lunes, octubre 10, 2016

Ego cum isto boneto

Este post se lo dedico al doctor,
a la persona,
que un día pronunció delante de mí
las dos palabras malditas:

"Es maligno".




De la Humanidad hay cosas que están claras, y otras que no tanto. Pero una está fuera de toda discusión: alberga, con seguridad, más tontos que rodamientos. En la nómina del género humano pace una cantidad inacabable de mistabobos, tontos de la mata de habas, creyentes disparatados y gentes de otros variados pelajes, que creen, simple y llanamente, no lo que ven ni lo que pueden adverar, sino lo que quieren creer. De esta audiencia tan nutrida han vivido siempre los charlatanes, mejor o peor intencionados. En el fondo, este post, sin hablar de esta gente, la hace protagonista.



El siglo XIX fue un siglo de progreso y avance para muchas cosas y también para la medicina; pero hay que reconocer que esta disciplina todavía en aquel siglo dijo muchas tonterías. Además, alguna de las tonterías que entonces se dijeron siguen hoy en día muy vigentes, lo cual es una demostración palpable de que el ser humano es más imbécil de lo que pretende. En estas notas me gustaría repasar con vosotros algunas de estas tribulaciones, a ratos científicas, a ratos no tanto.

Buena parte del siglo XIX se consumió, en lo que a los médicos se refiere, en la discusión entre brownianos y brousaistas. La primera de estas teorías tomaba su identificación del médico escocés John Brown, y la segunda del francés François Joseph Victor Broussais. Los primeros creían en la existencia en el cuerpo de una serie de agentes enervantes que eran los que lo sostenían sano; la ausencia de los cuales provocaba la enfermedad. Por su parte, los brousaístas consideraban que la enfermedad era fruto de un exceso de irritabilidad. Sin embargo, por muchos médicos que creyesen en una u otra teoría, un ser minúsculo vino a arruinarles sus teorías: la bacteria. Entre 1807 y 1840 se conocieron las primeras de ellas. El conocimiento de que había por ahí un bichito dando por saco sirvió, sobre todo, para que la medicina acabase por aceptar que el microscopio era un instrumento muy válido para ella; que no creáis, no fue una idea tan fácil de extender. Casi en la mitad de siglo, todavía médicos como Giacomo Andrea Giacomini (que hay que reconocer que entonces era un provecto físico a punto de palmarla) sostenía que por los vasos sanguíneos no circulaban glóbulos ni leches; que éstos sólo existían "en la imaginación de los microscopistas".

La verdad científica fue imponiéndose poco a poco. Pero tuvo importantes problemas, algunos de los cuales, y es por eso que me animo a escribiros estas notas, allí siguen. Por ejemplo, la polémica entre partidarios y detractores de las vacunas.

Como es bien sabido, Edward Jenner desarrolló a finales del siglo XVIII la primera vacuna de la Historia, inyectando linfa procedente de la viruela de las vacas. En realidad, Jenner estaba tan acojonado de lo que estaba haciendo que publicó los resultados de sus experimentos en una edición que pagó él mismo; no quiso buscar editor para evitar el escándalo y la ignominia. Y no se equivocaba. La práctica pronto se encontró con la oposición de la Iglesia, según la cual la inoculación de enfermedades era contraria a la ley de Dios. Más allá del argumento teológico, muchos opinaban que, al inyectarse cosas que venían de una vaca, lo que se hacía era meter en el cuerpo humano enfermedades de bestias, o a las propias bestias. Una de las cosas que demuestra la lectura de The golden bough, la obra de James George Frazer, es que el hombre lleva miles de años creyendo en ideas simpáticas, según las cuales comerte el corazón de un hombre bravo te hace a ti bravo, o que lavando la hoja del cuchillo que te han clavado te curas la herida. En el fondo, el argumento antivacuna no era sino una creencia simpática más.

Éste fue, sin ir más lejos, el principal obstáculo que se encontró el probable introductor de las vacunas en España, el catalán Françesc Piguillem i Verdacer. El doctor Piguillem tiene una calle en su Puigcerdà natal, y bien que la merece. Realizó su labor en un ambiente en el que incluso se publicaban grabados de personas convertidas en seres medio humanos medio bestias tras la inoculación de la vacuna. En sus cartas, Piguillem se cachondea elegantemente de estas teorías, recordando que en su tiempo era costumbre que muchas personas que tenían problemas en la piel tomaran caldo de víboras, "pero no sienten la menor impresión del veneno activo que contienen las serpientes".

Las cosas se fueron imponiendo. En 1803, en el buque María Pita, salió, cómo no, del puerto de La Coruña una expedición ordenada por el rey Carlos IV para extender el uso de vacunas en América. Fue director de esta expedición el doctor alicantino Francisco Javier de Balmis y Berenguer; motivo por el cual esta expedición a menudo se conoce como Expedición Balmis y el buen doctor, en su día, fue apelado El Magallanes de la vacuna.

Otro enfrentamiento cainita, que en buena parte continúa aunque los protagonistas a menudo no lo quieran reconocer, es el que oponía a médicos y cirujanos. La prolija prensa médica de la época está trufada de ataques cruzados, sobre todo desde los cirujanos hacia los médicos, por considerarlos básicamente unos gañanes.

La argumentación de los cirujanos está basada, casi siempre, en recordarle a los médicos su pasado, en el que creían en curaciones milagrosas. Un periódico de la época le reprocha a los médicos que no mucho tiempo antes "no encontraban mejor remedio para curar una arista implantada en la garganta de un sujeto que suplicar por San Blas que saliese o que bajase"; para después "echaros en brazos de la escolástica, recetando una u otra sustancia según las conclusiones de intrincada dialéctica". Los cirujanos acusan a los médicos de permanecer "embreñados [hermoso participio] en el matorral de las disquisiciones metafísicas", de "no dar medicación a un enfermo mientras el cielo no le fuese favorable", de administrar pulmonaria a las víctimas de la neumonía, y limón a los enfermos del corazón; de practicar sangrías "incluso a enfermos de cólera".  Más, y peor: "No hay en el edificio [de las convicciones de los médicos] sólido alguno, no hay sino piedras aisladas que el tiempo roe con afán. ¿Qué habéis hecho de vuestra ciencia sacrosanta? Vuestra terapéutica es la indecisión perpetua, es el desbarajuste, la confusión, la anarquía, el caos. Frente a frente estábamos antes y sin cesar nos desagradabais. Frente a frente continuamos hoy, más de reyes habéis pasado a vasallos. Ni vasallos sois; sólo sois idiotas."

El centro de la crítica contra los médicos era la sangría. Verdad es que los facultativos de aquella época la utilizaban en toda situación, lo cual generaba enormes críticas y, de hecho, fraguó una moda que a día de hoy no nos ha dejado: la homeopatía. La culpa, en buena parte, fue de Broussais; puesto que la enfermedad era un exceso de irritación, era necesario luchar contra la misma y,  por lo tanto, debilitar al paciente se veía como algo lógico. En el año 1824, los hospitales de París invirtieron la fabulosa suma de 180.000 francos en comprar sanguijuelas.

Muchos médicos decimonónicos advertían de que el miedo a la sangría, así como la constatación de las muchas veces en que más que resolver la enfermedad la agravaba, hizo que las personas cada vez creyesen más en remedios caseros; y de ahí pasaron a ser pasto del típico charlatán que vendía jarabes para curarlo todo. En 1810, todo este bullebulle cristaliza con la publicación de una obra: el Organon. La Biblia de los homeópatas. A la máxima hipocrática contraria contrariis curantur, lo contrario se cura con lo contrario, opusieron los homeópatas su principio similia similibus curantur, esto es, que aquello que prescrito en cantidades normales provocaría a la persona aquello de lo que está enfermo le puede ser muy útil si se administra en dosis pequeñas.

La homeopatía fue fundada por el médico alemán Christian Friedich Samuel Hahnemann. Él mismo describió el experimento donde empezó todo: "Tomé dos veces al día cuatro dracmas cada vez de buena quina. Los pies, las puntas de los dedos, etc., se me pusieron primero fríos, apoderándose de mí una gran somnolencia y laxitud;  luego empecé a sentir palpitaciones cardíacas y el pulso se me volvió duro y frecuente; tenía inquietud, temblor, aunque sin escalofrío, y una gran dejadez en todos los miembros. Después se me presentaron latidos en la cabeza, enrojecimiento de las mejillas, sed y, en suma, todos los síntomas de la fiebre alternante uno tras otro, aunque sin escalofrío febril verdadero. El embotamiento de los sentidos, la especie de rigidez de todas las articulaciones y, sobre todo, la sensación sorda desagradable que parece tener su asiento en el periostio de todos los huesos del cuerpo, ese paroxismo duró dos o tres horas cada vez,y se produjo cuando repetí la dosis; de lo contrario, no. Cesé de tomar quina, y estaba sano."

Hahnemann, pues, se cogió un colocón de quina e interpretó los síntomas de dicho colocón como fiebre (a pesar de que en su propio texto viene a reconocer que no lo fue); de donde deduce que si la quina quita la fiebre, es porque genera una acción termógena. De ahí concluyó el principio general de la homeopatía, esto es que si se aplican pequeñas cantidades de algo que en cantidades normales provocaría unos síntomas (la quina que, según él, provocaba fiebre), dicha administración resulta curativa (como la quina, que en menores cantidades quita la fiebre).

De esta manera tan peripatética nació una "ciencia" que ha movido desde entonces toneladas de pasta. Hahnemann, por supuesto, ni tenía idea, ni la quería tener, de la cautela básica de que si una pastilla cura a un tipo, ello no quiere decir que cure a la Humanidad. Es más: dados los testimonios existentes sobre el alemán, cabe la posibilidad de que fuese una persona hipersensible a los medicamentos, lo cual invalidaría su experimento como prueba de nada. Pero, claro, cuando el hombre quiere tirar del carrito de una creencia, no hay quien lo pare. Hahnemann, además, y éste es un detalle importante, nunca se preocupó de escribir para médicos; el público de sus folletos era la gente en general. Chico listo.

Una subsecta de la homeopatía, que terminó escindiéndose de ella, es la denominada en su momento bioquimia, cuyo principal valedor fue el médico teutón Wilhelm Heinrich Schüssler. Schüssler fue médico en Oldenburg y en 1874 lo petó con un folleto titulado Terapéutica compendiada. Según la teoría explicada en este papel, la enfermedad es el resultado de la falta de una serie de sustancias orgánicas, por lo que la administración de las mismas a dosis mínimas resulta suficiente para curarlas.

Identificó Schüssler doce principios químicos fundamentales, que son la base de las sales que llevan su nombre, y que le molan un huevo a algunos partidarios de las medicinas alternativas. Estos doce principios son: hierro, fosfato de magnesia, fosfato de cal, fosfato potásico, cloruro potásico, cloruro de sodio, fosfato sódico, floruro de calcio, ácido silicico, sulfato sódico, sulfato potásico y sulfato de cal. Los bioquimistas se caracterizaban también por diagnosticar por el aspecto, por lo que usaban expresiones como "cara de sosa". Esta tendencia suya está en el origen de una teoría desarrollada ya en el siglo XX, basada en sostener la idea de que todos los órganos del cuerpo están compendiados en el iris, así pues observando éste se puede saber dónde estás enfermo. Un pastor protestante, Immanuel Felke, se hizo tan famoso mirando iris que hoy en día pervive un instituto en Alemania dedicado a la materia que lleva su nombre. Felke describió hasta 60 puntos diferentes del iris con el órgano representado en cada uno.

En nuestro repaso de las ideas o ideillas que surgieron en los tiempos decimonónicos no podíamos dejar pasar la figura de Franz Joseph Gall y la frenología. Básicamente, Gall "descubrió" que toda la información relevante sobre la personalidad e inteligencia de una persona se encontraba en la forma de su cráneo, en especial las protuberancias o huecos. En Alemania, donde comenzó a explicar esta chorrada en 1796, lo echaron por pollas; pero los parisinos, siempre tan proclives a acoger a todos los friquis deambulantes, lo recibieron con los brazos abiertos. En España, la frenología encontró un apasionado propagandista en el catalán Mariano Cubí i Soler, un tipo muy viajado que pasó años en Estados Unidos, donde le contaron la coña ésta provocando su interés. A su regreso a España, Cubí se convirtió en una especie de conferenciante ambulante sobre la frenología, al estilo de los coach de hoy en día, y se dedicó a, literalmente, predicar su ciencia por todo el país. Sin embargo, acabó teniendo problemas gordos con la Iglesia. En efecto, la frenología tuvo su principal enemigo en los teólogos, pues la defensa de la idea de que un tipo es un cabrón con borlas tan sólo porque tiene un bulto en sálvese la parte de la cabeza niega toda teoría de la Salvación. En una de las muchas conferencias de Cubí estaba un profesor de Teología de la Universidad de Santiago de Compostela, Antonio Severo Borrajo, quien lo denunció ante el tribunal eclesiástico de la archidiócesis gallega.

Los frenólogos escribieron libros muy divertidos. Uno, por ejemplo, nos dice que si Cervantes se hizo soldado es porque en la parte posterior de la cabeza tenía la que denominaban "protuberancia de la acometividad". Pálpate el cabolo, anda...

En el siglo XIX es también el tiempo cuando François Antoine Mesmer acaba por desarrollar una disciplina de la que ya se venía hablando antes de él, como es el hipnotismo. Mesmer ofició de médico y casi siempre en la región de París. Aficionado a la astrología, era un gran creyente en la existencia del magnetismo animal, esto es, un poder físico interno que algunas personas poseen y que son capaces de irradiar hacia otras personas. Decía que mediante una metodología que denominaba "pases magnéticos" había llegado a curar la ceguera y el cáncer.

Las sesiones mesméricas eran bastante ridículas; por lo menos a mí me lo parecen cuando las imagino. El doctor y sus gentes preparaban una gran mesa de la que sobresalían varillas de hierro y acero. Los enfermos se colocaban en fila junto a la mesa y colocaban una varilla en algún lugar de su cuerpo: unos en la oreja, otros sobre un ojo. Los enfermos convulsionaban, bostezaban, sudaban, mientras un tipo se paseaba entre ellos tocándoles la frente. La verdad, Tristán Tzara no habría imaginado un espectáculo más dadaísta.

El mesmerismo fue también muy impulsado por el francés Jean Martin Charcot. Charcot es el inventor de la histeria como enfermedad. Este punto de vista es bastante erróneo, por no decir totalmente erróneo, pero es cierto que a Charcot se debe la teoría de que el histerismo no proviene de órgano alguno (tradicionalmente se había tomado como una enfermedad del útero, por ser todos los histéricos histéricas) sino que tiene causas mentales.

Charcot pontificaba en la Salpetrière dando lecciones magistrales en las que "demostraba" la existencia de diversos síntomas que con el tiempo se fue sabiendo, en realidad, excitaba él mismo mediante la sugestión. Entre los parisinos y franceses pijos se puso de moda ir a las conferencias de Charcot de los martes. El médico y escritor sueco Axel Munthe, en su conocida obra La historia de San Michele, se refiere a estas sesiones, a las que asistió personalmente, como "una farsa absurda e inexplicable, mezcla de verdad y de engaño". Con notable sorna, nos cuenta que las mujeres que utilizaba para ser hipnotizadas siempre acababan por mostrar las tres fases del hipnotismo descritas por Charcot (letargo, catalepsia y sonambulismo); fases las tres "rara vez observadas fuera de la Salpetrière". Munthe escribió estas líneas, de hecho, porque, al parecer, había tratado de salvar a la principal de las histéricas usadas por Charcot en sus promenades, una mujer llamada Geneviève, que había entrado en el hospital de cocinera pero que con el tiempo, a base de hacerse la histérica, acabó medio loca. Munthe, conocedor de los padres de la muchacha, quiso sacarla del hospital, donde él mismo trabajaba, para devolverla a su pueblo, pero Charcot lo despidió.

Más cositas. En el siglo XVIII, e incluso el XIX, fue relativamente frecuente que los médicos diagnosticasen una enfermedad llamada tarantismo. Se trataba de una dolencia que atacaba a mujeres por lo general pudendas y temerosas de Dios, las cuales sin embargo perdían todo pudor y se dedicaban a hacer movimientos extraños en los cuales solían exhibir sus partes íntimas. También se dio en pensar que la mordedura de la tarántula provocaba en su víctima la necesidad de correr y gritar para salvar la vida. Y aquí es donde comienza la musicoterapia.

La curación mediante música se basaba en la ejecución de música danzable durante horas que el enfermo pasaba bailando, hasta que, agotado, se curaba. En Italia hubo muchos tañedores de estas danzas que se hicieron famosos e iban de pueblo en pueblo curando gente. En España, 1787, Francisco Javier Cid escribió un libro sobre el tarantismo en el que describe a un paciente de Valdepeñas que tuvo que pasar siete días bailando para expulsar el veneno de su cuerpo. Cuenta, además, que el vihuelista tañedor primero tocó un fandango, luego una folía, pero que el muchacho no se movió de la cama; sólo cuando comenzó a tocar una tarantela se levantó y se puso a bailar.

A partir de la moda del tarantismo se comenzó a adjudicar a la música propiedades terapéuticas. Un doctor muy famoso en su época, Antonio Franseri, cuenta el caso de una mujer que tenía ataques de asma cuando escuchaba tañer campanas, que sólo curó tocando la vihuela y cantando cada vez que escuchaba dicho sonido; a esta tipa le habría venido Dios a ver si alguien hubiese inventado el iPod Nano en su época. El francés Jean Baptiste Felix Descuret, autor de un libro muy divertido llamado La medicina de las pasiones, cuenta el caso de una mujer atacada de una profunda melancolía que acabó provocándole convulsiones y síncopes, a la que se le recetó (sic) un concierto de violonchelo.

Con todo, si hemos de hablar de charlatanes médicos del siglo XIX, y en parte también el anterior, nos tenemos que referir a los vendedores de pócimas y los agüistas.

A principios del siglo XVIII circuló como churros un folleto por Andalucía que prometía la curación de todas las enfermedades con sólo beber agua. En defensa de tamaña soplapollez hay que decir que el agua que bebía la mayor parte de la gente entonces era una puta mierda y, consiguientemente, eso les hacía proclives a creer que el agua limpia hacía milagros. A ello hay que unir que si el agua era ponzoñosa, no menos lo eran las pócimas curativas. En aquellos tiempos se tomaba, ya lo hemos dicho, caldos de víboras, pero también orejas de libre secas al horno, cenizas de topos quemados, corazones de rata, cagadas de lagarto, polvos de cráneo de mono, todo eso metido en bebedizos que sabían peor que el sudor de yegua de Golfus de Roma. En un mundo así, si alguien venía y te decía que para curarte sólo tenías que beber H2O, lo abrazabas.

Lo realmente increíble es que los propios médicos se creyesen esa milonga, creándose con ello toda una estirpe de ellos: los agüistas, que si no sirvieron para curar a la gente, al menos sirvieron para enseñarnos la utilidad de la diéresis.

El agüista más famoso de España fue un médico llamado Vicente Pérez, que ofició en Santa Cruz de Mudela y luego en Toledo, y a quien todo el mundo conocía como el médico del agua. Un fraile amigo suyo, Vicente Ferrer, publicó más o menos por su encargo un opúsculo llamado El promotor de la salud de los hombres, sin dispendio del menor de sus caudales; admirable método de curar todo mal con brevedad, seguridad y placer; disertación histórico-crítica, médico-práctica en que se establece el agua por remedio universal de las dolencias. Allí se nos informa de que el agua es mejor que todas las medicinas juntas porque "es  purgante, temperante y diluyente, nutriente, estomática, emética, sudorífica, diurética y cordial". El agua "comprime, exhala, nutre, recrea".

Deja la birra, coño, y cuando salgas por ahí pide un vaso del grifo; que no siempre vas a ser joven...

También hay que decir que el agua tuvo sus grandes críticos. Louis le Roy, en su (hoy) desternillante La medicina curativa, o la purgación dirigida contra la causa de las enfermedades, nos da este consejo que seguro que vas a seguir: "los baños son casi siempre perniciosos; si fueran conocidos sus malos efectos, no se tomarían otros baños que los de limpieza o, por mejor decir, nos lavaríamos cuando la necesidad lo exigiese. Es un error creer que sin peligro se puede meter el cuerpo humano en infusión, ya sea en agua caliente o fría. Por mucho tiempo, esto fuera lo mismo que negar el que se deterioren los cuerpos en infusión, o colocar al hombre entre los animales anfibios".

A ver si, después de leer esto, eres capaz de acercarte con tu imaginación a menos de tres metros del doctor Le Roy.

En fin, no ha de extrañarnos que en aquellas décadas convulsas y demasiado ignorantes los médicos no se ganasen precisamente la amistad de la gente. De hecho, es probable que nunca fuesen tan criticados como entonces, y la cumbre de esa crítica, sin duda, es la inmortal obra de Molière El enfermo imaginario. De todos los puntos divertidos de esa obra, que son muchos, yo os saco a colación la martingala seudolatina con la que, en la obra, un aspirante es elevado a la condición de médico:

Ego cum isto boneto
venerabili et docto
dono tibi, et concedo,
virtutem et puisanciam
medicandi,
purgandi,
pençandi,
taillandi,
coupandi
et occidandi
impune per totam terram.

O sea:

Yo, con este bonete
venerando y docto
te doy la virtud y el poder
para diagnosticar,
purgar,
sangrar,
abrir,
cortar
y matar
impunemente por el mundo entero.

Lo que ya no tiene tanta lógica es que, doscientos años después, todavía haya gente que se crea cosas como las que aquí hemos contado.