miércoles, mayo 23, 2012

Más con menos

La mayor parte de las personas que me rodean en mi vida, digamos, "oficial", no sólo saben poco de Historia, sino que no les interesa. La Historia no es, hay que entenderlo cuando te gusta, un tema fácil de conversación, como no lo es, un suponer, la bioquímica. Si discutes de bioquímica con un bioquímico, lo normal es que te sientas frustrado y él se aburra. Ésta es, para mí, una de las razones por la cual existe el deporte colectivo. Todo el mundo tiene en la cabeza la forma ideal de distribuir los recursos con que cuenta Tito Vilanova, que no necesariamente coincide con la que él llevará a cabo. Pero no todo el mundo tiene herramientas suficientes para ofrecer alternativas al Pacto de Tordesillas.

De vez en cuando, sin embargo, como las tertulias entre amigos son ricas y viajan con rapidez de unos temas a otros y, además, tienen una gran capacidad de ilusionarse con asuntos que inicialmente son chorradas, va y salta la liebre, y aparece, como si tal cosa, un debate histórico. El otro día me pasó eso, con varios buenos amigos alrededor de un pincho de tortilla. Ponderando méritos, de momento dentro del mundo de la empresa, discutíamos sobre cuál de los nuevos tycoons, desde el fundador de Facebook hasta Amancio Ortega, tenía más mérito. Los cuatro descubrimos pronto que hay un especímen de hombre de éxito pero de no mucho mérito, que ejemplificamos en la figura de Charles Foster Kane, el ciudadano Kane que interpretara Orson Welles. Kane construía un gran imperio, sí; pero, aunque desgraciado, ya era millonario cuando llevaba pantalones cortos. No es lo mismo que encerrarte en el garage de tu casa, inventar una maquinita que juega al tres en raya y, más allá, andandirri, construir la Microsoft. O Apple. O Google. O...

Resbalando por los puntos suspensivos, llegamos, yo no sé muy bien cómo, a la Historia. Podría haber sido yo quien propusiese tal cambio; pero la verdad es que no fue así. De una forma natural y difícil de describir, nos encontramos discutiendo sobre este mismo concepto, pero en el terreno histórico. ¿Quién, de alguna manera, consiguió más con menos? Y hubo candidatos para todos los gustos.

Surgió, por ejemplo, Mahatma Ghandi. La tesis es alentadora e interesante: con muy poco, pues Ghandi vivía muy modestamente y contaba con muy pocos medios efectivos para difundir su mensaje, consiguió la independencia de la India. Esta tesis primaria, sin embargo, fue rápidamente discutida. En primer lugar, porque la frase "Ghandi consiguió la independencia de la India" es una generalización buenista excesiva. La independencia de la India tiene más que ver con la segunda guerra mundial, que obviamente dejó a Gran Bretaña hecha una braga; a la clarividencia de Clement Attle de darse cuenta de que aquel momio no se sostenía ni medio minuto más; y el sacrificio personal, probablemente muy costoso, que hizo Winston Churchill aceptando el principio de que la corona inglesa debía desprenderse de su mayor joya.

Otro argumento en contra de Ghandi es que él, personalmente, podía ser un pacifista y tal; pero lo cierto es que la independencia de la India está muy lejos de ser un lecho de rosas en el que Rita Irasema canta Lanza perfume mientras unas bailarinas de Bollywood se contorsionan en segundo plano. La independencia de la India supuso una dolorosísima particiòn, que conllevó el exilio masivo de quienes estaban mal colocados (hindús en la zona musulmana de Mohammed Ali Jinnah, musulmanes en la zona que gobernaría Pandit Nehru); exilio durante el cual un montón de gentes fueron apioladas, en ocasiones mediante prácticas tan poco edificantes como mutilarle los senos a las mujeres antes de matarlas, o arrancarles a los hombres los ojos con ganchos.

Una cosa curiosa que trajo la conversación por sí sola es que surgían, casi de forma natural, nombres de dictadores. Se recordó, en este sentido, la situación casi terminal con que se encontró Adolf Hitler en Alemania, con un desempleo millonario y una industria en constantes fibrilaciones auriculares; como se recordó la situación que tuvo que gestionar Mao Zedong, en la que no sólo se enfrentaba a una fuerza política, el Kuomingtang, extraordinariamente ambiciosa, sino insultantemente superior en medios a la suya. Y no sólo eso; en el caso de Mao, existe, además, el agravante de que recibió instrucciones del mando (Moscú) de contemporizar con su enemigo, lo cual provocó que Chang Kai Chek se dedicase a matar comunistas a pares mientras éstos sonreían como chinos que no entienden lo que se les está diciendo. Aunque no quepa hablar de dictador sensu stricto, también surgió la figura inevitable de Napoleón Bonaparte, el hombre que puso a Europa de rodillas usando para ello el ejército de un país que salía del periodo más inestable de su Historia.

En términos generales, aunque con algún que otro voto particular, estuvimos de acuerdo en que no tendría mucho sentido otorgar la medalla del Más por Menos a una persona que fuese dictadora, entiendo por esto persona que, viviendo en tiempos en los que la soberanía popular era ya un hecho conocido, no la ejerciese o permitiese. Entendimos que el hecho de ser dictador, de no tener que someterse a más auditoría que las de Dios y la Historia, es ya de por sí una ayuda suficientemente relevante como para pensar que la carrera se hace por el carril de dentro, haciendo, pues, menos metros que otros en las curvas.

A partir de ahí, comenzaron a surgir candidaturas bastante curiosas. Uno de mis contertulios defendió, con pasión encomiable, la candidatura de Enrique el Navegante (o Nave Gante, como le hice yo notar, en apostilla un tanto pollas; puesto que era nieto de Juan de Gante...). En la Edad Moderna, decía, ha habido tres breakthroughs que han cambiado las fronteras del mundo: uno es el ferrocarril, otro es internet. Pero el primero, según mi contertulio, eran los años de los navegantes y, muy especialmente, las enseñanzas surgidas de la denominada Escuela de Sagres, que sin Enrique, probablemente, jamás habría existido. Entre cerveza y cerveza, recordando la idea genial del portugués de reunir en un solo lugar, inventado para la ocasión, todo el saber disperso sobre las fronteras del mundo, alguien lo llamó "el inventor del I+D+I", que no deja de tener coña. Pero, de nuevo, surgieron las contraversiones. Otros nos preguntábamos hasta qué punto los logros de Enrique, asomando al mundo occidental al balcón del cabo Bojador y mostrando todo lo que había más allá, no se apoyaban en el poder intrínseco que en aquel momento atesoraba la economía de Portugal. O sea, nos decíamos: cuando un científico descubre una terapia genética contra la salmonelosis, ¿qué parte de mérito tiene él, y qué parte la Slacker Corporation, que financió las investigaciones?

Un poco en este terreno, surgió la candidatura colectiva de la casa real holandesa. Los Países Bajos, se decía, ni siquiera llegaron a la Edad Moderna siendo un país. Sufrieron una guerra de décadas. El país en sí, por lo demás, es bastante feraz y, además, no hay que olvidar que una parte sustancial del mismo ha tenido que ser robado al mar. Holanda nunca contó especialmente desde el punto de vista militar, teniendo que echar mano de alianzas. Y, aún así, se las arregló para construir un imperio; un imperio comercial y financiero (suya es, de hecho, la primera espiral especulativa que se conoce, la de los tulipanes) con importantísimas posesiones en ultramar.

Para los lectores de este blog, que sé que los hay (entre ellos, Tiburcio) que son duchos en asuntos bélicos, debo reconocerles que no había entre el público gentes aficionadas como ellos; así pues, a pesar de que el bélico es un terreno natural para esta discusión (qué general ganó batallas, o guerras, contando con fuerzas objetivamente inferiores), lamento decir que este tipo de temas se trataron de pasada. Me dio tiempo a mí, eso sí, de citar a Cayo Mario, quien, en mi opinión, se encontró una Roma que las estaba pasando putas en sus posesiones itálicas y galicanas y que, además, tenía una institución militar obsoleta, basada en algo parecido al concepto de hidalguía o propiedad, con la que apenas habría podido defenderse de las tendencias centrípetas que, sobre todo en las principales ciudades itálicas, eran más que evidentes. Con muy poco, es decir los habitantes del census capiti, acostumbrados a vivir y morir lejos de la realidad militar (y sus eventuales recompensas), Mario construyó una máquina militar que le dio la vuelta a la situación y empezó a poner a Roma en el puesto que finalmente hubieron de reconocerle el mundo, y la Historia.

Supongo que a mi amigo Eborense le gustará saber que los nombres y hombres del ejército español que ganó la Guerra de la Independencia también fueron defendidos con ardor. Bueno, nombres y hombres... tuve que amenazar con comerme toda la tortilla si María Pita no era incluída en el capazo.

La partida terminó en tablas, como tenía que ser. Estoy seguro que en una conversación como aquélla, surgida de forma espontánea, relativamente breve y no preparada, se dijeron cosas un tanto absurdas y, sobre todo, hubo un montón de referencias que se quedaron en el tintero. Por mi parte, desde luego, tras proponer unos nombres y otros, acabé por decir que mi candidatura está muy clara.

Y quien sea lector habitual de este blog no se extrañará de lo dicho.

En mi opinión, no hay en la Historia del mundo un solo personaje que con tan poco hiciese tanto, como Pablo de Tarso. Todo, absolutamente todo, lo tenía en contra. Desarrolló una creencia a partir de la fe propia de un pueblo menor en el orbe del mundo; una fe que se caracterizaba, como se caracteriza, por enormes elementos de rigidez, que hacían muy difícil su adaptación a otros mercados. La primera oposición que sufrió, por lo tanto, fue la de los propios creyentes de la fe de sus padres, que él quería identificar con la nueva que desarrolló.

La idea básica del paulismo es bífida. Por un lado, expandir una fe nacional, racial, a todas las razas del mundo, los gentiles, con especial atención hacia los que no importan un carajo: mujeres, humildes, enfermos... Por otro lado, perfeccionar la fe judía con un concepto, el de la resurrección del Mesías, diseñado para ser atractivo a los no judíos, y a los que sufren.

Mahoma, siglos después, se daría un hostión en todas las narices cuando intentó convertir a los muchos hebreos residentes en la península arábiga a las creencias descritas en el libro que le prestó el arcángel Gabriel. Falló donde el de Tarso salió razonablemente indemne, lo cual tiene su mérito.

A base de escribir cartas a comunidades de gentes de escasa laya, de patearse el mundo conocido, de tratar con gran paciencia y diplomacia a la constante amenaza de secesión de sus creyentes de origen hebreo, Pablo de Tarso estuvo en condiciones, en un periodo de tiempo muy pequeño considerado en términos históricos, de pensar en meter a Roma en su capazo. Muríó en el intento, eso sí; y no sólo eso, sino que esas cosas que tiene el guión del cristianismo, todo aquello de tú eres Pedro y mi piedra y lo que ates y desates y tal, resulta que la tumba alrededor de la cual la Iglesia católica se construye no es la suya, como debería ser, sino la de Pedro.

Nadie, lo repito, consiguió tanto partiendo de una situación tan abocada, objetivamente, al fracaso y el olvido.

Claro que, me dijeron mis contertulios, esta candidatura tampoco vale. Al fin y al cabo, le iluminaba el Espíritu Santo...