miércoles, noviembre 16, 2016

Trento (9)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV.

Seguiremos hablando de la labor inquisitorial en Italia, aun a costa de que el lector pueda pensar que nos estamos recreando en la suerte y/o que estamos siendo, por decirlo malamente, demasiado pesados. Pero, vaya, es que sobre la Inquisición hay muchas cosas que contar, que no se cuentan a menudo.


Es un hecho que el Santo Oficio romano fue especialmente activo, por ejemplo, en la Italia septentrional, donde el fibrilado, relativamente sencillo, de ideas protestantes se ganó pronto a mucha gente, sobre todo entre las clases más pudientes. Así, en fecha tan temprana como 1554, el arzobispo Arcimboldo de Milán comenzó las persecuciones en su ámbito. El curita encontró un aliado potentísimo al año siguiente en el duque de Alba, nombrado gobernador del Milanesado. Bajo las órdenes del duque, las torturas de protestantes eran constantes. Carlos Borromeo, que sustituyó a Arcimboldo al frente la sede milanesa, intentó todo tipo de movidas para reformar su Iglesia para mejorar las costumbres de los sacerdotes y laicos católicos, pero también se aplicó, como es lógico teniendo en cuenta su perfil, a perseguir a los heterodoxos. Y lo hizo con tanto celo y violencia que pronto se ganó la enemiga de todos los principales de la ciudad y del Estado, así como de la mayoría del estamento sacerdotal.

Borromeo, sin embargo, tenía un aliado poderoso: el rey español Felipe. El Rey Prudente, imprudentemente, ambicionaba la idea de instaurar en el Milanesado la Inquisición española, como ya había hecho en los Países Bajos (decisión que le iba, y le iría, como el culo). En 1563, consiguió el permiso de Pío IV para proceder a la consabida imposición. La medida fue radicalmente contestada, no sólo por el Senado milanés, sino por los propios obispos de la Lombardía. Los responsables de las sedes episcopales temían la emigración masiva de milaneses o, peor, el estallido de revueltas que pudiesen llevar a la apostasía colectiva de toda la región. La oposición fue tan cerril que, finalmente, el nuevo gobernador, Gonzalo Fernández de Córdoba y Fernández de Córdoba (lo que en matemáticas se llama un Fernández de Córdoba período), tercer duque de Sessa,  tercer duque de Terranova, tercer duque de Andria, tercer duque de Sant'Angelo y quinto conde de Cabra, decidió actuar de forma que la Inquisición, en la práctica, no estuviese implantada en el Milanesado.

La cosa, sin embargo, no paró ahí. En 1564, el gobernador decretó que ninguna persona que hubiera sido acusada de herética pudiese residir o descansar en el territorio del Milanesado, bajo pena de aplicarle las leyes canónicas. Todos los hosteleros, gondoleros, personal de servicio en general para los viajeros, adquiría la obligación de denunciarlos. En general, la medida se puede decir que impedía el paso de la mayoría de los alemanes y suizos a los Estados milaneses.

De todas las villas del Milanesado, ninguna estaba tan expuesta al riesgo de infección protestante que Como, al fin y al cabo emplazada a un tiro de lapo de Suiza y de las tierras de los grisones, furibundos protestantes. Precisamente por eso la Iglesia usó para actuar allí a su Balón de Oro inquisidor, Michele Ghislieri, futuro Papa Pío V, quien para ganar puntos ante Dios para ese nombramiento no dudó en quemar personal y perseguir a los reformados con saña. La cosa fue tan brutal que el capítulo de la catedral, que gobernaba la sede episcopal en ausencia de obispo, se declaró en contra del inquisidor general. El pueblo de Como secundó la moción de una forma inequívoca, esto es, levantándose en las calles y persiguiendo al propio Ghislieri a pedrada limpia hasta que lo echaron de la ciudad.

Ghislieri, sin embargo, parece que no entendió muy bien el mensaje, pues de Como se marchó a la Valtelina, provincia dominada por los grisones, y por lo tanto por los protestantes, donde le abrió un proceso a un obispo. Las autoridades civiles respondieron negándole todo poder en su territorio y, puesto que Miguelito siguió impasible el ademán, fueron los propios católicos de la Valtelina los que se levantaron contra él y lo echaron, una vez más, a pedrada limpia. Se llegó a Bérgamo, donde suspendió al padre Víctor Soranzo, obispo local, por sospechas de herejía. Luego fue a por el conde de Mezzolago, quien se libró porque estaba reclamado por las autoridades civiles venecianas, y prefirió entregarse a ellas que a la Inquisición. En todo caso, los bergamenses también se levantaron contra el inquisidor dominico hasta que lo echaron.

Desplacémonos ahora a Mantua (y mira que me jode, porque tengo la puta manía de escribir Manuta, y me paso todo el rato corrigiendo lo que he escrito; me vais a permitir que me refiera a ella como “Esa Ciudad”). La inquina de Ghislieri hacia Esa Ciudad y sus veleidades protestantiles es ya muy larga cuando accede al papado; y, como no podía ser de otra forma, tiene como consecuencia que el Santo Padre ordene una auténtica cruzada contra la villa. El duque Guillermo se opone a sus designios y mucho más lo hacen los esaciudadanos, quienes, una noche de Navidad, matan por las calles a dos dominicos que andan por ahí tocando gónadas con el temita de la herejía. Pío contesta lanzando contra la ciudad una severísima bula y enviando allí a su principal inquisidor multitarea: Charlie Borromeo, así como al cardenal Gian Francesco Commendone (1569). Ante tamaña autoridad, las prisiones de Esa Ciudad se petan de gente, que es objeto de diversas torturas amables. Al frente de la tropa inquisidora a pie de calle se halla un dominicano tremendo, el padre Ángel de Cremona, al lado del cual la Gestapo es un club de macramé.

Pío V, convencido de su labor de extirpar por completo el problema herético de Esa Ciudad, decide ir directamente contra las principales casas nobles, y cita a declarar a Julia Gonzaga, la princesa cultivada, galante y hermosa que un día, en Nápoles, había sido ganada por Juan de Valdés. Julia, sin embargo, murió, de sus propias cositas, poco después de ser citada.

Desde Milán y en connivencia con el rey español, que controla muchos territorios católicos en la zona, el Papa traza una estrategia para penetrar en los valles alpinos mayoritariamente poblados por suizos y grisones; estrategia que no le fue mal, especialmente en los territorios del actual cantón de Tessin. Incluso se permite el lujo de arrestar a un predicador protestante en la Valtelina, llevárselo a Roma y, una vez allí, quemarlo.

La principales preocupaciones papales, sin embargo, se centraban en Venecia. Venecia, como Piamonte, más incluso que esta provincia, vivía del comercio, y comercio quiere decir mucha gente entrando y saliendo, mucho extranjero establecido en la ciudad; contaminación de ideas, pues.

Los  venecianos, además, como buenos comerciantes sólo practicaban, en realidad, la religión de la pela. Esto quiere decir que durante tres décadas se habían negado en redondo a cualquier medida contra los protestantes por considerarla mala para el negocio; algo que había amargado la vida de Gian Piero Caraffa durante los muchos años que pasó allí. Venecia, pues, junto con sus provincias de tierra firme, se fue convirtiendo en el refugio natural de los huidos de la Inquisición que no querían pasar a Centroeuropa. El Friul, por ejemplo, fue totalmente invadido por el protestantismo austríaco, muy cercano a aquellas tierras. Juan Grimani, el patriarca de Aquilea, se declaró abiertamente creyente de la teoría de la predestinación. Otro cura del Friul, el padre Pietro Paolo Vergerio, obispo de Capo d'Istria, animaba a sus acólitos a adoptar los ritos protestantes, aunque personalmente siempre mostró su disposición a permanecer en la disciplina romana.

Las presiones de Roma fueron tantas y de tanto peso que, finalmente, el gobierno veneciano hubo de renunciar a seguir siendo tolerante con los reformados. Ya en 1547 Francesco Donato, dogo de la ciudad, nombró una comisión formada por tres nobles locales, el auditor del nuncio papal y el principal inquisidor, para que investigasen los actos heréticos cometidos en el área. Estos tres nobles, conocidos como los Tre savi dell'eresia o los tres sabios de la herejía, hicieron su trabajo en la persona de muchos protestantes, como Antonio Brucioli, traductor de la Biblia, a quien se le impuso una pena de varios años.

La puesta en marcha de esta política provocó el cese de las reuniones públicas de protestantes, así como actos repetidos de abjuración. A causa de este éxito, el Consejo de los Diez de la ciudad resolvió, el 21 de octubre de 1548, instituir comisiones en cada ciudad de la tierra firme, compuesta por el gobernador local, dos doctores en Derecho, el obispo y el inquisidor local, para investigar y castigar los delitos contra la religión (católica). En realidad, se trató de un avance muy veneciano pues, como se ha visto, se admitía el poder sacerdotal de perseguir la herejía; pero siempre sometida al control y la auditoría de funcionarios estatales laicos.

Como resultado de estas políticas, diecinueve heréticos fueron quemados, procedentes, sobre todo, de Vicenza, Treviso y Bérgamo. Otros 44 fueron objeto de penas menos severas. Otras personas fueron enviadas a Roma, donde el Papa, sobre todo Pío IV, procedió a quemarlos.

En la práctica, los venecianos supieron colocarse en un discreto punto medio. Ciertamente, en el ámbito de su república la pública celebración de la fe protestante quedó totalmente prohibida; pero también es cierto que, en términos generales, aquel protestante que seguía siéndolo en la privacidad de su casa y de su círculo de amistades, no era molestado. Tampoco lo eran quienes decidían huir, que tenían por ello un camino relativamente fácil. Los que fueron ejecutados o encarcelados son aquéllos que permanecieron en la intención de hacer pública ostentación de sus creencias o continuaron con sus labores de proselitismo. Por cierto, la forma más común de ejecución carecía de elementos de publicidad: los condenados eran embarcados a medianoche en dos góndolas que entraban en alta mar. Una vez allí, con una gruesa piedra atada a sus pies, eran colocados en una tabla que se encontraba entre dos góndolas, tras lo cual ambas barcas remaban en direcciones opuestas.

En lo tocante a Florencia, allí la Reforma, sin alcanzar los éxitos de otras zonas de Italia, también tenía sus momentos. En 1528, cuando la ciudad era todavía una república, se decretó el exilio de Antonio Brucioli por luteranismo. Algunos años más tarde, fue juzgado por el mismo motivo uno de los hombres principales de la villa, Jerónimo Buonagrazia.

Con la caída de la república, Cosme de Medicis devino duque de Florencia y, posteriormente, Gran Duque de la Toscana. A Cosme la Inquisición romana no le gustaba nada, por el recorte que suponía para sus poderes personales y porque la consideraba, como los venecianos, mala para el negocio (no se olvide que los Medicis hicieron fortuna como comerciantes y banqueros). Pablo IV no tuvo por ello más remedio que negociar con los Medicis hasta disolver la rama florentina de la Inquisición, cambiándola por un solo inquisidor residente, pero que no podía imponerse a las decisiones del duque (algo que no podía hacer ni siquiera el nuncio papal).

A pesar de este status quo, en diciembre de 1551 se celebró en la ciudad un auto de fe en el que fueron juzgados 22 herejes. Pero el auto consistió únicamente en su arrepentimiento y allí lo único que quemó fueron sus libros y escritos. La mano del duque llegaba incluso a los toscanos que se encontraban en las mazmorras romanas, que eran protegidos por sus embajadores.

Cosme de Medicis había conseguido en 1557, con ayuda española, someter a una de las ciudades que le hacían la competencia a Florencia, esto es, Siena. En esta ciudad había bastantes protestantes, por lo que Roma le exigió que ejerciese allí su poder. Cosme, sin embargo, argumentó que muchas de las acusaciones producidas eran fruto de envidias y enfrentamientos personales. Así las cosas, se acabó quemando a unas cuantas mujeres sospechosas de brujería, mientras que los protestantes pudieron abjurar sin problemas o, incluso, huir.

Sin embargo, la mano de los Medicis, que por lo general sirvió para salvar muchas vidas de heréticos toscanos, no pudo hacer nada en dos casos.

Pietro Carnesecchi era miembro de una importante familia noble florentina, y había sido amigo íntimo del Papa Clemente VII, quien lo había nombrado secretario y protonotario apostólico. Había recibido asimismo del Papa permiso para unir a su nombre el apellido Medicis (la familia del propio pontífice). A partir más o menos de 1535, se acercó cada vez más a Juan de Valdés, y comenzó a tener relación con diversos protestantes, entre ellos el propio Melanchton. Perteneció tanto al círculo del cardenal Reginald Pole, como al de la elegante princesa Julia Gonzaga. Bajo el pontificado de Pablo III fue llamado por la Inquisición y luego una segunda vez tras un viaje a Francia. Amigos importantes consiguieron su liberación, tras lo cual se fue a vivir a Venecia. Pablo IV lo llamó frente al tribunal de la Inquisición, pero Carnesecchi se guardó mucho de ir, conocedor de lo mala bestia que era el tipo. Roma lo excomulgó, pero siguió viviendo en Venecia cómodamente. Gracias a la intervención de algunos hombres de la Iglesia, como el obispo de Trento Cristóbal Madruzzo, Pablo dejó de insistir. A la muerte de Pablo III, Carnesecchi se presentó en Roma y, explotando las envidias y enfrentamientos entre Pablo IV y su antecesor, obtuvo de éste una declaración a su favor que lo reconocía como buen cristiano.

Esto ocurrió en 1561, año tras el cual Carnesecchi se trasladó a Florencia, donde vivió favorecido por los Medicis. Pero en 1566, ya bajo el mandato papal de Pío V, se encontró con que el nuevo Papa exigía su extradición a Roma. Cosme, fuertemente presionado, le ofreció una transacción: él debía abjurar y permitir que la Iglesia usase su conocido nombre como prueba de la debilidad de los protestantes. Pero Pietro se negó en redondo. Fue encarcelado y llevado a Roma. Allí mismo, el Papa decretó un retraso de diez días en su ejecución para tratar de conseguir algún tipo de acuerdo con él. Pero Carnesecchi se negó cien veces, y fue decapitado y después quemado en octubre de 1567, en compañía de un monje veneciano amigo suyo.

El otro caso imposible se refiere a Aonio Palleario, un sabio profesor que daba clase en la universidad de Siena, donde conoció Bernardino Occhino, quien le inculca las doctrinas de la la justificación. A causa de sus opiniones, Palleario tuvo que dejar Siena y colocarse en Lucca como profesor de elocuencia. Después de residir allí nueve años, se trasladó a Milán. En todo ese tiempo escribió una anónima acusación contra los papas. Pío V lo llamó a Roma en 1566. Frente a las acusaciones y ofertas de los inquisidores, permaneció firme hasta que fue estrangulado y quemado después el 8 de julio de 1570, tras cuatro años de cautiverio.

La consecuencia fundamental de todo este proceso fue la pobredumbre intelectual de Italia. En primer lugar, el país perdió la variedad en la enseñanza, pues ésta fue monopolizada por los jesuitas; aunque es probable que el lector contemporáneo no aprecie problema en esto, pues, al fin y al cabo, ese mismo monolitismo es el que el ciudadano moderno medio desea, sólo que sustituyendo a los jesuitas por el Estado. Las universidades italianas, los foros intelectuales de Padua, de Bolonia, de Pisa, cayeron en picado; sus aulas pasaron a estar mayoritariamente dirigidas por curitas con esa limitación neuronal propia de quien sólo sabe seguir los pasos de un misal; o del BOE.

En el centro de esta decadencia se encuentra la figura de Pío V, un tipo obstinado y cabrón que jamás escuchó ninguno de los muchos consejos que se le dieron de levantar el pie del acelerador. Ya de por sí persona proclive a la mala hostia (nunca mejor dicho), el hecho de que sufriese de piedras en el riñón no ayudaba a dulcificar su carácter; a saber cuántas personas acabaron en el fondo de una celda o en el cementerio por puras razones nefríticas.  Comía poquísimo y sólo bebía agua y jamás se separaba del sayal que había portado cuando era monje.

Curiosamente, nos dicen las crónicas que, en todo lo que no fuese el temita de la herejía y la organización de la Iglesia, era persona dulce y moderada. Sin embargo, cada vez que alguien le hablaba de la razón de Estado o de lo aconsejable que resultaba ser políticamente moderado en algo relacionado con la herejía, se ponía como el Puma de Baracoa.