domingo, octubre 16, 2016

Bogomilos

De alguna manera, o de muchas, estas notas has de contemplarlas en relación con algo que ya hemos escritoaquí sobre los paulicianos.

Si en el Alta Edad Media europea había un lugar que estaba fértil para la crianza de las herejías y, muy notablemente, del maniqueísmo, ése lugar era la península de los Balcanes. Aquellos territorios que, no hacía mucho, habían provisto al Imperio Romano de sus mejores soldados, había visto cómo su estrella declinaba con la derrota de Adrianópolis. Los Balcanes fueron sucesivamente invadidos por los godos, los hunos y los avaros, todos ellos con bastante malas intenciones respecto de la población local, que por ello abandonó su incipiente existencia urbana y prefirió irse a vivir al culo del mundo, en la altura de las muchas montañas de la zona. Allí, sobre todo en los Cárpatos, el balcánico de toda la vida habría de resurgir con nombres como valaquio o rumano. Pero, sobre todo, los amplios espacios que dejaron libres en la región estos balcánicos de origen fueron ocupados por los eslavos.


Las invasiones eslavas de los Balcanes comenzaron en las postrimerías del siglo VI. Pero no fueron unas invasiones como las romanas o árabes, porque los pueblos eslavos eran esencialmente tribales y, por lo tanto, carecían de la cohesión para formar naciones. Esta capacidad de organizarse y cohesionarse, sin embargo, sí la tenían los búlgaros, vecinos de la zona, que rápidamente se expandieron por ella. En el año 679, un contingente muy importante de búlgaros cruzó el Danubio y creó una nación en las costas del Mar Negro, rechazando a todo ejército imperial que intentó desalojarlos. Conforme fueron extendiendo su territorio, se fueron encontrando, y sometiendo, a eslavos. Así, en los Balcanes se creó un sistema político dominado por una estrecha clase noble búlgara, que rendía obediencia a su Gran Khan, residente en Pliska, más allá del Danubio.

Constantino V se fue a por el reino búlgaro de los Balcanes en el siglo VIII, causándole tales desgracias que aquella nación estuvo a punto de desaparecer. Sin embargo, los búlgaros balcánicos supieron federarse con sus hermanos del otro lado del Danubio, lo que les dio fuerza suficiente como para renacer. El khan Kroum inauguró una nueva dinastía, cuyos ejércitos llegarían ad portas de Constantinopla. Así las cosas, a mediados del siglo IX las posesiones búlgaras se extendían desde Carintia hasta el Mar Negro, desde la raya de Polonia hasta las colinas que miraban al mar Egeo. Por el camino, aquella nación se había eslavizado (los nobles llevaban nobles eslavos, habiendo desaparecido los suyos búlgaros originales). Sin embargo, la fusión búlgaro-eslava se había producido más al este de aquel pequeño imperio, puesto que en los Balcanes occidentales los eslavos mantenían una sensación de ser dominados por una elite extraña. Esto provocó que los eslavos locales, serbios y croatas, albergaran la idea de constituirse en naciones propias.

Ante la pujanza del pequeño imperio eslavo, otras naciones buscaron relacionarse con ella, cuando no convertirse en tributarios. Esto le ocurrió a los armenios, por ejemplo. La intensa relación entre eslavos y armenios tuvo como consecuencia el contacto de aquéllos con el paulicianismo que era incipiente entre éstos.

Por aquel entonces, siglo IX, el khan búlgaro Boris decidió convertirse al cristianismo para ingresar a su nación en el entorno geopolítico europeo, donde era un gran error permanecer en el paganismo. Nada más producirse esa decisión, como consecuencia lógica, los Balcanes se vieron invadidos por un ejército de misioneros, pues detrás del rey ha de ir su pueblo. Esta evangelización de un territorio tan amplio e importante abre una competición entre el patriarca de Constantinopla y el Papa de Roma por ver quién dirigiría toda esa movida; pelea que ganó el primero de ellos. Los constantinopolitanos, claramente buscando que la evangelización no dé problemas, acuerdan que los búlgaros podrán usar la denominada liturgia eslava, preparada por los moravos Cirilo y Metodio, y que había sido rechazada en la propia Moravia cuando en este reino ganaron las fuerzas políticas de inspiración germánica.

En el año 867, el Papa Nicolás I le escribía a Boris de Bulgaria una agria carta en la que le reprochaba que en los terrenos de su reino había misioneros armenios y griegos. La cosa tenía que ver con la intención de los paulicianos, que en Roma conocían bien, de expandirse por los Balcanes. Sin embargo, el paulicianismo, por esta o por otra razón, no llegó a nada en la zona, y el primer obispo eslavo de la iglesia búlgara, Clemente, pudo morir con la tranquilidad de que apenas había trazos de paulicianismo en su rebaño.

Sin embargo, a lo largo de aquel siglo noveno y el décimo, las cosas fueron cambiando y, como casi siempre, no fue tanto mérito de los maniqueos como error de la Iglesia oficial, que se fue mostrando cada vez más proclive a la pompa y el lujo y, sobre todo, como instrumento político estrechamente ligado a la figura de los grandes zares (Simeón, hijo de Boris, y su hijo Pedro). La nobleza no se mostraba muy cohesionada, pues se dividía en los viejos combatientes búlgaros y la nobleza cortesana de nuevo cuño, residente en la capital y cada vez más parecida a los ampulosos nobles bizantinos. “La gente”, en cambio, no tenía simpatía por ninguno de esos elementos de poder, y por eso estaba en buena situación de escuchar las palabras de aquellos tipos tan, diríamos, democráticos, que llegaban de Armenia.

Un sacerdote local, el padre Cosmas, nos informa de la existencia, en los tiempos del zar Pedro, de un monje llamado Bogomil, curioso nombre que lo mismo quiere decir amado que odiado por Dios. Es prácticamente todo lo que sabemos de este hombre quien, sin embargo, crearía una de las iglesias consideradas hoy heréticas más importantes de Europa.

Fuese cual fuese la personalidad y vida de Bogomil, lo cierto es que alrededor del año 950 su creencia estaba en plena ebullición y expansión. De esta época datan dos cartas del zar búlgaro Pedro al patriarca Teofilacto de Constantinopla, quien asimismo era tío de la zarina María Irene, informándole de la existencia en su reino de una amplia secta herética anticlerical. Teofilacto, nos dicen las crónicas, era un patriarca mucho más interesado en las carreras de caballos que en las sutilezas religiosas; aun así, analizó el tema y concluyó que eran paulicianos. Más tranquilo, o tal vez pasota, le envió al zar un catecismo, afirmando que si se le explicaba a los paulicianos, éstos abandonarían su herejía. El mismo año en que el patriarca escribió esta carta (954) se arreó una hostia del cuarenta y dos cayéndose del caballo, que lo dejó totalmente inútil (murió dos años después).

La base de la Bogomilstvo, esto es la creencia bogomila, era la reacción de los paisanos eslavos al poder de sus señores, bien búlgaros, bien helenizados. Esta reacción, que ya era de por sí fuerte, se vió intensificada por la decisión del emperador Juan Tzimiscès de reasentar a miles de paulicianos alrededor de Filipópolis, esto es en plenos Balcanes. Aquí se juntó, literalmente, el hambre con las ganas de comer.

Durante la época del zar Samuel, cuando Bulgaria jugó a ser independiente de Constantinopla, la cosa no fue bien para la expansión de los herejes. Pero cuando, con posterioridad, Bulgaria se convirtió en una provinia bizantina, ya la cosa cambió, puesto que todo en los Balcanes fue puesto bajo el poder de la casta noble helenizada. En ese momento, el bogomilismo se escindió en dos: una iglesia que conocemos como búlgara, y otra, la iglesia dragovitsiana, que toma su nombre de la ciudad de Dragovitsia, en las fronteras de Tracia y Macedonia. Sin embargo, no parece que ambos bogomilismos se peleasen. Ambos, en cualquier caso, se aprovecharán de un sistema de poder en los Balcanes basado en una elite helenizada totalmente ajena al sentir de lo que hoy denominaríamos clases bajas.

A lo largo del siglo XI, el bogomilismo se convierte en una creencia altamente prosélita, que busca convertir a las gentes. A finales del siglo XI ya se los encuentra sólidamente establecidos en Macedonia, lo cual quiere decir que han alcanzado la plena vecindad con los paulicianos. Una secta bogomila, los fundaístas (la transliteración es mía; no he encontrado ninguna fuente española que traduzca la denominación en francés Phoundaïstes) se establece en Asia Menor. El bogomilismo, para entonces, ha superado las fronteras serbias, alcanzando a Bosnia, Croacia y Dalmacia, progresando en dirección a Constantinopla. La capital del Imperio Bizantino, por su parte, se encontraba en una situación de intenso crecimiento de diferentes creencias religiosas diferentes. Líderes religiosos como Juan Italos, Nilos o el monje Teodoro Blachernitès están precisamente en esos tiempos predicando cosas como la metepsicosis o diferentes formas de monofisismo. Sobre todos ellos, quien más acólitos consigue es un asceta de ascendencia búlgara llamado Basilio, monje macedonio que había abandonado la disciplina monacal tras su contacto con el bogomilismo, y que viajó a Constantinopla para predicarlo. Funda una iglesia bogomila que pronto encontrará apoyos entre las grandes clases nobles.

Alexis I, el emperador bizantino que tanto luchó contra el paulicianismo, poco hizo, sin embargo, contra el bogomilismo en Bulgaria, probablemente por carecer de medios para ello; pero, sin duda, decidió que la iglesia bogomila constantinopolitana debía desaparecer. Cuando supo del liderazgo de Basilio, lo llamó a palacio, donde lo colmó de regalos y atenciones y le invitó a comer con él, pretextando que quería convertirse. Basilio hizo una larga exposición de sus teorías, de las que tomó nota un secretario. Cuando terminó, el emperador hizo correr una sólida cortina tras la cual se encontraban todos los grandes del Imperio, ante los cuales el secretario leyó todo lo que Basilio había dicho, aunque esta vez como acusación. A pesar de esta presión, Basilio se negó a apostatar de sus creencias, por lo que fue encarcelado. A causa de su terquedad, fue quemado. Tras su muerte, sus acólitos fueron reunidos y, ante ellos, el emperador hizo levantar dos piras: una con la cruz y otra sin ella. Aquellos que escogieron ser quemados en la pira con la cruz fueron perdonados.

Las ejecuciones de Alexis apenas alejaron la herejía de Constantinopla por unos años. Poco después de la llegada al trono del basileus de Manuel I, volvieron los problemas. En agosto de 1143 se celebró un sínodo en la capital que denunció a dos falsos obispos: Clemente de Sosandra y Leoncio de Balbissa, a los que se acusó de bogomilismo. En octubre, un segundo sínodo condenó por bogomilismo a un monje llamado Nifón, probablemente para entonces el jefe de los heréticos de la capital, y lo encerró en el monasterio de Peribleptos. Sin embargo, al año siguiente vemos que otro sínodo, de nuevo, convoca a Nifón, que por lo que se ve desde el monasterio había seguido enviando correos electrónicos; le prescribieron un apresamiento todavía más estrecho. Sin embargo, buen piquito debía de tener Nifón, puesto que se ganó nada menos que al patriarca constantinopolitano, Cosmas Ático, quien no sólo aboga por relajar su prisión sino que lo invita al palacio patriarcal. En febrero de 1147, un acojonado emperador convoca personalmente un sínodo que hace detener a Nifón y depone a Cosmas.

Todos estos sínodos no estaban intentando sino ponerle puertas al campo. En realidad, el bogomilismo de Constantinopla era tan intenso que incluso comenzó a extenderse hacia occidente. En 1167, los bogomilos del Midi francés celebraron un sínodo propio en Saint-Felix-de-Caraman, por donde se pasea un tal Nicetas, autotitulado patriarca de los bogomilos constantinopolitanos. El bogomilismo francés era radicalmente dualista, hasta el punto de que fueron conocidos como poplicani, palabra que deriva de la forma griega de referirse a los paulicianos.

Con la segunda formación de la iglesia bogomila en Constantinopla por Nifón, se puede decir que sus doctrinas y creencias se posaron y formaron. De raíz estrictamente dualista, los bogomilos de la mitad de la Edad Media creían que el mundo había sido creado por el Diablo, lo cual, lógicamente, les llevaba a rechazar el Génesis como un cuento y, de paso, casi todo el Antiguo Testamento. Su creencia, asimismo, les llevaba a entender el Nuevo Testamento como un relato alegórico, puesto que los milagros de Jesús no podían ser verdad: eso significaría que Dios habría tocado la materia del Diablo (curiosamente esta interpretación, la de que el NT es sólo un relato simbólico y que lo que importa es su mensaje, es el aceptado también por el último concilio Vaticano...).

La Virgen María no era objeto de culto alguno entre los dualistas bogomilos, como ocurre con casi cualquier otro maniqueo. Se rechazaban todos los sacramentos por inútiles. Se rechazaba la iconofilia, así como las fiestas religiosas. La cruz, predicaba Nifón, debía ser detestada y no adorada; no sólo era un objeto material (creado, pues, el Diablo) sino el instrumento usado para matar a Jesús (una lógica, todo hay que decirlo, de cajón de madera de pino). Se rechazaba toda la liturgia sacerdotal, así como las ostentosas vestimentas de los curas. Tan sólo conservaban la oración dominical, cuatro veces en el día y cuatro por la noche. El Padre Nuestro era, de hecho, la única oración que admitían.

Llevando su maniqueísmo al extremo, los bogomilos rechazaban toda relación con el mundo creado por el Diablo. Así las cosas, no bebían vino ni comían jamás carne. No se casaban y, si bien disponían de la práctica de la confesión y el perdón de los pecados, se lo administraban los unos a los otros. Asimismo, eran muy amigos de la resistencia pasiva, en plan Gandhi, lo que escandalizaba a muchos religiosos ortodoxos, que los acusaban de enseñar a los pobres a resistirse frente a los ricos.

Y aquí lo hemos de dejar, hasta que lleguemos, alguna vez, a hablar de los patarinos y, si hay tiempo, hasta de los cátaros. Todos ellos, hojas de la misma rama.