miércoles, junio 11, 2014

Anschluss (6): Informes, porqués, y cambios de opiniones

En enero de 1937, el canciller Kurt von Schuschnigg recibió el primer informe serio que le colocó en la convicción de que Hitler no se iba a parar en el acuerdo de julio de 1936. Se trataba de un memorando de la industria westfalo-renania; un informe que, por otra parte, tanto Schacht como Von Papen habían conocido antes de ser enviado a Viena (así estaba el tema).


El análisis era demoledor: Alemania avanzaba a marchas forzadas hacia una guerra a gran escala, tal vez con uno, tal vez con dos frentes; y necesitaba mucho más de lo que tenía. La política de autarquía (que fue, por cierto, copiada por Franco, también con resultados más que discutibles) no había funcionado. Alemania necesitaba sacar de algún lado entre un 25% y un 30% más de PIB del que tenía. Lebensraun en estado puro. Con lo que tenía Alemania por sí misma, ni siquiera teniendo una cosecha récord conseguiría tener cereales panificables en volumen suficiente como para alimentar a su gente. Su déficit en materias primas se estimaba, según la materia, entre el 40% y el 60% de las necesidades totales. La necesidad era muy importante en hierro (y lo sería, iniciada la guerra, en wolframio, razón por la cual la restricción de ventas a Hitler sería la primera reivindicación estadounidense frente a Franco, a cambio de la gasolina que España necesitaba). Alemania tenía aluminio en suficiencia, pero sólo disponía de los dos tercios de zinc que necesitaba, la mitad del plomo y, ojo, como mucho el 15% del cobre que necesitaba (tal vez este dato ayude al lector a entender la casi constante corriente de simpatía entre Alemania y Chile en aquellos tiempos). Carecía de estaño, de níquel, de cromo y, como hemos dicho, de wolframio. Si hablamos de gasolina, las necesidades eran tan perentorias que resuelven por sí solas las dudas de por qué decidió Hitler abrir el frente oriental. Algo importantísimo para la guerra: su dependencia del exterior para el caucho era de un unsurmountable 85%. Esquilmando los bosques tiroleses a toda hostia, estimaban los técnicos westfalo-renanos, Alemania podía llegar a producir la mitad de la celulosa que necesitaba.

El crecimiento preguerra germano había sido financiado por el gobierno mediante la emisión de deuda (supongo que suena) que había sido absorbida por los bancos (también suena) y las empresas. Pero como quiera que una parte importantísima de la maquinaria industrial y constructora alemana estaba dedicada a elementos improductivos para la economía en general (armamento y fortificaciones), los títulos no se habían comunicado al circuito monetario, no se había generado inflación, pero tampoco actividad. En esa situación, los bancos compraban deuda contra reservas: literalmente, se estaban comiendo los ahorros de los alemanes para colocarlos en papelitos. Por otra parte, el diktat de la autarquía, que al fin y al cabo suponía no importar cosas que la economía y la gente necesitaban, sí que había elevado el coste de la vida, en torno a un 35%, empobreciendo a los asalariados.

La salida de libro en una situación así es: restricción presupuestaria y devaluación de la moneda. Pero Hitler no se podía permitir lo primero y no podía hacer lo segundo, con un marco como el que tenía, que no tenía reservas de oro que lo respaldasen.

Aquella Alemania tenía un funcionario por cada doce ciudadanos; uno por cada ocho si se hacían bien las cuentas, esto es sumando a los servidores públicos todos los integrantes de los diversos staff del NSDAP. El país recaudaba de sus contribuyentes 60.000 millones de marcos, de los que dedicaba más de 20.000 al funcionamiento de sus diversas burocracias.

Pero había otra salida, claro: la guerra.

Es bien sabido que la Alemania de 1937, como la de 1939, no estaba totalmente preparada para la guerra. La construcción de la maquinaria militar no estaba terminada, y el país no contaba con las reservas de todo tipo que necesitaba para poder conllevar un enfrentamiento bélico. A esto se unía la experiencia de la guerra de España, que, para muchos militares alemanes con las neuronas razonablemente amuebladas, venía a demostrar que el axioma de que disponiendo de superioridad en carros de combate y aviones la guerra estaba tirada, resultaba ser falso. Además, las grandes maniobras realizadas por el ejército en el otoño de 1937 habían provocado nuevas dudas. El uso de bencina sintética había reducido la eficacia de las unidades motorizadas.

A la cortedad de las reservas había que unir la cortedad de oficiales. La falta de los mismos queda clara en las decisiones tomadas por el Estado nazi en aquellos de recortar un año los estudios en los Gimnasios, así como permitir el acceso a las escuelas de oficiales desde el mismo bachillerato. En medio de aquel shortage, a Hitler no se le ocurrió otra cosa, en 1937, que decretar la arianización de los mandos del ejército, lo que provocó una violentísima discusión entre él y el general Von Blomberg, su ministro de la Guerra.

Todas estas noticias, que podían mover a cierta tranquilidad e incluso optimismo en Londres, eran, sin embargo, muy preocupantes para Viena: venían a querer decir que lo lógico para Alemania, si quería ganar mercados, materias y poder, era atreverse con los peces chicos. Si Berlín decidía comerse a Viena, la única esperanza real de ésta era que Italia no lo permitiera, en defensa de sus posiciones geopolíticas alpinas. Pero, tras las únicas conversaciones con el Duce, tras su progresivo acercamiento a Hitler, Von Schusschnigg ya no las tenía todas consigo.

Los austríacos no olvidaban que Von Blomberg había puesto tres condiciones para que Alemania pudiese afrontar una guerra a gran escala: una, estar seguros de una oposición frontal polaca al paso por su territorio de tropas rusas; dos, estar seguros de la actitud de Italia; y tres, poder disponer de los recursos naturales e industriales de la Europa oriental y sudoriental.

A esto había que añadir la política de cierto acercamiento que los alemanes practicaban respecto de las democracias occidentales. El barón Von Neurath y su secretario de Estado Von Mackensen creían posible llegar a un acuerdo colonial con Francia, a cambio de garantías en el continente por un periodo de unos diez años (suficiente para construir la armada que quería Hitler). Además, hay que tener en cuenta que el excelente resultado que estaban dando en la guerra civil española las baterías antiaéreas alemanas prácticamente reducía a cero las posibilidades de Francia de actuar si se ejercitaba alguna presión contra Checoslovaquia.

En el caso de Inglaterra, sin embargo, la actuación de Joachim von Ribentropp como embajador no había sido la mejor del mundo, así pues las cosas estaban un tanto emputecidas. La obstinación del futuro ministro nazi había enfangado la cuestión colonial, que había terminado por naufragar en el momento en que el Duce había decidido apoyar los postulados germanos.

A finales de 1937, el gobierno austríaco recibió informes fidedignos de que Austria estaba en el centro de los problemas internos existente en Alemania entre el ejército y las clases conservadoras por un lado, y el NSDAP y sus unidades por otra. Las SS y otras unidades hitlerianas querían una invasión inmediata del país, mientras que los mandos militares se mostraban contrarios a la Anschluss.

La cosa venía de algo antes, cuando menos medio año. En el verano de aquel año de 1937, Franz von Papen había acabado de improviso sus vacaciones para volver a Viena. A través de su secretario Von Kletterer (no he podido encontrar su nombre; pero casi me apostaría a que se llamaba Klemens, como su antepasado, tal vez su padre, que también era diplomático y que pereció en medio de una merienda de chinos, esto es durante la rebelión de los bóxers) comunicó a Guido Schmidt y a altos mandos militares que deseaba reunirse con ellos. Von Papen era, claramente, del partido de los mandos militares alemanes, y buscaba aliados en Austria para su pelea de poder en Alemania.

Von Papen decidió trabajarse a Schmidt, probablemente porque consideraba a Von Schuschnigg demasiado renuente o terco, y porque Guido mostraba ya cierta capacidad de comprensión hacia los nacionalsocialistas. De hecho, le facilitó varios viajes a Alemania, a la mansión de Hermann Göring, ya que ambos, Papen y Schmidt, estaban convencidos de que podía atraer al jerarca nazi al partido militar contra la invasión de Austria. Y, de hecho, la conversión funcionó por un tiempo, hasta 1938. Hasta entonces, Göring era un firme partidario de la colaboración estrecha entre Alemania y Austria, para que el segundo de los países aportase sus materias primas y su ayuda logística frente a Checoslovaquia. La táctica le funcionó… a los alemanes. Guido Schmidt creía estar manipulando a los nazis; pero eran ellos los que lo manipulaban a él. Enseñándole la zanahoria de un acuerdo con Hitler vía Göring que luego nunca se produciría, los nacionalsocialistas consiguieron que Schmidt bombardease literalmente todos los intentos de Von Schuschnigg de llegar a entendimiento con otros países de Europa oriental.


La clave de la movida es Göring. El número 2 del gobierno (ya no sabría decir si del NSDAP. ¿Tiburcio?) había montado un plan económico cuatrienal de colaboración entre Austria y Alemania que fue recibido con hostilidad por los industriales germanos, que despreciaban al pígnico nazi por creerse la Polla de Montoya de los planificaciones financieros del mundo mundial. Esto lo desalentó bastante. Y lo que terminó por encabronarlo del todo fue ser informado del indisimulado desprecio hacia su sabiduría militar con que se lo juzgaba en los cuartos de banderas del ejército teutón. Así las cosas, Göring abandonó el partido militar, se convirtió en un converso del radicalismo nazi, y a principios de 1938 fue él quien comenzó a comerle la oreja a Hitler con que se tenía que pulir Austria sí o sí.