martes, febrero 26, 2013

El error Monti

El error Monti es mucho más común de lo que parece. Casi siempre termina igual, pero aun así los diferentes montis que lo abordan, lo vuelven a cometer. El error Monti consiste en llegar a creer que los votantes se rigen por una especie de fuerza de la lógica, que les hará abjurar de sus principios y de sus intereses y votar a alguien a quien no votarían en circunstancias normales.

Dos son los elementos fundamentales que forman parte del error Monti.


El primer error es considerar que el centrismo existe. Es decir, que ser un votante de centro es ser algo. Es un error muy gordo porque, en el fondo, el centro político es como el ahorro en las estadísticas de rentas, o el número cero. No son nada per se, sino que son la negación de otra cosa, que es la que verdaderamente existe. Hablamos de lo que las familias ahorran según el Instituto Nacional de Estadística cuando, en realidad, deberíamos hablar de lo que no consumen (ese dinero que no se consume hay quien lo invierte, quien lo ahorra, quien lo guarda, y hasta quien lo olvida). Y el cero es la nada, es decir la ausencia de todo lo demás, de todas las (demás) magnitudes.

La definición política se genera desde la polarización, y el centro político, o bien rechaza dicha polarización, lo cual en política es imposible; o bien es polarización respecto de todos los demás, lo cual tampoco es negocio.

El segundo error, ya lo he apuntado, es pensar que existe una racionalidad intrínseca en la toma de decisiones electorales. Los teóricos del centro político saben, en realidad, que no tienen base electoral; que el porcentaje de personas que prefiere votar a formaciones que no son ni carne ni pescado es siempre muy minoritario. Así las cosas, su gran argumento para ser votados es la necesidad. La percepción, pretendidamente generalizada, de que su llegada al gobierno es precisa. Por esta razón, la opción del centro político suele ser ejercida por políticos profesionales; porque para llegar a creer estas cosas hace falta vivir lo suficientemente aislado de la realidad de la calle como para llegar a creer cosas que media hora en la barra de cualquier bar nos convencerá rápidamente de que no son verdad.

He decidido escribir estos párrafos sobre el error Monti porque, pensando en ello, me he dado cuenta de que España es un país rico en estas experiencias. Incluso exitosas, cosa que tiene su mérito.

La primera experiencia Monti en la que pienso, cuyas consecuencias fueron desastrosas para la Historia de España, es el sueño de Niceto Alcalá-Zamora. Don Niceto, a pesar de ser capaz de declamar el que probablemente es el discurso parlamentario más bello que jamás han escuchado las paredes del hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo (el discurso de apertura de las Cortes Constituyentes, en sí todo un canto al progreso político y social de España), era persona de convicciones democráticas bastante tenues (esta opinión, como todas, es discutible; pero a quien le ma quiera discutir, sólo le pediré una cosa: que, antes, se lea el discurso de don Niceto en la Universidad de Valencia, exactamente un año antes de la proclamación de la República). Él mismo era un cacique electoral despiadado, y propagandistas hubo durante la II República que escribieron páginas casi increíbles describiendo lo que le pasaba a cualquier incauto que pusiera sus ojos sobre el distrito electoral pricense. El motivo de que fuese el primer presidente del gobierno de la República, y primer presidente de la misma, es distinto según a quién consultes. Para unos, fue un modo que encontraron las izquierdas de tunear su República con un personaje a quien no pensaban hacer demasiado caso. Para otros, fue la consecuencia lógica del hecho de que la República, contra lo que dicen las izquierdas, no la trajeron éstas, sino las derechas. Yo creo que es una mezcla de las dos, porque los dos sentimientos se dieron a la vez; pero, quizá, con prevalencia de la segunda. Y es que en la II República, en toda ella, hay más derecha de la que parece. Quizá sorprenda saber que una aproximación numérica a los gobiernos de la República demuestra con facilidad que fueron los radicales de Lerroux los que más gobernaron.

Si Niceto Alcalá-Zamora fue un primer ministro aseado, resultó ser un Presidente de la República nefasto. Y la razón principal está bastante clara: tenía ambiciones políticas. El puesto de Presidente de la República estaba diseñado para personajes que no pretendiesen volver al día a día del poder, que viniesen de éste sin billete de vuelta y sin haberse quemado demasiado en el ejercicio del gobierno como para haberse malquistado con alguna de las familias políticas. A cambio, el Estado le daba al interfecto un estatus especial y la oportunidad de pasarse el día de sarao en sarao, como de hecho hizo Manuel Azaña, que en 1936 casi no salía de los teatros de la ópera mientras España se desangraba y los militares discutían descaradamente cómo iban a dar el puñetazo sobre la mesa.

Viendo como vio Alcalá-Zamora que las izquierdas estaban muy definidas bajo el liderazo de Largo Caballero, por quien hasta el Partido Comunista apostó en la época en la que forzó la creación de las JSU (proceso que contó con un devoto pinche de cocina, acostumbrado a no hacer preguntas, de nombre Santiago Carrillo), se dio cuenta de algo obvio, y es que si de algún sitio podía arañar su lugar bajo el sol, era del voto conservador. Al fin y al cabo, él era católico (había dejado el gobierno por la cuestión religiosa en la Constitución) y las fuerzas integradas en la CEDA, muy en especial Acción Popular, ponían un empeño en la religión en sus programas sólo digno de formaciones crecidas a los pechos de Ángel Herrera y sus católicos propagandistas. Así pues, Alcalá-Zamora albergó el sueño de pilotar un movimiento centrista que ganase espacio bajo la canasta a base de soltarle codazos a las derechas; y en el empeño colocó a la II República española en el disparadero.

Un ejercicio que tiene su aquél es abordar la lectura consecutiva de dos libros de memorias; uno, No fue posible la paz; y el otro, La paz fue posible. No hay más que leer los títulos para entender la antítesis que suponen. El primero lo escribió Gil Robles en un ejercicio autoplañidero (a mí su libro me parece como La velada de Benicarló pero con datos, y una sobriedad de abogado litigante en la redacción que, la verdad, se agradece; la velada me parece uno de los libros más vomitivos del subgénero literario-memorístico de la guerra civil) que pretende justificar la idea de que, por mucho que las derechas lo intentaron y lo intentaron (ejem...), las izquierdas querían que la República terminase a hostias, y no pararon hasta conseguirlo. El segundo de los libros está salido de la pluma de Joaquín Chapaprieta, un señorito de Torrevieja con profundos conocimientos hacendísticos a quien le cayó el marrón de ser primer ministro en los meses en los que Alcalá-Zamora ya se volvió oficialmente tolili. Se publicó después del de Gil-Robles y su título pretende ser lo que es: una contestación del primero.

Hay muy pocas cosas en las que Gil-Robles y Chapaprieta coincidan en sus memorias. En las suyas, el primero trata al segundo con una especie de respeto displicente; y en las segundas, el segundo no hace el menor esfuerzo por hurtarle al lector la impresión de que el primero le parece uno más de los engranajes que trabajaron porque quisieron (de ahí el enfoque del título del libro) para empujar al país hacia el marasmo. Pero en un tema se abrochan ambos manuscritos: Alcalá-Zamora (bueno, y Azaña; pero ésa es otra historia).

Uno de los libros es crítico, y el otro despiadado, con la figura del presidente de la República. Chapaprieta lo respeta, desde luego, mucho más (lógico: le debía su magistratura, pues a ver si no es por intermedio de un político otrora monástico que un viejo gassetista sin demasiados posibles iba a llegar a presidente del Consejo); pero Gil-Robles lo arrastra por el albañal, sin ahorrarle ni un charco. Con puntillosidad de litigante, que lo era y muy bueno (algún día tendría que contaros un asuntillo que llevó su despacho en los sesenta relacionado con la hermana del general Franco, que es para caerse de culo), el líder de la CEDA despliega argumentos, datos, impresiones y actas que vienen a demostrar, en su opinión, que Alcalá-Zamora dio algo muy parecido a un golpe de Estado institucional cuando impidió que la CEDA gobernase el país, siendo como era la formación que tenía los votos necesarios para hacerlo tras la disolución del lerrouxismo por los ácidos combinados del escándalo de Strauss y Pearl (de casada estraperlo) y el no menos carambólico-estrambótico escándalo Nombela-Tayá (que, por cierto, donde está mejor contado, de lejos, es en el libro de Chapaprieta).

En mi opinión, Gil-Robles desbarra mucho en su libro, además de, como los profesores exigentes (en su caso, desmemoriados) da por sabidas algunas cosas que no le interesa contar, con lo que dibuja de sí mismo y de la CEDA una imagen excesivamente flácida y buenista (él sabía bien qué tipo de gentes había en su formación; propugnó siempre el respeto a la República, pero cuando uno se lee los documentos programáticos de Acción Popular, que puede buscar por ahí o venir a mi casa a robarlos si se atreve, la sensación que se saca es muy otra). Pero en lo tocante a Alcalá-Zamora, da en el clavo. Hay historiadores, normalmente de derechas, que acusan al cordobés de miedo y complacencia con las izquierdas. Algo de eso hubo, desde luego, porque Alcalá era un monárquico reciclado y sentía constanemente la necesidad de hacerse perdonar el haber sido fariseo antes que gentil. Pero lo que hubo, sobre todo, fue el error Monti.

Sólo alguien que está imbuido de este error. Alguien que vive lejos de la calle, rodeado de corifeos y turiferarios varios. Alguien con una elevadísima opinión de sí mismo, bajísima de los demás, y, para colmo, políticamente criado a los pechos de aquellas décadas en las que en España los resultados de las elecciones se escribían en la Casa del Reloj de la Puerta del Sol horas antes de que abriesen los colegios; sólo alguien así, digo, pudo pensar, en los turbios últimos meses de 1935, que podía liderar una opción política ganadora, cuando menos bisagra, de centro. Una especie de grupo político liberado del pecado original de los enfrentamientos cainitas en los que se desgastaban los demás. Sólo alguien tan profundamente enceguecido por esa visión profética pudo pensar que los gestos que hizo para lubricar este proyecto no tendrían coste: el más grave de ellos (aunque se cite poco en los libros), el hecho de que, aun teniendo a sus dirigentes todavía en la cárcel, las organizaciones que habían organizado, apoyado o sostenido el golpe de Estado revolucionario del 34, la mal llamada Revolución de Asturias cuyo principal objetivo era controlar Madrid; todas estas organizaciones, digo, socialistas, ugetistas, sindicalistas, comunistas, fuesen autorizadas, de iure o de facto, a funcionar normalmente un año después de haber intentado subvertir el Estado y sin haber abjurado de aquellos principios (este proceso está admirablemente descrito en el libro de Sandra Souto: ¿Y Madrid? ¿Qué hace Madrid?).

Sólo alguien teñido de esa lluvia de tontoculez rampante que se produce sobre la cabeza de quien se cree llamado para una misión histórica (cuando Hitler ya se estaba armando a toda máquina, los diputados ingleses aprovechaban los discursos de Winston Churchill para jugar al Apalabrados; las misiones históricas llegan sin uno esperarlas, no porque las provoque); sólo la incapacidad congénita de entender los engranajes que se habían puesto en marcha en España desde el momento en que el largocaballerismo decidió echarse al monte, ayudado por una CEDA que decidió tener respecto del fascismo más o menos la misma actitud que hoy tiene el PSC respecto de la secesión de Cataluña; sólo esa mierda de pensamiento, por resumir, pudo generar el montismo a la española, que no otra cosa es el gobierno de esa Barbie decretal llamada Manuel Portela Valladares. Un primer ministro sin partido, un gobierno sin apoyo parlamentario. Un Ejecutivo L'Oreal; porque yo lo valgo.

Creo que es en los propios diarios de Alcalá-Zamora, editados recientemente a bombo y platillo con escaso impacto en el debate histórico sobre la República (y con eso está dicho todo) donde aparece una estimación de voto que el presidente y su Smithers particular hicieron semanas antes de las malhadadas elecciones de febrero del 36. No dieron ni una. No podían darla, porque vivían en otro mundo. Ese mundo en el que la oferta de centro cae por su propio peso, y la gente la vota, con los ojos iluminados, levemente húmedos, mirando a un punto en el cielo, con un rictus feliz en la boca de gozoso numerario del Opus Dei, como los obreros de las fotos propagandísticas del estalinismo.

Muy al contrario de aquel mundo teletubbie que Alcalá imaginaba para sí mismo y los suyos (o sea, los cuatro de Palacagüina, el Maura, y tal), España, durante su presidencia, había cambiado. Mucho. Alcalá-Zamora heredó una República con notabilísimas contradicciones internas pero también bastante margen de actuación. Abandonando su natural papel moderador y convirtiéndose en un interesado partisano más de las izquierdas (ellas, para hacer la revolución; él, para comerle el terreno a las derechas y crecer como político a su costa), malbarató todos los activos que pudiese haber en el balance de aquel proyecto y, para cuando quiso darse cuenta de lo que pasaba, en el debate del famoso artículo 26 de la Constitución, ya todos los grupos políticos del progresismo burgués estaban en el monte; para colmo, él fue y lo empeoró durante el gobierno de las derechas, haciendo imposible la cohabitación. Luego bramaría, a golpe de Estado militar pasado, contra el golpe de Estado que dieron en febrero del 36 las izquierdas: en la calle primero; en las cárceles, después; y en el Parlamento, finalmente. Como si aquella actitud matonesca, violenta e infumable no fuese la consecuencia lógica de que él hubiese llevado a España a donde la llevó, es decir a unas elecciones en las que unos se presentaban prometiendo aplastar al marxismo, y otros jurando aplastar a la burguesía; con Azaña en medio, haciendo de colaborador necesario, tonto contemporáneo con balcones a la calle, trienios de antigüedad, y cornucopia florida. Y un bajo continuo en la melodía tañido por el anarquismo, bajo el lema: se me está acabando la paciencia, tíos.

Acabó en el exilio, pobrecito. Que no se queje. Otros acabaron en las cunetas, a ambos lados del circo cuyas funciones él anunció, tarde tras tarde, durante mucho tiempo.

El segundo experimento centrista en España es anómalo y difícil de juzgar, porque no se produce en términos democráticos, sino en el marco de la dictadura de Franco. Es el protagonizado por los mal llamados ministros del Opus Dei, en un proceso de acoso y derribo al poder institucional formalmente falangista dentro del franquismo. El experimento se fragua en la segunda mitad de los cincuenta, en el despacho del almirante Carrero, y tiene como colaboradores a los tradicionalistas, literalmente acojonados con los proyectos de regulación seudoconstitucional que elabora Falange en el 56, y que le hacen decir, en una carta a Arrese, al político tradicionalista Esteban Bilbao, presidente de las Cortes, que el partido único pretende diseñar un régimen soviético en España. Londres y Washington, además, firmes valedores de Franco frente a alternativas cada vez más difusas (y ancianas), le exigen al general que tunee su régimen, porque las dictaduras bananeras en Europa como que ya no se llevan en la segunda mitad del siglo XX; mi general, musitan, tiene usted que invocar la famosa "España alegre y faldicorta" de la que hablaba José Antonio (y eso son los años sesenta y setenta aunque, la verdad, con las faldas más largas de lo que pretende Cuéntame).

Para hacer de España un país en el que los ciudadanos tengan fueros, puedan protestar ante la Administración, recurrir sus actos, esas cosas, más poner orden en la economía para sacudirle al país la mugre cuartelera de la autarquía, es para lo que los tecnócratas desembarcan en el franquismo como la 101 Airborne: repartiendo hostias incluso antes de tocar el suelo. Desde 1957, primer año en el que Franco se dirige a las Cortes sin hacer ni una sola referencia a José Antonio; hasta el escándalo Matesa, todo para los azules son retrocesos. Les quitan todo. La Organización Sindical, que tenía comités y otros órganos para controlar cada aspecto de la vida ecosocial de España, va viendo cómo se los cierran y la van dejando para lo que estrictamente dice su nombre; y, para colmo, a partir de 1961, los obreros van, y se ponen estupendos.

La gran victoria del centrismo franquista es convencer a Franco de que España puede entrar en la CEE. Lo importante de ese libro no es el libro, sino los anexos; todo lo que hay que hacer para lubricar la candidatura. Franco, para entonces, es un anciano que no se siente con fuerzas para hacer por sí solo lo único que en toda su vida le ha interesado (mantenerse en el poder), así pues compra la receta. Pero la compra es tan importante (tanto, que hasta le cuelan a Franco la designación del príncipe) que los falangistas dicen basta, y le montan al centrismo franquista un escándalo financiero de altos vuelos, el escándalo Matesa, que dará con alguno de los conspicuos miembros de la masa centrista en los tribunales aunque, paradójicamente, sellará la defunción final del falangismo irredento.

La experiencia del centrismo franquista, y la algo más tardía, pero íntimamente ligada a la primera, del centrismo de la transición, demuestran, sobre todo la segunda, que el centrismo como proyecto político sólo triunfa en circunstancias especiales; sobre sociedades a la vez muy polarizadas y acojonadas por su propia polarización. Mario Monti debió de pensar que ésa era la situación de Italia. Lo que no sé, la verdad, es si se ha equivocado por optimista, o por pesimista.