miércoles, diciembre 02, 2015

Estados Unidos (12)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.


Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe.

Como ya he escrito antes en estas notas, la Historia de los Estados Unidos no se entiende sin el estudio, siquiera somero, de esa parte de su evolución que se coció en las decisiones del Tribunal Supremo; en el periodo en que ahora estamos, claramente dominadas por la personalidad de John Marshall. Hombre de vieja política, forjado en el nacimiento de la nación, Marshall tenía muy claro que los Estados Unidos necesitaban una labor de pulido jurídico que mejorase el poder del propio Supremo y del gobierno federal, en detrimento de las tendencias centrífugas de los Estados.


Y lo atacó por el flanco contractual. En 1819 se produjo la sentencia Dartmouth College vs Woodward, que se puede resumir en el siguiente conflicto: siendo el Dartmouth una institución educativa que gozaba de una concesión de la corona británica de 1769, ¿podía el Estado en el que ahora se ubicaba (New Hampshire) modificar las condiciones de dicha concesión unilateralmente? La interpretación del Supremo fue que una concesión es un contrato entre dos partes y, por lo tanto, tal y como machaconamente establece la legislación mercantil en cualquier país con un mínimo de seguridad jurídica, no puede ser modificado por una sola. Por lo tanto, el acto de New Hampshire había sido inconstitucional.

Ese mismo año de 1819, el Supremo falló también el caso Sturges vs Crowninshield, en la que se declaraba inconstitucional una ley de bancarrota del Estado de Nueva York que liberaba a un deudor de pagar su deuda.

Un tercer ejemplo es McCulloch vs Maryland. El Estado de Maryland había decretado que la oficina de Baltimore del Second Bank debería pagar un determinado impuesto desde el momento de su existencia. El Supremo emitió una sentencia que incluye una frase que debería colgarse enmarcada en los despachos de todos los políticos: the power to tax involves que power to destroy. Si los Estados tuvieran, dice la sentencia, el poder de anular los actos del Congreso (en este caso, crear un banco que no paga determinados impuestos) mediante la imposición de medidas a sus agencias territoriales, “podrían derrotar y destruir el poder de crear” de la Administración federal. McCulloch versus Maryland sigue siendo, a día de hoy, uno de los fallos fundamentales que han de estudiar los constitucionalistas estadounidenses.

Hay que tener en cuenta, además, la sentencia Gibbons vs Ogden, en la cual se prohíbe a los Estados legislar en materia de comercio cuando dicha legislación invada competencias del Congreso.

Estos ejemplos son sólo los más sobresalientes de más de una decena de decisiones que, durante esos años, declararon inconstitucionales actos jurídicos de los Estados.

La infancia de los Estados Unidos, o lo que se suele denominar “el tiempo de los primeros padres”, puede considerarse terminada en 1825, cuando James Monroe abandona la Casa Blanca. Se acaba lo que los libros de Historia estadounidenses denominan Jeffersonian Democracy, para pasar a la Jacksonian Democracy.

Entre 1816 y 1821, seis Estados habían entrado en la Unión, rigiéndose por constituciones que no exigían ninguna característica especial para poder votar. Esta tendencia afectó también a Estados ya existentes como Connecticut, Nueva York o Pensilvania, que también desregularon el voto. Esta democratización de la democracia trajo consigo una creciente implicación del common man en la política. Si en las elecciones de 1824 votaron poco más de 350.000 ciudadanos, cuatro años después se contaron más de 1,1 millones de papeletas. Una de las razones para este interés es que a partir de 1824 se restauró, por así decirlo, la dinámica electoral de enfrentamiento entre dos partidos diferenciados. Pero, sobre todo, fue el método de designación de candidatos el que favoreció el cambio.

Hasta el momento, los candidatos para las elecciones eran designados por una asamblea o caucus formada por miembros del Congreso; las candidaturas, pues, se cooptaban más que se elegían. Para muchos estadounidenses, esta forma de hacer las cosas reproducía los esquemas patricios, aristocráticos, del pasado, y se ligaba muy especialmente con la monarquía británica. En 1824, el sistema colapsó en el seno del Partido Republicano, en el que un montón de asambleas locales que se formaron comenzaron a defender sus propios candidatos, con tanto ardor que terminaron presentando optantes independientes, por fuera del partido.

El moderno sistema de elección, basado en una convención nacional a la que acuden, según expresión muy americana, delegates fresh from the people elegidos en caucus libres, se debe, paradójicamente, a un partido político que ya no existe. En 1830, efectivamente, el partido Anti-Masons celebró la primera de estas convenciones. Un año después, la convención de republicanos nominaba a John Quincy Adams. Por su parte, los demócratas tuvieron la suya por primera vez en 1832.

Como último, y lógico, paso en la democratización de la democracia, los Estados comenzaron a aprobar que el presidente fuese elegido por la gente y no por los parlamentos estatales. En 1828, ya sólo Delaware y Carolina del Sur se regían por el viejo sistema.

Las elecciones de 1824 supusieron la eclosión de nuevos políticos. Por ejemplo, William L. Macy, de Nueva York, que supongo que no os sonará pero que es padre de una frase muy famosa: to the victors belong the spoils; sentencia política en la que reposa eso del spoil system, que tal vez os suene un poco más. Macy, de hecho, prácticamente inaugura en Estados Unidos la casta de políticos modernos, que se dan cuenta de que ser capaz de aglutinar, también se puede decir manipular, los votos de muchas personas, y ponerlos al servicio de unos o de otros, es una ocupación mucho más lucrativa que la de político ejerciente. Marcy, junto con otros dos políticos de su hornada, Amos Kendall de Kentucky o William B. Lewis de Tennessee, formaron parte del núcleo duro, o Kitchen Cabinet como lo conocen los estadounidenses, de Andrew Jackson. Aunque en aquel año de 1824 no pudieron llevar a Old Hickory a la Casa Blanca.

Jackson peleó en 1824 contra William H. Crawford de Georgia, candidato elegido por los caucus, pero que sufrió un ataque al corazón en plena campaña. Los otros dos contendientes eran John Quincy Adams, de Massachusetts, y Henry Clay de Kentucky.

Adams y Clay estaban tan lejanos el uno del otro que parecían de partidos diferentes. Sin embargo, ambos coincidían en defender lo que Clay había acuñado con la expresión American System, esto es un entorno económico bastante inteligente basado en un Este industrial y un Oeste agrícola que se complementarían el uno al otro, cebando la riqueza conjunta. El Este necesitaba aranceles protectores, y el Oeste obra pública, sobre todo hidráulica y de transportes. El Banco Nacional proveería del crédito necesario para lubricar todo eso.

Jackson, por su parte, se presentaba con su prestigio militar (el héroe de Nueva Orleans), así como representante del hombre de la calle; aunque es verdad que, como suele ocurrir casi siempre con estos candidatos populistas, su programa no estaba nada claro.

Cuando se abrieron las urnas, se encontraron dentro 153.000 votos a favor de Jackson, por 108.000 para Adams, 47.000 a favor de Clay y 46.000 para Crawford. Por lo tanto, ningún candidato se había asegurado una mayoría de votos electorales. En consecuencia, la elección pasó a ser responsabilidad del Congreso, donde Clay desplegó su influencia a favor de Adams, que ganó. Como puede verse, en todas partes cuecen habas, y en la patria de la democracia moderna también es posible que los despachos hagan que quien gane finalmente no sea quien ha sido más votado. El gesto de Adams de nombrar a Clay secretario de Estado (puesto que entonces se reputaba como de precandidato para las elecciones siguientes) hizo enardecer las protestas de los republicanos, quienes sostuvieron que había habido un pacto contra la voluntad popular (y lo hubo). En 1828 sacarían esta bicha a pasear, con bastante éxito.

John Quincy Adams era una persona de sólidas convicciones democráticas. Nunca se sintió bien siendo presidente contra el voto, como él decía, de quizás dos tercios de los votantes. Y pronto tuvo la ocasión de entender hasta qué punto era verdad. Un programa de desarrollo interno que diseñó fue fulminado en las cámaras. Asimismo, decidió participar en una reunión con las repúblicas latinoamericanas con la intención de obtener apoyos para la compra de Cuba, pero cometió el error de designar delegados sin consultar al Senado, con lo que éste le montó la mundial. Ningún representante estadounidense estuvo en aquella reunión.

Asimismo, también abrió Adams negociaciones con el jefe del Foreign Office británico, George Canning, para abrir el comercio de la India a los mercantes estadounidenses. La cosa fue tan mal que Londres acabó incluso endureciendo las condiciones de su comercio colonial.

La verdad es que el mandato JQA al frente de los Estados Unidos recuerda mucho al que el lector tenga, según su ideología, de un primer ejecutivo especialmente torpe y bailón. En España, según te dé el aire, supongo que pensarás en Aznar o en Zapatero; pues eso. Tan mal lo hizo Adams que incluso algunos prohombres de su campo se hicieron jacksonianos. Es el caso de uno de los grandes elementos de la política americana del siglo, el neoyorkino Martin van Buren, o el surcarolino John Calhoun, vicepresidente con Adams, y que acabaría aceptando formar ticket con Jackson en 1828.

Así pues, las elecciones de 1828 fueron una pelea entre Adams, de nuevo nominado por los Republicanos Nacionales, y Jackson. La campaña de 1828 es importante porque en ella empezó, en buena medida, el aspecto carnavalesco y espectacular que tienen siempre las campañas estadounidenses, y que tanto fascinan a personas que, en España, se tiran luego cuatro años poniendo a parir la cultura social estadounidense (mientras compran en los Black Friday, mandan a sus hijos a hacer el conas por la calle en Halloween, y tal). El símbolo de los jacksonianos fue el ramo de nogal (o sea, hickory. El Viejo Nogal era el nick de su candidato), que blandieron por millones. También usaron las ramas de nogal, con sus hojas, para simbolizar esa idea, que también da para mucho en las elecciones y que modernos teóricos de la ciencia política dicen haber descubierto, de que “hay que barrer” con lo que hay.

Por su parte, el bando de Adams (al parecer, en contra de su opinión) inauguró la técnica del golpe bajo personal, basando su campaña en una presunta acusación de adulterio en contra de Jackson, provocada por un tecnicismo en el divorcio de su mujer respecto de su anterior marido... casi cuarenta años antes. A la señora de Jackson aquello le amargó la vida de tal manera que la palmó poco tiempo después de las elecciones (algo que nunca ha parado a los fabricantes de este tipo de movidas). Jackson nunca les perdonó. Y, la verdad, no tenía por qué.


Finalmente, Jackson se llevó 647.000 votos, por 508.000 de Adams. En el colegio electoral ganó el primero por 178 a 83. Sólo Nueva Inglaterra, Delaware y Nueva Jersey se le resistieron.