lunes, mayo 21, 2012

La Restauración


Con el fracaso de la monarquía de Saboya y la I República española, al tiempo evidente y doloroso, los ojos de España se volvieron hacia la institución monárquica. Pero aquella apelación ya no podía ser, como lo había sido apenas unas décadas antes, sin condiciones. Entre 1820 y 1870, en apenas cincuenta años, habían pasado en el país un montón de cosas, entre ellas dos guerras civiles y una tercera que estaba en ciernes, que habían cambiado totalmente los puntos de vista.

La sociedad española no estaba dispuesta a aceptar un rey asentado sobre los principios de la tradición. Medio siglo antes había sido posible dar vivas al encadenamiento de un pueblo que obedece a un rey absolutista; pero, por medio, España había cambiado tanto, y tan rápido, que la presencia liberal en el país, que había sido aplastada por un ejército absolutista extranjero menos años antes que los que ahora hacen de la guerra civil, ya no podía ser obviada en modo alguno. El condicionamiento liberal era muy fuerte, así pues, mientras el carlismo español seguía hablando de rancias normas de abolengo, de cómo los borbones habían conculcado las sagradas normas de la sucesión agnaticia de la corona, España no estaba ya para escuchar esas milongas (aunque cabe recordar que este argumento, el de que el rey debe serlo porque le corresponde por derecho histórico, volvería a ser desapolillado por un príncipe presuntamente moderno, Juan el Veleta, cuando le dio la ciclotimia antifranquista). A los carlistas, a finales de siglo, les apoyaban, fundamentalmente, quienes siempre habían tenido algo más que ganar que el puro tradicionalismo católico monárquico, es decir los nacionalismos vasco y catalán.
Sin embargo, la restauración borbónica tampoco estaba clara. En París, en el palacio Basilewski, residía la reina Isabel II, que había sido puesta en la frontera por la revolución de 1868, llamada La Gloriosa; y, en realidad, un monárquico que se precie de serlo nunca aceptará que la monarquía regrese en otra persona que en la del rey depuesto, si sigue vivo. La candidatura de Isabel II, sin embargo, era incómoda y roñosa, un tanto chirriante, como sabían bien los monárquicos más, digamos, modernos de su momento. Isabel, igual que nunca se había librado de esa incómoda lesión herpética que siempre le dio de sufrir, tampoco se había librado nunca del hecho de que había nacido, y crecido, absolutista. Los españoles sabían que el concepto que tenía aquella reina de compartir derechos con el pueblo era la fórmula de Carta Otorgada, esto es, el rey dice: si te doy derechos y potestades, pueblo mío, es por la única razón de que me sale(en este caso) del juju.

Hay dos personas que, a pesar de tener un perfil conservador evidente, tenían muy claro que la vuelta de la monarquía no podía pasar por Isabel II y su entrepierna del Antiguo Régimen; dos personas, por ello, fundamentales para la Historia de España. Una es Antonio Cánovas del Castillo, el gran muñidor de la Constitución de 1876, un ejercicio jurídico interesante consistente en redactar un texto constitucional en el que, cuarta arriba, cuarta abajo, cabía cualquier cosa. La otra persona era José Isidro Pérez Ossorio Silva Zayas Téllez-Girón, marqués de Alcañices  y de los Balbases y duque de Sesto, a quien, para abreviar, la propia reina conocía como Pepe.
Pepe es un elemento importante en la Historia de España porque es, realmente, quien abate la intención de la reina de hacer un casus belli de su vuelta a España en loor de monarquía. El partido conservador, o sea la derecha de la derecha, y muy especialmente Juan de la Pezuela y Ceballos, primer conde de Cheste, le come la oreja a esta monarca exiliada, de toda la vida aquejada de cierto furor uterino, con que ella debe de ser la reina. Como digo Cheste, como otros correligionarios suyos, no hace sino aplicar el catón del buen monárquico absolutista, para el cual el derecho a la corona es inmanente y, en consecuencia, no se puede cambiar. Sin embargo, Cánovas no es de esa opinión. Opinaba este político, apoyándose en sus impresionantes conocimientos históricos, que existía un alma inmortal española de la que formaban parte, sobre todo, dos elementos: la institución monárquica, y la religión católica. Sin embargo, como acabo de decir, su visión era institucionalista, no personal; lo cual quiere decir que, en realidad, pensaba que era mejor, incluso lícito y lógico, sacrificar a las personas en aras de la institución. El marqués de los Balbases, o sea Pepe Alcañices, era de su misma opinión. Y lo era desde un monarquismo que no tenía nada que envidiarle al de Cheste. Sin ir más lejos, Alcañices tenía su casa, o sea su palacio, donde hoy está el Banco de España, en la calle Alcalá de Madrid; y, durante el reinado de Amadeo de Saboya, su mujer tenía aleccionado al servicio para que, al paso de la carroza del rey, se cerrasen todas las contraventanas, en signo de desprecio y oposición absoluta al nombramiento del italiano al frente de una corona que ellos consideraban borbónica.
Con esta fuerza moral, más otro factor no desdeñable y es que, en París, la reina era pobre como una perra (con perdón) y era la pasta de Alcañices la que le permitía vivir como vivía, fue como Sesto acabó por convencer a Isabel II de que no pusiera obstáculos a la candidatura de su joven hijo Alfonso a la corona de España. Famosa es la anécdota en la que un día, pasando el hijo al gabinete de la madre, que se encontraba con el marqués, ésta le dijera: “Alfonso, dale la mano a Pepe, que te ha hecho rey”. Frase pronunciada el 25 de junio de 1870; la misma en la que Isabel II firmó su abdicación en favor de su hijo.

Todo el mundo que sabe algo de la Historia de España sitúa en la madrugada del 3 de enero de 1874 el final de la I República española, con la entrada del general Pavía en el Congreso de los Diputados. Es así, pero no del todo. Manuel Pavía y Alburquerque era un militar de pura cepa, que a los 40 años ya era mariscal de campo, y estaba lejos de ser un derechista peligroso, pues en la Historia de España lo encontramos, por ejemplo, acompañando a Juan Prim huyendo a Portugal tras el fracaso de Villarejo de Salvanés. El primer presidente de la República, Estanislao Figueras (quizás el único ejemplo en nuestra Historia de un gobernante democrático que huyó de España tras dimitir de su cargo) echó mano de él cuando cesó al general Moriones, que estaba conspirando en Álava en favor de los borbónicos. Y Salmerón, durante su presidencia, también lo llamó para realizar una campaña anticantonal en Andalucía. De hecho, la I República española le concedió a Pavía la Laureada de San Fernando y el segundo entorchado.

A pesar de todo esto, Pavía siempre ha tenido fama de militar derechón, reaccionario, que entró en las Cortes para quebrar el rumbo de la República, que consideraba excesivamente radical. De Santiago Carrillo se dice que, al entrar los guardias civiles del teniente coronel Tejero en el Congreso el 23 de febrero de 1981, musitó: “Cuánto ha tardado en volver el caballo de Pavía”. Sin embargo, Pavía, como digo, estaba lejos de ser un personaje antirrepublicano, había defendido la República y sido condecorado por ello. Pero era, por encima de todo, anticarlista, es decir, antitradicionalista. Y fue por ello que hizo lo que hizo en enero de 1874. Él mismo explicaría ante las Cortes, años después, que “si yo no hubiese ejecutado el acto del 3 de enero, España entera me habría despreciado y el Ejército maldecido, porque sin aquel acto no hubiera terminado aquel mes sin que entrara en Madrid don Carlos de Borbón”.

Pavía, por lo tanto, tomó el Congreso y expulsó de él a los diputados. Acto seguido, reunió en el salón presidencial al general José Serrano, duque de la Torre; al marqués del Duero, Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen; al marqués de La Habana, José Gutiérrez de la Concha Irigoyen Mazos y Quintana; a los almirantes Pascual Cervera y Topete y José María Beránger y Ruiz de Apodaca; y a los políticos Práxedes Mateo Sagasta, Antonio Cánovas, Alonso Martínez, Nicolás María Rivero, Cristino Martos, Manuel Becerra, Eduardo Montero Ríos, y otros de menor calado. En ese punto, Pavía les comunica su intención de formar un gobierno que acabe con la insurrección cantonal de Cartagena, todavía vigente, y derrote a los carlistas.

Entre los políticos, hubo dos respuestas o, por decirlo así, tendencias. Cánovas propuso un gobierno más o menos tecnocrático, que resolviese más adelante los problemas ideológicos y constitucionales. Cristino Martos, por su parte, propuso la continuidad constitucional republicana, esto es, el nombramiento de una nueva Presidencia de la República. El marqués del Duero, personaje de gran importancia en la institución militar de la época que no por casualidad tiene una estatua en la Castellana de Madrid, requirió a Pavía su opinión; a lo que éste afirmó que no se oponía a la solución republicana, mientras que la república fuese unitaria (o sea, centralista y no federal); Cánovas respondió a eso afirmando su fe monárquica, pero aceptando otorgar su colaboración; o, más bien, su no-oposición.
Pavía estuvo torpón en el siguiente paso. En realidad, sólo impuso un nombre, el de Eugenio García Ruíz, como ministro del nuevo gobierno (Gobernación, o sea Interior). García Ruiz era un furibundo republicano, eso sí unitario, que lanzaba unas soflamas de la leche desde su periódico, que llevaba el significativo nombre de El Pueblo. Con este nombramiento, el militar que había entrado en las Cortes creía salvada la República; con lo que no vio que dejaba demasiados ámbitos de poder sueltos, todos los cuales se los aplicó el general pijo, o sea Serrano.

Bueno, en realidad, aquella tardorrepública era un duopolio: el ejercido por los generales Serrano y De la Concha. El otrora amante de la reina, conocido en los Madriles como El general bonito, contaba con el genio militar de Concha para presentar batalla a los carlistas y, merced a esa victoria, que debemos recordar fue el primer y principal motivo de que Pavía quebrase bruscamente el rumbo de la República, el régimen se prolongaría sin rey, otorgándole a él una presidencia vitalicia, que es lo más parecido a la corona que hay sin serlo. Cuando el marqués del Duero levantó el sitio carlista de Bilbao, por lo tanto, Serrano se apartó para dejarle a su compañero todos los laureles, lanzándole con ello el mensaje de que, si bien el poder político era suyo, el militar sería del marqués. Aquel esquema podría haber funcionado.
Sin embargo, no funcionó. El 27 de junio de aquel mismo año, en Monte Muro, una bala acertó a encontrar el cuerpo del marqués del Duero y acabar con su vida. La muerte de Concha dilató el momento de la victoria militar contra el carlismo y supuso para el duque de la Torre un traspiés insalvable, porque con él había perdido la capacidad de hacer viable su régimen unipersonal tan sólo formalmente democrático. A partir de ahí, Serrano peregrinó más que gobernó, con cuatro gobiernos distintos en apenas un año, deriva puteona que no hizo sino extender en los cuarteles el virus restauracionista, habilidosamente difundido por Cánovas y sus terminales, la primera de ellas el brigadier Luis Dabán.
Por cierto que, en su época, aquella España un tanto, o un mucho, machista, se hizo lenguas con la hipótesis de que las ambiciones de Serrano no se debiesen, o no se debiesen sólo, a su voluntad, sino a la de Antonia Domínguez y Borrell, condesa de San Antonio y duquesa consorte de la Torre; o sea, su churri.
Los testimonios contrarios a esta mujer son legión. Wenceslao Ramírez de Villa-Urrutia, primer marqués de Villa Urrutia, hizo de ella un retrato cruel: “dama de peregrina hermosura pero de escaso intelecto, pues algo ha de quedar para las feas”. Otros la pintan en el curso de las recepciones oficiales peleando, incansable, por puestos preminentes, debidos a su condición de mujer de un ex regente; condición que, como digo, exigía fuese ejercida para sobreponerse en el protocolo a las mujeres de embajadores en uso de su mandato. Todas estas historias señalan su voluntad de hacer de su marido la primera figura de España, y de ella lo que hoy diríamos la Primera Dama. En condiciones tales, se ganó la enemiga de los monárquicos, y de todos ellos más que de ninguno de Cánovas. De hecho, Cánovas, habitualmente moderado y poco dado a la chanza, le soltó un corte de la hostia a la señora durante una cena en casa de los Serrano cuando, por ausencia de última hora del duque, ella le ofreciera su silla diciéndole: “Hoy tiene usted que remplazar a mi marido”; a lo que Cánovas respondió, con voz clara: “¿Hasta qué hora?”
La mujer de un político de la época, Jacinto María Ruíz, le escribió a la reina Isabel a París que “Dios, en su justicia, le ha dado al duque de la Torre, para su castigo, la mujer que merecía; esta mujer hace de él lo que quiere y lo llevará al abismo”. Entre otras cosas, esta jugosa carta revela detalles tan divertidos como que el general Serrano, incapaz de negarle a su mujer el ayuno de los viernes cuaresmales, cenaba con ella las viandas de vigilia y después, pretextando que se iba a Llardy a tomar café, daba cuenta allí de unos solomillos de puta madre.

Paradójicamente, otro que sintió mucho la muerte del general fue Cánovas, el capitán de la causa monárquica. Es por ello que muchos historiadores se han quejado de que las relaciones de Concha con Cánovas, o con la reina Isabel, no se hayan estudiado a fondo; afirmación que vendría a insinuar que el general podría estar detrás de la idea de dar un golpe de fuerza militar en favor de la monarquía; golpe que él era el único con prestigio suficiente para dar.
La muerte de Concha alejó toda posibilidad de un golpe militar monárquico, cuando menos en la mente de Cánovas. El político conservador se negaba en redondo a esta posibilidad, pues quería el regreso del rey con todas las de la ley. “Lo que hay que hacer es preparar la opinión ampliamente y luego aguardar con paciencia y previsión una sorpresa”, le escribe a la propia reina el 13 de abril de 1874. Y el 8 de mayo: “cualquier indisciplina puede perdernos”. Son formas elegantes de exigir a la reina que no sea pollas y dé pábulo a quienes, con seguridad, están viajando París a ofrecerle alzamientos, gritos y pronunciamientos que, Majestad, no pueden fallar.

El 28 de noviembre de 1874 es el cumpleaños del príncipe, que Cánovas, en Madrid, convierte en una manifestación de fe monárquica. El gobierno, nervioso, amenaza con deportar a los marqueses de Molíns y de Villar, monárquicos conspicuos. Asimismo, prohibió a la prensa felicitar al rey y, asimismo, prohibió en todas las fondas de España que se sirviesen comidas de más de seis cubiertos.
Sin embargo, el sentimiento en España es cada vez mayor. Agotados por una república vacilante y caótica, que ahora ha devenido en inoperante y tan sólo formalmente democrática, los españoles añoran a ese rey que la propaganda canovista les vende como si fuera la hostia en verso. Desesperado, el general Serrano impulsa la candidatura de la duquesa de Montpensier para ser reina de España, buscando dividir a los monárquicos, una vez que la abdicación de Isabel II los ha unido (bueno, neto de los carlistas, claro; que cada día cuentan menos). Sin embargo, el problema de Cánovas no era la oposición republicana, sino la fuerte presión militar en favor de un golpe. Uno de los grandes conspiradores monárquicos en la milicia, el brigadier Luis Dabán, le escribe en diciembre de 1874 una carta al general Martínez Campos en la que le informa de que teme ser destituido el mes siguiente, lo que debilitaría la causa alfonsina. El 21 de diciembre, Martínez Campos le escribe a Alfonso de Borbón confesándole: “me he hecho incompatible con don Antonio Cánovas, que podrá ver con más calma y lucidez el estado de los asuntos, pero que yo creo que no va por buen camino; y he creído de mi deber acudir a VA rogándole me autorice reservadamente para obrar independientemente de él”.
El día 27, Martínez Campos abandona Madrid, camino de Valencia. Según todos los indicios, lo hace sin haber recibido contestación del príncipe (entre otras cosas porque, merced al diario del coronel Juan de Velasco, que entonces era acompañante de Alfonso, sabemos que él no estaba en París, adonde fue enviado el mandado, sino en Inglaterra). La marcha a Valencia de Martínez Campos está provocada por un telegrama del almirante Aznar: “Naranjas en condiciones”. Es el santo y seña pactado con Dabán de que las cosas están bien para un movimiento. En Madrid, únicamente le comunica que va a pronunciarse a su amigo el general Valmaseda, y se lo insinúa a la condesa de Heredia Spínola, furibunda monárquica que suele comerle la oreja con que es demasiado blando con la situación. En esa misma casa deja una carta dirigida a Cánovas, con la instrucción de que no le sea entregada hasta que “se tenga noticia en Madrid de lo que voy a hacer”.
La discreción de Martínez de Campos tuvo su fruto. El gobierno poco supo de las intenciones monárquicas y el jefe del Estado estaba en el Norte, en la guerra. Cinco días antes de la movida, Castelar, prohombre republicano, le escribía una carta a un amigo en la que le aseguraba que la causa monárquica estaba en su punto más bajo.

Lejos de ello, el 29 de diciembre, a eso de las nueve de la mañana, Martínez Campos arenga a los soldados de la brigada Dabán a las afueras de Sagunto (el jefe de la guarnición de la ciudad, coronel Ripoll, se negó a que la proclama tuviese lugar en su interior), proclamando rey a Alfonso XII. El capitán general de Valencia el general Ignacio María del Castillo, no se opone y pide al gobierno su relevo. El general Joaquín Jovellar, jefe del Ejército del Centro, adhiere a éste al movimiento.

Esa misma mañana, el grito de Sagunto se conoció en Madrid, pero el gobierno apenas dio instrucciones al gobernador civil, Juan Moreno Benítez, para que detuviese a Cánovas, el duque de Sesto, y otros monárquicos. Alcañices, por cierto, se enteró con tiempo e, inmediatamente, fue a la calle de la Madera, donde vivía Cánovas, para advertirle. Pero el político conservador se negó a moverse, porque no quería ser identificado con el movimiento insurreccional. Sin embargo, dio instrucciones a Alcañices para que huyese, y le cedió los poderes de acción que a él le había dado la reina. Así pues, Alcañices volvió a su palacio, el actual Banco de España, donde se encontró con varios amigos, entre ellos el famoso y algo violento Felipe Ducazcal. Hizo salir, solo, a su mozo de cuadras, Manuel Sánchez, a quien todos en Madrid llamaban El Calandria. Éste esperó en la calle de la Greda con un coche de alquiler, en el cual fueron ambos a casa de otro importante monárquico, Alejandro Castro; y, probablemente por no sentirse seguros ahí, acabaron por irse a hacer noche a la de José Ramiro de la Puente y Apecechea y González-Nardín, marqués de Alta Villa.
Moreno Benítez se negó a alojar al detenido Cánovas en su destino, digamos, legal, que era la pútrida e insalobre cárcel de El Saladero, en la plaza que es hoy de Santa Bárbara (llamada así porque antes había sido un matadero de cerdos). Así pues, Cánovas quedó inmovilizado en un despacho del propio gobierno civil. Hasta allí tuvo que llegarse un joven de 17 años, Julio María de la Luz Claudio Francisco de Asís Elías Nicolás José Santiago Gaspar de Todos los Santos Quesada-Cañaveral y Piédrola Osorio Spínola y Blake, quien algún día sería conde de Benalúa y duque de San Pedro de Galatino pero que, entonces, no tenía más características que ser sobrino y ahijado del duque de Sesto y lo suficientemente joven como para no despertar sospechas. La propia policía le ayudó en su encomienda pues, en saliendo del palacio de Alcañices en compañía de otro tío suyo, el marqués de Castelar, la bofia detuvo a éste creyéndole el duque de Sesto, y lo llevó al gobierno civil. Allí se deshizo el error pero, mientras las aclaraciones venían, el chico tuvo tiempo de localizar a Cánovas y darle la misiva secreta que su tío le había dado para el politico conservador. De tan mala manera, pues, controló el gobierno formalmente republicano las comunicaciones entre los monárquicos.
[Aunque no tenga nada que ver con nuestra historia, Benalúa fue enterrado en Granada, a su fallecimiento, el 17 de julio de 1936; esto es, apenas horas antes de estallar la guerra civil, con lo que, probablemente, se convirtió en el último español significado cuyas exequias se produjeron antes de empezar ésta].
Al día siguiente, Sagasta y todo el gobierno estaban muy nerviosos y, en puridad, su gran esperanza era que Cánovas permanecía contrario al golpe. De hecho, al parecer Cánovas dio instrucciones al marqués de Valdeiglesias, Ignacio José Escobar y López Hermoso, propietario del diario monárquico La Época, para que éste se posicionase claramente contra el golpe. Sin embargo, si esto fue así, primero Escobar le convenció de que no podía ir contra los hechos (para entonces los conservadores, reunidos en casa del conde de Cheste, poco menos que querían descuartizarlo por no apoyar el grito de Sagunto); y, finalmente, el gobierno decidió, suspendiendo el periódico.

Durante todo el día, el gobierno sondeó los cuarteles, y lo que encontró fue tan categórico que resolvió no disparar ni un solo tiro (como de hecho ocurrió) e intentar una última medida desesperada. En la tarde, Cristino Martos visitó a Cánovas en su “cárcel” del gobierno civil.
Según el testimonio de quien luego sería marqués de Valdeiglesias, entonces un adolescente que se había colado, literalmente, en la habitación, el diálogo fue tal que así.
MARTOS: Yo respeto tu patriotismo, tus ideas y tu conducta política. Pero en este instante, cuando tenemos guerra en Cuba, guerra en el Norte y los restos de las cantonales, no creo que se deba llevar al país a otra guerra civil. El momento es inoportuno.
CÁNOVAS: Yo he deseado la restauración de otra manera, pero ante la actitud del Ejército y la opinión unánime del país, acepto y recojo el procedimiento. No puedo oponerme a él, es mi deber. Y estate tranquilo; no habrá otra guerra civil, nadie la desea; la restauración, y con ella la paz, son un hecho.
A eso de las ocho, mientras los Moreno Benítez obsequiaban con una opípara cena al detenido y sus acompañantes, el gobierno, reunido en el Ministerio de la Guerra (en Cibeles, frente al Banco de España), telegrafiaba a Serrano. Serrano les comunicó que, en el Norte, las tropas habían declarado que no lucharían contra defensores de Alfonso. En la Puerta del Sol, a esa hora, un hombre, cuya filiación ignoro, fue detenido por dar vivas a Alfonso XII. Pero, probablemente, antes de que llegase a la comisaría, el gobierno ya había cedido sus poderes en el capitán general de Madrid, quien, inmediatamente, había llamado a Cánovas a formar gobierno. El capitán general se busca un emisario de confianza para el receptor: Gonzalo de Vilches y Parga, primer conde de Vilches, apasionado hombre del aparato estatal de Isabel II que ha quedado bastante apartado de la primera línea política, y precisamente por eso de indubitables credenciales monárquicas. Pero cuando Vilches llegue al gobierno civil se encontrará con que Cánovas ya no está ahí: tras la cena, el gobernador lo ha liberado y de hecho Cánovas, con su pequeña troupe, se ha ido hacia el Ministerio de la Guerra.

Allí, una vez que llegó también el duque de Sesto, se formó el primer gobierno de regencia.  La I República había muerto. Entre todos la mataron, y ella sola se murió.
El general Serrano, por su parte, se despedía en el Norte de su sueño imposible de llegar a ser, algún día, Príncipe de Vergara como Espartero. En Tudela, donde se encuentra, resigna el mando en el siguiente del escalafón (aunque mi documentación no es completa, pudo ser en Álvaro Laserna y Martínez de la Hinojosa, segundo conde de los Andes), y atraviesa la frontera.