lunes, febrero 25, 2013

Soixante huit (14: o el nacimiento del fistro de la evaluación continua)

De esta serie se ha publicado ya un primer, segundo, tercer, cuarto, quinto, sextoséptimo, octavo, noveno , décimo, décimo primerdécimo segundo y décimo tercer capítulo.


Resumen de lo publicado: Los intentos de Sauron por aplacar las iras de los hobbits a base de concesiones llegan claramente tarde. Para cuando el Señor Oscuro decide darle a los hobbits lo que inicialmente pedían, no sólo éstos se han vuelto mucho más ambiciosos, sino que a sus aliados de ahora, los enanos, las reivindicaciones de los hobbits, a los que en el fondo desprecian cuando no odian, se la traen al fresco. Así pues, casi sin quererlo, la Tierra Media se acaba enfrentando a una huelga de enanos que deja las minas paradas y la nación convulsa.

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El 16 de mayo, ya lo hemos contado, a las puertas de la factoría Renault, los sindicatos se portaron con los estudiantes con bastante displicencia. Al día siguiente, la UNEF trata de dar un pasito de colegueo desconvocando la manifestación que ha convocado frente a la radiotelevisión pública, a la que la CGT se opone, y la cambia por una serie de debates con los trabajadores de la Renault.

Buen rollito, pero mala cosa. La CGT se apresta a sacar un comunicado en el que informa de la marcha hacia Billancourt y matiza: “Esta iniciativa se ha tomado sin consultar a las organizaciones sindicales CGT, CFDT y FO. Apreciamos vivamente la solidaridad de estudiantes y profesores, pero nos oponemos a toda iniciativa no prevista que pueda poner en peligro nuestro movimiento”. Varios militantes del sindicato acuden en Nanterre a un acto convocado por la UEC para explicar a los estudiantes por qué no deben acercarse a las fábricas.


La marcha, sin embargo, se celebra, con la participación de dos o tres mil estudiantes. Llegan a Billancourt a las ocho de la tarde, cantando La Internacional. La CGT pasa de ellos pero la CFGT, quizá por eso, les invita a participar en debates con ellos e, incluso, el 21 de mayo celebrarán una conferencia de prensa conjunta.

En esos días, en la Asamblea Nacional el gobierno supera una moción de censura por 244 votos contra 233. Pocas veces alguien ha superado una moción de censura en medio de una sensación tan clara y neta de haberla, en realidad, perdido.

La reapertura de la Sorbona, seguida de ocupación de la misma por los estudiantes, crea en esos días el famoso mito de Mayo del 68. Los estudiantes, prácticamente dejados de la mano, si no de Dios, sí al menos del general De Gaulle que es casi lo mismo, se organizan, o desorganizan, según lo vea cada uno. Todo el mundo se organiza en comités, lo cual hace que la ensalada de siglas, que ya de por sí es la leche de tiempo atrás, se complique notablemente. Nacen decenas de CAC (Comités d’Action Civique), y los CRAC (Comités Révolutionnaires d’Action Culturelle), los CAR (Comités d’Action Révolutionnaire), y otros muchos. Es entonces cuando las paredes se llenan de esos afiches tan conocidos, con poemas, manifiestos, y el conjunto de polladas retóricas que mucha gente cree que son el centro de M68, siendo apenas su vertiente, digamos, folclórica.

La Sorbona es un experimento de ese nuevo Estado que los estudiantes quieren crear. En una de sus galerías, un equipo voluntario se ocupa de preparar bocadillos que, junto con la birra u otras bebidas, son totalmente gratuitos. La universidad se organiza en comisiones, de no más de 40 personas, que lo debaten absolutamente todo. Los estudiantes quieren convertir la Sorbona en una especie de microondas donde se va a cocinar el nuevo mundo. Y, en buena parte, es así, porque no pocos de los conceptos que salieron de aquellos debates, notablemente en el campo de la educación (y así nos va), fueron posteriormente aplicados cuando los emocionados estudiantes que los discutieron se convirtieron en secretarios de Estado.

Para muestra, el gran asunto que preocupa y excita los debates: los exámenes.

En uno de los mitines, un estudiante, de cuya inteligencia poco sabemos pero sí podemos afirmar que listo sí que era, proclama a viva voz, concitando el aplauso general (nos ha jodido), que los exámenes se dejen para l’après-régime. O sea, para cuando la revolución esté perfeccionada. Buena jugada. Esto situaría la cuestión de los exámenes en el mismo lugar que la última etapa del comunismo.

A pesar de que la población sorbonera no estaba exenta de pollas y vagos, algo que es probablemente inevitable siempre que se junta un número suficiente de neurocirujanos, operadores de soplete o estudiantes, aquella idea no terminó de cuajar. Es probable que el corte de esa mayonesa no fuese ajeno al hecho de que el movimiento de la Sorbona era un movimiento de estudiantes y profesores, y éstos últimos, la verdad, perdían buena parte de su función si dejaba de haber controles.

Así las cosas los estudiantes, que querían cambiar lo que existía, hicieron lo mismo que los políticos a los que querían derribar: crear una comisión para que estudiase el problema. Esta comisión se pronunció finalmente a favor de la supresión de los exámenes, a cambio del concepto de evaluación continua por profesores y estudiantes. Que es, justamente, adonde ha avanzado la pedagogía llamada moderna, con el conocido resultado de alumbramiento sistemático de subsiguientes “generaciones mejor preparadas de la Historia”.

Para solucionar el problema acuciante de los exámenes de ese curso, la comisión propone desplazarlos al otoño, y que los examen versen sobre materias pactadas entre profesores y estudiantes. A esto, al parecer, lo consideraban control de conocimientos; del profesor, supongo.

La Comisión, sin embargo, apenas consigue darle una patada a seguir al problema. De hecho, es paradójico, pero la cuestión de los exámenes resulta ser la cuestión que, finalmente, aflora todas las divisiones internas del movimiento de Mayo del 68, y algunas más, pues a la idea le surge una oposición muy fuerte por frentes inesperados: el primero, los padres, muchos de los cuales han apoyado a sus hijos considerando que con las manis y movidas defendían su futuro y tal, y ahora se empiezan a preguntar qué futuro se están garantizando. Y, por otro, una parte nada desdeñable de los profesores, que por mucho que quiera una universidad del pueblo y bla, considera que la enseñanza sin controles es una mierda (que lo es).

El 17 de mayo, para empeorar las cosas, estudiantes conservadores, englobados en la FNEF (Fédération Nationale des Étudiants de France) y en la FEP (Fédération des Étudiants de Paris) salen en la televisión haciendo apología de los exámenes, y afirmando que ellos quieren examinarse. Esto abre una brecha bastante jodida en el buenismo pedagógico de los ocupantes de la Sorbona: ¿qué pasa con los que quieren examinarse? Eso, además de demostrar a los franceses que hay gente, estudiantes, que vive en mayo del 69, pero no forma parte de Mayo del 68. Como siempre que huele la sangre, el miedo o el despiste, el Partido Comunista no pierde la oportunidad, y en su periódico brama contra el grave peligro de que los estudiantes pierdan un año entero de estudios. Daniel Cohn-Bendit se desgañita repitiendo que los exámenes tendrán lugar, pero bajo “una fórmula nueva”. Y se queda ahí; como casi todo el mundo que anuncia fórmulas nuevas.

Como puede verse, la Sorbona enfrenta la tercera decena del mes de mayo en una situación bastante incómoda y corriendo peligro de que finalmente le pase lo que se viene oliendo casi desde el principio: su colapso bajo el peso de las enormes contradicciones y enfrentamientos internos que porta. Sin embargo, esto no pasará. No pasará, entre otras cosas, porque durante todo Mayo del 68 hay un actor que trabaja denodadamente para que no ocurra; para que el movimiento se emplaste, como un solo hombre, cada vez que está en peligro.

Ese extraño actor no es otro que el Gobierno francés.

El 22 de mayo se anuncia que a Daniel Cohn-Bendit se le prohíbe permanecer en Francia. La noticia recorre como la pólvora las universidades e institutos de París, y de toda Francia, a las siete y media de la tarde de ese día, unas 5.000 personas se han concentrado, espontáneamente, en la plaza Saint-Michel. El 22 es el día del debate de la moción de censura en la Asamblea. Mientras dura la sesión, la cosa está tranquila, pero después, y hasta bien entrada la madrugada, se producirán los enfrentamientos. El Quartier Latin es limpiado a base de granadas lacrimógenas.

El día siguiente, 23, es jueves, y fiesta de la Ascensión. París amanece medio vacío por la cantidad de gente que se ha ido de puente. El país, de todas formas, está totalmente paralizado por las huelgas. El día tiene una dinámica ya bastante conocida. Se celebran un congrego de comités de acción y otro del SNE Sup y, por la tarde, se producen enfrentamientos violentos en el centro de París, de los cuales, como vienen haciendo hace días, tanto el Movimiento 22 de Marzo como la UNEF y el SNE Sup declinan toda responsabilidad. Convocan  una manifestación el día siguiente, que está prevista una intervención pública del Presidente de la República.

Al alba del viernes, 24 de mayo, Maurice Grimaud, el prefecto de policía de París, hace una declaración en términos casi milenaristas: “Estamos frente a una jornada de la máxima tensión. Espero que se produzca la inteligencia de desconvocar toda manifestación durante 24 horas o, de lo contrario, cada uno tendrá que aceptar su responsabilidad”. Cuando dice eso, hace horas que varios miles de personas y la policía han tenido una auténtica batalla campal por las calles del Quartier Latin. 110 estudiantes y 78 policías han terminado sentados, si no tumbados, en la camilla del médico. De mañana, es el ministro del Interior, Christian Fouchet, el que lanza una llamada a la prudencia.

Esa tarde hay previstas dos manifestaciones distintas. Una la ha convocado la CGT, en solidaridad con los trabajadores en huelga. Por su parte, los estudiantes han convocado otra en la Gare de Lyon. Esta segunda es la más temida, porque las masas estudiantiles están siendo amplia, y lógicamente, agitadas por los Comités de Acción dominados por gente del Movimiento 22 de Marzo, que corre peligro de ver a su principal líder deportado de Francia. En la sesión del día del congreso del SNE Sup, Alain Geismar no lo pasa muy bien. Los profesores más radicales, tras los enfrentamientos de la noche anterior entre policía y estudiantes, acusan a Geismar de haberse amigado en exceso con los sindicatos; y no les falta bastante parte de razón.

Cohn-Bendit, mientras tanto, está ya en Alemania, en Sarrebruck. A las dos y media de ese día, ha anunciado, se presentará a los guardias franceses del paso fronterizo de Breme-d’Or. Acaba llegando a las cinco y media, acompañado por unos mil jóvenes, todos cantando La Internacional. Tras una breve negociación, Cohn-Bendit entra en Francia con una delegación de diez estudiantes alemanes. Permanece diez minutos en las dependencias aduaneras en compañía del subprefecto de Forbach. Llega el comisario principal Martin, jefe del sector fronterizo de La Mosela, y le lee, fríamente, la orden de expulsión. Cohn-Bendit se niega a firmarla. Luego permanece en el puesto fronterizo dos horas y pico más.

No es la policía la única “institución” que putea a Çohn-Bendit aquel día 26. L’Humanité, en el número de esa misma jornada, escribe: “¿Qué perspectivas ofrece a los obreros y estudiantes este pretendido revolucionario?  Confiar el líderes de este tipo sería provocar la caída del movimiento obrero”.

Buen rollito revolucionario es lo que se respira, a toda hora, en Mayo del 68.