lunes, diciembre 07, 2015

El acorazado Potemkin (1)

Todos los momentos culturales de la civilización moderna tienen elementos que son indiscutibles. Algunos son universalmente indiscutibles: así, El Quijote o las obras de Shakespeare. Otros son indiscutibles durante un determinado momento de la vida social, normalmente a causa de estar ligados a algún otro tipo de idea o ideología de moda.

En el tiempo en el que yo tuve veintipico años había muchas obras de referencia de éstas. Casi todas tenían que ver con el marxismo, pues yo fui joven en una Universidad Complutense en la que no se entraba en según qué fiestas sin ser de la Joven Guardia Roja o de alguna otra movida parecida; y si no se decía que se había leído El Capital, y a Sartre, y a Marcuse, y a Habermas, y tal. A los jóvenes de hoy podrá sorprenderles saber que se podía llegar a abrir la lata de una churri escéptica (y aquellas churris eran muy escépticas) hablándole de una cosa que era la infraestructura y la superestructura; pero yo doy fe de que funcionaba que te cagas.

Entre estas cosas que era obligatorio haber experimentado figuraba una obra maestra del cine mundial (así se la ha conocido siempre) denominada El acorazado Potemkin, obra de Serguei Eisenstein. La podéis ver aquí. En los tiempos de mi juventud, cuando un cine-fórum universitario se quedaba sin ideas, o sin películas de Igmar Bergman, siempre tenía el recurso de proyectarla. Todo el mundo la conseguía con cierta facilidad, hecho éste al que sospecho la embajada de la URSS en Madrid no sería ajena. Y siempre que se exhibía la sala se llenaba porque el Acorazado era una de esas películas que había que ver. Todo el mundo orgasmaba con la escena del cochechito de bebé bajando por las escaleras (en puridad, la única escena de la que hablaban los cienes y cienes de estudiantes que, o no la habían visto, o se habían dormido durante las proyecciones, o estaban a otra cosa mientras la luz estaba apagada); y con eso nos llegaba a todos.

En realidad, ya os digo, todo aquello era una pamema. Hoy en día casi nadie es capaz de decir, sin mirar en la Wikipedia, quién fue Afanasy Matushenko, o el capitán de navío Yevgeni Golikov; o tantos otros protagonistas de aquella tragedia sin los cuáles ésta no se entiende. Hoy en día casi nadie los conoce; pero entonces era exactamente igual. La gente se sabía lo del puto cochecito por las putas escaleras, y punto.

Yo, sin embargo, pretendo hablaros en estas notas de la acción del Potemkin, porque fue un hecho histórico muy importante que, de hecho, estuvo cerca (aunque mucho menos cerca de lo que Eisenstein y los programadores culturales soviéticos pretendían) de adelantar la revolución rusa en una década. Es una historia interesante, parcialmente contada en la película, y que conforma uno de los hechos más interesantes del siglo XX.

Lamentablemente, ni este blog va a hacer historia de la cultura, ni la morena que está dos filas más adelante te va a hacer puto caso porque digas que te has leído estos post. Los tiempos han cambiado, macho. Tu padre está desfasado.

Habréis de dar un salto del carallo en el tiempo para situaros en la mañana del 25 de junio de 1905. Ese salto os traerá la imagen de un hombre bajo y corpulento en impoluto uniforme oscuro, que hace resaltar más si cabe las abundantes canas de su cabellera y barba puntiaguda. Es el capitán de navío Yevgeni N. Golikov, comandante del acorazado Potemkin, y está encantado de haberse conocido. Son muchos los rumores que ha escuchado en los casinos de oficiales que frecuenta cada vez que toca tierra sobre brotes revolucionarios en algunos barcos rusos, animados por el papel de puta pena que la armada rusa está haciendo en la guerra con Japón. Pero eso no ha ocurrido en el suyo. En el suyo, él lo puede decir con orgullo, la disciplina se mantiene enhiesta como el palo de una bandera. No es él el único que lo dice. También lo dice el vicealmirante Alexander Krieger, comandante provisional de la flota del Mar Negro, la que pertenece el barco, en ausencia del titular del mando, el almirante Grigory Pavlovitch Chuknin.

Golikov ha recibido de Krieger, en la mañana de aquel 25 de junio, la orden de dirigirse al estrecho de Tendra, para así poder probar sus piezas de 12 y de 6 antes de comenzar unas maniobras que están previstas. El buque acaba de ser repintado, fundamentalmente de negro. A mediodía, sin embargo, ha abandonado su base poniendo rumbo hacia Tendra. En un gesto muy de aquella época, la mujer de Golikov se embarca en un transporte naval, el Viekha, que hará el mismo trayecto, para así poder acompañarle las noches que pase en tierra.

La travesía se realizó sin novedad, y el día 26 el acorazado llegaba a Tendra. A mediodía, Golikov da orden de que se le hagan señales al torpedero que les escolta, el N 267, que navega al mando del barón Klodt von Jugensburg, para que se pase por Odessa a hacer la compra. A la tarde, el torpedero se allega a su boque nodriza cargado de alimentos diversos. Entre las muchas cosas que se descargan en el puente del Potemkin se encuentran grandes piezas de carne que han de servir para realizar un plato muy común en la gastronomía rusa y sobre todo en los barcos de la época, el bortsch. El objetivo es subir al barco suficiente comida como para permitir que éste no tenga que abastecerse de nuevo hasta que comiencen las maniobras con el resto de la flota, esto es el 4 de julio.

La verdad, esto, en sí, ya es una decisión bastante cuestionable. En las condiciones en que se podían conservar los alimentos hace 110 años, apostar por comprar carne para dos semanas y para más de 600 comensales era un poco arriesgado. Pero en realidad es peor, porque son diversos los testimonios que nos hablan de que ya el día 26 la carne subió al barco, digamos, un tanto podridilla. A la mañana siguiente, los marineros de guardia en el puente ya se apercibieron de que la cubierta olía a cucaracha momificada, a repugnancia galáctica. Las sospechas se confirmaron cuando algunos marinos encontraron en las piezas de carne diversos gusanos orondos y prósperos.

[Como pequeña digresión, cabe decir aquí que probablemente cualquiera de mis lectores que haya hecho un servicio militar comme il faut puede dar testimonio de que los militares siempre han tenido cierta tendencia a considerar que la tropa de leva puede comer cualquier cosa.]

Según los relatos más fiables, el primer marinero que se acerca a la carne y observa aquel espectáculo tan ecológico acaba llamando a otros que llaman a otros y, al llegar la primera tarde, cuando toca el cambio de turno, hay por lo menos un centenar rodeando las viandas y jurando en arameo.

¿Se equivocaba Golikov al juzgar la paz social de su marinería? Más que probablemente. Los futuros revolucionarios del Potemkin estaban allí mismo en aquel mediodía del 27 de junio; y no pocos de ellos albergaban ya entonces ideas revolucionarias. ¿Quiere esto decir que hubo agitación política con el temita de la carne? Más que probablemente, aunque no hay que olvidar que estas cosas siempre tienen una base: si la Armada rusa no se dedicase a comprar carne podrida para sus marineros, difícilmente podría haber agitación. Pero a ello, además, es más que probable que se uniera la labor de agitadores, digamos, profesionales o de profunda vocación.

El mismo día 27, Golikov fue informado de la inquietud de su marinería. Curiosamente, el comandante del acorazado en modo alguno respondía al retrato del mando aristocrático, envarado y despreciativo con la marinería que tanto se daba entonces en los barcos rusos; muy al contrario, era un hombre bonachón y dado al diálogo y, de hecho, lo primero que hace es encargar al médico del Potemkin que haga de perito sobre la situación de la carne. El doctor, que se llamaba Smirnov, la inspeccionó y concluyó que estaba perfecta. Probablemente, hizo un análisis muy superficial, con desgana, y acabó certificando que con un baño de vinagre la carne estaría perfecta para ser cocinada (para ser más exactos: juzgó que los gusanos eran huevos de mosca, y que el vinagre los mataría).

Tras conocer la opinión de Smirnov, Golikov dio por cerrado el incidente de la carne presuntamente podrida. Algo a lo que no merecía prestar mayor atención en un momento como aquél, en el que todo marino ruso que se preciase estaba mucho más preocupado por la derrota total de sus barcos en el Extremo Oriente. Informado de lo soliviantado que estaba el personal con el tema de la carne, resolvió controlar el asunto encargando a un marinero que se situase al lado de las viandas con un lápiz y un papel, en el que debería anotar el nombre de todo aquél que se acercase a la carne. Con eso consideró el tema tan controlado que resolvió abandonar el barco, igual que la mayoría de los oficiales. El barco propiamente dicho quedó al mando del capitán de fragata Hipólito Giliarovsky, segundo comandante. Gesto que, aun sin quererlo, fue como echar gasolina a la hoguera. Giliarovsky, hombre de orígenes aristocráticos y que era, probablemente, el oficial más odiado de todo el barco por la rudeza y rigidez con que se desempeñaba con la marinería. Giliarovsky, además, consideraba que la distribución de tareas entre los oficiales dejaba de su lado, aunque no estaba escrito en ningún lugar, la responsabilidad por el comportamiento de la marinería. Así, les sometía a frecuentes inspecciones sorpresa y otro tipo de putadas de oficial que cualquiera que haya hecho la mili en algún destino donde los mandos se dedicasen a putear a su propio ejército conoce muy bien. Sin embargo, también es verdad que esa actividad permanente de control de los marineros le había granjeado un conocimiento de los mismos del que su comandante carecía. Es por eso que Giliarovsky sabía que, en las últimas jornadas, los elementos más radicalizados de la tropa del Potemkin habían tenido diversos éxitos arrastrando al campo revolucionario a otros de sus compañeros más neutrales; y que el asunto de la carne les había servido para ponerle una guinda al pastel, por así decirlo.

Es por esta razón que, mientras otros oficiales se marchaban del barco a disfrutar de su situación privilegiada (muy privilegiada) en su condición de tales, Giliarovsky resolvió hacerse con una escolta de confianza, y actuar. Aprovechando que era el comandante al mando, decreta una inspección. El resultado de la acción es una clara percepción de que la marinería está mucho más encabronada de lo que incluso él habría sospechado. Los marineros juran y protestan sin recato, hasta el punto de que su oficial se da cuenta de que en cualquier momento puede estallar un motín. Llega la hora de comer. Los cocineros preparan su bortsch pútrido pero, en un gesto inusitado, seiscientos marineros, la totalidad de la tripulación, se niega a comer. Plantado en el comedor, reclama a los marineros los porqués de su actitud; y éstos (la verdad es que se lo dejó a huevo) se limitan a invitarle a probar cualquier plato. Giliarovsky se da la vuelta y decide consultar con su comandante. Para entonces es el único oficial del barco que es verdaderamente consciente de la complejidad de la situación. Consulta con Smirnov, quien se reafirma en su primer diagnóstico.

Giliarovsky encontró a Goliakov todavía en el Potemkin, almorzando. Su segundo le intima a realizar alguna acción urgente y el jefe del acorazado, si bien le da la razón, no se lo toma con tanta urgencia. Era, la verdad, hombre por lo general prudente, incluso en exceso. Decide, eso sí, convocar al doctor Smirnov y a su adjunto, el doctor Golenko. Como por otra parte no era difícil de imaginar, Smirnov, convocado por tercera vez para dar un mismo diagnóstico, es ya incapaz de modificarlo, así pues se encastilla en sus afirmaciones. En ese momento, Goliakov convoca a la marinería en el puente. Es, más o menos, la una de la tarde. En ese momento, Goliakov abandona su cabina como comandante del Potemkin por última vez. Va acompañado de un oficial mediano de los mejor considerados por la marinería, el teniente Alexeyev; y por el propio Giliarovsky.

Toda la tripulación presente en el barco (670 hombres) se encuentra ya formada en la cubierta, con sus uniformes de verano. Mientras se pasea entre ellos, en silencio, Goliakov diseña su estrategia. El sabe bien que no está ante una tropa de marineros. Los barcos de la Armada rusa, en aquel momento, no están lo que se dice petados de hombres de mar, sino más bien de personas, normalmente iletradas y con poco futuro, que por diversas razones han terminado sirviendo en la mar. Decide, pues, que los tratará con simpleza y disciplina, como según su percepción se los debe tratar.

Así las cosas, toma la palabra para informar, a voz en grito, que las acciones que se están llevando a cabo en el acorazado están totalmente prohibidas en un navío de la Marina Imperial, y que por lo tanto todos son acreedores de severos castigos por ello. Luego les recuerda que el doctor Smirnov ha afirmado la calidad de la carne, y termina dando la orden de que quienes estén dispuestos a comer el bortsch den dos pasos al frente.

Silencio. Nadie avanza. Luego, poco a poco, algunos marineros más veteranos se deciden a avanzar; pero son muy pocos.

Lo que sigue es de esperar. Goliakov, enrabietado, comunica que el resto de la marinería, puesto que no quiere comer la carne de la discordia, no comerá nada. Que someterá la carne a análisis, cuyos resultados, junto con los sucesos ocurridos, comunicará al comandante en jefe de la Flota. Y ordena romper filas.

Giliarovsky, sin embargo, no está contento. En su opinión, la reacción de su comandante no ha sido lo suficientemente ejecutiva como para ser efectiva. Él está convencido que los anuncios del jefe del barco no servirán para frenar la ola que ve venir. Así pues, cuando Goliakov se mete dentro del barco, toma su posición y ordena llamar a la guardia... y extender una lona.

La orden relativa a la lona es un mensaje claro para los marineros. No puede referirse a otra cosa que a una vieja costumbre de la Marina Imperial, codificada en su día pero entonces de largo tiempo en desuso, según la cual un segundo podría ordenar un pelotón de ejecución, usando una lona para preservar cierta incomunicación entre los fusilamientos y el resto de la marinería. Giliarovsky, por lo tanto, ha resuelto, o eso parece, llevarse por delante a los que sabe son los líderes del creciente movimiento insurreccional.

Es obvio que las versiones, digamos, partidarias de los amotinados del Potemkin, suelen echar mano de este gesto de Giliarovsky para justificar sus acciones. En realidad, esta presión es opinable. El segundo oficial del barco vivía en su tiempo, y consecuentemente sabían bien que una acción de este tipo convocaba unos derechos como segundo oficial que estaba lejos de disfrutar efectivamente en aquellos tiempos. De haber fusilado a un solo marinero, no es nada improbable que hubiese echado a perder su propia carrera. Por lo tanto, es probable que lo hiciese por acojonar, pensando que, en realidad, no iba a fusilar a nadie; tal vez, iba a flagelar a unos cuantos. Pero es obvio que fue un gesto de lo más pollas, pues, fuese lo que fuese, parecía lo que parecía.

Giliarovsky sabía bien a por quién tenía que ir: Afanasy Matushenko, Fiodor Mikishkin y Josef Dymtchenko. Todo el mundo sabía que este trío de ases manejaba el cotarro revolucionario en el barco, con Matushenko oficiando de jefe de la revolución. Era a estos tres hombres a los que, fundamentalmente, iba buscando el pelotón de doce hombres, acompañado de su oficial y del propio Giliarovsky, cuando se presentó en la zona de marinería.

Con el pelotón a sus órdenes, el segundo oficial repite la orden de Goliakov, intimando a todo aquél que esté dispuesto a tomar el rancho prescrito para que dé un paso al frente. El resultado fue el mismo: sólo unos pocos marineros, los más mayores. Ante ese resultado (según los testimonios, no más de cincuenta marineros habían dado el paso al frente), Giliarovsky declara que entiende que está frente a un motín, y da la orden al pelotón para que arreste a los líderes del movimiento. El oficial del pelotón, moviéndose con dificultad entre las apretadas filas de marineros que no le dejan pasar, acaba escogiendo a algunos marineros, probablemente de forma casi, si no totalmente, arbitraria. Finalmente, se junta una docena de ellos, que el segundo oficial ordena sean aislados mediante la lona.

Como ya hemos escrito, en este punto del relato nos encontramos ante hechos puramente subjetivos. Unos dirán que Giliarovsky estaba plenamente dispuesto a ordenar fuego. Otros dirán que no. Yo, como ya he dicho, estoy más en esta segunda posibilidad. Es obvio que no soy un experto en la justicia naval rusa de principios del siglo XX, pero considerando que estaba echando mano de una posibilidad disciplinaria que, si bien estaba recogida en los códigos, llevaba muchas décadas en desuso, para mí es obvio que el oficial sabía que no podía fusilar a los marineros, máxime si habían, como parecen coincidir los testimonios, sido seleccionados un poco a la pata la llana. Es como si un militar español, a día de hoy, se agarrase a un tecnicismo de los códigos militares para implantar un castigo frecuente entre las tropas africanas en los tiempos en que el general Franco era coronel. El gesto, además, de repetir por dos veces la demanda a lo marineros para que aquietasen su postura (una, cuando se presentó con el pelotón; la segunda, con la lona ya desplegada), parece sugerir que Giliarovsky se estaba jugando un farol. Pero también es cierto, como ya he dicho, que era un farol muy peligroso, sobre todo teniendo en cuenta cómo estaba el patio, o mejor hemos de decir el puente.

Matushenko, como otros líderes, ni siquiera estaba entre los seleccionados para la acción punitiva. De hecho, tuvo tiempo y oportunidad (lo que lo dice todo de la estupidez de Giliarovsky) para enervar al personal. Además, muy pronto todos o casi todos pudieron ver que el segundo comandante, que se había izado en un cabestrante para poder ser visto, sostenía una viva discusión con un guardiamarina llamado Liventrov, más que probablemente el encargado de transmitir al jefe del pelotón la orden de fuego.

La sensación de que Giliarovsky se había visto pillado en su propio farol galvanizó a Matushenko, quien hizo lo que cualquier revolucionario en esa situación: acudir a los miembros del pelotón de fusilamiento. Al fin y al cabo, eran marineros como él. De un lado a otro de la lona, pues, les intimó a no disparar contra sus camaradas. El silencio de las armas, obviamente, galvanizó a los revolucionarios, que pasaron de reclamarles que no fusilasen a sus compañeros a pedirles que les entregasen las armas para que se pudieran hacer con el control del barco.

En puridad, ése fue el primer momento en el que se escucharon llamadas al motín. Eso sí, para entonces la indecisión del comandante Goliakov, la despreciativa superioridad del médico Smirnov, y la torpeza del segundo comandante Giliarovsky habían colocado las cosas en un punto tan jodido que prácticamente ni uno solo de los marineros se planteó mantenerse ajeno al movimiento.

Cualesquiera que fuesen las intenciones iniciales de Giliarovsky, dio orden al pelotón de disparar. Pero ya era tarde. Los hombres del mismo, claramente, estaban ya dominados por las arengas y el griterío de la marinería al otro lado de la lona. Por no citar que podían ser tontos, pero no gilipollas: para entonces, los marineros ya estaban echando mano de los depósitos de armas y municiones, y el oficial que les gritaba estaba desarmado.

En esa situación, Giliarovsky hizo lo que ha de hacer cualquier oficial: se bajó del cabrestante, tomó el arma del primer oficial que estaba cerca de él, y amenazó a los miembros del pelotón de dispararlos si no cumplían la orden.

Pero no fue él quien disparó.

Fue el marinero Gregory Vakulinchuk, el primero que se había llegado hasta los depósitos de armas y había tomado una. Disparó, eso así, al aire, para enseñarle a Giliarovsky que la cosa iba en serio. El oficial Hipólito, que le vio ejecutar la acción, se fue a por él, pegando él mismo dos rabiosos tiros al aire. Vakulinchuk trata de repelerlo, pero es menos experto que el oficial, y pronto terminará en el suelo, malherido. Entonces, Giliarovsky ve a Mathushenko en el puente, y le ordena que deje sus armas. Matushenko le responde que tendrá que matarlo para conseguir eso. Giliarovsky apunta, pero el marinero es más rápido, y le dispara una bala mortal.


En el momento en que el capitán de fragata Hipólito Giliarovksy nota, si es que lo nota, el frío tacto del suelo del puente en su rostro, antes de dejar de ver, oír y sentir al completo, el motín de Potemkin ha alcanzado eso que llamamos un punto de no retorno.