lunes, junio 09, 2014

Anschluss (5): debilidad

Tras aquel acuerdo, el denominado Comité de los Siete se establece en el centro de Viena, en un inmueble de la Teinfalstrasse. No se puede decir que los nazis austríacos se escondan. En su sede, todos portan libremente el uniforme pardo del partido nacionalsocialista y, muy cerca de la misma, en una trastienda de la Helferstorferstrasse, establecen un verdadero comité ejecutivo del NSDAP alemán del que forman parte nazis destacados como los doctores Jury y Menghin, In de Mauer, el ex presiente del Senado Manlicher; un tipo llamado Wolfsegger que era Gauleiter de Carintia; un ingeniero llamado Erich Kaltenbrunner, paisano de Hitler, jefe de las SS local; y un viejo oficial del ejército, el mayor Jäger, que organiza tanto las SA como las SS en Austria, por segunda vez tras las que existieron antes de 1934. En la Teinfalstrasse se instaló una imprenta, de la que salía el Österreichische Beobachter, órgano oficial del partido.


Todos estos activistas no daban en absoluto la impresión, como sostenía el discurso oficial austríaco, de haber sido abandonados por Berlín tras los acuerdos de julio de 1936. De hecho, apenas unas semanas después de dichos acuerdos, la policía había detenido a un tipo, un ingeniero llamadlo Woitsche, bajo la acusación de ser un terrorista nazi. Según afloraron las investigaciones, Woitsche había pasado buena parte de su vida en Chile, realizando propaganda nacionalsocialista en las nutridas comunidades alemana y austríaca del país. Había vuelto a Viena con la intención de matar al canciller Schuchsnigg. Los planes que se le intervinieron hablaban de matarlo cuando visitase la tumba de su mujer, o bien usando un avión para dejar caer una bomba sobre la cancillería. El interrogatorio e investigación de este ingeniero y de la pequeña (y peripatética) tropa que había reclutado para llevar sus acciones llevó directamente a los servicios de propaganda del NSDAP en Berlín y, finalmente, a la mismísima central de dicho partido. La policía, es sabido, entregó al canciller un dossier completo. Pero Schuchsnigg se lo guardó.

Asimismo, en aquellos meses se descubrió un servicio de correos que se instrumentaba a través de un club deportivo aparentemente neutral. En Salzburgo, se descubrió que los ferrocarriles alemanes utilizaban sus convoyes para introducir en Austria literatura nacionalsocialista. En el otoño de 1937, en la localidad fronteriza de Scharding, en la Austria alpina, la policía incautó un vehículo petado de propaganda nazi, que estaba conducido por dos hombres de las SS alemanas. El coche resultó ser propiedad del burgomaestre de Passau, en Baviera.

Finalmente, la policía acabó por descubrir la trastienda de la Helfersortferstrasse. Pero el comité ilegal del NSDAP austríaco todo lo que tuvo que hacer fue mudarse a la Teinfalstrasse, a un tiro de lapo. Muy cerca había otro centro nazi semiclandestino, el Club Alemán. En este club fue donde se labró la elite nacionalsocialista que acabaría tomando el poder en la época de Seyss-Ynquart, desplazando al grupo de los siete.

De todas formas, en aquel entonces la verdadera persona de confianza de Hitler en Viena era el mayor de la Armada Federal Hubert Klausner; el verdadero responsable ante Berlín de la expansión del nacionalsocialismo en Austria. Klausner se las arregló para conseguir en las afueras de Viena, en Hütteldorf-Hacking, unos terrenos donde las SS podían realizar ejercicios clandestinos de instrucción. Obviamente, desfilar y tirar con armas no es algo que se pueda ocultar: la policía estaba perfectamente enterada. Como lo estaba de la muy eficiente estructura de correo que finalmente fueron capaces de montar los nazis, con la colaboración de Konrad Heinlein y de un ciudadano alemán, Thiemen von Adlersflucht, y dos hermanos checos llamados Dubsky.

Como también tenían resuelta la financiación, fundamentalmente a través del ejecutivo Hermann Neubacher, que se las arreglaba para utilizar las filiales de empresas alemanas para hacer llegar dinero a la organización. Neubacher, de hecho, había comenzado siendo socialdemócrata. En los tiempos en los que éstos gobernaban Austria, había sido director general de la Gesiba (Gemeinnützige Siedlungs und Bauge-sellschaft); así como presidente de la sección austríaca de la organización, de inspiración socialdemócrata, Deutsch-Österreichische Volksbund o asociación popular austro-alemana. Entre febrero y julio de 1934, sin embargo, se convirtió al nacionalsocialismo. Estuvo preso un corto periodo en Woellersdorf, pero luego fue nombrado director de la Detag, Deutsche Teerfarben und Chemikalien Handels Aktielgesselschaft, que era filial de la IG Farben, desde donde coordinaba toda la tesorería del Partido.

A partir del momento en que estas pesonas llegaron al acuerdo con el canciller que les garantizó la semilibertad, comenzaron a organizar una manifestación tras otra, así como una peregrinación constante de técnicos, científicos y artistas alemanes, que iban a Viena a dar conferencias. Y no fue ésta la única invasión. En virtud de los acuerdos de 1936, la propaganda nazi descarada estaba prohibida en Austria pero, sin embargo, a los alemanes que cruzasen la frontera les estaba permitido utilizar la simbología nazi y, muy especialmente, la cruz gamada. Como consecuencia de esta cláusula, el Reich comenzó a organizar una auténtica horda de «turistas» alemanes, que comenzaron a inundar Austria, y muy especialmente Viena, casi desde el día que los acuerdos fueron firmados. Y todos ellos llevaban la esvástica hasta en las orejas. Además, la norma del acuerdo se demostró totalmente inútil. Pronto se dieron casos en los que la policía paraba vehículos con matrícula austríaca que portaban cruces gamadas. Al realizar las comprobaciones, se encontraban con que los viajeros del vehículo eran alemanes, por lo que les tenía que dejar irse, no sin que los germanos protestasen violentamente. Finalmente, al poco tiempo la policía dejó de parar a los coches que llevasen los símbolos nazis, fuesen de donde fuesen. Como consecuencia, los nazis austríacos pudieron llevar la esvástica sin ser molestados.

Y, ¿qué pensaba Schuchsnigg? Pues, si nos hemos de fiar por lo que afirmó en una reunión del Frente Patriótico en los primeros meses de 1937, cuando fue increpado por un militante a causa de la desvergüenza de los nazis austríacos, todavía pensaba que sería capaz de trabajarse a los nacionalsocialistas moderados, y volverlos contra los más extremos. Estaba convencido el canciller, o le habían contado labios interesados, de que, por mucho que el nazismo alemán quisiera aparecer como monolítico, en realidad estaba dividido entre el NSDAP-Göring, aglutinador de la alta sociedad prusiana; y el NSDAP-Goebbels/Rosemberg/Himmler/Ley, más radical. No sólo crecía Schuchsnigg que eso era así, sino que además estaba convencido de que el ala moderada estaba a punto de ganarse la confianza de Hitler. También creía en la utilidad de colocar en su gobierno elementos cercanos a los nacionalsocialistas, como es el caso de Edmund Glaise von Horstenau. Sin embargo, todo lo que consiguió con esos movimientos fue complicarse más las cosas a la larga.

Habría que escribir un libro, algún día, sobre todas las tonterías que mucha gente pensó, soñó y dijo durante los años previos a la segunda guerra mundial sobre Hitler; y que quedaron enterradas, a toro pasado, bajo la losa del categórico «yo siempre fui antinazi».


En medio de un entorno cada vez más débil, caracterizado no sólo por la presión de los nazis sino también las tensiones entre los políticos nacionales que apoyaban al canciller, éste decidió dar algunos pasos para pacificar las cosas. Se decidió por el grupo de Seyss-Ynquart que, en ese momento, estaba preconizando la integración del nazismo en la legalidad. Seyss, que fue nombrado para el Consejo de Estado, ofrecía la ventaja de su conocida filiación católica, además de favorable a una tendencia nacionalsocialista puramente austríaca, que concebía Austria como una especie de «segundo Estado alemán», pero al fin y a la postre independiente.

A través de negociaciones que nunca fueron fáciles, austríacos y alemanes lograron, en enero de 1937, firmar un acuerdo económico que, en realidad, nunca llegó a tener una aplicación real total. Ni el regreso de los turistas alemanes ni el incremento de los intercambios comerciales entre los dos países se acabó produciendo como predecían los acuerdos. Y es importante este dato porque fue oro molido para la propaganda nacionalsocialista en el sentido de que los acuerdos de julio del 36 habían sido insuficientes, y que había que ir más allá.

La razón de aquel fracaso fue la voluntad del canciller Schuschnigg, aconsejado por el presidente del banco central Kienböck, de no aceptar el acuerdo de intercambio masivo de mercancías que proponían los alemanes. Este tipo de acuerdo habría sido muy beneficioso para la agricultura austríaca pero, sin embargo, habría sacrificado el resto de la economía del país. Además, en aquel entonces Austria, como por cierto le había ocurrido a España hasta poco tiempo atrás, tenía una moneda notablemente sólida.

Inmediatamente después del asesinato del canciller Dollfuss, en el golpe de Estado nacionalsocialista de 25 de julio de 1934, muchas fuerzas sociales y personas habían propuesto al canciller la celebración de un referendo que confirmase la independencia de Austria. Schuschnigg había decidido no llevar a cabo ese proyecto. Para el canciller, la dificultad del proceso estaba en encontrar algún tipo de idea (esto es, la pregunta de la consulta) que pudiese pluguir a todas las diferentes sensibilidades del país. Sin embargo, tras el acuerdo de 1936, y en parte porque la idea del plebiscito era también muy utilizada por los nazis, en el entorno del poder en Austria la idea volvió a surgir como una posibilidad lógica. La Constitucion de Dollfuss preveía la figura del referendo indirecto u orgánico, esto es votado no por las personas sino por corporaciones; pero esto presentaba un problema claro, por la posibilidad que le daría a los nacionalsocialistas de utilizar algunas de dichas corporaciones como caballos de Troya en los que introducirse para condicionar el resultado de referendo. Tanto es así que el propio canciller ya tuvo que sugerir, en un discurso pronunciado en Graz el 5 de marzo de 1937, la decisión de no permitir nuevos adherentes para el Frente Patriótico; medida que fue finalmente anunciada en septiembre de ese año. El tema es mucho más importante de lo que nos podamos imaginar hoy: de hecho, una de las condiciones del ultimátum del Berchtesgarten fue la apertura del Frente Patriótico a nuevos miembros nazis.


Todo este conjunto de informaciones deviene en un retrato bastante aproximado de la debilidad con que Austria abordó el acuerdo con Alemania. Debilidad que le haría pensar, a finales de 1937, que Hitler quería más, y que acabaría por dar nuevos pasos en la dirección que siempre había deseado.