viernes, junio 13, 2014

Anschluss (7): ¿Por qué no invadir Checoslovaquia?

Releo las notas ya escritas en tomas pasadas de esta serie, querido lector, y, la verdad, no estoy nada seguro de estar transmitiéndote con eficiencia la importancia que jugó en la Anschluss la persona de Guido Schmidt. En cuestiones de relaciones exteriores, y muy especialmente en cuestiones de relaciones con Berlín, el canciller Kurt von Schuschnigg fue, siempre, un reo de Schmidt, que primero fue quien sabía, después fue quien además tenía los contactos, para acabar siendo quien, en realidad, sabía lo que estaba pasando.


Resulta difícil, o por lo menos a mí me resulta difícil, poder decir cuál es el momento en el que Guido Schmidt dejó de creer en la posibilidad de una Austria independiente y comenzó a trabajar para su integración en el III Reich. Pero lo que está claro, siempre para mí, es que hubo dos etapas. Hubo un momento en el que Guido Schmidt pensó que podía conseguir que Austria no fue se absorbida por Alemania, aunque sabía muy bien que eso pasaba por hacer algunas de las cosas que Berlín esperaba de Viena. Y la principal de ellas era Checoslovaquia.

Desde marzo de 1936, remilitarización de la Renania, parecía estar claro que las potencias europeas no estaban dispuestas a hacer de todo, de todo, para impedirle a Adolf Hitler sus acciones. A partir de ese momento, y es por eso que en julio se firmó el acuerdo con los austríacos, en Europa Central se vio con claridad que el canciller alemán acabaría atacando. La cuestión es si atacaría a Austria, o a Checoslovaquia. Y los políticos austríacos en el poder, muy especialmente Schmidt, llegaron a la conclusión de que la mejor forma de evitar el peligro de ser invadidos sería invadir ellos.

Desde 1936, Austria fue discretamente sondeada sobre su proclividad a participar en una invasión de Checoslovaquia. Para entonces, Berlín estaba ya presionando fuertemente al regente Horthy para que Hungría se uniese a esa acción. Con todo, era Austria, le explicaba Schmidt a su jefe, la que tenía mayor interés en participar en una acción así, por una simple acción de supervivencia, pues así garantizaría que el foco de las ambiciones nacionalsocialistas se dirigiese hacia otro lugar. Italia, le había dicho Göring a Schmidt durante sus frecuentes entrevistas, había dado su consentimiento tácito a la operación.

Un elemento de la ecuación, de no menor importancia, era el distanciamiento entre Roma y Belgrado, que operaba en contra de los intereses de Francia en la zona. París, en efecto, hubiera querido tejer una red de alianzas (como la que tenía con Polonia) en la zona para así enviar a Hitler el mensaje de que era peligroso jugar en el avispero centroeuropeo. Sin embargo, para ello necesitaba un acercamiento de Yugoslavia hacia Mussolini, basado en intereses comunes en el área danubiana, que supondría un enfriamiento de las relaciones entre Belgrado y Berlín. Sin embargo, el consejo de ministros yugoslavo decidió jugar a la equidistancia entre ambos polos fascistas, taponando con ello las posibilidades de realizar una alianza estrecha con Francia. Tanto Yugoslavia como, al fin y a la postre, Rumania, acabarían negándose a la conclusión de pactos de asistencia mutua con Francia.

Para Alemania, como es bien sabido, Praga era la llave que, una vez poseída, le abriría las puertas de los cereales húngaros, el petróleo rumano y, al fin y a la postre, la posibilidad de jugar el gran juego contra Inglaterra en el Oriente Próximo. Mussolini, por su parte, aceptaba tácitamente, como hemos dicho, los planes de su cada vez más aliado, pero seguía sosteniendo sus propios intereses en la zona, lo cual pasaba por seguir afirmando, cuando menos formalmente, su defensa de la independencia austríaca. Mussolini, que tenía una enorme facilidad para concebir en su cabeza extrañas alianzas casi imposibles, soñaba, muy especialmente tras la caída de Titulesco, con acercarse a Rumanía hasta conseguir construir una entente de este país con Hungría, que se convertiría, en su obvio beneficio, en una especie de corresponsal suyo en la zona. Si conseguía eso, ya podía viajar a París y a Londres a pedir, porque sería colmado. Máxime teniendo en cuenta que, como ya hemos insinuado, Francia, en otro momento una potencia que había dado y quitado en la zona, se había quedado en la misma sin más aliado que Checoslovaquia.

[Inciso: a esto es a lo que estaba jugando Mussolini en realidad; y ésta era la mano que le vigilaban Londres y París. El envío a España del general Roatta, el CTV y todas esas cosas, a luchar con Franco, no era en modo alguno el principal elemento de la ecuación. Este factor es uno más de los que suelen olvidar los que se piensan que la implicación de potencias europeas a favor de la República estaba requetechupada.]

Los problemas de Francia en la zona eran tales, tal era su aislamiento, que no le quedaba otra que buscar un acercamiento con Italia [no obstante que sedicentes historiadores y opinadores contemporáneos sostengan, con dos de pipas, que podía haberse implicado a favor del bando republicano en la guerra civil; esto es, luchar contra Mussolini al mismo tiempo que buscaba su alianza]. Al gobierno galo le parecía factible calentarle la oreja a Mussolini (hombre de orejas habitualmente tibias) con la posibilidad de ser el muñidor de una entente de naciones de lo que hoy conocemos como Europa del Este contra el imperialismo alemán.

En el otoño de 1936, mientras el gobierno republicano las pasaba canutas y Madrid pendía de un hilo y [dato importante, que no se cita mucho] en Francia se producía un rosario de huelgas de la hueva, Berlín entendió que era el momento de proponerle al canciller Von Schuschnigg que participase en un plan para merendarse Checoslovaquia. Les fueron ofrecidas las regiones meridionales de Bohemia como caramelo. Alemania se quedaría con el resto de Bohemia, Moravia y una parte de Eslovaquia, más concretamente la región de Zips. Hungría recuperaría Eslovaquia, con la única excepción de la región mentada. Polonia, por su parte, se quedaría con la Rusia subcarpática, la Alta Silesia, y Teschen, una región petada de gentes de origen polaco que había sido atribuida a Checoslovaquia en los tratados de paz de posguerra.

Tropas motorizadas austríacas realizarían la invasión propiamente dicha desde el sur hacia Praga, mientras que los alemanes entrarían por Silesia, mientras que los húngaros entrarían por los valles del Waag. El ministro de Exteriores húngaro, Kalman de Kanya, se oponía como gato panza arriba al plan, convencido de que alguien iría en auxilio de Checoslovaquia. Tras el encuentro de Horthy con Hitler en Berchtesgarden, en el que se habló largo y tendido de la partición de Checoslovaquia, De Kanya dimitió por dos veces.

En el curso de la conferencia de los signatarios de los protocolos de Roma, celebrada en noviembre de 1936, se volvió a hablar de la partición de Checoslovaquia. Allí Von Schuschnigg se mostró contrario a la participación austríaca, por las mismas razones por las que De Kanya se oponía. Contrariamente a la opinión de Guido Schmidt, el canciller pensaba que llevar a cabo aquella operación, lejos de blindar a Austria contra una agresión, la colocaría la siguiente en la lista; pues Hitler, dominando Bohemia, tendría toda Europa Central a sus pies.

Como uno era canciller y el otro no, finalmente prevaleció la opinión de Von Schuschnigg. Con ello, Austria labró su perdición (y hay que reconocer que en esto acertó Schmidt, bien informado por Göring), pues todo lo que consiguió violentando el proyecto de una invasión coordinada de Checoslovaquia fue que los planes diseñados para la misma fuesen, finalmente, aplicados en su territorio.

Sin embargo, hay que decir que, con este gesto, es muy probable que Austria le diese a los aliados la victoria en la segunda guerra mundial. Sí, como suena. Porque el gesto de Von Schuschnigg obligó a Alemania a retrasar su expansión hacia el Este, hacerla más pausada, más política. Tuvo que invertir más tiempo en ello, y eso quiere decir que otorgó un tiempo precioso para el rearme de Inglaterra.


Porque Inglaterra no estaba en condiciones de entrar en una guerra entonces. Por mucho que los analistas de salón, desde el balcón del siglo XXI, sigan preguntándose, mientras se dan golpes de pecho, cómo es que no ayudó al bando republicano español en la guerra civil.