lunes, junio 16, 2014

Anschluss (8: aquel año 37.1)

En noviembre de 1937, el Partido Radical francés celebró su congreso y en él su miembro, y ministro de Asuntos Exteriores, Yvon Delbos, hizo su famosa declaración afirmando que Francia cumpliría sus compromisos respecto de Checoslovaquia. Aquel congreso, de alguna manera, clavó el penúltimo clavo en el ataúd donde fue enterrada la intervención en favor de la República por parte de las potencias democráticas. Quedaba prístinamente claro para todo el mundo lo que ya lo era para cualquier persona medianamente informada desde el mismo día que se había firmado el pacto germanoaustríaco: lo que realmente importaba en las cancillerías europeas era el Este de Europa, y a esto era a lo que estaban dispuestos a dedicar sus esfuerzos, entre otras cosas porque era la última ocasión que les quedaba para hacer de Mussolini un líder alejado del nazismo.

Días después del congreso, el propio ministerio francés le aclaró al gobierno austríaco, que para ello había hecho las oportunas consultas, que su planteamiento era honrar sus compromisos con Checoslovaquia cualquiera que fuese la forma de la agresión que sufriese el país. Con estas ideas en la cabeza, Guido Schmidt, en su calidad de responsable de los asuntos extranjeros, escribió en diciembre una carta a Göring, que había sido demanda por éste, tomando posición en el tema de la posible invasión de Checoslovaquia con ayuda de los austríacos. La respuesta fue: no. Y, con casi total seguridad, cuando Göring se presentó en el despacho de su jefe con aquella cara, Hitler decidió invadir Austria algún día.

Otro factor cooperó para elevar los nervios de Berlín contra Viena, y fueron los intentos repetidos por parte del gobierno austríaco de alcanzar acuerdos con Praga y Budapest, que llevaron a Von Schuschnigg a aceptar la idea de Mussolini (como casi todas las ideas del Duce en política internacional, una cagada) de aceptar a Yugoslavia en los protocolos de Roma, como le había explicado el propio Mussolini al príncipe Starhemberg y había intentado conseguir en Venecia en la primavera de aquel año. Aunque todos estos movimientos fuesen, no pocas veces, más virtuales que reales, en Alemania sonaban a tentativas para aislar al Reich. A menudo ocurre en la política, y no digamos en la geopolítica, que las formas son tan importantes o más que el fondo.

Como decía, esto tenía más de virtual que de real. Por dos veces, Mussolini le pidió a Von Schuschnigg que visitase Belgrado; por dos veces, el canciller se negó con cajas destempladas. Y no era para menos, porque la hostilidad hacia Austria en Yugoslavia era manifiesta, como probablemente es lógico en un país escindido que veía en la vieja capital la muralla tras la cual se escondían, huraños, los avejentados partidarios del antiguo imperio contra el cual habían combatido serbios y montenegrinos. Cuando Yugoslavia, en medio de una movida con varios incidentes de frontera, decidió expulsar a varios ciudadanos austríacos de su país, Mussolini tuvo claro que esa entente entre Austria y Yugoslavia que le podría haber convertido en el puto amo del Danubio no se iba a producir.

Sin embargo, y a pesar de esta virtualidad, hubo cosas concretas que lanzaron el mensaje claro a Hitler de que su montaje se podía ir por el desagüe si no era rápido. El presidente checoslovaco Benes, y muy especialmente Milan Hozda, que presidía el consejo de gobierno de Praga, eran, crecientemente presionados como estaban por la cuestión de los sudetes, cada vez más partidarios de intentar la creación de una especie de federación de países danubianos, tomando como modelo los escandinavos. Kurt von Schuschnigg apoyó la idea, bien que convencido de que los checos eran demasiado optimistas sobre las posibilidades de convivir pacíficamente con el Reich. Fue, en todo caso, otro movimiento que dejó bastante claro a Berlín que había de actuar.

Vayamos un poco hacia atrás, por el momento. En el verano de 1933, el canciller Dollfuss, cada vez más irritado y temeroso a partes iguales a causa de las campañas terroristas nacionalsocialistas, había lanzado una serie de consultas a París, Londres y Roma sobre cuál sería su actitud si, por cualquier circunstancia, (elegante eufemismo de «si Alemania decidía atacarnos») Austria se veía obligada a solicitar el amparo de la Sociedad de Naciones. De París se contestó que se acudiría en dicha ayuda, en el marco de los acuerdos de Ginebra. Italia contestó que no creía demasiado en la protección de los tratados de Ginebra, pero que aun sin este paraguas actuaría en ayuda de Austria. Londres, por último, había desaconsejado a Dollfus el solicitar amparo en la Sociedad de Naciones contra las movidas inspiradas por el NSDAP alemán.

[Hagamos otro inciso, porque para hablar de la intervención o la no intervención, no sólo hay que mirar los tiempos en los que ésta se podría producir, sino sus precedentes. En el verano de 1933 no había estallado todavía la guerra civil en España, pero no por eso quienes luego estuvieron al frente de la misma en el bando republicano carecían de capacidad analítica ni de acceso a información internacional de calidad, a menos que sus embajadores se decidiesen a dar fiestas y poco más. Si los gobernantes republicanos se hubiesen interesado por los temas internacionales, cosa que cada vez hacían menos porque la dificilísima situación del orden público interno, que colapsó en Casas Viejas, no se lo permitía (bueno, y a algunos de ellos, semanas después, cuando empezó lo de «atención al disco rojo», el Lenin español, la convergencia sociocomunista y bla, ya pasó directamente a importarles un testículo), se habrían dado cuenta de lo que venían a significar estas tres respuestas. A saber: que Francia tenía su foco exterior puesto en Europa Central; que Italia jugaba claramente la carta de que, en un momento dado, podría llegar a aliarse en la zona con las potencias democráticas; y que Inglaterra no quería saber nada de posiciones que pudiesen comprometerla; espíritu que sólo cambiaría cuando el pacto nazi-soviético dejó claro que Hitler sólo tendría un frente que atender. Insisto: estas tres son posiciones que eran bien claras casi 30 meses antes de que se produjese el golpe de Estado del 18 de julio del 36. Da la impresión de que nadie en el Palacio de Santa Cruz las analizó en serio; y así ha seguido el carrito rodando hasta el día de hoy.]

De alguna manera, Francia esperó que el asesinato de Dollfuss hiciese cambiar el punto de vista de Inglaterra, y girarla hacia posturas más categóricas y amenazadoras para Berlín. Pero no fue así, first and foremost, porque Inglaterra estaba desarmada en aquel momento; y también porque la Historia también es una cosa de personas, y entonces el país no estaba gobernado precisamente por las gentes más proclives a las posiciones ejecutivas. Este inmovilismo blando de Inglaterra convenció a Austria de que su independencia sólo podía ser garantizada por Italia, necesitada, se pensaba, de un territorio tampón entre sus intereses en Trieste y el Brenero y la propia Alemania. El error de los austríacos fue confiar demasiado en Mussolini, y, algunos de ellos, en el propio Hitler que, pensaban, se había quedado tranquilo tras el acuerdo de julio del 36. En pocas palabras, los austríacos acabarían por volar sus puentes con París y Londres. A principios de 1937, cuando la chulesca actitud de los nacionalsocialistas austríacos era ya evidente para todos, el Quay d’Orsay abrigó el proyecto de una nueva declaración francobritánica en apoyo de la independencia austríaca; y tal vez estéis esperando que escriba que Londres no la quiso firmar, pero no es cierto. Londres casi ni la conoció, porque quien paró ese golpe fue… Guido Schmidt. Estaba en Londres para los fastos de la coronación y, al conocer el proyecto, aseguró a todos sus interlocutores que Austria no estaba en peligro y que no hacía falta, gracias. Aquel detalle vino a coincidir, más o menos, con el momento en que el propio Kurt von Schuschnigg comenzó a distanciar, hasta hacerlas raras, las entrevistas con los representantes inglés y francés. Ni siquiera estuvo presente en las asambleas de la Sociedad de Naciones de 1936 y 1937.

Alemania, por su parte, consumió buena parte del año 1937 tratando de conseguir de las potencias occidentales una declaración expresa de no intervención en los asuntos de Centroeuropa. Los alemanes aprovecharon la exposición internacional de París, celebrada aquel año, para entrar en contacto estrecho con los políticos franceses. Es en dicho año cuando el NSDAP comienza a situar en Francia a diversos propagandistas defensores del nacionalsocialismo, difusores del peligro judío internacional y esas cosas; política que viene combinada con una especie de ofensiva de visitas al país galo; procesión que comenzó por la economía, esto es con la visita de Schacht.

La verdad es que, durante aquellas jornadas, Alemania jugó a la perfección el papel que sabía que los demás querían creer de ella, muy especialmente los austríacos, que prácticamente habían inventado la teoría. Me refiero a eso de que dentro del NSDAP había moderados y radicales, cuyas diferencias podían llevarlos a una ruptura pronto. Engañaron a todo el mundo. Ciertamente, en aquel verano de 1937 la proyectada visita a París del barón Von Neurath no pudo producirse a causa de España, pues la polémica sobre la ayuda alemana a Franco estaba en plena ebullición en Francia. Pero aquello no impidió a su delegado de prensa, un tal Aschmann, visitar París e invitar oficialmente a Pierre Comert, su colega en el Quai d’Orsay, a visitar Berlín.

La lista de altos cargos alemanes que aquel año 1937 visitaron el Sena para repetir una y otra vez que Alemania deseaba la paz es larga: el general Beck, jefe de Estado Mayor; Hanns Oberlindober, jefe de la organización nacionalsocialista de excombatientes alemanes; Hans von Tschammer-Osten, importante cargo del partido en materia deportiva; el secretario de Estado de la cancillería del Reich, Hans Lammers; el secretario de Estado Miltch, mano derecha de Göring; y, last but not least, un peso pesado del nazismo como Baldur von Schirach, jefe de las Juventudes Hitlerianas.

Todas estas personas, en sus visitas, se ocuparon de destacar lo poco fiable que se estaba volviendo Italia, e insinuando la posibilidad de llegar a acuerdos con Alemania. Según la República española y sus hagiógrafos, lo que tenían que haber hecho los franceses era contestarles interviniendo en España, o facilitándole armas.

Por lo que respecta a Londres, ahora es caca escribir estas cosas porque se escriben a toro pasado; pero lo cierto es que, en aquel año 1937, contemplaba como un escenario posible el logro de un entendimiento con París y Berlín. Sólo teniendo en cuenta este elemento se puede entender el consejo dado por sir Austen Chamberlain a Austria, en el sentido de que lograse un entendimiento con Alemania. A finales de julio de 1936, esto es después de haberse firmado el acuerdo austrogermano [y, no se olvide, después de haber estallado la guerra civil española], sir Robert Vansittart, subsecretario permanente del Foreign Office, visitó Berlín. En septiembre de aquel mismo año, Lloyd George tuvo una conversación de más de tres horas con Hitler y Ribentropp. Las cosas quedaron claras tras el levantamiento de las sanciones a Italia. La no intervención en España no fue más que un elemento más de esa política, plenamente coherente con la misma.

Lo único que le interesaba a Inglaterra, como tal, de la guerra española, era no comprometer su posición en el Mediterráneo, así como la de Francia. Y esto es algo que el general Franco se guardó mucho de dejar claro desde el minuto uno del partido.

Lo que mejor salió fue el acercamiento con Italia, hecho que levantó grandes esperanzas para los austríacos, puesto que el interés de Roma por la zona danubiana se reavivó rápidamente. Sin embargo, Inglaterra, en la segunda mitad del 37, y a pesar de las torpezas de Ribentropp, decidió seguir jugando la carta alemana. Fue un error de Neville Chamberlain que Europa habría de pagar muy caro, pues el miedo que despertó en Mussolini este acertamiento de que fuese él quien se quedase sin sitio en Europa Central acabó moviéndolo casi definitivamente a la entente con Alemania.

Este año de 1937 es de gran importancia para entender muchas cosas. Por eso, deberemos dedicarle todavía algunos párrafos más.