miércoles, septiembre 01, 2010

Folletín de verano (34)

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Carlos Luján apartó la vista del informe policial definitivo sobre Juan Escofet. Sintió el abrazo de la contrariedad en el pecho. Era un informe lleno de datos insulsos. Los policías que lo habían redactado eran bastante categóricos al sostener la idea de que había sido la ambición la que había hecho de aquel muchacho un delincuente. Sus averiguaciones habían destapado una personalidad muy amiga de los vicios caros y al tiempo muy amargada por no poder pagarlos. Sin embargo, Luján sabía que si su teoría era cierta, Escofet estaba muy lejos de haber formado parte de una partida de simples y puros ladrones. Su apuesta más clara era Camilo Pérez. El dueño del bar Calper donde uno de sus sicarios había muerto en enfrentamiento con la policía era el único superviviente cierto del grupo radical desmantelado en el 57. Por lo demás, el hecho de que los atracadores fueran tres, y muy experimentados, abría la posibilidad de que en la partida estuviese Julio Cendoya.


Eso, y la anotación: RiP 203.


La reflexión de Luján era: ¿quién, hasta aquel momento, había conocido la contraseña RiP 203? Con seguridad, sólo dos personas. Una era Anselmo López. La otra era Lucía Odriozola. Desde el 58, en la conversación durante la cual fue captado para La Central, Luján sabía además otra cosa: esa contraseña tan querida no podía estar relacionada con otra cosa que con el robo de los bonos que habría realizado Anselmo López. De momento, no era capaz de imaginar cómo podría haber realizado dicho robo, pero todo: la actitud de López, el hecho de que guardase el papel, le decía que lógicamente la anotación tenía que tener relación con el robo.


Estaba comprobado que Anselmo López había tenido relación con Carlos Grisca, alias Pepe Durán, El Manco. Si, como Luján sospechaba, RiP 203 era una pista para localizar el dinero robado por López, podría habérsela dicho. Pero eso era poco probable. Visto cómo se las gastaba Grisca, López tenía que saber que, si le decía cómo localizar el dinero, el otro acabaría con él. De hecho, existía una posibilidad de que así hubiera sido y que Grisca fuese el asesino de Anselmo López; pero eso no cuadraba con su modesta existencia en Sabadell, dando clases de matemáticas, si había logrado hacerse con una fortuna.


No era lógico, por lo tanto, que Grisca hubiese encontrado el dinero. Ni que lo hubiese encontrado Camilo López, quien regentaba un negocio modesto hasta su huida, casi diez años después de la muerte de Anselmo López. Y estaba, además, la muerte de Lucía Odriozola. ¿Por qué asesinarla? Habiendo dinero de por medio, eso cualquier policía o ex policía lo sabe bien, lo racional es siempre esperar que sea la razón de todo.


Si las teorías de Luján eran ciertas, Lucía Odriozola había muerto a manos de Grisca porque éste se había enterado de que la mujer había tenido acceso a las pistas sobre el escondite del dinero. Pero Lucía no había confesado nada. Había resistido una paliza de Luján y, aquella tarde, tuvo la presencia de ánimo de intentar dejar una pista (extraña e indescifrable, eso sí) sobre su agresor; sabía, pues, que iba a morir, y en esas circunstancias, lo más probable es que no dijese nada. Y si Grisca, que había llegado hasta ella, no consiguió nada, menos había conseguido Camilo Pérez antes de tener que huir.


Por ello, sólo quedaba una hipótesis: Anselmo López comunicó la pista, en Rusia, a otra persona. A su camarada Julio Cendoya. In Bello, Amicitia. Luego López fue herido y Cendoya murió en combate.


Si es que murió.


Cuando el equipo Luján-Azpíriz volvió a trabajar conjuntamente, lo hicieron como si apenas hubieran pasado dos horas desde la última misión de su juventud. Después del mucho tiempo que habían compartido vigilancias y casos en la Brigada, ambos se entendían a la perfección. Por lo demás, otra cosa que hizo la costumbre fue la automática asunción por parte de Azpíriz del hecho de que sería su compañero el que dirigiese las pesquisas.


En realidad, los protocolos de investigación en estos casos eran bastante sencillos. Como Azpíriz había dicho, la tranquilidad con que los tres huidos habían salido andando por las calles de Móstoles sugería que aquél era un terreno que conocían bien. Esto reducía mucho el ámbito de la búsqueda. Pero más aún lo reducía la sospecha de que alguno de los huidos fuese Camilo Pérez y, quizá, el escurridizo y fantasmagórico Julio Cendoya.


-Ya sé que Rebollo creía en células durmientes sin apenas comunicación -le decía Luján a Azpíriz-, pero no tiene lógica que sea algo así. Hay una pregunta clara. En 1957 pusimos a Camilo Pérez a la fuga. Tuvo que salir de España porque, de lo contrario, lo habríamos trincado.


-Sí, nos tomamos bien en serio esa búsqueda.


-Ajá. Camilo huyó. Pero, ¿huye y permanece quieto hasta 1975? ¿Por qué?


-No sé. ¿Porque Franco está en las últimas?


-¡Coño! Y, ¿qué tiene que ver eso con atracar un banco? Si fuesen el puñetero Carrillo lo entendería. Pero, ¿dos delincuentes? ¿Dos personas buscando pasta?


-Pues no. No tiene sentido.


-No, no lo tiene. Pero es un hecho que han esperado para volver. Han esperado casi veinte años, joder. ¿Por qué coño han esperado tanto?


-Sólo hay una respuesta -sentenció, con voz ronca, José Antonio Azpíriz.


Se miraron. Antes de hablar sus labios, ya se lo habían dicho con los ojos.


-Tienes razón. Mierda, tienes razón. Si no han venido antes, es porque no han podido.


Azpíriz se alzó de hombros.


-Está bien. Pero eso no nos dice mucho. Desconocemos las identidades que utilizan tanto Pérez como el posible Cendoya; menos aún del tercero en discordia. Sin mencionar que no es demasiado lógico lo de las dificultades; sobre todo en el caso de Cendoya, si está vivo.


-No sé si te entiendo bien.


El navarro apretó los labios, dejando que esa apenas media reacción fuese toda la pista posible sobre sus sentimientos.


-Me limito a tirar del hilo. Supongamos que Cendoya está vivo. Entonces hemos de suponer que en el lago Ilmen hizo la envolvente, llevó a sus compañeros a primera línea de fuego y, una vez allí, probablemente les mató él mismo.


-Joder...


-Ni joder ni leches. No me digas que no lo has pensado así todos estos años. Yo también lo habría hecho. ¿Quién se queda tumbado esperando que los obuses se carguen precisamente a todo el mundo menos tú? Los debió quitar de en medio y luego, de alguna forma, quizá con alguna señal pactada de antemano, hizo saber a los rusos quién era y se escurrió hasta sus líneas; no sin antes vestir a algún muerto con su guerrera, claro.


-Pero eso ocurrió hace más de treinta años.


-Lo importante es cómo lo verían los rusos. Para ellos tuvo que ser un héroe. Un comunista infiltrado que sobrevive a su infiltración. Un republicano que engaña a Franco hasta el punto de convertirse en soldado suyo; condecorado, además. Es de suponer además que Cendoya, o sea Longares, les daría datos jugosos sobre las posiciones alemanas y españolas. Esas cosas se retribuyen. Lo cual nos lleva a imaginar a nuestro amigo en Rusia, disfrutando de cierto estatus político y personal, identificado con la cosa soviética.


-No creo que tenga que recordarte que mucha gente así murió prisionera en Siberia.


-Sí. Pero no en los últimos quince años. Luego llegó el gordo aquél, Chispita.


-Nikita. Jruschev.


Luján comprobó, con delectación, que seguía siendo incapaz de adivinar si los deslices de su compañero eran reales o no.


-Nikita, para tí la perra gorda. Llega el tío ese. Se saca el zapato1. Dice: Stalin, caca. Los presos a la calle. Y eso pasa a principios de los sesenta, o así. ¿Qué narices puede haberle pasado por la cabeza ahora, precisamente ahora, al Cejas2 para soltar a un preso que no soltó el gordo?


-No tiene lógica -admitió Luján.


-Hay que buscar un motivo más permanente.


Luján sintió una punzada en el estómago.


-¿Qué has dicho?


Azpíriz se quedó quieto, sin saber cómo reaccionar.


-¿Qué he dicho...? Pues, sólo, eso... un motivo más...


-Más permanente. ¿Es eso?


-S...sí -balbució Azpíriz, no muy convencido.


-Un motivo más permanente para impedir que alguien pueda salir, ser libre.


Agarró a su amigo y ex compañero por los hombros.


-Y yo creo que conozco uno -le respondió e, intantes después, se volvió para tomar su chaqueta-. ¿Y si Cendoya tenía a una banda, a su gente? Claro, muchos murieron en Rusia y, de los que quedaron en Madrid, Durán se mató y Pérez estaba con él. Pero los atracadores eran tres. ¿Y si...?


Luján se mordió el labio, pensando. Luego miró a Azpíriz y dijo, seco:


-A las seis de la tarde, en la cafetería del Ministerio.


-¿No me vas a contar...?


-No puedo, José Antonio. Son cosas de... cosas de engrasadores.











Carlos Luján condujo unos pocos kilómetros por la carretera de La Coruña, escuchando en la radio del coche el parte que hablaba del consejo de ministros, ya terminado; no cruzó palabra con su copiloto. El locutor utilizaba palabras que a todas luces pretendían instilar la idea de normalidad y plena salud por parte del Caudillo. En realidad, Luján sabía desde justo antes de meterse en el coche que aquel consejo se había celebrado con Franco conectado a unos aparatos de lectura cardiaca que los médicos habían colocado en una sala contigua; se lo había contado el otro ocupante del vehículo, Untal Lastres. Aunque ni el ex policía ni su jefe no podía saberlo aún, en efecto aquel consejo había sido muy problemático, especialmente cuando el orden del día llegó al asunto de Marruecos y la actitud del rey Hassan ante la inmintente descolonización del Sahara. El corazón de Franco se había acelerado peligrosamente.


Aún sin saberlo, Carlos Luján, conforme conducía por la autopista, se imaginaba haciendo equilibrios con su coche sobre el inmenso filo de una navaja.


Finalmente, llegó a la altura de la desviación que buscaba, en la cual tuvo que conducir apenas unos cientos de metros hasta llegar a un edificio cuadrangular y bajo. En la entrada había una barrera y un militar. Luján le enseñó su credencial.


-Señor -le indicó el centinela tras comprobar el extraño carné-. ¿No tiene cita?


-Es irregular, lo sé. Pero son días irregulares, no sé si me entiende.


-Ya, pero personas como usted sólo pueden venir con cita.


-¿Y de mi nivel?


Era la voz de Lastres, inclinado sobre Luján para hacerse visible por la ventanilla del conductor por parte del centinela. A Luján no se le escapó el detalle de que su jefe no estaba mostrando credencial alguna. Su credencial era su cara y lo imposible que le resultaba a cualquier centinela de aquel edificio no recordarla.


El guardia le dejó pasar con un gesto del brazo.


Aparcaron en la zona de visitantes y entraron en un ala del edificio. Lastres se condujo por los pasillos como si llevase décadas trabajando allí. Saludaba a todo el mundo con leves inclinaciones de cabeza. Luján empezó a hacer lo mismo y observó que personas a las que no conocía le devolvían el saludo. Educación, se dijo. O prevención.


Finalmente, Lastres chasqueó la lengua con delectación. Habían llegado al despacho que estaba buscando. Le dijo a Luján que esperase fuera y entró solo. Se oyeron voces y alguna risa dentro. No pasó mucho tiempo. Luego el mismo Lastres salió para indicar a Luján que entrase y, una vez en el despacho, le presentó a un hombre enjuto y alto, con aspecto de sufrir una úlcera estomacal crónica, pero que hizo esfuerzos por sonreír al estrechar débilmente la mano del ex policía. Lastres lo presentó como El Coronel, sin especificar nombre ni apellido.


-Hemos venido para pedirte ayuda. Para un caso muy jodido -informó Lastres, con voz que pretendía ser jovial.


-¿Como de jodido? -Preguntó el Coronel.


Luján suspiró. Pensó para sus adentros: o estamos aquí un buen rato, o nos marchamos en el mismo momento que termine de hablar.


-Es un asesinato. Lleva 27 años sin resolver.


El Coronel miró a Luján como si le hubiese mentado a la madre.


-¿27 años? ¿Eso es...?


-1948, sí.


El Coronel sopesó la información, con un evidente despiste en el rostro.


-Eso está prescrito... o amnistiado, ¿no?


-Tenemos motivos para pensar que éste no está prescrito, mucho menos amnistiado.


Durante una hora después de que Azpíriz se hubiera marchado del ministerio, Luján se había aplicado a explicarle a Felipe Lastres las generalidades del caso López. Incluyó lo de la entrevista de El Pardo en el 56 porque juzgó que no tenía sentido ocultarle esa información a alguien que a todas luces tenía un puesto en las cloacas del régimen al menos tan profundo como el del propio Rebollo; y además, porque necesitaba que lo supiera para que se aviniese a acompañarle para recabar información de quien podría tenerla. En ese punto, por todo esto, Luján esperaba que Lastres le corroborase y apoyase. Pero, por alguna razón que sólo se podría explicar conociendo los laberínticos recovecos del cerebro de aquel hombre que llevaba ya más de treinta años siendo quien no era y dedicándose a lo que no se dedicaba, Lastres permaneció quieto y en silencio.


El Coronel dedicó a Luján una mirada escéptica. Así que el ex policía quemó su último cartucho.


-Se trata del caso de Anselmo López.


El Coronel hizo esfuerzos por disimular que había entendido a la primera de qué le hablaban. Pero falló y debió darse cuenta de ello, porque, tras unos segundos de silencio, hizo un rictus de la boca que quería significar resignación.


-Ese caso está desde hace años en un callejón sin salida. Bueno, ahora que lo pienso, Luján...


-Sí, no le falla la memoria, Coronel. Yo fui quien lo cerró.


-Y lo reabre ahora.


-Sí, señor. Es la segunda vez que lo reabro.


-¿Es algún tipo de obsesión?


El Coronel planteó la pregunta no a Luján, sino a Lastres. Pero entonces el superior de Luján sí que trabajó. Decir, no dijo nada. Pero eso fue, probablemente, porque no le hacía falta. A todas luces, los contertulios de Luján eran viejos compañeros; de ésos que se entienden con una mirada. La de Felipe Lastres dijo muchas cosas. Alguna de las cuales resonó en la boca de su interlocutor.


-En este edificio hay como seis o siete despachos de mierda a los que podrías haber ido de ser éste un caso de mierda -el Coronel parecía leer de la frente de Lastres. Untal se limitó a asentir en silencio-. Cojones -musitó con desgana el militar-. Además, seguro que lo que venís a pedir no es nada fácil.


El Coronel repasó las páginas del ajado expediente que Luján puso en silencio sobre su mesa. Era el viejo expediente sobre Julio Abrantes que, casi veinte años antes de aquel día, había terminado por acopiar Luján con las escasas notas que pudo hacer, y alguna documentación de apoyo, tras la extraña historia que sobre aquel tipo, mezcla de delincuente común y héroe de guerra perdida, le contó Ismael Rebollo. Durante un segundo, Luján sintió un nudo en la garganta. Recordando todo eso, pensó que algunas de las líneas nerviosas que alcanzaba a ver en las páginas que repasaba el Coronel, la letra de su antiguo jefe dejando alguna que otra anotación importante, era todo lo que le quedaba de él. Sintió un vacío en la boca del estómago. Luego un vértigo leve. Después, el gesto pétreo del Coronel le impidió seguir bajando por la cuesta de la melancolía.


-¿Qué quiere usted saber de Julio Abrantes?


-Quiero encontrarlo.


El Coronel sopesó unos segundos la respuesta de Luján.


-Podemos saberlo. Pero no será fácil. No creo que los rusos nos quieran contar sus registros funerarios.


-Está muerto... -Felipe Lastres no preguntó, sino que afirmó suavemente, casi en un susurro.


-O debería estarlo -sentenció el Coronel.


-Perdone, señor, pero la precisión es importante. ¿Está muerto, o debería estarlo?


El Coronel le dirigió una mirada conminatoria.


-Cuidado, Luján. Sería usted el primer civil que se permite entrar en esta casa y preguntar qué sabemos o dejamos de saber.


Luján se revolvió en la silla. Se dijo que tenía que hacer esfuerzos por ser lo más diplomático posible. Pero no pudo.


-¿Sobre un combatiente de la División Azul, reenganchado en las Waffen SS, violador y asesino? Con todos los respetos, Coronel, cuando Rebollo me habló del caso Abrantes, hace veinte años, eran fáciles de entender las implicaciones políticas. Hoy, la verdad, y le repito que con todos los respetos, me costaría creerlas.


El Coronel se alzó de hombros, afectando sorpresa.


-¿Ah, sí? O sea, que o nosotros hemos dejado de ser azules o los rojos han dejado de ser rojos, ¿es eso?


Luján contó hasta diez.


-Con todos los respetos, Coronel. Abrantes no es Rudolf Hess3. Si está vivo, hasta la momia de Lenin lo habrá olvidado. Los rusos no tendrían hoy a un combatiente de las SS metido en unas cárceles donde no queda ni un preso político de Stalin, jugándosela a que alguien se entere y monte un San Quintín.


-Suponiendo que esté vivo.


-Desde luego, suponiendo que esté vivo.


El Coronel se retrepó en su sillón y miró a Luján, como midiéndolo. Luego cambió el tono, tratando de adoptar uno afectadamente jocoso.


-Parece que usted cree que puede estar vivo.


-Sí. Vivo, y en Móstoles.


-Ajá. Adonde habría llegado...


-No hace mucho.


-Ajá.


-Si las sospechas de Luján son ciertas -intervino Lastres, con humildad en la voz- Abrantes se ha juntado con uno o dos activistas de izquierdas que se dedican a la delincuencia común.


-Relacionados con el caso López.


-En efecto.


-Y, si el caso se reabre ahora, debo entender que desde 1957, que fue cerrado, no se ha sabido nada de esos tipos.


Luján no pudo evitar un gesto excesivamente imperativo de la mano pidiendo silencio. El Coronel, sin embargo, se lo perdonó. Parecía divertido.


-Creo que sé por dónde va. Las personas que huyeron en el 57 quedaron fichadas por algo más que la delincuencia común. Quedaron fichadas como activistas de ultraizquierda que se habían infiltrado en la estructura de Falange para pasar desapercibidos. Creemos que no regresaron a España, pero lo han hecho ahora. Lo cual no tiene lógica.


-Ya. Y han pensado que, tal vez, la lógica de todo esté en que regresan ahora porque es ahora cuando Abrantes ha podido salir de la URSS.


-Exacto.


El Coronel apretó los labios y elevó las cejas en un gesto de incredulidad.


-Luján, ¿no se da cuenta de lo inconsistente de su teoría? ¡Usted mismo se desmiente!


-¿Yo, me...?


-Usted, sí. Si los rusos se quitaron de en medio al Waffen SS, ¿por qué han esperado hasta el 75? Si tan cierta es su teoría de que han pasado página hace mucho tiempo, Abrantes llevaría aquí años, ¿o no?


Luján tuvo que reconocerse que el Coronel tenía razón. El obstáculo que en 1957 podía seguir existiendo para el regreso de Abrantes no se sostenía en el presente. En su momento era un peligro repatriar a un veterano de guerra que debía ser juzgado por delitos muy graves; pero eso se acaba diluyendo. Luján, por toda respuesta, alzó los brazos y los dejó caer, en gesto de impotencia.


-Lo sé, Coronel -respondió-. No voy a negar que es un palo de ciego. Hay dos posibilidades. Que yo tenga razón y haya algo que haya retenido a Abrantes hasta el día de hoy. La otra es que esté muerto.


El Coronel asintió, de nuevo serio. Miró a Lastres.


-Dime, Felipe. ¿Qué tal son los palos de ciego de aquí el amigo?


Lastres enarcó las cejas y declamó:


-De primera. Te lo digo yo: de primera. Pregunta en la casa si quieres.


El Coronel miró a Luján y le sonrió.


-Está bien. Pero nos llevará algún tiempo.


-No mucho, espero -terció, con una sonrisa, Lastres. El Coronel se la devolvió, como si estuviera contento de tenerle a él de interlocutor.


-No, desde luego. Es una gestión oficial. Vamos de frente. Cuando no sólo no tienes que engañar al embajador sino que hasta lo puedes usar para que te ayude, todo es mucho más rápido.


Luego miró a Luján y le tendió el viejo expediente. Fue compasión lo que leyó en ex policía en los ojos del militar sin nombre.


En la radio, de vuelta hacia Madrid, un importante político hablaba a los periodistas. Aseguraba que Franco viviría más de cien años.





1 Jurschev se hizo especialmente famoso en occidente por su gesto de sacarse un zapato en una reunión internacional y golpear con él la mesa.



2 Se refiere a Leonid Brezhnev, que sucedió a Jruschev. Tenía unas cejas muy pobladas.



3 Se refiere al lugarteniente de Hitler, que en 1975 (y hasta 1987) permaneció encarcelado en la cárcel berlinesa de Spandau, convirtiéndose en el último jerarca nazi preso.