miércoles, marzo 09, 2016

Estados Unidos (23)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson


Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión

En abril de 1860 se celebró la convención nacional de los demócratas en Charleston, Carolina del Sur. Parece un chiste fácil, pero la verdad es que fue muy movidita. Los representantes procedentes del Sur llegaron con el proyecto de introducir en el programa del partido una declaración categórica en el sentido de que ni el Congreso ni un gobierno estatal podía declarar ilegal la esclavitud o limitar el derecho a poseer esclavos. Los demócratas del Norte, por su parte, abogaban por la soberanía popular, y tenían la convicción de poder arrastrar al posible candidato, Douglas, hacia esta posición. Cuando fue evidente que el anexo esclavista no sería adoptado, la mayoría de los representantes de ocho Estados sureños abandonaron la convención. Con su salida, a Douglas se le hizo imposible conseguir los dos tercios de votos necesarios para conseguir la nominación, así pues la convención se disolvió sin candidato.

El partido se reunió de nuevo en Baltimore el 18 de junio. Pero los delegados sureños volvieron a marcharse, aunque no en suficiente número como para impedir la nominación de Douglas con un programa redactado por los demócratas del Norte. Los delegados del Sur se reunieron en el mismo sitio diez días después, y eligieron su propio candidato en John C. Beckinridge, de Kentucky. Con esta decisión, se rompía el único partido con representación en todo el país.

El 16 de mayo se habían reunido en Chicago los republicanos, conociendo pues el fracaso de Charleston. En ese momento, su líder fundamental era William H. Seward de Nueva York, pero era un hombre con algunas minusvalías y, además, su principal valedor, el magnate del partido Thurlow Weed, no tenía precisamente entre sus principales virtudes la capacidad de hacer amigos; sus delegados, de hecho, se comportaron en la convención como una pandilla de alborotadores. También estaban Samuel P. Chase, de Ohio, y Edward Bates de Missouri. Sin embargo la nominación la logró un político que para entonces había logrado ser una figura conocida en todo el país y que, además, llegó a Chicago apoyado por las dos fuertes delegaciones de Indiana e Illinois: Abe Lincoln.

Lincoln agregó a su alrededor un programa de gobierno basado fundamentalmente en la economía, que abogaba por las tarifas aduaneras proteccionistas, entregas de tierras para los colonos (que, no nos cansaremos de repetirlo, era la verdadera reivindicación de los abolicionistas), y la construcción de una línea ferroviaria del Pacífico. Pero también incluía una frase que negaba la autoridad del Congreso y de cualquier legislatura Estatal para otorgar legalidad a la esclavitud en ningún territorio de los EEUU.

Todavía un cuarto candidato, John Bell de Tennessee, fue elegido el 9 de mayo en Baltimore por un grupo denominado The Constitutional Union Party.

Así las cosas, las elecciones de 1860 fueron, en realidad, dos. En una de ellas, producida en el Sur, compitieron Beckinridge y Bell; y en la otra, la del Norte, compitieron Lincoln y Douglas. En diez Estados del Sur ni siquiera figuraba el nombre de Lincoln en los colegios de voto (aun así consiguió 26.000, eso sí de un total de 1.866.000).

Bell, un candidato basado en un mensaje de unión de la Unión, ganó Kentucky, Tennessee y Virginia, y estuvo a punto de conseguirlo en Maryland y Missouri. Pero las elecciones las ganó Lincoln, eso sí, con un 40% de los votos, cinco puntos menos que Buchanan; lo cual, lógicamente, hacía surgir el problema de que no era un presidente de la mayoría. Nadie lo era.

Por eso mismo, los grandes líderes políticos de los Estados del Sur se habían pasado meses antes de la elección advirtiendo de que la victoria republicana en las elecciones conllevaría la secesión. Consideraban que los republicanos convertirían los Estados del Sur en meras provincias, al estilo europeo.

El ambiente sureño era proclive a la secesión por una razón que se encuentra bien presente en casi todos los procesos de este tipo, ya que quienes defienden la idea y la acción de escindirse, tras de un tiempo tienden a perder la conexión con la realidad, lo cual quiere decir cada vez entienden menos de qué palo van los tipos que tienen enfrente. El Sur tenía muy claro que si ellos se escindían los Estados del Norte irían a la guerra contra ellos pero, la verdad, estaban convencidos de que les ganarían con la punta del rabo. Ellos se veían a sí mismos como nobles y rudos trabajadores del campo, acostumbrados a la dureza de las cosas y dispuestos a defenderse to the last man; mientras que, para ellos, los mariquitas del Norte eran unos tipos estirados, sin callos en las manos, que por no saber ni sabían por dónde sale la bala de un fusil (los que seáis asiduos de la comedia televisiva Modern Family encontraréis una forma estilizada de este sentimiento en la actitud del homosexual misuriano Cameron Tucker hacia su marido, el californiano Mitch Prichett). Estaban convencidos de que la guerra arruinaría rápidamente al Norte, y confiaban totalmente en las posibilidades de financiación que les otorgaría su sector algodonero. Las secesiones siempre se basan en reputar el presente como un infierno y el futuro como un paraíso, tenga ello base real, o no.

Otro elemento importante del discurso secesionista era el elemento fiscal, puesto que los propagandistas esclavistas habían trabajado considerablemente a la sociedad sureña, convenciéndola de que pagaba unos impuestos excesivos que lo eran en beneficio de los territorios del Norte. O sea, el the Yankees ens roban de toda la vida de Dios. Tan moderno era el discurso sureño que, además, añadía que los impuestos cobrados lo eran sobre todo en beneficio del sector bancario norteño, formado por banqueros ladrones y tal y tal. Como se ve, nihil novum blablabla. Por último, por si alguien se cree que cosas que están pasando hoy son originales o así, el esclavismo sureño prometía a sus ciudadanos un Sangri-la económico: puesto que en los EEUU estaba ya prohibido el comercio de esclavos, obviamente la secesión permitiría reinstaurarlo, lo que iba a traer al Sur un boom económico de la polla de Montoya. El Sur del Sur, esto es Centro y Suramérica, quedaría abierto para los emprendedores americanos que quisieran irse allí con sus negros a recoger bananas. No explicaban, eso sí, de dónde iban a sacar los miles de esclavos con los que iban a colonizar América hacia el sur, puesto que traer negros de África estaba dificilillo, con la Armada británica vigilando las aguas.

El 20 de diciembre de 1860, Carolina del Sur decidió llevar a la práctica todos esos principios de plana de periódico. Una convención estatal repelió formalmente la ratificación de la Constitución de la Unión realizada en su día por el Estado, con lo que se escindió. El 1 de febrero de 1861, eran ya otros seis Estados los que habían tomado esta decisión: Mississippi, Florida, Alabama, Georgia, Luisiana y Texas. Aunque hay que decir que en aquellas reuniones no faltó la presencia de un importante partido moderado, que confiaba en evitar la secesión si Lincoln, entre otras cosas, se comprometía a garantizar una aplicación estricta de la Fugitive Slave Act. En términos sociológicos se puede decir que la importante colonia tejana de origen alemán, los colonos de las zonas montañosas de Alabama y Georgia y los pequeños granjeros de Luisiana permanecieron fieles a la idea unionista. Sin embargo, en la primavera de 1861 la fuerza mayoritaria del movimiento secesionista era un hecho incontrovertible. El 4 de febrero, seis de los siete Estados escindidos (Texas no fue) se reunieron en Montgomery, Alabama, para formar un nuevo gobierno, que llamaron Confederate States of America; redactaron una nueva Constitución y adoptaron una nueva bandera, la celebérrima Stars and Bars (aunque no tanto como la Stainless banner, que es la confederada de toda la vida de Dios).

La secesión fue una consecuencia de la elección de Lincoln, pero no se produjo con él en la Casa Blanca; cuando se perfeccionó, todavía era presidente James Buchanan. O sea, el gobierno estaba dirigido por un lame duck President, un presidente incapaz. No se trata sólo de que estuviera al final de su mandato; es que, en realidad, no era la persona más indicada para enfrentarlo. En un gesto muy zapateril (decirle a todo el mundo lo que quiere escuchar), declaró inconstitucional la secesión, pero al tiempo declaró la incapacidad del Congreso a la hora de repelerla. 

A falta de un presidente que tuviese algo más que horchata en las gónadas, otros procuraron encontrar fórmulas de acuerdo. Otros que provenían, sobre todo, de los Estados situados entre el Norte y el Sur, conscientes de que si había hostias serían sus carrillos los que las soportarían. Se puede hablar, en este sentido, del conocido como Crittenden Plan, hecho público el 18 de diciembre de 1860, dos días después de la largada de Carolina del Sur. El plan lleva el apellido del senador John J. Crittenden de Kentucky y proponía una serie de enmiendas constitucionales:


  • Prohibición de la esclavitud al norte del paralelo 36 grados 30 minutos.
  • El mantenimiento de la misma al sur de esta línea sería garantizado por las leyes y la Administración federales.
  • Los Estados futuros decidirían libremente sobre la esclavitud.
  • Se aplicaría la legislación de esclavos fugitivos, y el gobierno federal indemnizaría a los propietarios cuando se produjesen fugas, sobre todo mediando ayuda de los abolicionistas del Norte.
  • Se prohibía cualquier futura enmienda en la Constitución que estableciese un poder del Congreso para regular la eslavitud en los Estados.

Este plan fue rechazado por ambas partes. Por el Sur, porque al fin y al cabo venía del Partido Republicano. Y Lincoln, a pesar de que estaba a favor de aplicar la ley de esclavos fugitivos y de una enmienda constitucional que protegiese la esclavitud en aquellos Estados donde existía, se negaba a cualquier transacción que no fuese eliminar la esclavitud de los nuevos Estados.

Otro compromiso fue elaborado en Virginia, el mismo día en que nacía el gobierno confederal en Montgomery. Una conferencia de paz convocada por este Estado se reunió en Washington, a la que enviaron representantes 21 Estados, tanto libres como esclavistas. Pero apenas se limitaron a defender el plan Crittenden, con escaso éxito.

El 4 de marzo de 1861, conforme el presidente Lincoln tomaba posesión de su cargo, la secesión era un hecho y, lo que es más importante, media Unión estaba enfrascada en una larga discusión sobre qué hacer. El conocido como upper South (Virginia, Maryland, Carolina del Norte, Delaware), así como los Estados “entre medias” del conflicto (Tennessee, Kentucky, Arkansas o Missouri) ardían en conflictos sobre de qué lado decantarse.

En su discurso de toma de posesión, Lincoln fue claro: “Ningún Estado puede, por su propia voluntad, salirse de la Unión. Cualquier acto de violencia contra la autoridad de los Estados Unidos es insurreccional y revolucionario”. Con la de arena, aportaba también mensajes conciliatorios, como su compromiso con hacer cumplir la legislación federal, incluyendo la ley sobre esclavos huidos.

Sin embargo, de alguna forma la guerra ya había comenzado. En las semanas anteriores, aprovechando el tontobuenismo de Buchanan, los Estados del Sur habían procedido a hacer suyos activos de los Estados Unidos en sus territorios, como los famosérrimos fuertes de las pelis de indios. Solamente Fort Sumter en Charleston harbor, y tres más en la costa de Florida, permanecían en poder de la Administración federal. El día 5 de marzo, esto es el siguiente a su toma de posesión, Lincoln recibió una carta del comandante Robert Anderson, jefe de la guarnición de Sumter, en la que le decía que de no recibir la ayuda de 20.000 hombres y una importante fuerza naval, el fuerte caería. Recomendaba la evacuación. Los principales asesores del presidente, de hecho, le recomendaron retirarse. Pero Lincoln sabía que esa derrota tendría un enorme valor moral. No queriendo aparecer, sin embargo, como la parte que se quería pelear, decidió tratar de aprovisionar el fuerte sin enfrentamientos. De esta manera, le pasó la pelota a los sureños, que ahora tenían que decidir entre permitir el aprovisionamiento (y aparecer como tibios, además de permitir un fuerte federal en uno de sus principales puertos) o disparar el primer tiro.

El general sureño Pierre Beauregard intimó a Anderson a rendirse antes de que llegaran los aprovisionamientos. Anderson contestó que rendiría el fuerte el 15 de abril, a menos que recibiese órdenes en contrario. Pero los sureños apretaron y le dieron hasta las 4 de la mañana del día 12 para rendirse. Como no lo hiciese, a las cuatro y media las baterías de Charleston comenzaron un bombardeo de 34 horas. En la tarde del 13, con el fuerte reducido a basura y sin municiones, Anderson izó la bandera blanca. Las tropas del fuerte fueron autorizadas a marcharse, una vez desarmadas.

Fue un error de cálculo de los confederados, de los muchos que cometerían en relativamente poco tiempo. La derrota de Sumter fue la victoria de la unión en el Norte. Antes de esta acción, en los EEUU abolicionistas había muchas opiniones sobre cómo actuar. De hecho, el abolicionismo radical de los Estados del noreste del país era favorable a la secesión; no daba un centavo por una Unión que, bajo su punto de vista, era una unión entre gentes civilizadas y salvajes rednecks, Los Estados del noroeste, sin embargo, no pensaban así. Valoraban en mucho la Unión o, tal vez, lo que valoraban era poder usar el Mississippi en toda su longitud navegable.

Pero todas esas diferencias tendían a desaparecer: el 15 de abril, dos días después de caer Sumter, Lincoln convocó la leva de una fuerza de 75.000 voluntarios, y el llamamiento tuvo que dejar gente fuera, porque fueron muchos más los que quisieron apuntarse.

[Siempre he querido visitar Fort Sumter. A ver si con la jubilación...]