miércoles, marzo 16, 2016

El acorazado Potemkin (y 13)

Recuerda que ya te hemos contado cómo se montó la movida y cómo los marineros tomaron el control del acorazado. 


Después, hemos contado lo caliente que estaba Odessa antes de la llegada del Potemkin, y el movidón que se montó cuando ya habían llegado, y que inmortalizó Einsenstein. Después comenzó el toma y daca entre los marineros y los revolucionarios, y algún que otro susto. Finalmente, los marineros del Potemkin logran enterrar al marinero Vakulinchuk, aunque con incidentes. Y, finalmente, hemos pasado al bombardeo de Odessa por el acorazado y, posteriormente, sus consecuencias y los movimientos de la Flota del Mar Negro. Sin embargo, cuando dicha Flota llegó para acojonar a los amotinados, sus mandos se llevaron una sorpresa, tras la cual la acción revolucionaria pasó por sus mejores momentos. Después ha llegado el fracaso definitivo de la rebelión y la huida a Rumania; país donde no es que los tratasen muy bien.

De nuevo en el Potemkin, podemos observar que el barco, ante la escasez cada vez más preocupante de agua potable, ha comenzado a usar agua salada en sus máquinas. Éstas, efectivamente, pueden funcionar con lo que el mar les da, pero a coste de perder presión, a causa, sobre todo, de la acumulación de sal en las conducciones. Por mucho que se gasten Kovalenko y los suyos, en ese momento el acorazado apenas es capaz de desarrollar la mitad de su velocidad punta.

En estas circunstancias discapacitadas llega el Potemkin, a las cinco de la mañana del 5 de julio, al puerto de Teodosia. El Comité Popular ha decidido realizar una acción de propaganda entre los habitantes del pueblo para convencerles de sus intenciones pacíficas. Esta acción debía ser realizada por una delegación formada por Matushenko, Kirill y dos marineros armados.

Fueron recibidos en el mismo ayuntamiento por un pueblo que no les era hostil, pero tampoco les era ni medio simpático. Kirill les soltó un discurso encendidamente revolucionario; pero la verdad es que aquellos rumanos eran casi todos comerciantes, altoburgueses en la terminología marxista, así pues aquellas palabras eran como aventar semillas de plataneros en la Antártida.

Un par de horas después, el alcalde, el secretario del ayuntamiento y su adjunto, y el médico del pueblo, que era bien necesario tras la marcha del doctor Golenko, subieron al barco. Traían algunos repuestos, sobre todo relacionados con la alimentación. Pero lo que no podían darles ni venderles era carbón. Esta noticia la comunicó el alcalde totalmente acojonado, y Matushenko respondió fríamente anunciando que si en 24 horas no se les entregaba agua potable y carbón, no dejarían del pueblo ni los ceniceros. El alcalde, pues, desembarcó para discutir la situación con el gobernador militar de la ciudad. En la noche, se cursaron órdenes a todos los habitantes del pueblo para que buscasen refugio en las colinas antes de la salida del sol.

Cuando salió el sol, desde el Potemkin pudo contemplarse con claridad el exilio masivo de los habitantes de Teodosia. El ultimátum de Matushenko expiraba a las diez de la mañana, y poco antes de dicha hora llegó un mensaje del alcalde en el que aseguraba que estaba intentando convencer al gobernador militar para que permitiese la entrega del carbón, por lo que reclamaba una hora más de plazo. Matushenko aceptó. Al mismo tiempo, decidió reconocer las aguas interiores del puerto en compañía de Feldmann. Allí, para su alegría, encontraron barcazas con carbón que nadie estaba vigilando.

Algo más tarde, una chalupa dejó el Potemkin llevando a una nueva delegación del barco, esta vez un grupo armado de 25 marineros, con Matushenko, Feldmann, Mikishkin y otro miembro del Comité llamado Koshuba. Llevaban todo lo necesario para realizar remolques. Lo estaban intentando con la primera barcaza, cuando apareció una compañía de soldados en el puerto, a unos cien metros, y abrió fuego contra ellos. Cogidos por sorpresa, los marineros no pudieron defenderse, y tres de ellos cayeron mortalmente heridos. Otros se echaron al agua para salvarse. Los que ganaron la chalupa la desengancharon de la barcaza para poder escapar, lo que dejó a varios de sus camaradas en ella casi totalmente expuestos a las balas, por lo que Matushenko, cuando recuperó la capacidad de mando, ordenó regresar. Sin embargo, cuando estaban intentándolo, una bala impactó contra el gobernalle. En esas circunstancias, Matushenko, reputando imposible rescatar a las víctimas de la barcaza, resolvió salvar cuando menos la chalupa (casualmente, la embarcación en la que él mismo se encontraba). A los marineros que estaban en la barcaza y todavía conservaban el uso de piernas y brazos los animó a tirarse al agua para intentar ganar a nado la chalupa, que navegaba con un rumbo gilipollas a causa de sus averías. Entre ellos estaba Mikishkin, que había sido levemente herido por una bala. Feldmann, que estaba ileso, se lanzó al agua para ayudarlo. Ambos nadaron hacia el puerto. Sin embargo, sintió que uno de los últimos disparos que se hicieron impactaba sobre el compañero herido que llevaba abrazado, quien comenzó a pesar cada vez más hasta que se hundió en el agua. En ese momento, el comandante de la fuerza de tierra estaba llamando a los marineros que nadaban hacia el Potemkin para que regresasen como había hecho Feldmann. Como quiera que la mayoría no obedeció, ordenó fuego sobre ellos, causando la baja de la mayoría.

Los hechos, como se puede imaginar, causaron una verdadera conmoción en el Potemkin. Todo revolucionario, para serlo, está siempre investido de ciertos adarmes de buenismo, y los hombres del acorazado no eran una excepción. Literalmente, tras haber sido tan bien recibidos por la población de Odessa, habían asumido que todo el monte era orgasmo. Encontrarse con una población abiertamente hostil que los mataba como patos de feria era algo que no habían esperado. Muchos de ellos querían regresar a Costanza, donde por lo menos no les habían puteado (tampoco les habían aprovisionado; pero esas technicalities no suelen estar en la mente de los desesperados).

Cuando la chalupa regresó y los cadáveres recuperados fueron subidos, se convocó una asamblea plenaria (la revolución tiene sus límites: no se consideró que la situación estuviese para ser tratada en un órgano delegado como el Comité). El propio Matushenko, con ese espíritu olímpico que tienen los revolucionarios de verdad y que, por ello, saben que unas veces se gana y otras no, propuso entregarse en Sebastopol. Pero no pocos marineros consideraron que para ese viaje no hacían falta alforjas; que mejor era huir que afrontar el pelotón de fusilamiento. Además, para entonces sabían (porque había sido publicado en los periódicos rumanos) que la totalidad de los revolucionarios del Jorge el Victorioso había sido, para entonces, fusilada.

Tuvo que ser una reunión muy triste. Como triste fue la extremadamente simbólica escena que se vivió ya en la tarde, cuando la bandera roja fue arriada. La tripulación había tomado la decisión unánime de rendirse ante el gobierno rumano. Era imposible continuar sin el apoyo del resto de la Flota, y el almirante Chukin había dado un golpe de muerte a ese proyecto al diluir las tripulaciones entre Crimea, Ucrania y Besarabia. Estaban hambrientos, faltos de agua y de carbón. Y, por encima de todo, estaban fuertemente influidos (negativamente, se entiende) por la actitud del Jorge el Victorioso. En puridad, fue este barco, y no el Potemkin, el que clavó el rejón de muerte sobre la rebelión que lleva el nombre de este último. Los dos acorazados, sumando sus fuerzas, podrían haber destruido el cuartel de Korkhanov en Odessa, fomentado un motín de los soldados de éste y, una vez hecho esto, haberse dirigido a Sebastopol a rebelar al resto de la flota.

En realidad, eso no es lo que había pasado. Lo que había ocurrido es que un grupo de chavalotes echados para delante, encabronados por un conflicto disciplinario y, sobre todo, por la malhadada muerte del marinero Vakulinchuk, quien sin quererlo lo cambió todo, habían retrasado doce años la Revolución Rusa.

El Potemkin abandonó el puerto de Teodosia y, tres horas después de haberlo hecho, apareció por sus alrededores el Stremitelmy. Los artilleros navales se encontraron una ciudad vacía, pero pronto averiguaron que los amotinados se habían ido.

A las diez de la mañana del 8 de julio, el acorazado Potemkin entraba en el puerto de Costanza. Matushenko descendió a tierra para entrevistarse con el gobernador militar. Quería negociar la rendición en las condiciones que se le habían ofrecido en su anterior estancia en aquel puerto: toda la tripulación podría adquirir la nacionalidad rumana. En efecto, recibieron garantías de que podrían residir en Rumania todo el tiempo que quisieran. Tras la negociación, grupos de marineros comenzaron a desembarcar en el puerto, llevados en la chalupa, entre vítores de los socialdemócratas locales. Tan sólo quince oficiales intermedios y el “comandante” Alexeyev se negaron a bajar. Adujeron que habían sido mantenidos en el barco por la fuerza (lo cual era medio verdad), y fueron autorizados por los rumanos a ganar Sebastopol en el N267.

Poco tiempo después de salir el torpedero, el acorazado comenzó a mostrar un comportamiento extraño. Anclado en aguas poco profundas, Matushenko había dado órdenes a un grupo de camaradas para que abriesen las válvulas de su casco y lo hiciesen zozobrar. Los revolucionarios querían que la embarcación no regresase a la marina rusa.

En el momento de la rendición, además, el contraalmirante Pisarevsky, siguiendo órdenes del almirante Chukin, se había puesto en marcha con su barco el Sinope, acompañado del Santísima Trinidad. Se le había encargado patrullar el oeste del Mar Negro en busca del acorazado rebelde, del que se tenían noticias estaba en Rumania. Llegó a Costanza un día tarde. Por su parte, los esforzados artilleros del Stremiltemy averiguarían la rendición del Potemkin incluso más tarde que el mando de la Flota. Pasaron toda la noche navegando de norte a sur, hasta Crimea y volver, sin encontrar a sus perseguidos. En la mañana, estando cerca de Yalta, avistaron un barco al sur. Cuando vieron que era un barco de guerra, no dudaron que sería el Potemkin: sabían que las aguas habían sido limpiadas de otras presencias. Los artilleros, aun sabiendo que el Potemkin tenía armamento más moderno y potente, por no mencionar que estaría acompañado del N267, aun así no rehuyeron el combate y se fueron a la naja a por su enemigo, hasta descubrir que era un viejo buque-escuela, el Pamiat-Mercuria. Trataron de acercarse a él para recabar noticias, pero el Pamiat salió por patas. ¿La razón? Pues que había avistado un torpedero, el Stemiltemy; pero, según su información, no había torpederos en el agua, con la única excepción del que acompañaba al Potemkin. Por esta razón, en el buque escuela decidieron que los del barco eran los amotinados, y salieron huyendo. Y los artilleros no pudieron sacarles del error, porque habían olvidado sus códigos en puerto. El Stremiltemy persiguió al Pamiat hasta darle caza y poder identificarse con señales morse. Tras ello, Yanovitch pudo subir al barco-escuela, donde le explicaron que tenían misión de servir de barco-hospital para el Sinope y el Santísima Trinidad, caso de que se topasen con el Potemkin y tuviesen bajas.

Deshecho el entuerto, Yanovitch decidió proseguir la persecución. Pero cuando no se había bajado todavía del Pamiat, escuchó una explosión: las calderas de su barco habían estallado, tras un número exageradamente elevado de horas navegando a toda pastilla. Allí se acabó la caza que nunca tuvo lugar.

¿Qué les pasó a los amotinados del Potemkin? Bueno, el gobierno rumano cumplió estrictamente su palabra. Por mucho que el gobierno ruso porfió, lo único que consiguió es que, con lógica, los rumanos les devolviesen el barco. Les costó dos días sacarlo de la comprometida situación en que lo había dejado Matushenko.

El Potemkin fue convertido en herramienta de propaganda. Tal y como lo habían dejado los amotinados, con los camarotes desordenados, fue enseñado a los corresponsales extranjeros, todos los cuales escribieron sus crónicas sobre el aspecto de la barbarie revolucionaria. El 9 de octubre de aquel año, el zar decretó el cambio de nombre, y el barco pasó a llamarse Pantelimón: literalmente, El Paleto. Este nombre de lo pusieron a mala leche, aunque pronto se dieron cuenta en la Marina que ese tipo de cosas no galvanizaba al personal precisamente. Por esta razón, se lo acabaron cambiando por Boretz za Svobodu, esto es, El combatiente de la Libertad, un nombre al que probablemente los amotinados no le habrían hecho ascos.

Así renombrado, el acorazado no volvió a disparar ni un solo obús más tras los dos de Odessa hasta terminar su vida el 25 de abril de 1919, cuando fue hundido por sus propios oficiales horas antes de que los bolcheviques tomasen el control de la población.

En cuanto a los amotinados, con aquellos que el gobierno ruso logró capturar se mostró relativamente clemente. Ciertamente, se había fusilado a los del Jorge el Victorioso; pero eso había sido una prueba de dureza considerada necesaria en ese momento. El resto fueron juzgados el 7 de agosto en un tribunal militar de Sebastopol. Entre los acusados estaban todos los oficiales intermedios huidos en el N267, con la única excepción de Alexeyev, que había conseguido convencer a las autoridades de que era una víctima de los hechos. Además, se sentaron en el banquillo la totalidad de los integrantes de la tripulación del Viekha y sesenta marineros del propio Potemkin que decidieron regresar con Pisarevsky.

El juicio duró un mes, hasta el 9 de septiembre. Siete marineros fueron condenados a muerte, 19 a trabajos forzados en Siberia, y 35 a 25 años de trena.

En cuanto al fogoso Feldmann, tuvo bastante suerte. Fue encarcelado en el Pruth, utilizado como barco-cárcel para los amotinados; pero cuando fue reconocido cono civil, lo trasladaron a una prisión no militar de donde consiguió escaparse y llegarse hasta Austria.

Los 600 marineros que escogieron quedarse en Rumania fueron respetados por el gobierno de este país. La inmensa mayoría encontraron trabajo, sobre todo en el campo. Muchos se casaron, tuvieron hijos, echaron raíces. Se hicieron rumanos de pura cepa y, con toda probabilidad, sus bisnietos hoy no tienen ni puta idea de que son, en su origen, rusos y revolucionarios.

En 1906, el Partido Socialdemócrata rumano organizó una rebelión campesina. El gobierno, inmediatamente, sospechó de los amotinados del Potemkin, por lo que 25 fueron encarcelados durante un tiempo. A partir de entonces quedaron estrechamente marcados por la Policía, especialmente cuando autoridades rusas visitaban el país.

Afanasy Matushenko y cuatro de sus compañeros aceptaron los términos de una amnistía decretada por el gobierno ruso en 1907; antes, el revolucionario había estado en Suiza e incluso en Estados Unidos. Sin embargo, en la misma frontera fue puesto en vigilancia policial, y de hecho sus camaradas acabaron en Siberia. Él acabó juzgado en Sebastopol y murió ahorcado el 20 de octubre de 1907.

Josef Dymitchenko abandonó Rumania en 1908. Para entonces, era un hombre amargado y acaso devorado por la depresión. Viajaba con otros 31 camaradas y sus familias, con las que quería llegar a Londres. En Ratisbona, sin embargo, no les dejaron pasar y, en Hamburgo, la naviera que los transportaba decidió echarlos del barco, al no tener nada claro su estatus legal. Sin embargo, con ayuda de los comunistas alemanes lograron llegar a Inglaterra. Allí, fueron acogidos por la Asociación de Amigos de la Libertad en Rusia, que tomó para sí la labor de encontrarles un destino permanente. Llegaron a la conclusión de que la mejor opción era América del Sur.

Los Amigos de la Libertad recaudaron el dinero para los pasajes y les dieron a los antiguos amotinados un homenaje en el Pavilion Theatre de Whitechapel Road. Al día siguiente, embarcaron para Argentina, donde, que yo sepa, se pierde su pista.