lunes, marzo 04, 2013

Hitler y Palestina (6)


De esta serie se han publicado ya un primer, segundotercer, cuarto y quinto capítulos.


Lo que en otoño de 1941 parecía avalar una victoria alemana en Oriente Medio, en el invierno, rápidamente, cambió las tornas. Y los dos hechos que explican ese cambio son bastante conocidos.


En primer lugar, el 6 de diciembre, la contraofensiva soviética sobre Moscú obligó a las tropas alemanas, por primera vez desde el estallido de la guerra, a retroceder. Al día siguiente, para colmo, los japoneses atacaron Pearl Harbor, abriendo un nuevo frente en la guerra y, lo que es peor, terminando de decidir, no tanto a la Casa Blanca, que ya estaba decidida, como a la opinión pública americana, a entrar en la guerra.

Y aún queda un tercer hecho, de carácter más preciso, que ocurrió al día siguiente, es decir el 8: la toma definitiva de Tobruk por los británicos.

Todo tiene sus pros, y sus contras. Gran Bretaña tenía muchos intereses en Asia remota, así pues la agresión japonesa no era, en principio, ninguna mala noticia para Berlín, porque muchas de las tropas que su Graciosa Majestad tenía desplegadas en el teatro palestino y aledaños tendrían, seguramente, que volver a sus lugares de acción más lógicos en India o Conchinchina. Sin embargo, si es verdad que este análisis se pudo hacer por parte de no pocos generales alemanes, también es cierto que los cambios ocurridos en apenas 72 horas de diciembre de 1941 iban a suponer algo mucho más grave: con la participación de los Estados Unidos, los aliados estarían en  condiciones de desembarcar en el sótano de Italia, esto es en África del Norte, y complicar, más que crear, un nuevo frente, hasta límites hasta entonces no asumidos.

Entre tanto, ¿dónde estaban los líderes del movimiento palestino y del nacionalismo árabe antijudío? Los dos principales elementos de este entorno, es decir el-Husseini y al-Galiani, habían llegado a Teherán en junio de 1941. Los británicos invadieron Irán en agosto, motivo por el cual tuvieron que salir de allí. Al-Galiani tenía papeles que le permitían pasar a Turquía, pero no así el muftí, que se tuvo que refugiar en la embajada japonesa. En septiembre, se escapó de la ciudad con ayuda de los italianos y disfrazado de mujer (hay que reconocer que las costumbres de los musulmanes a la hora de vestir a las mujeres son oro molido para alguien que desee escabullirse); de Estambul pasó rápidamente a Roma. Los turcos no lo querían en su casa ni en pintura.

El día 6 de noviembre, el muftí de Jerusalén, líder espiritual y real del movimiento palestino, llegó a Berlín, donde fue recibido por Grobba y otros jerifaltes nazis, delante de la prensa afecta y los corresponsales extranjeros. Al-Galiani llegó quince después.

El general Franco obligó a todos, desde los niños en la escuela hasta los toreros en la arena, a saludar brazo en alto, y se fue a Hendaya a entrevistarse con Hitler; esto le ha bastado y le ha sobrado para ser calificado de fascista. El Husseini, por su parte, reproducía cruces gamadas en la propaganda pronazi, recibió ayuda de Berlín para sus movidas, y se presentó en Berlín para hacer delante de la prensa profesión de hitlerismo acérrimo. Pero, por alguna razón que no he logrado entender, al menos de momento, jamás he encontrado un solo supporter del movimiento palestino que reconozca que dicho movimiento tiene un pasado fascista de igual o incluso superior raigambre que el del ferrolano.

Husseini fue recibido por Hitler el 28 de noviembre. También estaban Ribentropp, Grobba, un taquígrafo y dos intérpretes. Por muy felices que se las prometiese el palestino, pronto iba a aprender algunas cosas. Hitler era Hitler; siempre, las 24 horas del día, y absolutamente con todo el mundo; con la sola excepción de las mujeres, con quienes, según los testimonios que tenemos, fue siempre extraordinariamente deferente.

Si el-Husseini pensaba que se iba a entrevistar con un igual, Hitler puso las cosas claras muy pronto. Se negó a estrecharle la mano y, cuando le comunicaron que era costumbre palestina celebrar el encuentro entre aliados bebiendo café juntos, Hitler contestó que se tomase el Nespresso con George Clooney, que él pasaba. Bueno, en realidad, lo que hizo Hitler cuando el intérprete le informó de la costumbre árabe fue contestarle, displicente, que no permitía que nadie bebiese café en su cuartel general (el Führer era persona extremadamente austera; no fumaba, no bebía, era vegetariano, y tampoco bebía café). Encabronado por la insistencia del intérprete, se marchó de la sala, dejando al muftí solo y, cuando volvió, unos minutos después, trató de arreglar las cosas ofreciéndole… un vaso de limonada.

Una vez pasados estos detalles iniciales, la conversación comenzó. En realidad, el tema era uno. Amin el-Husseini quería arrancar del Führer una declaración a favor de la independencia de Palestinia, Siria e Iraq. Hitler le aseguró al muftí que Alemania apoyaba la lucha contra los judíos (ojo, que eso no es exactamente lo mismo que apoyar la lucha por la independencia), para lo cual estaba dispuesta a proveer “con ayuda positiva y práctica”; sintagma que lo mismo significa carros de combate, que caramelos de menta. El jarro de agua fría llegó cuando Hitler le explicó al muftí que una declaración del tipo de la que pedía podía ser “contraproducente” en el actual estado de los frentes. 

Una vez más, Turquía.

Los países están habitados por mucha gente que se rige únicamente por sus ideas. No sólo se rigen únicamente por sus ideas, sino que ello les lleva a considerar que hacer políticas basadas en esas ideas está chupado de la muerte. Son ese tipo de gente que en la barra del bar, en la máquina de café de la empresa o en el taxi, te dicen frases que comienzan por “toda la culpa es de…” o “todo el mundo sabe que…”. Su sintagma preferido, en realidad, es “esto lo arreglaba yo en dos días”.

No es casualidad que la inmensa mayoría, si no todos, de los diplomáticos carezcan de ideología. Esto es así porque, normalmente, quien trabaja en un servicio diplomático sabe que la culpa nunca la tiene uno solo; que hay opiniones como longanizas; y que no hay nada, absolutamente nada, que sea mínimamente serio, que tenga arreglo, ni en dos días, ni en dos años. Otra cosa que saben los diplomáticos es que en su mundo las ideas no tienen cabida. A pesar de que se pasan el día pronunciando o escuchando discursos que inciden en la ideología, saben que quienes los pronuncian no creen sus propias palabras; porque el mundo son negocios, un gran negocio geoestratégico, y las cosas no son tan fáciles.

La declaración que, envalentonados por sus ideas, pedían los líderes palestinos al que consideraban rey del mundo (y, tal vez, en aquel momento, lo era) habría causado llanto y crujir de dientes entre los estrategas alemanes. Por mucho que la declaración viniese a suponer dar apoyo a los musulmanes, y los turcos lo eran, ese redactado habría puesto a Ankara de los nervios. La razón es simple: el país vivía en un status quo, y tendría que aprender a vivir con otro (como de hecho le acabaría ocurriendo pues, como sabemos, algunas de las naciones que reclamaban su independencia, acabaron teniéndola). Las independencias nacionales que reclamaba el muftí habrían convertido Oriente Medio en un avispero; porque hay que ser muy buenista propalestino para no ver que se trata de un movimiento muy vario, propenso incluso al enfrentamiento cainita. Y de las disensiones internas de Siria creo que no nos hace falta hablar mucho en los tiempos que corren.

Si Alemania hubiese publicado, en noviembre o diciembre de 1941, un papel aceptando y asumiendo como propio el objetivo de la independencia de los estados árabes de Oriente Medio, los demás no se habrían quedado quietos. Los primeros, los judíos, presionando a los aliados para conseguir lo que acabarían por conseguir (y es otra generalización ignorante decir que fue el sentimiento de culpa por la Shoa u Holocausto; la estancia de el-Husseini en Berlín, las declaraciones saludando a Hitler como el último profeta, y todas esas cosas, tuvieron también su papel en la decisión); y, los segundos, los turcos, cayendo, definitivamente, en la esfera aliada, y complicando con ello, notablemente, no sólo el frente soviético sino el vital aprovisionamiento energético rumano.

La declaración alemana, pues, se quedó en un comunicado secreto.

El muftí, junto con un nutrido séquito, se quedó en Berlín. Recibía un sueldo de 75.000 marcos al mes, más peplas varias. Su principal labor fue tratar de arrancar de los jerarcas nazis la declaración pública que Hitler le había negado; los resultados fueron los mismos que en la entrevista. Asimismo, otro deseo de el-Husseini, al que los alemanes también eran obviamente renuentes, era reconocerle como portavoz de los países árabes en su conjunto. Berlín puso pies en pared siempre que se lo propuso, por dos razones. La primera, que los expertos germanos en Oriente Medio conocían bien la zona, y sabían bien que un palestino estaba (está) muy lejos de poder representar de forma unificada todas las sensibilidades del nacionalismo árabe (entre otras cosas, porque esas distintas sensibilidades tienen la costumbre de hacerse la guerra entre ellas); y, segunda, porque para realizar su proyectada acción sobre Oriente Medio tras el pretendido éxito de la operación Barbarroja, necesitaban permiso turco para que sus tropas atravesasen el territorio nacional turco, y eso era algo imposible de conseguir si los nazis se echaban al monte del nacionalismo árabe.

Cabe señalar, como detalle para la Historia, que la declaración oficial alemana en favor de la independencia de los países árabes y apoyando su unidad, acabó llegando. Se produjo el 2 de noviembre de 1944, esto es, mogollón de tiempo después de que las tropas alemanas, no digamos ya las italianas, hubiesen abandonado el teatro de Oriente Medio; cuando Alemania estaba a piques de perder la guerra. Cuando, por lo tanto, esa declaración ya sólo valía para adverar, a despecho de crédulos, la intensa y estrecha relación entre el movimiento palestino y el nazismo. Fue aquella declaración un muy mal negocio para los palestinos, aunque la enorme capacidad occidental para la memoria selectiva haya terminado por olvidarla.