jueves, junio 02, 2011

La Historia es Grande y Libre, pero no es Una

El problema que tiene don Luis Suárez, polémico redactor de la no menos polémica recensión biográfica de Francisco Franco en el diccionario biográfico animado por la Real Academia de la Historia, es que debe internetear poco y, más aún, sus incursiones en los foros de discusión electrónicos deben de ser poco habituales. Como no es mi caso, yo sí sé cosas que, obviamente, el eminente medievalista desconoce, y así le ha lucido el pelo con la recensión de marras y las críticas que ha recibido, de las que, por lo que leo, se defiende como gato panza arriba.

Luis Suárez, probablemente, tiene en mente dos ideas básicas. En primer lugar, quien realiza una obra histórica concita a la labor a quien le da la gana. Quien, pongamos por ejemplo, desea editar un libro con artículos sobre, digamos, Dolores Ibárruri o la verdad democrática, ya supongo que a la dirección de este blog no escribirá pidiendo una colaboración.

La segunda idea que probablemente tiene Suárez es que el historiador es libre. Que, como intelectual que es su labor, tiene derecho a llegar a las conclusiones a las que los datos y la reflexión le lleven. Tanto derecho tiene el historiador, pensará Suárez, a llegar a la conclusión que le parezca, como derecho retiene el resto del mundo a decirle al historiador que eso que ha concluido es una chorrada o no se compadece con los datos.

Lo que está descubriendo estos días, quizá, es que, en esta España nuestra de la Memoria Histórica, ninguna de estas ideas es cierta. O, cuando menos, no son pocos los que pretenden que no lo sean. El editor de una obra histórica no es realmente libre de contratar a quien le dé la gana. Su primera obligación es, o debería ser para muchos, contratar a quien tenga la capacidad de elaborar una versión adecuada de los hechos. El tipo de versión que el lector debe conocer. No se trata exactamente de imponer visiones únicas, porque mucha gente se da cuenta de que ese tipo de iniciativas chirrían en el mundo moderno. Se trata de eliminar del punto de mira todas aquéllas que, por razones que no se sabe muy bien quién ha de definir, no «cuadran» con lo que se quiere que la gente sepa del pasado.

La procura de una versión adecuada de los hechos ha provocado, inmediatamente, el debate sobre cuál es esa versión adecuada y la conversión del conocimiento histórico en un motivo para el enfrentamiento político. La consecuencia de esta aberración se ve en cosas como la reciente propuesta, verdaderamente pintoresca, de Alejandro Muñoz Molina. Que una persona habitualmente bien amueblaba neuronalmente hablando defienda la idea de que una serie de historiadores deberían formar una comisión... ¡en el Parlamento!, para consensuar una visión sobre «lo que pasó» en la II República, la guerra civil y el franquismo, es, con perdón, de aurora boreal. Los historiadores no tienen que reunirse para «pactar» nada. Los historiadores tienen que interpretar la realidad histórica y someterla al juicio de otros intérpretes. Un historiador sincero y honrado sabe bien que la verdad histórica no existe.

Vaya por delante que yo no estoy demasiado de acuerdo con lo que sé que ha escrito Suárez. Especialmente eso de que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario sino autoritario. Sobre el primer elemento, el historiador se ciñe al significado de la palabra dictador stricto sensu, es decir, aquella persona a la que se le otorga el mando para gestionar la nación durante una situación especial. Éste es, efectivamente, el concepto clásico, romano, del dictator. Pero ni se puede ni se debe desconocer que la palabra ha adquirido otros significados que a Franco le van como un guante.

En el segundo elemento estoy sólo parcialmente de acuerdo. Para mí, el franquismo sí fue un régimen totalitario, que dejó de serlo tras la derrota alemana en la II guerra mundial y los problemillas entre Franco y su cuñado, que acabaron con éste apeado del poder y encerrado en su bufete haciendo bisnes. Tras la etapa totalitaria llegó el proceso que historiadores no precisamente de derechas llaman la desfascistización del régimen, que desde entonces, con mayor o menor acierto, y sobre todo cuando los tecnócratas tomaron el poder, hizo por parecer una especie de democracia spanish way (o sea, orgánica, sin sufragio, sin libertades...)

Pero es que el fondo del asunto no es la discusión histórica. Las reacciones fuera de tono, entre las que cabe incluir la de la ministra de Cultura aseverando que espera que los textos se cambien (a lo que Suárez ha contestado muy en su sitio, diciendo que él no va a cambiar nada, que quiten los editores todo su artículo y lo escriban de nuevo si quieren), han desplazado el ámbito de la discusión.

El ámbito de la discusión ya no es si Franco se rascaba el pie en los consejos de ministros o creía en la existencia de los vampiros. El ámbito de la discusión es si en España es posible, hoy, que alguien escriba un libro defendiendo la tesis de que, un suponer, Franco es el mejor estadista de la Historia de España. Si alguien hiciera eso, como decía antes, lo que debiera pasar es que catedráticos, historiadores y frikis de la cosa nos pusiéramos a discutir, con mayor o menor nivel de apasionamento, sobre la verdad o la mentira de la dicha tesis; y para mí, por cierto, que el autor perdería. Pero el problema no está ahí. El problema está en que hay una España, la España neofranquista de izquierdas, que pretende, de alguna manera, reproducir los esquemas culturales del franquismo, es decir que sólo las ideas que quepan dentro de su particular lecho de Procusto puedan crecer y desarrollarse.

Hay personas para las cuales la guerra civil ha terminado, y otras para las cuales no. En España existió toda una cohorte de españoles de derechas para los cuales la guerra nunca terminaría; españoles como Carlos Luján, el personaje que inventé para mi novelilla, que no están dispuestos a dejar de luchar contra su enemigo mientras quede uno solo de ellos y que, además, al igual que su Caudillo consideraban el país como su finca particular y, por lo tanto, se sentían con derecho a decidir quién, en su finca, publicaba o no, opinaba o no, estudiaba o no, era o no catedrático. La inmensísima mayoría de estas gentes ha fallecido ya, para desgracia del juez Garzón, que quería pedirles cuentas.

Este fenómeno de guerra permanente no se dio, o se dio menos, en las izquierdas perdedoras. La inmensa mayoría de los exiliados, sobre todo de los más singulares por haber ostentado posiciones preeminentes en la República, consumió sus tristes años en la distancia reflexionando acerca de la necesidad de volver a poner el reloj de España a cero y construir una reconciliación nacional. Muchos de los republicanos de los años cincuenta y sesenta, que en su mayoría lo habían perdido absolutamente todo, no odiaban. Consideraban que era precisamente el odio el que les había colocado en un piso de mierda de Buenos Aires, de Ciudad de México, de Londres, de Filadelfia, viviendo una vida de mierda con sus recuerdos de mierda y sus remordimientos de mierda; y, consecuentemente, no quisieron darle a ese odio la oportunidad de volver a jugársela. Hasta el Partido Comunista, después de una invasión de chichinabo en la que nadie les hizo ni puto caso, acabó por caerse del guindo de que el tiempo de las leches había pasado.

Durante décadas, pues, al franquismo irredento, prietas las filas e impasible el ademán, el franquismo que enterraba cada año de nuevo a los muertos de Alcubierre y de tantos otros sitios, el franquismo que reclamaba de la Iglesia que mantuviese encendida la llama votiva de la venganza; a ese franquismo, digo, los perdedores opusieron, en no pocos casos, la comprensión y el deseo de concordia.

Teóricamente, pues, a la muerte de quienes querían mantener el conflicto entre las dos españas en clave bélica, llegaría una nueva etapa. Pero hete aquí que setenta años después, desaparecidos de la faz de la tierra tirios y troyanos o, como escribiría Unamuno, muertos los hunos y los hotros, aparece una nueva casta que, desde el antifranquismo acérrimo, reinventa el franquismo de pensamiento: quien no piensa lo que yo, no merece ni el pan, ni la sal. Sólo hubo una República: la que yo recuerdo. Sólo hubo una guerra: la que yo relato. Sólo hubo una represión: la de Franco. Todo lo demás no tiene derecho a respirar. Si alguien osa, algún día, escribir otra cosa sobre un papel, exigiré que se cambie. ¿Por qué no, ya puestos, no exigimos que el libro se queme en la plaza pública? Si lo exigió Torquemada, si lo hicieron las Juventudes Hitlerianas, ¿por qué no vamos a hacerlo nosotros también?

Todo esto se monta y se aúpa sobre una triste realidad: el desconocimiento. Vivimos en un país donde por fascista se entienden tantas cosas que la palabra ha terminado por vaciarse de significado; fenómeno que sólo tiene un beneficiario: los fascistas. El personal es dejado a la buena de Dios frente a una realidad histórica complejísima como es la Guerra Civil para que la juzgue con dos de pipas y básicamente sin puta idea. No es algo que sea casualidad. Todo propugnador de una forma única de entender la realidad sabe bien que cuanto más hueco esté el cráneo de su interlocutor, más fácil le será moldearlo.

Luis Suárez tiene todo el derecho a escribir que Franco no fue un dictador y que su régimen no fue totalitario. Como lo han tenido, y lo tienen, otros de escribir que Stalin era un devoto demócrata, si quieren. Las fronteras de lo que no se puede decir en Historia son muy pocas. Ciertamente, negar el Holocausto es ofensivo para el pueblo judío, y es por ello que en muchos países es delito. Pero imaginemos que mañana un historiador se dedica a estudiar documentación inédita y descubre que americanos y rusos inflaron las cifras de fallecidos en los campos de concentración; ¿acaso no podría publicar su obra?

Este orden de cosas, este pretender que un académico no pueda dar su opinión profesoral sobre hechos históricos, es, además, el mejor alimento para los radicales. Que pasen cosas así es lo que esperan, de hecho, para poder echarse al monte intelectual. Cuanto más de izquierdas es un opinador, más se extraña del arrollador éxito editorial de autores sobre Historia de un exacerbado radicalismo de derechas. Yo, la verdad, no sé de qué se extrañan. Si esos osos son tan grandes, es porque ellos, con su actitud, los alimentan.

Es posible, yo no lo sé, que toda la polémica parta de que la publicación del polémico artículo se haya producido en un libro subvencionado con dinero público. Vaya, éstas son las cosas que pasan cuando el dinero público se utiliza en cosas que no debería, tales como pagar todo o parte de la edición de libros, películas, y otros productos culturales.

No hay una sola Historia. Si merece la pena coleccionar biografías de Napoleón es por la cantidad de visiones distintas que se pueden descubrir leyéndolas. Lo que los españoles piensan de los Reyes Católicos va del blanco nuclear al negro negrísimo. La Historia es así. Y pretender que quien dice cosas que nosotros no decimos deba callarse; pretender que una Academia, por el hecho de ser Real, va a tener que rechazar todas las versiones del pasado que no sean del agrado del Consejo de Ministros; intentar, en suma, que el país piense, recuerde y analice, todos a una como Fuenteovejuna, no es más que un signo de inseguridad, y de cobardía.

Quienes están seguros de sus tesis, no temen el debate.