viernes, julio 30, 2010

Folletín de verano (2)

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Laura y él dieron un respingo en la cama y se abrazaron instintivamente. Él dejó que el aparato sonase hasta que notó que los empujones violentos del corazón de ella cedían en su fuerza, él susurrándole en el oído no pasa nada cariño, no pasa nada mi amor, es sólo el teléfono.

Cuando Laura se calmó, se levantó y fue al salón, para cogerlo.

-¿Diga?

-¿Luján? Soy Ramos.

-A sus órdenes, señor Comisario.

-Ya lo supongo. Hay una tradición, ¿sabe? Alguien llama en la madrugada tras el primer día. Un cadáver aparecido en el culo del mundo. El novato va allí y se pasa toda la noche esperando a un juez que no llega, porque no hay cadáver ni nada.

A Luján le gustaba dormir sólo con una camiseta de tirantes y sus calzoncillos. El salón estaba helado. Se revolvió en la tiritona.

-He oído, er, he oído hablar de eso, Señor.

-Se la tenían preparada. Pero ya no va a haber novatada.

Algo cedió en el estómago de Luján. El miedo y el susto se fueron. Pero quedó la incertidumbre.

-Señor, con todos los respetos, ¿me llama a la una de la mañana para decirme que nadie me va a molestar con una novatada de madrugada?

Silencio. Ruido como de vasos chocando unos con otros. Luján pensó: una barra americana, fijo.

-No. O sí. Pero no. Le llamo para decirle que nadie le va a llamar hoy para mandarle a un caso falso. Porque tiene que ir a uno real.

La angustia regresó.

-Señor… ¿yo? ¿Un caso re, er, real?

-Digamos que es la otra tradición. La novatada queda anulada si aparece algo más tangible –le dio una dirección en el extrarradio-. Es una zona sin casas, apenas unas chabolas. Allí le estarán esperando los de la ambulancia. Hay un montón de barro y basura amontonado en un montículo y del montículo, según me han dicho, sobresalen los pies de un muerto –luego un breve silencio, luego un susurro, ya, ya, y luego, otra vez, la voz del comisario-. Que tenga suerte. Mañana, a las diez, quiero un informe completo.

La línea chasqueó. Luján colgó y se volvió. En la jamba del salón estaba Laura, hermosa, casi sensual, con su camisón rosa. Al borde de las lágrimas.

-¿Han matado a alguien?

Él se acercó y la besó en una mejilla.

-Vete acostumbrándote, cariño –le musitó.

Llovía a mares sobre la noche de Madrid. Antes de salir de casa, Carlos Luján había llamado a la comisaría y allí una voz soñolienta y uniformada le había prometido que una patrulla pasaría a buscarle. Sin embargo, después de esperar veinte minutos en la esquina indicada, decidió parar un taxi. El taxista llevaba la gorra calada hasta las cejas, pero Luján pudo adivinar, embutido bajo el plato, un cráneo arrugado y un par de ojos cansados. Se distrajo contando serenos. Contó veinte y dejó de contar. Se dijo: no sabía que Madrid fuese tan grande.

Atravesaron primero los barrios pulcros del centro, conduciendo suavemente a base de ángulos rectos. Luego aparecieron el ladrillo visto en las fachadas, las ventanas disparejas, la ropa colgada en esas mismas ventanas, desafiando a la lluvia. Aceras interminables en calles sin nombre y casi sin luz. De vez en cuando, algún sereno más harto de la noche que de la lluvia paseaba bajo alguna farola, embutido en alguna gruesa capa impermeable, como si la noche estuviese repleta de espectros agotados. Pasaron un cementerio enorme, subieron cuestas empinadas, doblaron a su derecha y se introdujeron en un barrio obrero. Luján observó las casas con esa indolente curiosidad típica del visitante que jamás ha estado en un lugar y, además, tiene la sensación de que no va a volver. De alguna manera, aquel barrio seguía siendo el pueblo castellano de casas bajas que un día fue. Pero era como si alguien hubiese construido, por encima de las plantas bajas y primeras plantas de los inmuebles originales, las trazas de una ciudad nueva, hecha de materiales baratos y ángulos equívocos. Casas pardas, empapadas y cerradas a la noche. Nadie en la calle. A veces, en medio de la calle, un descampado. El campo saludando en medio del embrión de gran ciudad. Algunas veces esas parcelas incluso aparecían roturadas y peinadas con surcos regulares, vigiladas por fieros perros que ladraban al paso del taxi, amenazadores. En una esquina, una vaquería. Agridulce e intenso olor a boñiga colándose por la rendija de la ventanilla, que Luján tenía levemente bajada para respirar mejor. Su chofer conducía como un autómata, sin una palabra. Silencio. A mil kilómetros de su casa, de su vida. Pero también era Madrid. También le incumbía. Suspiró. Hubiera preferido la bromita, se dijo.

Bruscamente, la ciudad terminó. Al final de una calle vieron una marquesina de autobús, el camino perdió su empedrado, y llegaron a Castilla. El taxi, con su pestilente ronquido de gasoil, se zambulló en la oscuridad. Uno no se da cuenta de lo iluminado que está Madrid hasta que sale de Madrid, se dijo Luján. El taxista condujo abriendo con los faros una brecha de luz entre dos sólidas paredes negras. Luján se sorprendió diciéndose: esto no es una broma. Esto es algo peor. La puta oscuridad, un coche en medio de la nada, una pandilla de masoquistas crueles que se quieren divertir a costa del novato. Llevaba la pistola en un bolsillo de la gabardina. La amartilló, sin querer hacerlo en realidad. A pesar de los violentos achaques del viejo taxi y el ruido que provocaban, el conductor dio un respingo y Luján notó que reprimía el gesto de volverse. Un tipo embutido en una gorra escucha en la noche de Madrid que alguien amartilla un revólver y adivina lo que está pasando. Curioso. Le entraron ganas de preguntarle dónde había aprendido a distinguir ese sonido. Pero para qué. No se lo diría. Estaba muerto de miedo. Y, además, añadió, la pregunta es estúpida. En Madrid y a finales de los años cuarenta, todo Dios que sabe reconocer el sonido con que un pistolero prepara la muerte lo ha aprendido en el mismo sitio. Y en una de dos posiciones: ganando, o perdiendo. Quizá el taxista era un perdedor. Más aún, debía de serlo. El tipo, se dijo Luján mientras el coche seguía un sendero apenas adivinado, tiene la pinta de tener mil años; así pues, trabaja por necesidad. Un trabajo de mierda, llevar a un tipo a la otra punta del mundo en plena noche y con una lluvia del carajo. Claro que tampoco hace falta ser muy paria para llegar a esa necesidad. Cada cien metros, las ganas de preguntarle al taxista, de conocer su historia, se le multiplicaban más. Incluso pensó, bueno, llevo aquí un carné que si se la enseño el viejo éste me canta lo que haga falta. Pero se puso en su lugar. Un cliente te da una dirección imposible, te saca de Madrid, te obliga a ir por un descampado, te demuestra que va armado y luego, cuando te paras, te enseña un carné y te dice: soy policía, macho, así que dime quién eres. Lo mato, al viejo éste lo mato del susto, se dijo. El taxista seguía conduciendo, sin separar la mirada del sendero de tierra.

-¿Falta mucho? –preguntó, por preguntar algo.

El viejo, por toda respuesta, levantó la mano derecha y señaló a un punto de su parabrisas, donde se veían unas luces distantes.

-Cuando lleguemos podrá marcharse. No hace falta que me espere.

Es lo que se le ocurrió para tranquilizarlo. Si lo consiguió, nunca lo supo. El viejo taxista ni siquiera se volvió.

Las luces se fueron definiendo. Llegaron a lo que parecían las afueras del un pequeño pueblo, o de un pequeño barrio distante. Tres coches aparcados muy juntos iluminaban un pequeño montículo; al acercarse el taxi, Luján se dio cuenta de que era un montículo de basura. Y del montículo sobresalían dos pies embutidos en botas negras.

Salió del taxi y pagó bajo la lluvia. Incluyó una propina generosa, pero ni aún así consiguió una mirada del taxista. Reprimió, al tiempo, los deseos de acojonar a aquel maleducado y de tranquilizarlo. Desarmó el revólver mientras caminaba hacia el reducido grupo de gente que estaba junto al cadáver, iluminado por los faros.

Eran cuatro personas, dos paisanos y dos uniformados. Todos mayores que él, bastante mayores. Los dos paisanos se protegían con un paraguas y los dos policías con la gabardina de uno de ellos, que sostenían sobre sus cabezas. Lo primero que leyó en los cuatro rostros, cuando se acercó lo suficiente, fue decepción.

-Tú no eres el juez de guardia –le dijo uno de los de paisano.

-¡Anda! –exclamó él-. Y, ¿por qué no puedo serlo?

-Porque un juez no es tan joven –explicó uno de los uniformados, con voz de fastidio.

-Siento haberos decepcionado. Soy Luján, de la Brigada.

Los uniformados intercambiaron una mirada sardónica. A esas alturas, él ya sabía bien lo que significaba. Carne fresca, noche de diluvio. Jódete, recluta. Haber ganado tú la guerra.

-Pues hasta que no venga el juez yo no toco una mierda –dijo, elevando la voz sobre el rumor del diluvio, uno de los tipos de paisano, moreno, fibroso, con un leve tic en la boca.

Luján miró a la pareja de paisanos. Apretados bajo el estrecho paraguas, parecían dos mariquitas esperando el autobús. Ambos eran todavía relativamente jóvenes, aunque no tanto como él, y de aspecto atildado. O lo habían tenido, cuando menos, antes de que la lluvia, superando el triste obstáculo de aquel débil paraguas, los anegase.

-A menos que me corrijan ustedes, ahora la autoridad soy yo.

-Nadie lo duda, amigo, nadie lo duda –contestó, a la defensiva, el segundo de los tipos de paisano que aún no había hablado, más ancho que su compañero, con pinta de hombre de campo disfrazado de petrimetre.

-Entonces, procedamos a… desenterrar el cadáver.

-Y unos cojones.

Los dos del paraguas habían contestado al unísono. Como si todo estuviese respondiendo a un guión y ellos hubiesen ensayado tantas veces que hasta fuesen incapaces de no hacer coincidir sus voces.

-¿Qué me ha dicho, señor? –Luján sintió que la ira le subía al rostro.

-He dicho UNOS COJONES, niño –contestó el moreno delgado-. Si te gusta, bien, y si no, ya sabes, col-crém.

Luján se fue a por él. Pasos torpes en terreno irregular. Casi tropezó con la humedad. Un brazo lo sostuvo y, a la vez, detuvo en su avance. Sintió el topetazo y, cuando miró, se enfrentó a un uniformado alto y fuerte, de barba rala y mirada hostil.

-No no no, Luján. Esto no es buena idea.

-Me da igual –respondió él, airado-. Se va a enterar ése de quién tiene cojones aquí.

El brazo se cerró en torno de él y le apretó contra el corpachón del policía. Le hizo daño.

-Como quieras. Pero será otro día.

No lo soltó hasta que juzgó que se había tranquilizado. Aunque más que tranquilizado, estaba adolorido. Aquel oso casi le parte con su abrazo.

-Mira, Luján –le dijo entonces, entre gestos nerviosos, el moreno-. Estábamos de guardia pero nos fuimos a cenar a Moncloa, ¿vale? El hijo de puta del bedel se lo dijo a éstos –señaló a los uniformados con la barbilla‑ cuando llamaron. Así que nos localizaron en un restaurante y sin material, ¿vale? Con las manos desnudas, ¿vale? –esto lo decía mientras colocaba las dos palmas delante del rostro de Luján‑. Y este hijo de su padre no va a desenterrar ese cadáver con las manos así, ¿vale?

Aquel tipo era como una marioneta mal construida. Un pelele cuyos con hilos demasiado cortos en algunas extremidades, y demasiado largos en otras. Se movía sin lógica, bajo la lluvia, sin preocuparse ya del paraguas, delante de él, haciéndose el gallito.

-Entiendo –terminó por decir Luján‑. Estáis esperando al juez para que decida, mientras rezáis para que decida esperar hasta que volváis con vuestro equipo.

El silencio corroboró sus palabras.

-Lo que no entiendo es por qué no podéis hacerlo sin guantes.

Pareció como si al moreno nervioso le hubiesen realizado un electrochoque por el ano.

-¿Estás de coña? Pero, peroperopero, ¿tú has visto el puto cadáver, joder? ¡Está metido en un montón de mierda!

-Ya. Y, ¿no tenéis duchas en el Anatómico?

El moreno le miró con cara de loco. Quiso decir algo, pero se contuvo cuando vio que su compañero daba un paso al frente. El tipo con pinta de pueblerino tenía más cuajo, más años, o menos nervios. Lo miró como se mira a un niño que acabase de jurar que dos más dos son ciento cuarenta y siete.

-Donde hay mierda hay ratas, Luján.

-Yo no veo ninguna rata.

-Ni la verás. En la oscuridad más allá de los faros de los coches hay un vertedero. Un kilómetro de dunas de basura, calculo yo. El paraíso para las ratas. Para qué se van a arriesgar a salir a la luz. Pero están ahí. A dos metros de nosotros.

Luján pensó en ello. Miró a la oscuridad e imaginó que la negrura era un silencioso ejército de millones de ratas, firme y detenido bajo la lluvia, esperando que él diese un paso hacia la nada para atacar. Se estremeció y agarró con fuerza la culata de su revólver dentro de la gabardina, pero trató de disimular su miedo.

-Cualquier persona que meta las manos ahí para sacar a este tipo en estas condiciones, de noche, bajo la lluvia, sin luz, sin guantes, sin nada con que defenderse, se la juega. Ahí debajo hay ratas, Luján. Centenares de ratas. Con una enfermedad en cada diente. Lo que no puede ser, no puede ser.

El pueblerino lo miró con rostro triunfal. Luján sintió un escalofrío. Pero sintió más cosas. Fundamentalmente, el peso de un día que no había sido nada fácil. Y el perfil de sus enseñanzas.

Miró al pueblerino con frialdad, miró sus cartas una vez más, y apostó.

-Tú sabrás. Tal y como yo lo veo, tienes dos opciones: o enfrentarte con las ratas, o enfrentarte conmigo. O sea, conmigo… y con quien esté detrás de mí.

El pueblerino lo miró de hito en hito. Calculando. Preguntándose si llevaba alguna jugada, o iba de farol.

-Tú sólo eres un puto recluta –contestó, pero los leves titubeos de su voz, y el gesto de apartar la mirada al hablar, le dieron a Luján toda la información que necesitaba.

-Puede. O puede que no. Un chico joven, demasiado joven, que entra en la Brigada. Puedo ser un policía brillante. O puedo ser un policía bien enchufado –y remachó-: eso sí, lo único seguro aquí es que las ratas no conocen a ningún ministro.

Fue un farol. Pero coló. Cinco segundos después de terminar él de hablar, el pueblerino demostraba en su rostro que había claudicado.

- Som, er, somos Beirán y Margall. Perdón si no te lo dijimos, hombre.

- Joder, Beirán –interrumpió Luján, decidido a darles una salida airosa‑; ¡que nos estamos calando, joder!

Eso fue suficiente. Beirán y Margall se sintieron lavados en su honor cuando pareció que sus esfuerzos tenían que ver con la lluvia, y nadie se lo recordó cuando, pocos minutos después, y cuando apenas habían empezado, dejó de caer agua. Los dos siguieron trabajando, con la ayuda tan sólo superficialmente voluntaria de los uniformados, ante la vista de Luján. La labor se demostró más dura de lo esperado. Primero tiraron de los tobillos del cadáver, pero pronto tuvieron que desistir. Entonces tomaron dos palas, que por suerte llevaban los policías, y los cinco se fueron turnando para cavar desde la cima del montículo, tirando los desperdicios más allá, hasta llegar a la mitad del montón, donde más o menos aparecían los pies del muerto. En su arqueología se toparon con cosas curiosas. Una taza de váter que pesaba horrores, una lavadora de rodillo, máquinas de escribir, el cadáver de un perro enorme, medio descompuesto. Tres bicicletas deshechas. Todo eso estaba encima del muerto y tuvieron que quitarlo. Pasadas las cinco de la mañana estaban sudorosos y apestando, pero con esperanzas de poder sacar el cuerpo. Entonces, casi al unísono, los faros se apagaron. Decidieron esperar a que se hiciese de día. Pasaron un buen rato allí, llenos de mierda hasta las cejas, fumando en la oscuridad. El sol salió a eso de las seis o seis y media. Siguieron trabajando. Media hora después, pudieron tirar de las piernas del muerto y sacarlo de allí.

Dejaron sobre el suelo de la carretera el cuerpo de un hombre destrozado en sus facciones, con el pecho hundido. Escudriñaron los bolsillos. Nada. Al tirar de las mangas de su gabardina descubrieron que le faltaban las manos.

-Ustedes –ordenó Luján a los uniformados‑, a la mierda otra vez. Si se le ha caído la cartera, me la recuperan. Y a ver si aparecen las manos.

Los policías no rechistaron. Pero volvieron media hora después jurando que allí no había cartera alguna.

-Vaya muerte del carajo –dijo para sí Luján‑, enterrado en la basura.

-No lo creo –interrumpió Beirán, mientras levantaba, desganadamente, uno de los brazos amputados‑. Aquí no hay sangre.

-¿Y?

-Habrá que hacer una necropsia para confirmar datos –continuó el forense, sacudiéndose las manos‑, pero me apostaría la mesa de mi comedor a que este tipo no tiene nada raro en las vías respiratorias. Dicho de otra forma, que estaba muerto cuando le acostaron en esta cama.

-¿Por qué estás tan seguro?

-Porque no hay sangre.

Beirán levantó de nuevo el brazo del muerto y tiró de la manga para descubrir un muñón negro. En efecto, debajo del brazo no había restos visibles de sangre.

Luján se levantó. Sintió el dolor en la espalda fría y húmeda. Un coche renqueaba por el camino. El juez, al fin.

Del coche se bajó un hombre entrado en años, alto y fornido, con cara de pocos amigos. Venía fumando un puro y el olor del tabaco, aunque era lo mejor que probaban las narices del pequeño equipo de investigación en toda la noche, le pareció a Luján fuera de lugar. El juez le miró a él y le señaló con el caliqueño.

-No lo conozco a usted, pero apuesto a que es quien manda aquí.

Los cuatro compañeros de Luján asintieron en silencio. Era obvio que el juez ya los conocía a todos.

-Sunbinspector Luján, señor, er, Señoría.

-¿Otro cachorro para la manada de Ramos? Vaya un bautizo, hijo.

-Cierto, Señoría. Un caso interesante.

El juez, al oír eso, intercambió una mirada con su secretario, un hombrecillo bastante mayor detrás de él, luego abarcó con la vista el paraíso de ratas en que se encontraban, y dejó escapar un mohín escéptico.

-Yo diría que en este teatro es difícil que se produzca un caso interesante.

-Este hombre –informó Luján, señalando el cadáver‑ ha sido claramente asesinado con la intención de que no lo reconozcamos. Yo diría que incluso se ha intentado que no lo encontremos, de ahí el … teatro en el que se han producido los hechos.

-Veo que ya tiene usted una teoría de cómo ocurrieron los hechos.

Luján asintió.

-En algún lugar que no es aquí, esta persona fue asesinada. No sé dónde ni cómo, pero espero que la autopsia lo averigüe. Si no fue muerto de otra manera, lo fue mediante golpes en cara y pecho con algo contundente que lo han desfigurado completamente. Aunque yo creo que ya estaba muerto cuando le hicieron eso.

-¿Ah, sí? –el juez sorbió su puro lentamente‑ Y, ¿se puede saber por qué piensa eso?

-Sabemos –se explicó Luján‑ que al muerto se le han cortado las manos antes de llegar aquí. Así que hay dos cosas, la desfiguración del rostro y la mutilación, que parecen tener una voluntad coincidente: que, caso de encontrar el cadáver, no podamos identificarlo. Voluntad que se une al dato de que el muerto no lleva encima absolutamente nada que permita identificarlo.

-Lo cual le hace a usted pensar…

-Me hace pensar que la autopsia descubrirá, probablemente, otro método para el asesinato. Previo a la desfiguración y a la amputación. Tampoco albergo dudas de que esta persona ha sido asesinada esta misma noche.

El juez dio un respingo.

-¿Esta noche? ¿Se lo han dicho los forenses? Porque si es así, hijo, merecen una medalla, porque los señores Beirán y Fenol tienen toda la pinta de estar en la quinta pregunta ahora mismo.

-Margall, Señoría; Beirán y Margall –hasta el propio Margall demostró con su mirada asustada lo impolítico de corregir al juez‑. Pero no son ellos los que me hacen pensar que el crimen ha sido esta noche, aunque no me cabe duda de que la autopsia lo confirmará.

El juez intensificó su gesto de duda. Luján estaba demasiado cansado para entender los mensajes corporales de sus compañeros, y callarse.

-Alguien ha matado a este tipo buscando que no sepamos quién es. Le ha cortado las manos y lo ha enterrado bajo toneladas de basura. Le ha quitado toda la documentación y cualquier cosa útil para una identificación. Pero se ha dejado los pies fuera. No tiene lógica. Es evidente que no pudo saber que la basura no había tapado por completo al cadáver.

-Lo cual significa que fue esta misma noche cuando vino aquí, lo tiró y lo enterró –concluyó el juez, dando una larga chupada a su puro.

-Eso pienso, Señoría.

El juez fumó en silencio cosa de un minuto. En medio de aquel vertedero, fueron sesenta segundos que duraron como un año.

-¿Quién lo encontró? –continuó después.

-No lo sabemos –respondió Luján, que había hecho la misma pregunta horas antes‑. Se recibió una llamada, eso es todo. Lo que está más cerca del vertedero es ese poblado de ahí, un poblado de…

-Gitanos, ya veo. Un gitano se fía antes del Diablo que de la Policía, ¿no?

Los seis hombres presentes rieron breve, casi protocolariamente.

-En fin… ‑el juez suspiró‑. Un muerto sin cara, sin manos, sin documentación. Un asesinato sin testigos ni autor conocido. La sospecha, amigos míos, de que en la tarde de ayer no ha desaparecido nadie importante ni honrado de su casa de Madrid o alrededores. Este caso estará cerrado antes de que yo guarde la gabardina en el armario hasta el año que viene. Ea, secretario, haga los honores. Que levanten el cadáver y se lo lleven a oler mal a otra parte.

Mientras el juez regresaba a su coche, Luján regresaba al cadáver. No había querido decir nada, pero aquel asesinato no le parecía tan fácil de explicar. Nadie se preocupa tanto de ocultar la muerte de un pelagatos. Aquel hombre era importante para alguien. O era importante que alguien no supiera que ya no estaba vivo. Pero, ¿quién, por qué?

-¿Por qué lo palpas? –Beirán estaba agachado a su lado.

-Lo registro, joder. Como si estuviera vivo. Registramos a los vivos por si llevan algo. Este tipo tiene que llevar algo.

Sus manos avanzaron torpes por el cuerpo del muerto. Nada. Axilas. Nada. Costillas. Nada. Piernas. Nada. Luego se acordó de la academia. Los delincuentes más listos juegan con vuestros prejuicios, muchachos. Os llamarán maricones, se reirán de vosotros; pero nunca dejéis de palpar una entrepierna.

Puso la mano sobre el pantalón sobre el sexo del muerto. Apretó levemente. Bingo.

-Aquí hay algo.

Bajó la bragueta del pantalón. Miró a Margall, frente a él.

- ¡Ah, no! ‑dijo el nervioso, echándose hacia atrás‑, por mi madre que yo ahí no meto la mano.

Luján suspiró, y metió su mano. Palpó un calzoncillo rugoso y frío. Tiró de él hacia abajo. Uno de sus dedos tocó el frío sexo del muerto. Lo apartó. Metió el dedo bajo el testículo izquierdo, escuchando una risa sorda y el susurro de uno de los uniformados, unos metros más allá. Unos pelos tiesos se le quisieron clavar en la piel, pero su dedo tenía una tan gruesa capa de suciedad que apenas lo notó. Deslizó el dedo bajo el testículo derecho. Allí lo notó. Un tacto frío y metálico. Lo que había notado palpando. Un objeto pequeño. Lo agarró con dos dedos. Un anillo.

Lo miró a la luz de la madrugada. En el interior del anillo no había nada grabado. Era de oro y coronado con una especie de pequeño camafeo. Apretó el mecanismo de apertura y apareció una piedra negra pulida y, sobre la piedra, un texto grabado en letras doradas.

-In bello amicitia –leyó en voz alta, muy despacio.

-¡Joder, un maricón! –bramó Margall‑. ¡Un maricón, y tú le has tocado los huevos! ¡Te estará dando las gracias en el Infierno!

-No significa bello –respondió Luján, hablando como para sí mismo.

-¿Que no qué?

-Bello –continuó el subinspector, mirando al forense‑. Es latín. No es un adjetivo, sino un sustantivo.

-¿Sabes traducir eso, subinspector? –preguntó Beirán.

-Por supuesto –contestó Luján.

In Bello Amicitia. Amistad en la guerra.

-A este tipo lo ha matado su enemigo. O, más probablemente, su camarada.