lunes, agosto 30, 2010

Folletín de verano (32)











Felipe Lastres gustaba tanto de definirse humildemente como «un tal Lastres » que en La Casa todo el mundo le conocía así, como si tuviese un extraño nombre mongol: Untal Lastres. Carlos Luján apenas conocía su nombre de pila por alguna casualidad y, de todas maneras, era consciente de que si algún día topaba con el DNI auténtico de aquel hombre (si es que tal cosa existía), probablemente sería para comprobar que en realidad se llamaba Enrique Otero, o Carlos Andrés Delso, o cualquier cosa menos Felipe Lastres.


En las primeras semanas de 1975, Carlos Luján había cumplido 53 años de edad y casi dieciocho de servicio como presunto funcionario civil del Ministerio del Aire. Desde 1957 hasta entonces, varios gobiernos se habían sucedido, vientos distintos del franquismo que, sin embargo, habían respetado básicamente los ministerios de índole militar; y, dentro de ellos, a esos despachos que ocupaba gente como Luján, extrañas ayudantías de departamentos con nombres abstrusos sobre cuya utilidad nadie nunca se preguntaba, lo cual era la mejor forma de conseguir que no se diesen cuenta de que su utilidad era muy otra. Pasaron los gobiernos y los generales al frente del imponente edificio construido sobre las ruinas de una cárcel, y nadie pareció jamás esperar que Luján fuese cesado. Él siguió ahí, atendiendo sus asuntos de despacho inexistentes en las etapas en las que se aconsejaba la inacción, y desapareciendo otras veces durante días, semanas incluso, para regresar más o menos al mismo tiempo que los escasos periódicos extranjeros que por allí se veían publicaban noticias sobre extraños sucesos ocurridos a exiliados españoles en París, en Montpellier, en Biarritz, en Amsterdam o en Berlín.


Felipe Lastres era, de tiempo atrás, y como él mismo decía, «lo más parecido a un jefe que tienes en esta profesión tuya tan creativa, Luján». Apareció por su vida después de lo de Grimau, durante las semanas en las que Luján estuvo sucio, es decir, obligado a la inacción hasta que su última travesura se olvidase; precaución que se hubiera tomado de cualquier forma, pero que fue aún más necesaria teniendo en cuenta que Grimau no tuvo el detalle de morir como se esperaba con la caída, sino que sobrevivió, obligando al Régimen a curarle las heridas para poder, después, fusilarlo. Precisamente en los días en que se preparaba el juicio de la calle Leganitos, Lastres apareció en el despacho de Luján, con una amplia sonrisa casi permanente que le había valido en La Casa el mote de Solistres1, anunciándole que él era lo mejor que le podía pasar a Luján.


-Que alguien como yo sea tu interlocutor a cara descubierta dice mucho de la confianza que te tenemos, hijo explicó.


En 1963, cuando lo conoció, Felipe Lastres aparentaba tener cincuenta y tantos años. Luján calculó con rapidez la alta probabilidad de que hubiese llegado a ser alférez provisional en la guerra o cualquier otra cosa; así pues era perro viejo y quizá poderoso. En los años que siguieron, Lastres le demostró que no se había equivocado; sobre todo en lo segundo. Cada vez que una investigación de Luján se encontró con una puerta cerrada, un archivo confidencial o un alto funcionario que escupía, normalmente a través de alguna secretaria, su displicencia, Carlos Luján llamaba al número que Lastres le había dado, donde la voz de un hombre joven tomaba oportuna nota y colgaba. Untal Lastres nunca tardó más allá de dos o tres días en descerrajar cualesquiera dificultades se pudiera haber encontrado el ex policía (formalmente, era un inspector en comisión de servicio como funcionario civil, aunque conservaba su identificación y, por supuesto, su arma). Además de eso, el viejo Lastres parecía tener recursos inagotables a la hora de encontrar un asiento libre en un avión abarrotado, o el abono del Bernabéu situado justo tres filas detrás de una persona que estaba siendo vigilada, o incluso que algunas personas, en las policías foráneas, mirasen para otro sitio justo cuando un Luján con peluca y barba postizas tenía que pasar delante de ellos. Todo eso lo hacía don Felipe sin abandonar la sonrisa ni la humildad. Sólo una vez, cuando ambos estaban en el despacho de Luján repasando la crónica en un periódico francés de la misteriosa desaparición de un tendero catalán radicado en París, Lastres se permitió un inmodesto desahogo. Apenas con un susurro, como para sí, silabeó:


-Si todos estos rojos supieran quién les está vigilando el culo, se pondrían a cantar el Cara al Sol con el brazo derecho bien estirado y en alto, y la mano izquierda protegiéndoles los huevos.


Al lado de Lastres, Luján pasó los años tomándole la temperatura al país. Además de hacer su trabajo, el ex policía era un ciudadano más, deseoso de conocer la marcha de España; sólo que él pertenecía a la estrechísima casta de quienes tenían un nivel de información muy superior a la media.


Lastres no era falangista. Pero eso, que a Luján le había dado tantos problemas con Ismael Rebollo, no lo fue en aquellos tiempos. La misión del 57, que culminó precisamente con la muerte de su compañero, le había enseñado a Luján que el activo más importante del Régimen no eran sus ideas, sino su timonel. Que el Movimiento propugnase o no tal o cual matiz de la doctrina de José Antonio podía ser importante; pero lo más importante aún era que pudiera seguir existiendo, y eso era algo que no garantizaban las ideas, sino las personas. La Persona. En esta evolución, lógicamente, influyó mucho que el oficio de Luján había pasado a ser proteger a Franco, primero evitando sus riesgos personales y luego, cuando los informes empezaron a ser insistentes en el sentido de que incluso los anarquistas abandonaban la idea de matar al Jefe del Estado, protegiendo su obra. Pero, además de esta influencia, también existió su propia evolución como persona.


Hay algo que Luján sabía y los españoles no: la cantidad de enemigos que rodeaban al Régimen. La guerra civil había puesto las cosas en su sitio, pero hacerlo así había sido un esfuerzo tan agotador que había impedido que la limpieza fuera definitiva. Luján solía decirle a sus compañeros en cada misión: «Vamos a intentar terminar algo que quedó pendiente en el 39». Así veía él el caso Grimau, por ejemplo. Para Luján, la justicia ejercida en la persona de aquel comunista tenía poco que ver con lo que estuviese haciendo en Madrid en los días que fue detenido, sino con el hecho de que, un cuarto de siglo antes, hubiera sido participante activo de una de las checas de Madrid. Y esto mismo es lo que seguía viendo en los objetivos de sus misiones, a pesar de que, crecientemente, estos objetivos eran personas que, al igual que él, no habían vivido apenas la guerra o no la habían vivido en lo absoluto. Este matiz, sin embargo, no le parecía ni medio importante; los jóvenes a los que vigilaba, espiaba, detenía y no pocas veces molía a palos no eran sino seres contaminados por ese pasado irresuelto, emponzoñados por un mal olor que se había colado por una ventana entreabierta; eran ese mismo mal olor, sin distinciones.


A base de seguirles, de sobornar a sus porteras, a sus lecheros, o de interrogar a hostias a sus mejores amigos, Carlos Luján aprendió que esos enemigos eran poderosos. Medio mundo estaba detrás de ellos, apoyándolos. Y, pensaba también, si por algo (además de tener la razón) superó el bando nacional al republicano en la guerra, fue por entender desde el principio que lo primero que hay que hacer con una guerra es ganarla y, después, si queda tiempo, discutir quién puso más muertos. Pues que la guerra continúa, se dijo Luján, no es el momento de perderse en exquisiteces sobre el Estado Sindical o la sucesión perfecta. Por eso, cuando Felipe Lastres lanzaba sapos y culebras contra la Falange y la llamaba «el flanco más débil del Régimen»; cuando despotricaba recordando que las costuras del franquismo saltaban por los dos terrenos exclusivos de los falangistas, el sindicalismo y la universidad, Luján asentía sin obligarse a callar como antes. Se sorprendía a sí mismo pensando exactamente lo mismo.


En realidad, esos dos «frentes», como ambos los llamaban, eran el único temor de Lastres: la universidad y los centros obreros. En todo lo demás, el sonriente jefe solía mostrarse relajado y confiado. Para él, los políticos de la oposición no eran más que paniaguados, y de algunos de ellos, como Llopis el Enjuto2 o Gil la Cojonera3, solía decir que, aunque ellos no lo supieran, aunque «todavía les engañe la impresión de que sus piernas les llevan a alguna parte», ya estaban muertos. Las defecciones del Régimen, como en el caso de Ridruejo, Laín o Ruiz Giménez, le daban risa.


-Tiene que haber de eso justificaba-; no hay salsa sin perejil.


Paulatinamente, sin embargo, conforme fueron pasando los años la sonrisa de Lastres se hizo algo menos frecuente y algunas preocupaciones aparecieron en el rabillo de su mirada. Un día, un tren de excombatientes que se dirigía a una celebración en Vascongadas fue atacado. El suceso, en su momento, pasó casi desapercibido, incluso para los encargados de la seguridad como Luján; pero no pasó mucho tiempo sin que a todos se les grabasen a fuego las tres letras, ETA, de la organización responsable de aquel ataque. El asunto de los vascos afloró otro más grave a decir de la mayoría de los contertulios de Luján: el, primero sutil, con el tiempo cada vez más descarado, cambio de postura de la Iglesia. Los hombres de Franco asistían alucinados a las crecientes expresiones de simpatía hacia todo lo que el franquismo llevaba décadas combatiendo por parte de miembros de la Iglesia, incluso tan significados como Dom Escarré4. No sólo eso sino que, conforme la policía y la guardia civil comenzaron a hacer su trabajo, comenzaron a encontrarse con prelados directamente implicados en las acciones de los terroristas vascos.


-Teníamos que haber dejado que los rojos terminasen de quemar las iglesias y profanar los cementerios de monjas se quejaba amargamente Lastres-. Qué poca vergüenza tienen los pater.


Llegados los años setenta, Carlos Luján volvió a vivir una escena que creía olvidada. En 1956, durante las horas angustiosas en las que el joven Miguel Álvarez estuvo a punto de morir a causa del tiro que había recibido en la cabeza, Carlos Luján frecuentó locales falangistas donde contempló a camaradas suyos afilando los cuchillos de la masacre que iba a comenzar nada más producirse el fallecimiento de su joven compañero. Durante esos días, en las pupilas de la gente brilló el odio y la determinación a volver a hacer de la violencia el argumento central de los días. Esas actitudes, esas miradas, esos tonos, regresaron, poco a poco, a no pocas conversaciones. En los círculos en los que se movía el trabajo de Luján, cada vez era más común encontrarse con compañeros disgustados con la situación. Disgustados de que no se hicieran las cosas bien con «lo vasco»; disgustados de que el franquismo se hubiera olvidado de devolver cien golpes por golpe; disgustados de que, cada vez más, editar y vender en España libros otrora subversivos hubiera dejado de ser un riesgo. Disgustados de que el Régimen pareciese haber olvidado la guerra permanente. Por eso, cuando comenzó a oír hablar de la posibilidad de que muchos elementos se «echasen al monte», no le extrañó.


En 1969, Franco se decidió por fin a designar a Juan Carlos de Borbón su sucesor. Lastres saludó la noticia con su habitual sonrisa y un lacónico:


-Ya tenemos la bolita colgada del árbol.


En las tertulias de Luján se echaba la culpa a los ingleses. Siempre tan aficionados a la monarquía, se decía, han terminado por convencer a Franco de que la mejor forma de estructurar el Movimiento es volviendo a instaurarla. Luján, al escuchar esto, torcía el gesto.


-No sé cuántas veces hará falta poner a los reyes en la frontera para que entiendan el mensaje decía.


No obstante, aceptó los hechos con entera disciplina, o, mejor, como lo que eran, es decir el deseo de su Caudillo. Incluso le tocó acompañar al príncipe en algunos de sus primeros actos oficiales. Un día incluso le dio la mano, presentándose con su cargo del Ministerio. El Borbón pareció mirarlo con curiosidad, como si se estuviese preguntando qué diablos hacía un habilitado del Ministerio del Aire en un acto con productores remolacheros. Pero no hizo el más mínimo comentario. Luján se separó de él preguntándose si verdaderamente sería subnormal, como todos decían.


Circulaba un chiste por España. Para elegir a su sucesor, Franco le había hecho un examen a Juan Carlos. Le había preguntado cuáles son los cuatro puntos cardinales. El Borbón, dado que desconocía la respuesta, había escrito: «NO SE»; y había aprobado de chiripa. A veces a Lastres parecía que se le iba a acabar el aire de tanto reír después de contarlo.


Luego mataron a Carrero. La revolución. El presidente del Gobierno voló por los aires sin que ni Luján ni nadie pudiese mostrar ni un puto papel en el que siquiera lejanamente se insinuase una sospecha en tal sentido. Nervios. Untal perdió la sonrisa durante meses. Y, para cuando la recuperó, Luján, doctorado en sus gestos, se dio cuenta de lo forzada que era. Poco a poco, Luján se fue dando cuenta de que los trabajos que le encargaban eran de vigilancia. Sólo de vigilancia. Tráeme un informe completo de todos los que entran en el despacho de Tierno. Quiero saber con quién habla o deja de hablar José Mario Armero. Disfrázate de monja y échale un polvo al cardenal Tacancón, a ver qué te cuenta. A Luján todo aquello le impacientaba.


-Nosotros le decía a Lastres- no ganamos una guerra pinchando teléfonos y apuntando nombres en libretitas.


Y Lastres sonreía, forzado.


Un día, poco después de lo de Carrero, Lastres entró en el despacho de Luján y le entregó una carpeta con unos papeles grapados.


-Léelo le dijo, sin intentar disimular el gesto serio-. Lo han hecho en… lo han hecho en otro departamento. Me ha puesto los pelos como escarpias.


El informe que leyó Luján era una nómina de traidores. Desarrollaba, en unas cuantas páginas escritas a máquina casi sin espacio entre las líneas, ideas e informaciones sobre personas del Régimen que, según las investigaciones, estaban dispuestos a abandonarlo. No había el menor intento de maquillar la verdad. Negro sobre blanco, el informe decía que los grupos que calificaba de «reformistas» eran cada vez más poderosos. Según el análisis, habían ganado la partida en el gobierno Arias nombrado después de la muerte de Carrero. Formalmente, todos esos grupos no propugnaban otra cosa que una evolución del Movimiento, pero sin poner en cuestión ni su carácter orgánico ni sus presupuestos fundamentales. No obstante, los redactores de aquellos papeles no perdían de vista la posibilidad de que los reformistas acabasen consolidando contactos permanentes con la oposición ilegal y derivando la nave en otro rumbo bien distinto. A Carlos Luján le costó entender aquel informe, y mucho más creerlo.


El 12 de febrero de 1975 llegó el discurso de Arias en las Cortes. Asociaciones políticas, que no partidos. Democracia orgánica, pero elección directa de los alcaldes. «El Régimen se pone en marcha hacia el futuro», sentenció Lastres, tratando, sin conseguirlo, de sonreír.


A partir de entonces comenzaron a pasar cosas. A Gil Robles, a Ruiz Giménez y a muchos como ellos les pusieron una vigilancia tan estrecha que prácticamente sus únicos actos privados eran los del cuarto de baño. De forma más o menos oficial, o sea más o menos oficiosa, grupos de miembros de La Casa comenzaron a vigilar a personas que nunca habrían soñado. Como Fernández Miranda. O Fraga, en Londres. A todos los fegisarios5. La información que obtenían, relacionada sobre todo con las personas a las que veían y, si era posible, algo de lo que hablaban, era encauzada inmediatamente por conductos militares. El objetivo era que el bando de quienes creían que transigir era claudicar tuviese información de primera mano sobre las intenciones del reformismo. Y funcionó. Las asociaciones, el proyecto estrella de Arias, se empantanaron. Por la oposición de los más rígidos y por la distancia que tomaron los del otro lado, temerosos de implicarse en un proceso que no se sabía si llegaría a algo. Todos estuvieron en alerta en los últimos días de septiembre. Los días previos a los fusilamientos. A Luján y a los suyos, el movimiento europeo contra Franco no les preocupó lo más mínimo. El franquismo, a su modo de ver, estaba acostumbrado a hacer esas cosas, y sacar más beneficio que pérdida. Pero prácticamente todo el mundo que alguna vez había tenido el más mínimo papel en alguna reunión donde siquiera lejanamente se hubiese hablado de democracia, fue vigilado en esos días. En la propia Central se hizo una porra sobre el número de fusilados. El premio quedó muy repartido, porque la mayoría, Luján incluido, apostaron porque Franco iría al copo, fusilando absolutamente a todos los condenados. Por supuesto, todos estuvieron en la plaza de Oriente, junto con el resto del millón de españoles que, según la prensa, la abarrotó para vitorear a un anciano tembloroso que apenas pudo levantar los brazos en señal de poderío.


Todo eso cambió, sin embargo, un día de otoño de aquel año; el 17 de octubre. Un día cualquiera en el que Carlos Luján repasaba sus tareas en su despacho, cuando vio entrar a Lastres, ya no sin sonrisa, sino con los ojos húmedos. Se lo quedó mirando, petrificado, mientras el viejo, como si no consiguiese recordar lo que tenía que decir, abría y cerraba la boca varias veces. Antes de sollozar:


-Un infarto. Ha tenido un infarto.





1 El mote es una composición del apellido Lastres y el apellido Solís. José Solís Ruiz, ministro en varios gobiernos de Franco, era conocido como La sonrisa del Régimen por su habitual actitud extrovertida y sonriente.



2 Rodolfo Llopis, secretario general del PSOE.



3 José María Gil Robles.



4 Abad de Montserrat. En los años sesenta protagonizó un enfrentamiento frontal con el Régimen a cuenta de unas declaraciones suyas a un diario francés.



5 Fegisa es el nombre de una sociedad mercantil fundada por Fraga como think tank reformista. La mayoría de los grandes nombres de su consejo fueron luego políticos de la UCD y de Alianza Popular.