jueves, octubre 13, 2016

Trento (6)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia.

Luego hemos entrado a ver el grave problema que supuso la penetración de la Reforma en Italia.

Todos aquellos esfuerzos papales, como decíamos, acabaron en el cesto de los papeles y, de hecho, no pocos de quienes fueron fichados entonces por el Vaticano acabaron malamente. En realidad, Roma haría, ante la seria amenaza protestante en Italia, aquello que se le daba mejor hacer que, sin duda, era ponerse de canto y comenzar a repartir hostias, y no precisamente en su sentido litúrgico.


Con fecha 14 de enero de 1542, una orden del propio Papa establece que todos los eclesiásticos y, en general, aquellas personas que hasta aquel momento estaban más allá de la jurisdicción de la Inquisición pasaran a estar dentro de la misma. Con ello, el Vaticano pretendía darle un espaldarazo a una institución que estaba muy de capa caída.

La Inquisición italiana había sido creada en el siglo XII y encomendada en el siglo siguiente a los dominicos; pero en el siglo XV había experimentado un gravísimo deterioro que la había llevado prácticamente al olvido. Como es bien sabido, en España vivía una nueva pujanza, pero sólo porque en 1477 había sido rescatada por los Reyes Católicos, quienes además la mantuvieron estrechamente ligada a su propio poder. En Italia, sin embargo, la Inquisición episcopal era mucho más débil, incapaz, en realidad, de luchar contra el protestantismo. No tenía dirección central alguna, puesto que era raro que los sumos pontífices siquiera designasen un inquisidor general. Los propios servicios inquisitoriales no estaban organizados ni dotados de forma permanente. Además, como ya hemos insinuado, tanto los obispos como los oficiales de la Curia estaban exentos de su jurisdicción.

Esta situación tan poco venturosa encontró un decidido paladín en el obispo Caraffa, titular de la diócesis de Chieti y fundador de los teatinos, quien ya se ha paseado por estas notas y de hecho ha de regresar. Caraffa fue llamado por el Papa Pablo a Roma en 1536 y nombrado cardenal. Inmediatamente que se estableció en la Curia comenzó a trabajar para su objetivo de conseguir convertir a la Inquisición en una institución poderosa y capaz de llegar a cualquier rincón de Italia. Conocía bien el funcionamiento de la Inquisición española, y ambicionaba importarlo a su país. Una Inquisición que fuese competente frente a cualquier persona, no importase su rango ni nivel, y que sólo dependiese de las órdenes del propio Papa. Pronto encontró un radical partidario en el obispo de Burgos, el dominicano español Juan de Toledo.

Pablo III fue rápidamente convencido por Caraffa pero, sin embargo,sus ideas y planes se encontraron pronto con la oposición de la mayoría del colegio cardenalicio. La mayoría de los hombres del gobierno de la Iglesia, todavía, mantenían una posición pragmática y creían en la posible reconciliación entre católicos y protestantes mediante la celebración de un concilio. Caraffa, sin embargo, representaba la posición anti-concilio, porque no quería realizar concesión alguna a los reformados. Inteligente y maniobrero, sin embargo, fingió ceder y propuso a los cardenales comenzar los preparativos de ese concilio; pero, al tiempo, sugirió la posibilidad de usar la Inquisición contra los casos más flagrantes de herejía. A pesar de estas actuaciones ladinas, sus intenciones quedaron bastante evidentes frente a lo que normalmente se conoce como “el partido de la paz”. Muchos de los prelados pertenecientes a esta tendencia se retiraron a Viterbo y se reunieron allí, alrededor del cardenal Pole, su jefe oficioso. Caraffa nunca le perdonó al inglés aquel gesto.

Sin embargo, Caraffa tenía algún que otro triunfo muy cercano. El 21 de julio de 1542 se publica la bula papal Licet ab initio, que re-crea la Inquisición italiana. Se establecía una comisión suprema del Santo Oficio, compuesta de seis cardenales y presidida por Caraffa, quien pasaba a ser considerado gran inquisidor. En la comisión se colocaron varios cardenales dominicos, entre ellos Juan de Toledo, así como el cardenal Guidiccioni, el gran enemigo de la Compañía de Jesús. Todas estas personas tenían potestad ilimitada para investigar los crímenes contra la religión, mediando si era necesario tanto la tortura como la confiscación de bienes. La Inquisición quedaba por encima de cualquier actuación de los ordinarios diocesanos. Establecería tribunales inquisitoriales menores, ante los cuales sería la única cámara de apelación. Se establecía en Italia, pero con vocación universal; de hecho, el rey de Portugal declaró su competencia dentro de los términos de su reino.

Caraffa instruyó especialmente a los sacerdotes que trabajaban con él para que no se amedrentasen ante los grandes; lejos de ello, consideraba, y así lo transmitió, que era obligación de la Inquisición hacer valer su fuerza y sus potestades para arrancar la herejía en los estadios superiores de la pirámide del poder italiano.

Y como lo dijo, lo cumplió. Al poco de publicarse la bula, la Inquisición se fue a por el obispo de Bérgamo, Víctor Soranzo, de los Soranzo de toda la vida de Venecia; una familia importantísima de la ciudad de los canales. Lo encarcelaron en el castillo de Sant Angelo y lo dejaron sin sede episcopal. A continuación, se fue a por un famoso predicador, Bernardino Ochino, vicario general de los capuchinos. El Papa, y sobre todo su nieto el cardenal Alejandro Farnesio, colaboraron en la movida. Alex le escribió a Nardo a Verona invitándolo a visitar Roma “por temas importantes”. Para entonces Ochino ya sabía que se habían hecho llegar a la capital diversas pruebas o testimonios contra él, así pues pasó de ir. Entonces el Papa le envió una orden perentoria, y Ochino obedeció, sólo que haciendo el viaje con toda la lentitud de que fue capaz. A mitad de camino recibió un mensaje en el que se le informaba de que, a su llegada a Roma, a menos que abjurase de todas sus creencias heréticas, peligraban su integridad personal y su libertad. En Florencia, pues, decidió huir de Italia. Ascanio Colonnna le dio un caballo y un criado, y Renata de Ferrara le dio toda clase de vestidos y aperos para el viaje. Ochino huyó a Ginebra.

Otro capuchino, también famoso predicador, Jerónimo de Melfi, tuvo que seguirle a Suiza. Pero estas dos huidas se vieron seguidas de una actuación inmediata entre los capuchinos, con docenas de detenciones que, de hecho, dejaron a la orden temblando.

Por supuesto, Pedro Mártir Vermigli, de quien ya hemos hablado, fue llamado ante la Inquisición, y también decidió huir.

Con otros tuvo el Santo Oficio algo más de suerte. A Celio Curione, uno de los primeros propagandistas del protestantismo en Italia, lo encontraron unos esbirros de la Inquisición por la calle y lo rodearon. Curione, sin embargo, era un armario ropero de tres lunas, y además sacó su faca, con lo que los guardias decidieron dejarlo en paz. También logró huir a Suiza.

Exactamente igual que en España, la Inquisición italiana se dedicó, en cada rincón de Italia, a explotar las rencillas tradicionales entre montescos y capuletos, enfrentando a unos con otros y sacando de provecho de todo ello jugosas acusaciones. El primer lugar donde tuvo real éxito fue Lucca. El Senado local, inicialmente, quiso plantar cara a las ambiciones represoras del tribunal, pero estaba en una situación muy delicada, conocedora de las ambiciones de Cosme de Medicis de incluir la ciudad en su propio ducado, por lo que tampoco podía alimentar enfrentamientos con la Iglesia. Luis Balbani, agente luqués ante la Corte de Bruselas y muy amigo de Antonio Perrenot de Granvela, secretario del emperador, había podido espiar un día una conversación entre Carlos I, el nuncio apostólico y un enviado del propio Cosme, en la que se había estado hablando de despojar a Lucca de sus libertades y autonomía si continuaba dando cobijo a la herejía. Así las cosas, el gobierno de la ciudad comenzó a publicar edictos contra la enunciación de opiniones heréticas. En 1545 establecieron un Oficio propio.

El hereje de Lucca más célebre era Francesco Burlamacchi. Burlamacchi había llegado a la herejía católica por el mismo camino por el que habían llegado la mayoría, esto es por la escandalizada crítica de los excesivos lujos de la institución. Abogaba por el regreso de la Iglesia a su pobreza original mediante un concilio, así como la expulsión del Papa de territorio italiano. Esto último tiene que ver con el hecho de que Burlamacchi, además de un predicador religioso, también tenía ideas de orden políticas, centradas en la radical demanda de autonomía para la Toscana, región que, decía, debía establecer una liga republicana una vez que el poder de Roma sobre Pisa y la propia Florencia hubiese desaparecido.

A Caraffa no le bastaba que a un tipo así lo persiguiese el Oficio luqués. Por eso, cada cuando le exigía al Senado local que recibiese en su seno a un inquisidor enviado desde Roma. La ciudad se libró gracias que su obispo local era el cardenal Guidiccioni, un hombre muy influyente en la colina vaticana.

Otro lugar fuertemente penetrado de protestantismo, pero en el que la Inquisición lo tenía complicado, era Nápoles. La ciudad y su región eran posesiones españolas, y eso hacía difícil que aceptase a los agentes de Caraffa. Sin embargo, evidentemente la corona española se desempeñó con mucha fuerza contra la herejía. Carlos ordenó a su virrey, Pedro de Toledo, hermano del obispo burgalés que ya había sintonizado con Caraffa, de luchar sin cuartel contra los herejes. Bajo estas actuaciones, todas las academias de la ciudad fueron cerradas, y toneladas de libros prohibidos ardieron en las plazas. En 1546, el año que Carlos albergó las esperanzas de destrozar a los protestantes en la guerra de Schmalkalde, el emperador introdujo la inquisición española en Nápoles. Caraffa acumulaba para entonces entre sus cargos el de arzobispo de Nápoles, y no parece probable que fuese ajeno a esta decisión. Los napolitanos, sin embargo, no se conformaron así como así. Para ellos, una decisión como ésta era atentatoria contra sus libertades. El pueblo de Nápoles, buena parte de su nobleza y los burgueses ricos participaron en una revolución, con barricadas en las calles y todo eso. El virrey obtuvo algunas primeras victorias, tras las cuales, inocentemente, creyó la batalla ganada; como bien saben los aficionados al fútbol, contra italianos hay que estar pendiente hasta que terminan los minutos del descuento. Antes de que pudiera celebrar sus victorias, un autonombrado gobierno de los nobles y los comunes tomó el control de la ciudad. El emperador Carlos, en un gesto del que podría haber aprendido su hijo en los Países Bajos muy pocos años después, decidió ceder, y renunció formalmente al establecimiento de la Inquisición en Nápoles; si bien decapitó a los cabecillas de la rebelión y le impuso a la ciudad una multa de 100.000 ecus de oro.

Esta decisión, sin embargo, lo que hizo fue dejar espacio para el establecimiento de una Inquisición episcopal, que se desempeñó con una notable crueldad.

Un terreno en el que la Inquisición italiana dejó una impronta muy importante, y no precisamente buena, fue en la cultura. En 1543, Caraffa, en su condición de gran inquisidor, había publicado un edicto según el cual se establecía la pena de excomunión, de multa de 1.000 ducados, de confiscación de todos los libros más cualesquiera otras penas quisiesen imponer los inquisidores, para aquel librero italiano que vendiese cualquier libro sospechoso de herejía y, en general, todo libro anónimo no expresamente aprobado por la Inquisición. Un decreto de estas características, que ni siquiera establecía un Índice de libros prohibidos, fue ponzoñoso para la cultura italiana durante décadas.

Con todo, durante el pontificado de Pablo III, no se puede decir que Caraffa pudiese llevar a cabo sus planes. Sin embargo, aquellos años sí que le sirvieron para encontrar a un nota más radical, más exaltado y más cruel que él mismo, lo cual hay que reconocer que no era fácil: el padre dominico Miguel Ghislieri. Juntos, Caraffa y Ghislieri, conseguirían abducir la voluntad del siguiente Papa, Julio III.