viernes, mayo 25, 2012

Nuevo alumbramiento

Llevo unos días muy liado y con poco tiempo para sentarme al ordenador. No obstante, he ido avanzando en algún que otro futuro post y, en paralelo, también me las he arreglado para terminar de peinar La derrota de Aquiles, mi segundo libro. Esta vez, a causa de la crisis, el precio ha subido 14 céntimos, hasta el euro justo :-D

Mis lectores del blog deben saber que este ensayo es más grande, y yo diría que completo, que el conjunto de posts en los que está basado. Hay todo un capítulo, el dedicado al colapso final de la URSS, que es totalmente nuevo: nunca se ha publicado en el blog.

Como quiera que Kindle tarda horas o días en poner efectivamente en publicación el libro (por eso no puedo poner aun enlace), os dejo hoy su prólogo, para que os vayáis haciendo una idea.

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Pocos hechos históricos hay más fascinantes que la revolución rusa. Lo fue en el momento de producirse, pues vino a suponer la dramática colocación de la clase obrera en primera línea de la Historia; y lo siguió siendo durante décadas; primero, como alternativa general a todo lo que el marxismo consideraba regímenes burgueses; y, a partir de la segunda posguerra mundial, como elemento de referencia fundamental para todos aquéllos que deseaban propugnar un modelo alternativo al representado por los Estados Unidos de Norteamérica.

Verdaderamente, la URSS es un importantísimo experimento dentro de la Historia de la Humanidad. Un experimento fallido. Sus defensores, normalmente, pueden gestionar este problema, porque los fallos se pueden explicar de muchas maneras. Desde los años sesenta, de hecho, eran ya comunes las explicaciones de politólogos y estudiosos, en el sentido de que las fallas del comunismo no se debían a él, sino que eran meras consecuencias del hecho de que el sistema soviético tuviese que desarrollarse en un ambiente hostil, dominado por su enemigo estadounidense. Esta tesis no deja de ser curiosa, puesto que porta, de forma un tanto connotada, el hecho sistemáticamente negado por los sovietófilos: la pérdida, por parte de la URSS, de la Guerra Fría. Pues si Estados Unidos podía acorralar a la URSS, eso sólo podía ser porque la hubiese vencido. Los que van perdiendo, o empatando, no tienen, por lo general, capacidad de acorralar a nadie.

Con todo, el gran elemento que desorientó definitivamente a las visiones facilonas o directamente proclives a la URSS, fue la extraordinaria rapidez y ausencia de conflicto con que desapareció. En este sentido, el mutis por el foro de la Historia por parte del comunismo fue muchísimo menos traumático que su entrada. La entrada en escena de la revolución marxista, hasta entonces un hecho teórico como otros muchos, vino precedida de décadas de dramática y crudelísima inestabilidad y violencia en Rusia, y tuvo como consecuencia una muy sangrienta guerra civil. Alumbrar un régimen comunista no fue fácil y costó un genocidio; en realidad, varios.

El gran poder acumulado por la URSS, y el hecho de que su importancia pasó muy pronto a ser mundial, con un rosario de países que dependían de su modelo y otros muchos que coqueteaban con dicha dependencia en mayor o menor medida, hizo pensar a muchos, en realidad a todos, que la URSS era too big to fail. Porque nadie, jamás, que haya leído yo, siquiera avizoró que, algún día, el régimen soviético se disolvería como un azucarillo.

Y, sin embargo, así fue.

Este ensayo trata de analizar los elementos que pueden explicar por qué se produjo esto. Por qué uno de los dos ejércitos más poderosos del mundo y, probablemente, la policía con mayor capacidad de control social; por qué un país cuya élite gobernante no había sido ni medianamente molestada por oposición interna alguna durante siete décadas; por qué, al fin y a la postre, un régimen blindado para durar 107 años, simple y llanamente, desapareció.

Hay una cosa que este ensayo hace a propósito, y por eso quiero dejarla clara en este punto. Hablo en él de los condicionamientos económicos, que tuvieron gran importancia, más en los países satélites de la URSS que en la Unión misma. Sin embargo, le he puesto algo de sordina a la cuestión económica porque, en mi opinión, hablar en exceso de la economía, apoyarse en exceso en el colapso económico de la URSS como explicación de su desaparición, puede resultar equívoco.
La importancia de la economía en el colapso soviético es innegable. Pero, a mi modo de ver, en el caso de la URSS, el colapso económico es sólo un síntoma y aquí, al menos, la intención es elaborar un relato en torno a las razones profundas de la caída. La China del siglo XXI ha demostrado que es posible orillar la contradicción interna de la economía centralizada, incapaz de garantizar tasas de crecimiento sólidas y continuadas; aunque también es cierto que eso lo ha hecho negando, cada vez en mayor medida, las esencias de la propia economía centralizada. Esto es algo que también podía haber hecho la URSS, y de hecho tentó hacerlo varias veces. Así pues, puesto que la economía no lo explica todo, hay que dejar espacio para otros ejercicios.

Ejercicios que están muy relacionados con una pregunta aparentemente sencilla, pero cuya contestación no es, a mi modo de ver, nada fácil: ¿cuándo, exactamente, colapsó la URSS? ¿Cuándo alcanzó el país ese punto de no retorno en el cual el edificio ya no puede hacer otra cosa más que derrumbarse? Porque las personas que están en un edificio que se derrumba no lo abandonan un segundo antes de que caiga; lo hacen bastante antes, que es cuando alguien grita: “¡Todo el mundo fuera, va a derrumbarse!”

Esta es una cuestión que no tiene respuesta precisa en el momento presente, cuando menos en mi opinión. ¿Quién asestó la puñalada final a la URSS? Pudo ser Richard Nixon, por ejemplo; su visita a Pekín, y los cambios sistémicos que acabó provocando en el juego mundial de poderes labraron un porvenir imposible para la URSS, cuyo estatus dependía, en buena medida, de la conservación de la situación pactada en Yalta. También pudo ser Ronald Reagan, con su brusco giro estratégico en la cuestión armamentística, que dejó a los soviéticos sin espacio para revolverse. O pudo ser el propio reformismo soviético, los Andropov (quizá), Gorvachov, etc.

Yo creo que fue Leónidas Breznev.

Según esta tesis, la gran desgracia de la URSS es que Leónidas Breznev viviese los diez últimos años de su vida. La crisis económica de los setenta, en los países democráticos, acabó llevándose por delante a todos los gobiernos a los que les estalló en las manos; lo cual es lógico, porque todos eran gobiernos diseñados para gestionar una abundancia que, de repente, desapareció; y carecían de discurso para la austeridad. Este cambio abocó a muchos países occidentales a cambios muy dramáticos, de signos diversos: Francia y España, a la izquierda; Reino Unido y Estados Unidos, hacia la derecha. Pero, al fin y a la postre, esos cambios colocaron las cosas en su sitio, permitieron el refresco de las estrategias, y acabaron mutando en crecimiento y flexibilidad.

El gran defecto de la URSS, sin embargo, fue siempre su rigidez. Rigidez que, en los tiempos de Breznev, llegó a cotas siderales. Al líder soviético todo lo que importaba era no ser un nuevo Khruschev; él moriría, y murió, en la cama y ostentando la Secretaría General del PCUS. Para conseguir eso, dio tantas garantías a todas las partes interesadas en el juego de poder que, tomando una máquina que ya avanzaba a paso de tortuga, la paró por completo y la clavó al suelo.

Ciertamente, la muerte prematura de Breznev, probablemente, poco habría conseguido. Vivo Milhail Suslov, la nomenklatura soviética, con seguridad, lo habría preferido a cualquier otro. Y, si no, habría sido Kossigin; o Gromiko. Difícilmente habría quedado sitio para el reformismo. Pero, al menos, alguna posibilidad habría de que el modelo soviético jugase una carta que, sin embargo, merced a su longevidad, Breznev se llevó a la tumba, cosida a la manga.

La URSS murió, a mi modo de ver, por no haber sabido adaptarse y reaccionar a todo lo que pasó en el mundo entre 1975 y 1985. El 1 de enero de 1986, el Telón de Acero, mutatis mutandis, había caído. Para entonces Milhail Gorvachov llevaba unos meses al frente del Kremlin. Pero, la verdad sea dicha, ya daba igual.