería que la nueva barra se ajustase lo más posible a la antigua, pero que al mismo tiempo fuese elaborada por una agencia internacional, y así evitar que se pudiese considerar la obra de un solo país.

Francia no se tomó bien estos proyectos. Y es lógico. Digan lo que digan las declaraciones oficiales, lo cierto es que el metro de platino era un metro francés. A nadie le gusta que le quiten un monopolio y, de hecho, no faltaron las voces en Francia que clamaron por una escisión entre la vieja medida y la nueva medida. Finalmente, sin embargo, se impuso la racionalidad de los científicos, y de los políticos, pues éstos, en la segunda mitad del siglo XIX, ya sabían lo suficiente sobre relaciones comerciales internacionales y eso que hoy llamamos globalización como para entender que no podían ir por ahí tocando los huevos e inventando estándares nacionales. Una vez tomada la decisión, con esa legendaria habilidad para ponerse al frente de la manifestación que hasta dos minutos antes han negado, los franceses consiguieron llevarse el gato al agua de convocar la conferencia internacional en París.

Sin embargo, hubo un problemilla. En julio de 1870, dos semanas antes de empezar la conferencia, Francia y Prusia fueron a la guerra. Esto provocó que los científicos alemanes no atendiesen la conferencia, pero ésta se abrió el 8 de agosto con representantes de quince países.

Los científicos se pusieron de acuerdo en que no debían llegar a ninguna solución final hasta que todos estuviesen allí. No obstante, comenzaron a discutir la principal cuestión, planteada por los franceses, de si pretendían que realmente el metro se basase en la longitud de la Tierra. Uno de los principales geodésicos europeos del momento, el suizo (nacido alemán) Adolf Hirsch, les sacó del error, afirmándoles que ningún científico serio abogaría por derivar el metro de la longitud de la Tierra, y que el objetivo, por lo tanto, era que se pareciese lo más posible al antiguo.

Así quedaron las cosas porque no podían ir más allá. En 1872, una vez que Francia perdió la guerra y dejó de ser una monarquía, París convocó una nueva convención, a la que acudieron científicos de treinta países, alemanes incluidos. Fue ahí donde se decidió que la nueva barra sería un 90% platino y un 10% iridio. Cada país haría un estándar, y de entre todos se elegiría el mejor. Y crearon un Bureau internacional para supervisar todo el proceso.

Así las cosas, la Convención del Metro de 1875 permanece como el hecho que gobierna nuestras vidas, medicionalmente hablando. La cosa se tomaría quince años de discusiones científicas hasta que, en 1889, las barras fueron enviadas a París. Una de estas barras, finalmente, reemplazó a la vieja barra de platino confeccionada con los cálculos de Jean Baptiste Delambre y Pierre François Méchain; aunque la barra primera no desapareció, pues los franceses la guardaron en su Archivo Nacional.

No obstante, como había prometido Hirsch y confirmaron los hechos, el metro de Delambre-Méchain no desapareció. El viejo sueño ilustrado de crear una unidad de medida basada en la Naturaleza no fue posible porque los dos astrónomos no fueron capaces de derivar esa medida con exactitud. Pero la medida resultante de sus cálculos y de los de la comisión internacional prevaleció, y todo parece indicar que prevalecerá para siempre. Prevaleció en 1960, cuando el Bureau Internacional decidió redefinir el metro como la longitud de onda de la luz emitida por una transición de energía específica del átomo de kriptón 86. Como prevaleció en 1983 cuando, de nuevo, se cambió la definición por la distancia recorrida por la luz en el vacío en 1/299.792.458 segundos. En ambos casos, los científicos hicieron el camino contrario a los ilustrados del siglo XVIII: en lugar de buscar el metro en la Naturaleza, buscaron la Naturaleza en el metro tal y como lo había definido la expedición del meridiano.

Una expedición que habría de costarle a uno de sus dos protagonistas, y a causa de su afán de perfección, la tranquilidad de ánimo, la felicidad, la capacidad de disfrutar. La vida misma, al fin y al cabo.

Descanse Pierre François André Méchain en la paz que en vida no supo encontrar.





Como coda de todo este relato, nos queda una pregunta por contestar: ¿y España? Intentaremos contar algunas cosas en las próximas líneas.

La Academia Francesa, durante el proceso de desarrollo del metro, había propuesto dos sistemas distintos posibles para denominar sus divisiones y múltiplos: o bien un sistema de nombres compuestos, o bien otra basada en nombrar cada subdivisión con un monosílabo independiente (algo así como las notas musicales, pues).

Como hemos contado, la Academia se decantó por el neologismo metro, concretamente en su sesión del 26 de marzo de 1791. Entre un sistema metódico para las subdivisiones y otro basado en monosílabos, la Academia se decidió claramente por el primero, por lo que, el 1 de agosto de 1793, incluyó la propuesta metódica en su informe a la Asamblea. Sin embargo, por diversas dificultades esta nomenclatura no se aplicó hasta el 7 de abril de 1795, aunque un decreto de 4 de noviembre de 1800 todavía permitía utilizar las denominaciones antiguas.

Sirvan estas palabras como antecedente de la situación en la que estaba España cuando adoptó el sistema decimal. A la hora de aplicar en español el nuevo sistema, podía optar por desarrollar sus propios prefijos o nombres, podía aprovechar las denominaciones antiguas, o podía aprovechar el sistema metódico desarrollado por los franceses.

En esta polémica brilla en primer lugar la figura de Gabriel Císcar, marino y astrónomo como Borda, y uno de los sabios españoles que participó en la discusión del sistema métrico a escala internacional. De hecho, estuvo en la reunión de París de 1798, de donde se trajo cinco estándares de medida, obsesionado con sustituir lo antes posible los modelos existentes por éstos. De hecho, en aquella España existían, y se usaban, diversos patrones. En Burgos y Toledo se conservaban patrones de la vara castellana, mientras que en Ávila había medidas de capacidad y el Consejo de Castilla los tenía de peso, todos ellos de las medidas antiguas, por supuesto.

En la Memoria sobre el sistema métrico que elaboró Císcar en 1800 hay todo un capítulo dedicado al tema que será más batallón en la implantación de las medidas en España. Porque a España, por así decirlo, ya no le tocaba discutir la longitud del metro, que era cuestión de todo lo que ya hemos visto, sino la formulación de sus subdivisiones.

Císcar era un decidido partidario de no otorgar a dichas subdivisiones nombres arbitrarios y sin significado, y por lo tanto era partidario de adaptar al español el método francés. Lo hace apostando claramente por las lenguas modernas, por considerarlas más acertadas a la hora de conseguir un aprendizaje masivo. Es por eso que rechaza el uso del griego en la formación de estas palabras. De esta forma, el marino desarrolla una nomenclatura absolutamente propia o española, en la que encontramos ejemplos como:

·                     Vara decimal o medidera para designar el metro.
·                     Milla decimal o millar para designar el kilómetro.
·                     Céntima y mílima por centímetro y milímetro.
·                     Unera, celeminillo o azumbre decimal, para el litro.
·                     Unal o libra decimal para el kilo.

Buscaba Císcar con su propuesta hacer las cosas lo más fáciles posible pues, como comenta en su Memoria, las de las unidades menores son las que ya se usan, y por ello no pueden confundirse con los quebrados decimales indeterminados (esto es: décimo, centésimo...). Denominar a las divisiones de capacidad decimillas, centimillas, milesimillas, etc., verdaderamente no era sino acercarse a la forma en que toneleros y comerciantes se referían a ellas (hablando, por ejemplo, de cuartillos). Asimismo, las unidades menores de peso las hacía terminar en -avo, pues era ése el sufijo habitualmente utilizado.

Sin embargo, cuando en 1821 Císcar vuelva a redactar una obra en defensa del sistema métrico, lo hará ya abandonado esta propuesta de crear nombres propios, y se decantará por la mera traducción de los términos franceses.

Ese mismo año, y a requerimiento de las Cortes, el científico Salvador Ros y Renart presenta su propia memoria sobre la introducción de un nuevo sistema de pesos y medidas. En su trabajo, Ros se apunta a los argumentos tanto de los franceses como de Císcar, en el sentido de que un solo sistema unificado es bueno para los intercambios comerciales y relativamente fácil de enseñar; pero, en un signo de los tiempos, añade un matiz “muy francés” al argumentar que un nuevo sistema viene a sustantivar la evolución de España en el sentido de rechazar la tiranía representada por las viejas medidas. Asimismo, Ros y Renart acude a un argumento hoy bastante olvidado, como es el esfuerzo realizado por los españoles en la definición del metro, realizado por el propio Císcar y el matemático Agustín Pedrayes y Foyo; esfuerzo que, decía Ros, se ha realizado sin beneficio alguno para la nación. Tal olvidado estaba y está este argumento que no tengo yo noticia de que ni Císcar, ni Pedrayes, ni los dos juntos, tengan en alguna plaza de España una estatua de ésas que celebra a los hombres ilustres de España.

El exacerbado nacionalismo de Ros y Renart, sin embargo, también le lleva a añadir confusión en el tema de la nomenclatura, dado que le lleva a proponer “una que, siendo española, pueda competir con la derivada del griego y del latín del sistema métrico decimal establecido en Francia”. Este error le lleva a proponer términos antiguos para las nuevas medidas. Así, proponía los términos: vara para la longitud, copa para la capacidad, libra para el peso, vara cuadrada para la superficie, vara cúbica para el volumen, y legua para lo que llamó “itineraria”. A todos estos términos se añadirían múltiplos como diez, cien, mil o diezmil, o divisores como deci, centi o mili. Se hablaría, por ejemplo, de diezmilvara (escrito DM.Va para abreviar) para designar los 10.000 metros, centilibra (c.Li), milicopa (m.Co), etc.

En 1835, José Radón, veterano científico, realiza su propia aproximación al problema, con el intento de crear un sistema métrico genuinamente español. Toma como medida fundamental la vara castellana o de Burgos. Sin embargo, dado que el modelo existente está ya muy deteriorado (algo que ya había hecho notar Císcar treinta años antes), trata de hacerla coincidir con el metro, otorgándole un valor de 84 centímetros; o bien, como alternativa, propone definirla realizando el experimento pendular que, según hemos visto, los franceses habían terminado por desechar. Con estas medidas aproxima, por ejemplo, una medida de volumen, la vara cúbica, que en su milésima expresión vendría a ser más o menos el cuartillo que se usaba, aunque propone cambiarle el nombre por el de una vieja medida latina, el modio. La medida del peso sería la vara cúbica de agua, siendo la millonésima parte de la misma la medida que llama pondo; por lo que toma como medida principal el kilopondo, esto es, mil pondos. Incluso proponía reformar el sistema de monedas, creando el numo, equivalente a cinco pondos.

Cabe destacar, en todo caso, que el sistema métrico también tuvo sus detractores en España, y quizás el más señalado de ellos el ilustre matemático, conocido de todos los estudiantes que utilizaron tablas de logaritmos, Vicente Vázquez Queipo. Queipo había vivido en París pero, aun así, sostenía una posición radicalmente nacionalista que le llevaba a rechazar el sistema métrico. En 1835, fue encargado por el gobierno para proyectar una reforma del sistema de pesos y medidas. Con su natural capacidad para el estudio, Vázquez Queipo realizó una investigación exhaustiva de los sistemas de pesos y medidas antiguos, llegando a la conclusión de que los españoles tenían origen árabe, y las medidas árabes todavía en la Antigüedad, y éstas en la observación. Esto le llevó a defender un cambio en el que las medidas oficiales sufriesen el menor cambio posible, y con unos términos que no tenían nada que ver con el sistema métrico.

Tras todos estos años de debates teóricos, el 19 de julio de 1849, Isabel II estampaba su firma en la ley que establecía el sistema métrico. Una orden del 20 de julio crea una comisión específica que monitorice todo el proceso, coordinando a una serie de comisiones provinciales que han de velar de que en los Ayuntamientos se guarden los modelos existentes hasta el momento. La ley de pesos y medidas introduce la nomenclatura francesa meramente traducida, con escasas excepciones, como el quintal o la tonelada. Tanto los múltiplos como submúltiplos se escriben esdrújulos.

La ley establecía que las tablas de equivalencias debían estar en todas las capitales de provincia en 1851 y las nuevas medidas en 1852, además de introducirse la enseñanza en los colegios. Desde el 1 de enero de 1852 sería obligatorio en todas las dependencias del Estado. Sin embargo, la aplicación real se fue aplazando, y de hecho las medidas previstas en la ley sólo se consiguen el 1 de julio de 1869, con diversos problemas que abarcan todo el siglo.

La fijación definitiva de las denominaciones del sistema métrico data, de hecho, de 1899, de la mano de quien tenía que hacerla, esto es la Real Academia de la Lengua. Se basó en una serie de elementos, que son:

·                     Se aceptó la acentuación esdrújula, puesto que el griego metron tenía una letra e breve que, por lo tanto, perdía su fuerza en las palabras compuestas. Eso sí, admitió algunas excepciones, como kilolitro o decagramo, en contra de lo que se decía y escribía entonces.
·                     Se abandonó el término miriagramo, adoptando finalmente quintal y tonelada, así como mirialitro.
·                     Declara no normativos algunos términos que habían sido usados por algunos autores, tales como grama por gramo, kilioi por kilo, etc.
·                     Elimina algunos términos como héctara, sustituido por hectárea.
·                     Fija la acentuación y escritura definitiva de estéreo, eliminando la relativamente común esterio.
·                     Permite escribir kilo y quilo.

Todavía casi un siglo después, el 27 de octubre de 1989, España se integraba en el Sistema Europeo de Medidas.

Todo un camino, por lo que se ve.