jueves, diciembre 29, 2011

Nosotros, y la conflictiva relación con nuestra Historia (notas desde Menéame)

Cierto es que, sin llegar a estar enganchado, soy visitante asiduo del agregador de noticias Meneame. Me parece tremendamente útil poder beneficiarme del trabajo navegador de otros cientos o miles de internautas que, al encontrar cosas en la red que les parecen interesantes o criticables, las pongan en conocimiento de la comunidad para que las vea. Algunos de los posts de este blog, de hecho, han sido colocados en el agregador y dos, que yo sepa, llegaron a ser portada, que es algo que parece que muchos publicantes de internet desean.

La verdad es que no tengo demasiada idea sobre eso del karma de cada participante; ésos sí que son temas que me resbalan un poco. A mí lo que más me gusta de Menéame, como digo, es la posibilidad que me aporta de descubrir cosas que por mí solo no habría encontrado; y los comentarios. Por igual ambas cosas.

No es lo más habitual que en Meneame lleguen a portada noticias relacionadas con la Historia (aclaración: yo sólo sé mirar la portada y la página de las últimas noticias que han sido meneadas), pero cada vez que llega alguna, pincho en los comentarios para leerlos. Asumo que el viajero habitual de Menéame puede ser considerado, de alguna manera, arquetípico de lo que hay por ahí hoy en día en España, especialmente si hablamos de algos de cierta juventud. Así pues, entiendo que los comentarios permiten saber algo sobre la percepción social respecto de los temas históricos.

Hace tan sólo unas cuantas horas, alguien colocó en el agregador una entrevista publicada en La Opinión de Murcia en la persona de Luis Delgado, un novelista histórico cartagenero. Yo no lo conocía, porque entre otras cosas el tema naval no es lo mío y, además, suelo leer no ficción; pero he llegado a la conclusión de que Delgado debe de ser una versión huertana del famoso Patrick O'Brien, autor de la serie de novelas de Master & Commander. Como buen cartagenero, Delgado es un buen conocedor de la Historia naval española y, además, parece estar embarcado (nunca mejor dicho) en la labor de reivindicar la importancia de la Armada patria durante el siglo XIX; que es un siglo, en verdad, en el que da un poco la impresión que nuestros barcos se dedicaron, básicamente, a naufragar; aunque, en mi conocimiento al menos, no le faltan episodios notables, como el de la batalla del Callao, que ya hemos relatado en este blog (para gran cabreo de algunos lectores peruanos, a juzgar por los comentarios) aquí y aquí.

En fin. Aparte de la calidad literaria y/o histórica de los trabajos de Delgado, asunto sobre el que no puedo hablar porque no los he leído, voy a una cosa que él dice en la entrevista: dice que la visión que los propios españoles tenemos de la Historia naval de España en el siglo XIX es injusta y que deberíamos conocer mejor, y admirar más, los episodios de nuestro pasado. Y a este asunto es al que han entrado los comentantes de Menéame a saco, con intervenciones que, como decía, tienen su interés a la hora de analizar la relación que nosotros mismos tenemos con nuestro pasado.

El comentario general que se puede hacer, a mi modo de ver, se resume en una palabra: desconocimiento. De otras cosas no sé porque el que no sabe soy yo; pero de Historia, y de historiadores, en España se habla sin tener demasiada idea. Dice un comentador (todas las cursivas, desde aquí, son mías): «[La Armada] Fue sacrificada en Cuba y se mantuvo fiel a la legalidad republicana en el 36... quizá por ello los reivindicadores de lo militar la reivindican menos». Yo, sinceramente, no sé cuántas librerías especializadas en literatura militar habrá visitado este contertulio; no sé cuántos números de revistas militares o de Historia Militar habrá visto; pero, lo cierto, es que esa afirmación de que los reivindicadores de lo militar pasan de puntillas por la Armada como si no existiese, tiene menos base que el barcelonismo de Iker Casillas.

El desconocimiento básico de la Historia de España aflora en comentarios como éste, que justo es decirlo, ya se lleva un buen ramillete de cebollazos en la propìa página de Menéame: «Es increible que Andalucía haya olvidado que fue un imperio en la edad media mucho mas importante que el español. Es increible que Euskal Herria haya olvidado que fue una potencia cultural durante miles de años en toda europa. Ah eso no cuenta, que son de segunda vaya».

Supongo, pero sólo lo supongo, que el «imperio» andalusí al que se refiere el opinante es el califato musulmán que existió en España por aquellos tiempos. Se basaba, cierto, en el concepto de Al-Andalus; pero alguien debería explicarle a este ser que Al-Andalus y Andalucía son cosas distintas; vamos, que en los tiempos de Abderramán III, por poner un ejemplo, los que hoy se sienten andaluces no tenían sentimiento tal.

Por lo demás, eso de que los omeyas mandaron sobre un imperio más importante que el español, en fin, ni sumando todas las posesiones califales del mundo mundial (lo cual supone cagarse y mearse encima del hecho de que no obedecían a un mando común; especialmente en España, donde existió una cosita que se llamaba reinos de taifas) logra ser cierto.

Lo de Euskal Herria es más difícil de comprender aun, porque difícilmente Euskal Herria puede exhibir realidad alguna datable en miles de años, siendo como es un concepto desarrollado por Sabino Arana, que es un señor que todavía respiraba hace tres o cuatro pedetes. Y lo de la supremacia cultural de los vascones en Europa, es tan, tan, tan cierto, que hubo un tiempo, todo el mundo lo sabe, que en el continente, desde La Coruña hasta Moscú, todo el mundo hablaba vasco. De hecho, sólo una monumental conspiración francmasona puede explicar la Gran Mentira que se nos ha hecho creer en el sentido de que el segundo idioma que dominaba Marco Polo cuando hizo su famoso viaje era el francés, porque era la lingua franca del comercio internacional en aquella época. Lo que hablaba Polo era vasco y, de hecho, cuando llegó a la China, los mongoles le recibieron bailando un aurretxu.

Hay dos teorías para explicar comentario tan jugoso. Una, la menos mala, es que estas cosas las diga el comentante porque se las han contado en un bar, o las ha leído en el prólogo de un folleto. La otra, mucho más grave, es que se las haya contado su profesor de Historia en el colegio. Esta segunda nos llevaría a una conclusión curiosa: no se trata de que a los españoles no nos guste admirar nuestro pasado sino que, simplemente, hemos desplazado dicha admiración; ahora admiramos el pasado de nuestra Comunidad Autónoma y, para alimentar dicha admiración, somos capaces de inventarnos lo que sea.

De hecho, este comentario es jaleado por éste otro: «También es increible que Galicia olvidase que fue un reino muy importante, independiente del Reino de León, en la edad media... cosas de ser de segunda, como tu dices». Comentario en sí muy interesante, porque demuestra cómo, probablemente, actúa cierta Historia, o cierta enseñanza de la Historia, actualmente: apropiándose, por así decirlo, de cosas que pasaron en ciertos territorios. Esto es: si Galicia formó parte de una cierta unidad política (supongo, pero sólo lo supongo, que el posteador se refiere a los tiempos de lo que podríamos denominar, en palabras de hoy, el Estado suevo; pero su referencia a la Edad Media me deja un tanto pijarriba), entonces se concluye: a) que la idea de Galicia como unidad ya existía entonces; b) que fue la idea-motor de la dicha unidad estatal. Con un par.

Comentario igualmente impagable es el del contertulio que tercia: « Otra cosa es que sojuzgar a otros pueblos para expoliar sus recursos sea motivo de orgullo, como defiende este señor». Este pobre señor Delgado se refiere a la Historia naval de España en el siglo XIX; precisamente el siglo en el que todas las colonias españolas, casi sin faltar una, da la casualidad que se des-sojuzgaron. En Historia, confundir años es normal y desde luego perdonable. Pero confundir siglos...

Abundan, también, las intervenciones modelo «dónde vas, manzanas llevo» que, a mi modo de ver, están aflorando una actitud un tanto torpe, de quien quiere atacar la tesis central (los españoles deberíamos admirar nuestro pasado) pero no sabe cómo. Así, otro comentante nos dice: «Bastante tenemos con reivindicar una vivienda digna y un curro que no nos esclavice más de lo preceptivo». Reconozco que es un argumento novedoso: la razón principal para que alguien no conozca la Historia de su país reside en los metros cuadrados de su salón. Debería fijarse este comentante en el pequeño detalle de que, en este mundo en que vivimos, los pueblos que más saben sobre su Historia suelen ser los que menos tienen. Españoles que no saben quién fue Isabel de Castilla los hay a puñaos. Muchos más que kurdos que no saben quién fue Saladino.

Otro comentario del mismo tenor: «Más sorprendente es que en menos de unos pocos meses la gente se olvide de políticos que les han choriceado, puteado, y pisoteado y para más inri les vuelvan a votar, como para estar pensando en la armada». La gallina. Inasequible al desaliento, este comentante continúa: «Y es que en España se nos da muy bien por desgracia, olvidarnos de todo lo importante. Eso sí cosas como : el día, año y alineación de la selección española cuando ganó el Mundial , se la sabe más de media España». Talmente: conocer la personalidad y hazañas de Blas de Lezo es lo mismo que saberse que Juan Señor metió el gol definitivo en el España-Malta. Y olé.

Otrosí dicen los posteadores: «Sin querer renegar de la historia de nuestro país, ya va siendo hora de que seamos un poco conscientes de cual es nuestra situación actual, y nuestro papel en el panorama internacional». De nuevo, nos encontramos con una frase que abrocha dos cosas que no tienen nada que ver. Llevando esta teoría al extremo, en las escuelas españolas debería suspenderse la enseñanza de la Historia cada vez que España dejase de tener silla en el Consejo de Seguridad de la ONU, o perdiese una votación en el Consejo de Ministros de la Unión Europea.

Otra técnica típica de quien quiere criticar pero no sabe muy bien cómo, postura que como he dicho es muy normal cuando se habla de la Historia de España, es hacer juicios de intenciones de quien habla: « Yo no he "olvidado" eso de que España tuvo una gran armada pero no voy por ahí con camisetas con mensaje y cantando consignas con un megáfono [que hemos de entender que es lo que hace Delgado con sus declaraciones]. Es que me imagino al hombre este pensando cada vez que se cruza con alguien "mira, otro que se ha olvidado de que fuimos un imperio ultramarino». Ya. Puestos a imaginar, todos podemos imaginar cosas de todos.

El fondo de la cuestión, en todo caso, es prístimamente planteado por otro comentario. Éste: «Una cosa es conocer la historia, algo totalmente recomendable, y otra ensalzar las gestas y conquistas militares del siglo XIX. Aquí, afortunadamente, estamos vacunados contra esas tonterías que no llevan a ningún lado (bueno). Francamente, es una de las cosas que más aprecio de la cultura española, lo crítica que es con sus propios héroes añejos salvapatrias, ya que la crítica racional es la única que nos deja ver lo más parecido a la historia real, a lo que pasó realmente. Lo otro es autofelación y sólo lleva a mentiras y brazos en alto».

Entiendo que lo de los brazos en alto se refiere al franquismo; porque es práctica bastante habitual de todos aquellos que, como este comunicante, disfrutan de la «crítica racional» que se practica en España sobre su Historia que confundan todo régimen totalitario de derechas con el fascismo; lo cual es una gilipollez de libro, dicho sea de paso. Pero, bueno, en Historia lo importante no es conocer los hechos, sino ser suficientemente crítico con los propios héroes añejos salvapatrias. Lo que no sé es qué pensará este comunicante sobre la actitud que España debe de tener respecto de héroes de su Historia tales como Lluis Companys o Rafael Casanovas, por poner un par de ejemplitos.

Digo que en este mensaje está la raíz de la cuestión porque refleja, una vez más, lo extraña e increíblemente apegados que seguimos viviendo en España, casi 40 años después, al franquismo. El pilar maestro ideológico del franquismo, el falangismo, hizo del pasado de España, que calificaba de imperial y glorioso, uno de los leiv-motiv de su formulación. Así llegaron aquellas salidas de pata de banco en las que se calificaba a España de martillo de herejes, espada de Trento y no sé qué cosas más. Cuando Franco va y se muere, se supone que lo que hay que hacer, inteligentemente, es olvidarse de eso y construir con criterio propio. Pero eso, a lo que se ve, no es lo que hemos hecho. Lo único que hemos hecho ha sido continuar el franquismo, sólo que le hemos dado la vuelta: ahora lo que antes era bueno es malo y lo malo, bueno. Ahora resulta que, un suponer, Buenaventura Durruti, que era un asaltador de bancos que propugnó la creación de un régimen egalitario en Aragón en el que se repartieron más de tres y más de cuatro hostias, es un santo varón revolucionario. Y, sin embargo, un señor cartagenero que se atreva a decir que es intolerable que España no admire a sus marinos del siglo XIX es alguien que está alimentando «mentiras y brazos en alto». Un facha, vaya.

Nunca dejará de sorprenderme la medida en la que un viejo que se murió en 1975 sigue gobernando nuestras vidas y nuestra forma de pensar.