jueves, febrero 28, 2013

Hitler y Palestina (5)



De esta serie se han publicado ya un primer, segundotercer y cuarto capítulos.



Los problemas logísticos, no obstante, no eran suficientes como para desalentar a alguien como Rommel. A pesar de que avanzar hacia Tobruk le había supuesto un gran esfuerzo y unas pérdidas no desdeñables, el Zorro del Desierto planificó con rapidez una operación militar sobre Egipto, consciente de que controlar la tierra de los faraones era tener la manija del epicentro del Oriente Medio. El jefe militar alemán tenía todavía el plan de llegar hasta el canal de Suez, y consideraba el proyecto factible. Además, pensaba, había que tener en cuenta que el avance alemán en el Cáucaso suponía que las tropas inglesas, por así decirlo, tuviesen que mirar hacia Palestina. Más aun, hay que tener en cuenta las señas que los alemanes tenían de que el ejército británico tenía sus fisuras. Hace algunos párrafos he escrito que la decisión de Londres de desembarcar tropas indias en Basora para sofocar el golpe de Estado iraquí fue una decisión arriesgada. La razón de ese riesgo era las pocas garantías que los británicos podían tener de la fidelidad de los indios; y los hechos confirmaron esta impresión. Muchos de los prisioneros indios tomados por los alemanes fueron rápidamente separados del resto, dado que se mostraron inmediatamente dispuestos a alistarse en el Africa Korps para luchar contra el inglés. Por lo demás, las gentes en Egipto hacían frecuentes demostraciones en las calles esperando a los alemanes.

Pero las cosas no funcionaron como esperaba Rommel. Por mucho que los responsables de la logística afirmasen, todavía en septiembre, que una ofensiva hacia Egipto podía ser suficientemente abastecida, los cálculos eran tan erróneos como las promesas que Göring haría muy pronto a Hitler sobre la provisión de las tropas atrapadas en el pocket de Stalingrado. El 18 de noviembre, sin que los alemanes hubiesen podido lanzar su ataque, los ingleses lanzan la denominada Operación Crusader. El 8 de diciembre, la presión británica obliga a Rommel a abandonar Tobruk y la línea de frente de Sollum. En enero de 1942, el Africa Korps había vuelto a la casilla de salida, en el golfo de Sidra.

En ese mes de enero de 1942, las conversaciones por lo bajini de los generales que acudían a las reuniones de Estado Mayor con Hitler ya eran bastante claras a la hora de admitir que las cosas no iban como cabría esperar. Aunque es cosa bastante sabida, bueno es recordar aquí que la operación Barbarroja, la invasión de la URSS, fue diseñada con excesivas dotes de optimismo por los estrategas alemanes. Empezó el 22 de junio de 1941 en el convencimiento de que dos, todo lo más cuatro meses después, estaría terminada, porque los alemanes simplemente no creían en la capacidad bélica soviética. Consecuentemente, el retroceso de suministros en otros frentes se apreciaba como un simple retraso en los planes cuando, en realidad, acabaría por cambiarlos radicalmente y para siempre en no pocos casos.

De hecho, la denominada Directiva 32, emitida por el alto mando alemán el 11 de junio de 1941, un par de semanas antes de empezar el lío soviético, asumía que, para algún momento del otoño de ese mismo año, los aviones que ahora se detraían del frente africano ya estarían prestando de nuevo servicio allí, una vez que las tropas soviéticas hubiesen sido vencidas. La directiva, en un error de apreciación alucinante, establecía que la URSS podría tomarse con 60 divisiones y una flota de la Luftwaffe, con lo que se podía continuar con toda normalidad la guerra contra Gran Bretaña en Oriente Medio. En noviembre, cuando sabemos ya que los británicos contraatacaron con éxito, la directiva asumía que las tropas germanoitalianas estarían llegando al canal de Suez (lo cual nos lleva a pensar que, muy probablemente, los planes de Rommel estaba inocentemente basados en este documento). Paralelamente, se formarían unidades motorizadas en Bulgaria y el Cáucaso, que penetrarían por Turquía y Siria, y el valle del Éufrates hasta llegar a Basora. La directiva contaba con la colaboración activa, durante todos estos movimientos, del nacionalismo árabe. Aunque Turquía, en un delicado equilibrio neutraloide, se negaba a facilitar visas para que los participantes en el golpe de al-Galiani cruzasen su país, un pequeño grupo de árabes consiguió llegar al cabo Sounion, cerca de Atenas, donde fueron entrenados por una unidad especial del ejército alemán.

Turquía, lo hemos dicho, estaba en el centro del problema. Era la estación de paso de muchos movimientos relacionados con Oriente Medio y con el extremo suroeste de la URSS. Turcos y alemanes habían firmado, en julio de 1941, un tratado de amistad; pero cualquier diplomático podrá explicaros que eso de los tratados de amistad es como si Juan y Manuela. De hecho, los británicos también tenían el suyo, firmado aprisa en 1939, cuando se alcanzó el pacto nazi-soviético. Teniendo en cuenta que los británicos eran los vecinos del piso de abajo de los turcos, éstos tampoco se podían andar con muchas milongas.

Quien más fuerte jugó con Turquía fue Hitler. Su oferta a Ankara fue entregarles el control del Cáucaso entero, excitando así las veleidades expansionistas turcas, lógicas en un país formado de las cenizas de un imperio, y de las que algunas gentes, como los armenios, saben algo. A cambio, Alemaniase podría mover por ese patio a su antojo y, de hecho, lo gestionaría como le pareciese. Hitler incluso llegó a ofrecerle a los turcos el control sobre las poblaciones musulmanas de la URSS (de origen racial turco en no pocos casos), pero aun así no consiguió llevarles al Lado Oscuro; y los modos y sistemas por medio de los cuales consiguieron tal cosa los británicos aparecen como uno de los temas más apasionantes, a la par que ignotos, de la Historia de esta guerra.

Sea como sea los turcos, sabiamente, prefirieron esperar a ver si verdaderamente Alemania triunfaba en el frente del Este, aunque eso supusiera enfrentar el obvio riesgo de que, una vez victorioso, Berlín no les quisiera hacer ofrecimiento alguno. Esta paciencia precautoria acabaría por serles muy beneficiosa, y se parece mucho al tipo de paciencia precautoria desplegada por Franco en España.

En marzo de 1941, la inteligencia alemana puso en marcha una pequeña unidad destinada a consolidar colaboradores y corresponsales en Palestina que pudiesen organizar sabotajes a todos los establecimientos importantes, como factorías, refinerías, o plantas eléctricas. El plan fue definitivamente aprobado por Ribentropp el 9 de abril. Estambul se convirtió muy pronto en la central de operaciones de estos militares, aunque también hubo bases en Tánger y el Marruecos español.

A finales de octubre de 1941, Hitler todavía creía en una rápida victoria en la Unión Soviética. Por ello, ordenó al X Cuerpo Aéreo que se olvidase de ese teatro y reanudase las labores de escolta a los transportes desde Sicilia hacia el norte de África, así como la toma de la isla de Malta. El comandante en jefe de las tropas del sur, mariscal de campo Albert Kesserling, recibió como refuerzo el II Cuerpo Aéreo, que fue trasladado desde el frente soviético. En esa época, en entrevista con el ministro italiano de Exteriores, Gian Galeazzo Ciano, Hitler aparecía como totalmente convencido de que iba a ser posible el ataque a Siria, Irán, Iraq y Palestina desde el Cáucaso.

Pero las cosas comenzaron a marchar mal.