lunes, marzo 14, 2016

El acorazado Potemkin (12)

Recuerda que ya te hemos contado cómo se montó la movida y cómo los marineros tomaron el control del acorazado. 

Después, hemos contado lo caliente que estaba Odessa antes de la llegada del Potemkin, y el movidón que se montó cuando ya habían llegado, y que inmortalizó Einsenstein. Después comenzó el toma y daca entre los marineros y los revolucionarios, y algún que otro susto. Finalmente, los marineros del Potemkin logran enterrar al marinero Vakulinchuk, aunque con incidentes. Y, finalmente, hemos pasado al bombardeo de Odessa por el acorazado y, posteriormente, sus consecuencias y los movimientos de la Flota del Mar Negro. Sin embargo, cuando dicha Flota llegó para acojonar a los amotinados, sus mandos se llevaron una sorpresa, tras la cual la acción revolucionaria pasó por sus mejores momentos. Después ha llegado el fracaso definitivo de la rebelión y la huida a Rumania.

Un evidente indicador del nerviosismo que se había alcanzado en el Potemkin es que apenas se había hecho invisible la línea de tierra de Odessa, comenzaron las dudas sobre una decisión, la de irse a Rumania, que había sido tomada por unanimidad. Surgieron voces de marineros que se preguntaban si no estarían ahora traicionando a sus compañeros revolucionarios que, tal vez, estaban preparando en Sebastopol alguna movida que ahora sería imposible por su causa.

El Comité Popular estaba reunido de nuevo. Su principal problema era de medios: el barco disponía de combustible para unos centenares de millas, y alimento para uno o dos días. En medio de una discusión bastante pesimista, Kirill apareció para dar un golpe de efecto. Había descubierto en la biblioteca del comandante un libro sobre reglamentación marítima, en el que había leído que, según las leyes internacionales, todos los desertores eran objeto de extradición, existiese ésta entre dos países para otros delitos, o no. Así pues, el Comité decidió que seguirían manteniendo el rumbo que tenían hacia el puerto rumano de Costanza; pero que, una vez allí, no se rendirían, sino que realizarían un avituallamiento. ¿Y después? Después, pensaron ir al Cáucaso, donde habían oído noticias de una revuelta social.

El Potemkin tuvo contacto visual de la costa rumana a las cuatro de la tarde del 2 de julio. Durante la mañana anterior, el Comité había estado redactando un manifiesto, ahora dirigido al mundo entero y de marcado sabor internacionalista. Exigía el fin de la guerra con Japón y la convocatoria de una Asamblea Constituyente internacional. Tal vez asustados por el tono belicista de su escrito (terminaba diciendo que estaban dispuestos a defender sus principios o morir), redactaron otro dirigido a los monarcas europeos, aseverando la seguridad de todos los barcos extranjeros que navegasen por el Mar Negro. Eso sí, los receptores de esta información no parecían estar muy convencidos, porque para entonces todos los mercantes de la zona estaban recogidos en puerto. El Potemkin estaba, literalmente, solo en el Mar Negro. Bueno, también estaba el Stremitelny, que había llegado a Odessa para descubrir que el Potemkin se había ido, y ahora lo perseguía.

El acorazado amotinado fue recibido en Costanza con un sentimiento que sólo se puede definir con la palabra frialdad. En cuanto echaron el ancla se les acercó una embarcación con dos oficiales de la marina rumana. Los rumanos informaron a los rusos de que podían avituallarse de carbón y provisiones, bajo reserva de que Bucarest finalmente lo aprobase. Autorizaron al barco a mantener sus proyectores encendidos de noche.

Seguidamente de los rumanos, visitó el barco un oficial de guerra ruso, un pollas que mandaba un barco surto en la misma rada y que subió al Potemkin para presentar sus respetos al comandante de la nave. El capitán de fragata Belevaniety, en efecto, no sabía nada del motín, fundamentalmente porque, al no saber rumano, ante los periódicos de la zona sólo se detenía en las tiras cómicas. Cuando se subió, se encontró con un “oficial” sin galones que no le respondió al saludo y con el mecánico Kovalenko, que le invitó a pirarse con muy malas maneras. Al parecer, Matushenko quería llevárselo por delante pero otros dirigentes lo convencieron de que generaría un grave conflicto diplomático. Así pues, se limitó a sonreír cuando Belevaniety le preguntó dónde estaba el comandante de la nave, y señalar al fondo del mar. Pero, vamos, Belevaniety no debía de ser ninguna lumbrera de academia naval, pues le habría bastado con observar el pabellón del barco para haberse dado cuenta de que, tal vez, algo no iba como él esperaba.

A continuación, se allegaron al barco unos oficiales procedentes del crucero rumano Elisabeta. Fueron bien recibidos (con vasos de vodka, del que el acorazado estaba sobrado) y, de hecho, Matushenko y Feldmann devolvieron visita al barco rumano, donde fueron amablemente aconsejados para que se rindiesen. Los oficiales les prometieron papeles de naturalización rápidos e incluso se ofrecieron a comprarles el barco, para así dotarlos con un medio de vida. Matushenko reaccionó encabronado, aunque tranquilo. Solicitó, con sorna, que le dijesen qué precio pedía la marina rumana por el Elisabeta.

Pasaron la noche en el Potemkin sin descuidar ni una sola guardia, tan temerosos estaban de ser atacados. Y, en realidad, lo fueron en la mañana siguiente, aunque de otra manera, ya que cuando salió el sol fueron informados (probablemente, por haber llegado órdenes de la capital) de que no podían descargar ni carbón, ni comida, ni agua dulce. Noticia que era una invitación a la rendición. El Comité fue convocado de nuevo, con un único punto del orden del día, que era decidir adónde irían ahora. La discusión duró varias horas.

Alexeyev, que ahora resulta que tenía opinión, votaba por un pequeño puerto comercial llamado Eupatoria; Kirill, mientras tanto, arrimaba el ascua a su sardina, y la de Feldmann, y proponía volver a Odessa, donde el proletariado les defendería (los teóricos revolucionarios, siempre tan apegados a la realidad). Otras propuestas fueron el golfo de Kertch, un lugar donde era habitual que la Flota descargase carbón. Feldmann, por último, quería ir a Teodosia. Solía tener carbón, dijo, y, además, estaba a medio camino del Cáucaso. La propuesta fue finalmente aprobada.

Estaban a punto de dejar Costanza cuando les llegó un telegrama del rey Carol I en el que se les intimaba la rendición bajo la promesa de no ser extraditados. Pero el Comité no le creyó y el barco levó anclas sin siquiera responderle.

Y aquí tenemos al barco de nuestra historia, surcando un mar que estaba bastante agitado, y no me refiero a las olas. En primer lugar, los hombres del Potemkin habían colegido de la frialdad con que habían sido recibidos en Constanza que su llegada apenas había importado en Rumania. Pero lo cierto es que había causado un terremoto político que ríete tú del tema de los refugiados (y no es para menos; no hay más que imaginar la situación en el día de hoy...) El gobierno rumano, literalmente, no había sabido que hacer. Y la vecina Turquía no había escondido su indignación. Los constantinopolitanos enviaron una durísima nota al gobierno ruso en la que anunciaban que tanto ellos mismos como los barcos de la marina búlgara iban a patrullar sin descanso sus aguas. Incluso llegaron a minar sus puertos principales. Todas las fortalezas del Bósforo habían sido reforzadas. De hecho, una noche montaron la de San Quintín porque los proyectores descubrieron un buque ruso acercándose al puerto. De hecho, estuvieron a punto de bombardear el barco, en el que, en realidad, iba el embajador ruso ante la Sublime Puerta, que regresaba al curro...

Por lo que respecta al gobierno ruso, según algunas noticias de la época había enviado notas a los países cuya costa podía tocar el Potemkin instándoles a aplicarle a su tripulación estatuto de criminales comunes. También circuló una instrucción a todas sus poblaciones costeras para que no prestasen la mínima ayuda al barco. Si el barco amenazaba con cualquier agresión, las poblaciones deberían ser evacuadas.

Se trataba, por lo tanto, de un asedio en condiciones, aunque con un mar como teatro del mismo.

Pero cambiemos de escena y coloquemos nuestras cámaras ahora en la cubierta del Stremitelmy, el barquito en el que se han metido cuarenta oficiales artilleros navales, y que en el momento que lo vemos lleva más o menos medio día sin ver la costa de Odessa, de donde ha partido tras comprobar que allí no están los rebeldes. De hecho, están a punto de llegar a Costanza, pero cuando lleguen van a descubrir que el Potemkin se encuentra ya a medio camino de Crimea. Esto lo sabemos nosotros pero no ellos, pues los perseguidores no consiguen que nadie en el puerto rumano les de razón de la dirección del barco. Imaginan que ha decidido volver a Odessa, así pues Yanovitch ordena poner la nariz hacia allí.

Cuando llegan a Odessa, tampoco les encuentran, y eso los encabrona bastante. El pato lo paga un mercante inglés, el Crawley, Los rusos, sin demasiadas razones para ello la verdad, le sueltan un pepino al pobre barco y luego lo abordan en busca de unas “pruebas” de culpabilidad que, obviamente, no encontrarán.