lunes, noviembre 14, 2016

EEUU (42)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano y, luego, ya nos hemos metido de lleno en el nacimiento del imperialismo y la guerra contra España, que marca el comienzo de la fase imperialista del país, incluyendo la política asiática y la construcción del canal de Panamá

Tras ello nos hemos metido en una reflexión sobre hasta qué punto la presidencia de Roosevelt supuso la aplicación de ideas de corte reformador o progresista.

Taft ganó por 7.679.000 votos contra 6.409.000. Cuando llegó a la Casa Blanca, se desplegó como un presidente más conservador que su antecesor. Sin embargo, se desató como un usuario industrial de la Sherman Act, bajo la cual inició en cuatro años el doble de casos judiciales que su antecesor en ocho. Eso sí, sus dos principales casos, contra International Harvester y US Steel, salieron como la mierda. Además, Taft se giñó ante su gran oportunidad anti-trust. En 1911 el Supremo falló, en un caso iniciado por TR, que las grandes empresas petroleras y del tabaco debían disolverse. Sin embargo, Taft les permitió distribuir sus acciones originales de una forma que diluyó de forma clara el espíritu de la decisión.


Con todo, todos los partidos políticos comenzaban a sentir la presión de las fuerzas progresistas. Estas fuerzas consiguieron en 1910 sacar adelante la Mann-Elkins Act, que daba poder a la ICC (Interstate Commerce Commission) para suspender incrementos de precios y poder revisarlos en la industria ferroviaria, además de prohibir a las grandes empresas la adquisición de líneas competidoras. Asimismo, las incipientes compañías de telecomunicaciones fueron puestas bajo el poder de la ICC.

En 1913, cuando Taft todavía estaba en la presidencia, a la Mann-Elkins Act se siguió la Physical Evalutation Act. Esta ley concedió a la ICC el poder de valorar la propiedad de cualquiera de las compañías bajo su supervisión; la importancia de la norma es que, basándose en estas valoraciones, la ICC podría concluir la fijación de tarifas adecuadas.

Entre las medidas progresistas surgidas durante el mandato se encuentra la décimo sexta enmienda, que hizo constitucional el federal income tax; o la décimo séptima, que estableció la elección directa de los senadores. Ambas fueron aprobadas en 1913. Asimismo, en esa época se crearon las cajas postales de ahorro, así como el servicio de correos. Un elemento importante en esta relación de fuerzas es que en esos años se admitieron dos nuevos Estados con importantes mayorías progresistas: Nuevo México y Arizona.

En uno de los temas económicos fundamentales de aquellos tiempos, la política arancelaria, Taft había heredado una situación de abulia por parte de Roosevelt, que no hizo gran cosa en ese campo. Durante la campaña electoral, el discurso de Taft en este tema había sido de tono progresista. Por esta razón, convocó una sesión especial del Congreso sobre el tema en marzo de 1909; el resultado, sin embargo, fue que no sólo no redujo aranceles, sino que incrementó ligeramente algunos. Este hecho provocó la reacción de algunos republicanos, que consideraron traicionado el programa de las elecciones. Por mucho que lo intentaron, finalmente la Payne-Aldrich Tariff reflejó las visiones del presidente.

La unidad republicana quedó aquí seriamente tocada, pero aun tenía que enfrentarse al conocido como Pinchot-Ballinger affair. El problema comenzó cuando el Chief Forester del Departamento de Agricultura, Gifford Pinchot (de quien, por cierto, ya hemos hablado), supo por boca de Louis Glavis, un investigador policial, que el secretario de Interior Richard A. Ballinger (superior de Glavis) había autorizado a intereses privados el control de tierras carboníferas en Alaska que formaban parte de una reserva. Pinchot dirigió a Taft una denuncia sobre la materia. La reacción de Taft fue creer las explicaciones de Ballinger y despedir a Glavis. El irreductible Pinchot continuó con sus acusaciones hasta que él mismo fue despedido.

El enfrentamiento interno en el Partido Republicano alcanzó un punto de ebullición en 1910, cuando los progresistas del partido supieron que Taft estaba usando algunas de las herramientas que tenía a su disposición como presidente para construir una mayoría conservadora en los Estados del Medio Oeste, donde la predominancia progresista era patente. Este conflicto dividió las fuerzas de los republicanos de tal manera que en 1910 los demócratas ganaron en el Congreso por primera vez desde 1893, y se pusieron las botas eligiendo gobernadores. A dos años de las elecciones, esto era un gran problema para un partido fuertemente dividido.

El principal líder de los progresistas era Robert M. La Follette, de Wisconsin. Este político hoy casi desconocido, con un apellido que pronunciado con la fonología española queda un poco jodidillo, había sido gobernador de su Estado para pasar en 1906 al Senado. Sin embargo, La Follette tardó en tener el apoyo de algunos progresistas, que tenían la esperanza de que el propio Roosevelt diese un paso adelante. El propio Teddy estaba enfadado con Taft, primero por el tema Ballinger, y segundo, y muy especialmente, porque él había llegado a un acuerdo en 1907 con la US Steel, y el gesto de Taft de permitir que fuese llevada a los tribunales se interpretó como que se había defecado y miccionado sobre tal compromiso.

El 31 de agosto de 1910 fue el día que TR eligió para dejar clara su posición, mediante un discurso pronunciado en Osawatomie, que es una ciudad que, como todo el mundo sabe, está en Kansas. A eso siguieron dos años de actuaciones por su cuenta mientras que La Follette intentaba aglutinar el liderazgo de los mismos republicanos progresistas. Para el de Wisconsin la cosa fue tan fuerte que acabó reventando en un mitin el 2 de febrero de 1912. Así las cosas, para junio del mismo año, cuando se celebró la convención republicana, ya casi no tenía partidarios. Taft ganó la nominación en la primera votación; lo cual, por cierto, provocó acusaciones de los partidarios de Roosevelt, en el sentido de que había habido pucherazo. Para entonces, estos partidarios eran conocidos como bull mooses, algo así como alces, porque TR, ante las dudas sobre su estado físico, había hecho una famosa declaración en la que había dicho que se sentía as fit as a bull moose (nosotros habríamos dicho "como un toro", expresión que nunca he entendido. ¿Acaso los toros y los alces no envejecen y enferman?)

Los partidarios de TR, descontentos con la convención y a causa de las sospechas de juego sucio, organizaron una convención para ellos mismos en Chicago. Se llamaron formalmente Partido Progresista. Su programa defendía el voto femenino, el seguro social, salario mínimo para las mujeres, regulación del trabajo infantil, así como diversas medidas económicas.

Por su parte, los demócratas necesitaban tiempo para solventar sus propias divisiones internas. Bryan, eso es cierto, arregló las cosas al anunciar que estaba hasta los huevos de perder y que no se iba a volver a presentar. La convención demócrata, que se reunió en junio de 1912 en Baltimore, se decantó por Champ Clark, Espíquer del Congreso. Pero Bryan, en mi opinión leyendo bien los tiempos, se dió cuenta de que Clark era demasiado conservador para unos tiempos en los que el electorado claramente pedía progresismo; así pues, decidió apoyar a Woodrow Wilson, que entonces era gobernador demócrata de Nueva Jersey. Un dato que hoy se olvida, pero que tiene su salsa, es que Wilson necesitó nada menos que 46 votaciones para ser nominado.

En el momento de ser nominado, Woodrow Wilson era un virginiano de 55 años cuya experiencia como gestor se centraba en haber sido presidente de la universidad de Princeton durante ocho años, entre 1902 y 1910. Su seriedad moral atrajo a los jerifaltes demócratas en 1910, cuando éstos estaban buscando un candidato presentable para la gobernación de New Jersey. Wilson aceptó ser su candidato pero, para su sorpresa, cuando llegó al cargo, en lugar de mostrarse como un dócil gobernador al servicio del partido, comenzó a hacer las cosas a su bola. De hecho, se convirtió en un reformador incansable, lo que le valió el apoyo de los progresistas que lo habían recibido más bien con mohínos gestos.

Cuando fuera nominado para las presidenciales de 1912, en principio tenía las cosas bastante de cara por las divisiones internas entre los republicanos. Sin embargo, la estrella de Taft pronto comenzó a debilitarse, con lo que todo quedó en un Wilson contra Roosevelt. Ambos eran reformistas, pero tenían una diferencia de matiz importante que fue, de hecho, el tema alrededor del cual giró la campaña. Se trata de la actitud ante los monopolios. Wilson era un partidario de la legislación que podemos llamar moderna, porque es la que hoy tenemos: quería regular la competencia para que los monopolios no existiesen. Roosevelt, sin embargo, consideraba que lo que había que regular era los monopolios, esto es, no tenía, por así decirlo, problema con que se formasen. De esta manera, el gobierno podría dejar intocados los monopolios buenos o positivos, en cuya existencia creía (no así Wilson, que los consideraba malos por definición).

En las elecciones, Taft ganó 8 míseros votos electorales, Roosevelt 88, y Wilson se llevó casi todas las manzanas del cesto: 435 votos electorales. Los demócratas ganaron también las cámaras. Esa inesperada ola demócrata (no se olvide que, entre las elecciones de 1880 y 1912, apenas había habido dos mandatos demócratas, los de Cleveland, y seis republicanos) permitió a Wilson anunciar una “nueva era de la democracia”. Esto de anunciar nuevas eras es bastante propio de quien gana unas elecciones en Estados Unidos si lo hace por un margen cómodo. Luego, como diría Rajoy, las cosas son así, o no.

En el caso de Wilson, sin embargo, hay cierta base para sostener tal cosa. Fue presidente durante dos mandatos, ocho años que sin duda se definen por la elevada densidad de reformas legales. A Woodrow Wilson se lo conoce fuera los EEUU básicamente por su papel en la Gran Guerra, pero internamente fue extraordinariamente activo. Para empezar, fue el primer presidente en mucho tiempo que se atrevió con uno de los temas esenciales de la política económica de su tiempo, como es el arancel. En 1913, Wilson convocó una sesión específica del Congreso sobe la materia. Llegó a la Casa de Representantes fuertemente apoyado desde el Senado, puesto que el grupo de senadores progresistas liderado por La Follette le había sostenido públicamente. De esta manera se pudo aprobar la tarifa Underwood, que contenía la primera bajada de aranceles desde la guerra civil. Para compensar la pérdida de ingresos de la bajada de aranceles, se impuso un impuesto especial del 1% para las rentas superiores a 4.000 dólares, acompañadas de recargos progresivos de 1 a 6 puntos para las rentas por encima de dicho umbral.

Lo siguiente que llegó fue otra demanda habitual de los reformistas: el sector financiero. En 1908 se había creado una comisión bajo la presidencia del senador Nelson W. Aldrich. Aldrich, un prominente republicano al que ya hemos visto participando en el diseño del arancel del Taft, estaba ya en los últimos estertores de su carrera (murió en 1915) pero era extremadamente influyente. Creía en la necesidad de fundar un gran banco central con sucursales que serían gestionadas por los grandes bancos. Los demócratas se habían mostrado en contra de esta propuesta en la campaña de 1912 pero, sin embargo, sí estuvieron de acuerdo con la Aldrich Commission en que el principal problema del sector financiero era la excesiva concentración de fondos en algunos puntos del mismo (lo que hoy denominamos riesgo sistémico); centros que, además, estaban, como Nueva York, muy lejos de donde se necesitaba el dinero, que era en las zonas rurales.

El 23 de diciembre de 1913 se aprobó la Federal Reserve Act, que reformó el sistema financiero, creando doce distritos bancarios, cada uno con una Reserva Federal. Los bancos federales eran propiedad de los bancos que participaban en el sistema de la Reserva Federal. Todos los bancos nacionales debían pertenecer al sistema, y los estatales podían si querían. En cada región, los bancos participantes debían aportar a la Reserva Federal el 6% de su capital. Se creaba una nueva moneda, las Federal Reserve Notes, que era repartida por la Reserva Federal entre sus bancos miembros y que éstos trasladaban a sus impositores. Todo este montaje fue puesto bajo el escrutinio de un Federal Reserve Board, formado por el secretario del Tesoro, el controlador de cuentas y seis personas nombradas por el presidente.

Esta reforma financiera se vio complementada por otra en mayo de 1916 con la aprobación de la Federal Farm Loan Act. Esta ley establecía un Federal Farm Loan Board y otros doce en los distritos bancarios. Asimismo, el texto autorizaba a los bancos a conceder créditos a cooperativas agrarias por valor del 70% de sus activos, con la garantía de dichos activos (para que luego digan que el leveraged buyout se inventó en el último cuarto del siglo XX...) Los préstamos debían ser a largo plazo, con un interés no superior al 6%, y los beneficios se deberían distribuir entre los cooperativistas. Esta ley permitió qu, en apenas 14 años se creasen más de 4.000 cooperativas agrarias, que adquirieron créditos hipotecarios por valor de más de 1.000 millones de dólares. Ese mismo año de 1916 todavía se aprobó otra ley destinada a los agricultores: la Warehouse Act, que autorizaba a los almacenistas certificados como tales a dar a los agricultores recibos contra los productos almacenados, de manera que los plantadores podían usar esos recibos como moneda, o como garantía de préstamos.

A estas reformas, ya de por sí de gran importancia, siguieron las medidas de libre competencia y contra los monopolios. En septiembre de 1914, el Congreso aprobó la Federal Trade Commission Act, que creó una nueva Comisión de Comercio con cinco miembros que reemplazó a un órgano creado por Roosevelt: el Bureau of Corporations. La FTC adquirió competencias para investigar a toda aquella corporación que realizase comercio interestatal, y a imponer a quienes apareciesen culpables de realizar prácticas anticompetitivas medidas bajo el principio cease or desist (aplícalo o atente a las consecuencias). En fallando este primer escalón que podríamos denominar de buen rollo, la FTC llegaría a la corporación a los tribunales. Durante el mandato de Wilson se produjeron 379 comunicaciones cease or desist, que llevaron a unas cuantas, pocas, disoluciones de cárteles. Hay que decir, en todo caso, que la prensa de la época refleja con claridad que todo esto, a los progresistas, les sabía a poco.

Wilson todavía aprobó una segunda ley anti-trust, en octubre de 1914. Se trata de la Clayton Act, que directamente prohibió una larga lista de prácticas comerciales que consideraba anticompetitivas: discriminaciones de precio, contratos excesivamente leoninos, adquisiciones excesivamente concentradoras, etc. La Clayton Act es una ley muy progresiva que, por ejemplo, prohíbe las relaciones mercantiles en las que se obliga a una de las partes a comprar determinados productos a un solo proveedor, cosa que era práctica común en el mundo en ese momento. Sin embargo, su eficiencia fue relativa, porque se aprobó ya con los tambores de guerra sonando. La Gran Guerra provocó un cambio importante en la situación, que hizo que la eficiencia de las leyes de competencia fuese mucho menor. Además, a lo largo de la década de los veinte ese poder en el que habitualmente no se piensa (el Judicial) anularía buena parte de las provisiones de este texto legal.

No paró aquí la incansable labor legislativa de la Administración Wilson. En 1915 vio la luz la La Follette Seaman's Act, que incrementó las exigencias de seguridad para los barcos estadounidenses y liberó a muchos marineros de contratos realmente abusivos. La Adamson Act de 1916 estableció la jornada de ocho horas para los sufridos trabajadores ferroviarios. La Keating-Owen Child Labor Act, 1917, prohibió el comercio interestatal de productos fabricados por niños (aunque fue declarada inconstitucional dos años después). Por último, la Smith-Hughes Act de 1917 creó subsidios para la educación agrícola.

En 1916, en la campaña electoral en la que se ganó la reelección, Wilson pudo, con todo el derecho, reclamar que sus promesas de New Freedom se habían cumplido. Como he dicho, este presidente había realizado en cuatro años una labor ingente en la que había acometido reformas legislativas en algunos de los elementos fundamentales del edificio constitucional americano, vigas que acusaban fatiga de material o, directamente, defectos de diseño. En estas circunstancias, era lógico que los votantes americanos esperasen de él una segunda parte del show en los siguientes cuatro años.

Unos diez años después del último día que Wilson hizo esas promesas electorales, sin embargo, buena parte del montaje reformista que él había aprobado se había derrumbado. Un proceso que, para su amargura, en realidad comenzó ya durante su mandato, a causa de ese gran hecho distorsionador del que todavía no hemos hablado y que se llama Gran Guerra o primera guerra mundial.


Es lo que nos toca de seguido.