viernes, diciembre 30, 2011

Dos amigos de Madrid

Corría el año 1390 en la pequeña villa de Madrid, que entonces distaba mucho de poder considerarse ciudad. Madrid era entonces un villorio acostado sobre sus alcázares, de modo que apenas a un tiro de piedra de lo que hoy conocemos como Palacio Real, el pueblo se disolvía en fincas y labrantías. Cerca de la actual confluencia de la calle Leganitos (o sea, la calle de la huerta) y la plaza de España, había una fuente que con los siglos se llamó como la calle: fuente de Leganitos.

Allí, donde hoy pasan los coches y las personas con rapidez, hubo una vez una finca con huerta, ancha y con una villa antigua, que era propiedad de don Aparicio Guillén. Un día de 1390, el señor de la casa falleció. Al punto, la familia comunicó el evento al prior más cercano, que lo era el de la iglesia de San Martín, en la calle Desengaño, que debe su nombre a un suceso que, la verdad, no está muy claro, para que se presentase allí con dos presbíteros y la cruz, y se llevase el cadáver al cementerio. Entonces, en verdad, lo que se hacía era dejar el oficio de enterradores a los sacerdotes.

Al llegar a la casa, sin embargo, el prior se dio la vuelta y se marchó sin el muerto. ¿La razón? Pues que se encontró, allí, dos hombres y tres mujeres llorando al finado y, con su excelente ojo clínico para esas cosas, el cura se dio cuenta de que los cinco eran judíos.

La costumbre de alquilar plañideros para los funerales es mundial y se pierde en la noche de los tiempos. En el Madrid tardomedieval, este oficio, temporero y un tanto arrastrado como pocos, no era ejercido por cualquiera. Contratar judíos de baja extracción social era una manera de conseguir duelo para el entierro propio y, al mismo tiempo, no tener que rascar el bolsillo. Sin embargo, diez años antes de la muerte de Aparicio Guillén, las Cortes de Soria, ante las presiones clericales que observaban escándalo para la Fe en estas prácticas, habían prohibido estos alquileres. En realidad, la familia Guillén se podía dar con un canto en los dientes pues el prior, al fin y al cabo, se limitó a marcharse, en lugar de denunciarlos. Eso sí, no volvió en tres días, por lo que el muerto se quedó allí, descomponiéndose, hasta que lo vinieron a recoger.

A pesar del relativo sigilo con que se había llevado el tema, finalmente no se pudo evitar que las autoridades se enterasen del asunto, así pues Gabino, el hijo del fallecido, perdió el diezmo de herencia que le pertenecía; aunque su madre logró recomprarlo al ayuntamiento. Por esas cosas, Gabino Gillén quedó heredero de la finca.

Era niño Gabino y se crió allí, viviendo de los réditos que daba la huerta, que cultivaban dos viejos sirvientes. Pero había una persona más allí, Guillén, otro niño de su aproximada edad, también huérfano. Algunas crónicas dicen que Guillén era propietario de la huerta inmediata, otras nos dicen que los dos niños practicaban la propiedad de la misma huerta. Yo tengo por más cierta esta segunda versión. Sin saber muy bien de dónde pudo aparecer el amigo, es probable que el niño Gabino lo dejase vivir con él, y con los dos jardineros, pues su madre murió pronto.

Antonio Capmani y Montpalau, un excelente cronista decimonónico de Madrid, nos cuenta que entre Gabino y Guillén «no había tuyo ni mío, los productos eran de ambos, y luego que crecieron contaban los años por los arbolitos de la huerta (...) paseaban juntos y comían en la misma mesa, reinando entre los dos una misma voluntad»; tanta insistencia sobre el trato igualitario que recibía Guillén me hace pensar que, tal vez, en su origen pudo ser sirviente de la casa.

A 800 metros de la finca, cuatro minutos andando (según Google Maps), estaba la iglesia de los santos Justo y Pastor, dos niños mártires, por cuya historia estaban los infantes, según las crónicas, más que obsesionados, asaeteando a preguntas sobre su vida y milagros al capellán de la ermita. Es posible que los niños fuesen muy beatos, por qué no. Aunque también hay que tomarse esto con cautela. En un mundo como aquel, con bastantes pocas diversiones, y viviendo los infantes una vida bastante modesta, es probable que no tuvieran otra distracción que fantasear con la grandeza de unos niños que se dejaron matar por amor a Dios.

Siendo aún niños o adolescentes los dos amigos, estalló una terrible tormenta sobre Madrid; una tormenta de la que se sabe que se llevó por delante enormes haciendas de la villa e incluso se hizo famosa porque un relámpago dejase ciego a un labriego. Tormenta, al fin y a la postre, que destrozó todos los árboles de la huerta y dejó a los chicos sin medio de vida.

Las crónicas dicen que el capellán de la iglesia de los niños mártires recogió a los dos niños y los ingresó en el colegio de la Doctrina (más conocido como de San Ildefonso, a la postre inventor del soniquete insoportable del día de la lotería), lo cual es curioso porque no son pocas las fuentes que sitúan la fundación de esta institución más tarde de cuando pudieron ocuparla Gabino y Guillén. El cura resolvió rehacer la huerta, cosa que le llevó tiempo; tiempo que no tenían los niños, pues Gabino falleció en la escuela, no sabemos, o al menos yo no sé, exactamente por qué causa.

Guillén volvió a la casa, pero, de nuevo según Capmani, ya no fue el mismo. Echaba de menos a su amigo, y pasaba las horas en la capilla dedicada a los dos niños mártires, rezando por él, hasta que incluso se quedó doblemente solo, porque el buen capellán de la ermita, que los había acogido, también murió.

El cronista incluso insinúa la posibilidad, o al menos a mí me lo parece, de que Guillén se volviese loco o desequilibrado, pues, nos informa, a Guillén «en todas partes le parecía ver y oír a su amigo». Pero sufrió poco; murió al poco tiempo, y nadie dudó de que las enfermedades que lo habían matado eran la tristeza, y la melancolía.

El prior de San Martín, conforme a derecho, se convirtió en propietario del bien intestado. En homenaje a la sólida amistad que allí habían mostrado los niños, llamó a la hacienda de los Dos Amigos, nombre que conservó por mucho tiempo y que quedó legado a la calle hoy situada en lo que fueron sus predios, haciendo esquina a San Bernardino.