lunes, noviembre 21, 2016

Trento (10)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

Bueno, una vez pergeñada esta introducción de varios capítulos para que os podáis imbuir del espíritu del siglo y del pedazo de follón que tenía montado Europa con la coña del luteranismo, ha llegado al momento de que nos metamos con lo que viene siendo el Concilio de Trento en sí. A ver si la descripción, que diría un taurino, nos sale importante.


La primera vez que en el seno de la Iglesia se pensó en convocar un concilio para resolver un problema grave fue, obviamente, el siglo XIV. Ese siglo en el que se produjo un grave cisma en la Iglesia que provocó que hubiese dos, y hasta tres, papas disputándose el solio pontificio con no muy buenas artes. En ese momento, fue la Universidad de París la que lanzó la idea de un concilio, nunca mejor dicho, conciliador. Fue un movimiento liderado por algunos de los mayores intelectuales de su época, tales como Jean Gerson, Pierre d'Ailly o Nicolás de Clemangis, que la verdad hoy son menos recordados que la delantera del Recreativo de Huelva del año 1953, pero en su momento fueron, nunca mejor dicho porque eran teólogos, la hostia. La idea de reformar la Iglesia desde un concilio prácticamente se ganó toda Francia y parte de Alemania.

A nosotros, que hemos vivido hace relativamente poco un concilio, el Vaticano II, que tuvo esa misión de reformar la Iglesia para adaptarla a los tiempos, nos parece la idea normal. Pero, la verdad, en los albores del Renacimiento no lo era ni de coña. Hasta entonces los concilios jamás habían tenido esa función. En aquel entonces todo el mundo, como ocurre hoy con algunos documentados y la inmensa mayoría de los indocumentados, hablaba ya de la necesidad de retrotraer a la Iglesia a los tiempos de los buenos primeros padres; esos tiempos en los que algunos quieren ver en la Iglesia una especie de comunismo amable, amigos para siempre means you'll always be my friend, que, en fin... Pero si una cosa es cierta y sabida de esos tiempos presuntamente cojonudos, es que durante los mismos la Iglesia ni celebró ni un sínodo. Luego, ya después de Constantino, los había habido, pero, ojo, no convocados por la Iglesia, sino por los emperadores. De hecho, algunos de los building blocks del catolicismo fueron construidos en reuniones convocadas, dirigidas y monitorizadas por ese Constantino que, en realidad, era un parvenu de la Fe: lo cierto es que la Iglesia no se construyó a sí misma, se la construyó su jefe de Policía. No ha de extrañar que digan que Dios se manifiesta por senderos inescrutables, porque sino sería un sinsentido todo.

Aquellos concilios no habían tenido, en modo alguno, la fuerza que requería uno dedicado a la reforma de la Iglesia. Nadie en ellos era infalible (bueno; lo eran los emperadores, pero por la fuerza de la espada). Algunos de sus participantes como Gregorio de Nazianzo, habían llegado incluso a condenar a los emperadores. Por lo demás, eran asambleas parciales, no universales. En el 381, en el Concilio de Constantinopla, sólo hubo un obispo de la Iglesia latina, y 140 griegos. En Nicea, la proporción fue de 3 contra 315. En Calcedonia, 3 contra 350. El Papa, habitualmente, era quien le daba al concilio la vitola de ecuménico, pero no en razón a que lo hubiese sido, sino en razón de que sus decretales le hiciesen pandán, o no. Con el tiempo, además, cualquiera que se compre un buen diccionario de decretales conciliares podrá comprobar que unos concilios comenzaron a desmentirse a otros; consecuencia lógica de que en ellos no se buscase la verdad teológica, sino la conveniencia papal. La cosa había sido tan burda y tan difícil que, en realidad, con la desaparición del poder imperial, la razón de ser de los concilios (presuntamente) ecuménicos había perdido toda razón. Entre los años 869 y 1123, de hecho, no se reunió ni uno, para ser después resucitados por los papas como una ayuda en sus peleas contra emperadores y reyes.

En la primera mitad del siglo XV, las cosas comenzaron a cambiar. A los papas, literalmente, se les subieron los cojoncillos a la epiglotis con la alianza entre la casa de Borgoña y el emperador Segismundo, que amenazaba con crear un fuerte poder en un área de Europa que los papas consideraban un poco suya (la donación de Constantino y todas esas polladas). Asimismo, los fracasos, en buena parte inesperados, en la lucha contra los husitas, fueron un poco como el Vietnam de Roma, es decir, esa guerra en la que, después de mucho tiempo pensando que eres Ironman y que no te va a ganar ni Dios, pues llegan unos matados y te frenan. Ése día, pues, que descubres que, lejos de ser el Vicario de Cristo, eres un Puto Pringao. Uno más.

En un furor concilatorio, la Iglesia reunió no uno, ni dos, sino tres concilios: Pisa, Constanza y Basilea. Que salieron como el orto. Pisa para lo único que sirvió fue para instituir un tercer papa. El segundo había cerrado la herida del cisma, pero había provocado la guerra con los husitas. En el tercero, un concilio veramente interesante, y esto lo digo para friquis de la movida, se hicieron intentos serios de recortar el poder absoluto del papado; pero, claro, sin resultado alguno. De aquellos tres conflictos salió un Papa convertido en el inquilino bajomedieval de la Casa Blanca, una iglesia donde todo estaba en venta, y una grey de Dios en su peor situación jamás conocida, pues difícilmente en otro momento fueron los frailes y los sacerdotes más puteros y más bebedores que entonces (actitud que sembró, entre otras cosas, el anticlericalismo español). La Iglesia católica se refocilaba en su propia coprolalia.

En ese momento surgió Martín Lutero como pudo surgir Kobe Bryant. Estoy con los marxistas, aunque sólo sea por una vez, en que no fue el hombre, sino la situación. Si no hubiese dado el paso adelante Lutero, lo habría dado mi tatarabuelo, o el tuyo, o el tuyo. Ahora bien, métete una idea en la cabeza, especialmente si eres de educación católica, no digamos ya si has pasado por el seminario: escribe cien veces en la pizarra, como Bart Simpson, Lutero no quería dejar de ser católico. La intención era reconstruir la Iglesia, no escindirla. Lutero, como todo sincero hombre de la Fe de aquel tiempo, estaba escandalizado por los cercanos antecedentes de escisión eclesial, y en modo alguno quería eso. Además, como otros muchos documentados como he dicho, estaba fascinado por la visión de una Iglesia primitiva que tal vez no conocía bien pero en todo caso imaginaba con presciencia; lo que quería era que Roma dejase de ser la Puta de Babilonia, para volver a ser esa jovencita callada de arreboladas mejillas que él pensaba que había sido alguna vez.

En 1524 la Dieta de Nuremberg, que fue una asamblea y no una recomendación de no comer carbohidratos, propuso que se solucionase la situación creada en la Cristiandad mediante un concilio. Sin embargo, se habló sólo de un sínodo nacional, germánico, dado que, entonces, el luteranismo se encontraba limitado al estrecho perímetro de Germania y partes de Suiza. Sin embargo Carlos V, emperador, que estaba obsesionado con mantener la unidad de la Iglesia, dijo que nones, que lo que había que hacer era un concilio general.

Ante esta propuesta, sin embargo, Roma se puso en modo pánico. En realidad, les entiendo. Ya hemos dicho que la inmensa mayoría de los concilios de la Historia de la Iglesia, hasta entonces, habían sido reuniones diseñadas para que el poder temporal mangonease al espiritual. Carlos V era un emperador potente, que sumaba posesiones innúmeras y un poder que nadie había exhibido en Europa en mucho tiempo. Era, literalmente, un nuevo César, y eso era, precisamente, lo que temían los purpurados y el de blanco. Cuando Carlos V decía convóquese un concilio ecuménico, lo que leía el Papa era aquí se va a hacer lo que a mí me salga de la vagina que no tengo.

Para ser concretos: ¿y si este nuevo concilio se defecaba y miccionaba sobre las decretales de Constanza y Basilea, y decretaba la independencia episcopal? Obviamente, ésta sería la petición fundamental que diversos territorios, sobre todo los centroeuropeos, tendrían para su emperador: en cada territorio, la correcta Fe sería aquélla que el obispo local defendiese. Era una forma de resolver el problema (una especie de Estado Federal, solo que de la Fe); y, contra lo que puedas pensar si todo lo que sabes de Carlos V es lo que te contó en el aula un maestro desmotivado, en realidad el Papa no tenía ninguna, repito, ninguna razón para pensar que Carlos no fuese a apoyar ese tipo de approach.

Y luego estaba el bisnes: en cuanto comenzaron a distribuirse las noticias que de podría convocarse un concilio, los precios de los empleos eclesiales se desplomaron. Aquí los temores del Papa eran mucho más ciertos. Resultaba prácticamente imposible que si Carlos V tomaba el gobernalle de la reforma de la Iglesia, aceptase mantener el escandaloso estado de cosas en que estaba ésta a la hora de vender protonotariados, obispados, cardenalatos y toda la pesca. Porque Carlos V, esto es un hecho, nunca se apartó de la obediencia católica; pero, con las mismas, siempre fue un partidario de la reforma de la estructura y disciplina eclesial. En buena parte, él quería hacer como dicen que hizo Jesús con las tienducas colocadas en la explanada del templo (leyenda evangélica que nos demuestra que el problema es mucho más antiguo que el Papado renacentista; entre otras cosas, tal vez lo sufría ya esa primera iglesia tan cojonuda).

Clemente VII, Papa del momento, se puso pues a pensar en cómo narices sería capaz de hacer zozobrar el proyecto carlino. Y es por eso que comenzó a virar hacia el principal rival del emperador, que no era otro que Francisco I de Francia. Sin embargo, como sabemos, Paco y el Papa fueron derrotados por Carlos, quien, para dejar las cosas claras, cogió la Caterpillar y se montó el saco de Roma para enseñarle al señor cura quién mandaba; literalmente, cuál de los dos repartía las hostias.

Tanto en el tratado firmado en 1527 como en la conocida entrevista de Bolonia en 1530 entre un emperador rutilante y un Papa reducido a piltrafilla, se acordó la idea de la celebración de un concilio. Carlos tenía un plan. Quería convertirse en el jefe político de toda Europa; pero ese plan pasaba por reformar profundamente la Iglesia, cambiar las escandalosas costumbres del clero de base, y crear una estructura bastante federal (independencia obispal), porque la consideraba más fácil de manejar desde el Imperio. Cuando se celebró la famosa dieta de Ausburgo, en la que los protestantes hicieron profesión de fe, al Papa ya no le quedaron argumentos para oponerse a un concilio que no quería. Carlos, de seguido, conminó a los reformados a aceptar las decisiones de dicho concilio.


La idea ya estaba lanzada.