jueves, julio 29, 2010

Folletín de verano (1)

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Aquel día de abril tenían que haber pasado dos cosas, pero pasaron tres.

Era el día designado para que Carlos Luján regresase de su luna de miel y, al tiempo, empezase a trabajar en su primer destino en propiedad donde siempre había querido: en la Brigada de Investigación Criminal. Había calculado que levantarse, ducharse, afeitarse, desayunar, vestirse y, después, caminar y tomar el autobús hasta la comisaría apenas le llevaría cuarenta minutos, así pues podía levantarse, sobradamente, a las ocho. Pero a las seis ya estaba levantado, mirándose al espejo, tratando de espiar en su vientre las trazas de las mariposas caníbales que estaban devorando su estómago. Nunca pensé que fuera a ser así, le dijo su mirada mientras él se afeitaba. La verdad, nada daba la impresión de ser como lo había imaginado.

Se asomó al dormitorio. Laura respiraba pesadamente, enredándose en el tic tac del reloj de pared del salón. La miró como quien mira a un niño enfermo de quien el médico acaba de anunciar que se curará. Sintió que el reloj de su vida empezaba a contar en ese momento. Respiración, tictac. El suave roce de la corbata deslizándose sobre sí misma. Cuántas mañanas más así. La vida. Amar. Tic. Laura. Tac.

Así pasó más de una hora y media que le sobró, velando las formas tenues de su mujer entre la penumbra, jurándole las mayores felicidades para los años venideros.

A la hora de entrada en su nuevo destino estaba allí, en la puerta de la comisaría. Entregó su credencial al uniformado de la puerta y éste se cuadró y le hizo el saludo militar. Casi se le escapa una expresión de incredulidad y camaradería. Un mes atrás era un estudiante, un mes atrás ni se le hubiera pasado por la cabeza que un policía de casi cuarenta años se le fuera a cuadrar y llamar señor. Recordó a tiempo, sin embargo, que había sido prevenido contra eso. Ahora ya no sois reclutas, les habían dicho en una de sus últimas clases. Aunque os tiente seguir siendo lo que sois ahora, esa idea os perderá. Ya no sois Manuel, Luis o Pepe. Ahora sois Don Manuel, Don Luis, Don José. No sólo lo sois. Es que necesitáis serlo.

Sintió cómo su rostro se endurecía mientras le decía al uniformado que le indicase cómo llegar a las oficinas de la BIC.

Allí no había nadie. Entre unas cosas y otras habían dado las nueve y cuarto. Pero allí no había nadie. Era evidente que el turno que terminaba a las nueve, nada más ver las manecillas del reloj ganar la cumbre, se había marchado sin esperar al siguiente. En ese mismo momento, en Madrid alguien podría matar a la mitad de la población que nadie tomaría la denuncia. Bueno, él. Él sí estaba en la sala, de pie, mirando las mesas, razonablemente ordenadas, los aparatosos teléfonos de baquelita negra, panzudos toreros sesteando. El miedo trae el peligro. Tenía tanto miedo de que sonase alguno de esos aparatos, que uno acabó por hacerlo. Descolgó. El auricular pesaba, nunca mejor dicho, como un muerto.

-¿Diga?

-¿Quién es?

-La Brigada.

-Eso ya lo sé. Pero, ¿quién es?

-Luján. Carlos Luján, -dijo. Y, porque creyó respirar incredulidad, añadió-: uno nuevo.

-Vale, nuevo -dijo la voz-. Ya veo que Ramos todavía no ha llegado.

-Aquí no hay nadie. Bueno, quiero decir, estoy yo.

-Ya, ya. O sea, nadie. En fin, cuando llegue Ramos le dices que llame a Durán, al anatómico. Que no se te olvide.

Le dijo no se me olvidará al chasquido y el tono de la línea. Le entraron ganas de saber quién sería Durán, el del anatómico. Se imaginó a sí mismo dentro de diez o veinte años, peinando canas y respetado y admirado, hablando con un más canoso aún Durán, y diciéndole: tú fuiste el primer tipo con el que hablé en mi primer día en la Brigada.

-¿Quién era?

La voz le sobresaltó y le obligó a darse la vuelta, como movido por un resorte. Un tipo enorme, de espaldas a él, se quitaba un abrigo marrón que había vivido mejores días y lo colgaba de una percha, en la esquina de la gran sala.

-Soy Luján, -explicó Carlos-. Carlos Luján, quiero decir, el subinspector Luján -se acordó repentinamente de todo aquello del cargo y el respeto y todo eso.

-No te he preguntado eso, -le contestó el gordo, volviéndose hacia él, acercándose, oliendo tenuemente a aguardiente-. Te he preguntado quién era el del teléfono.

-Ah, sí. Durán. Eso, Durán. Del Anatómico. Quería hablar

- Sí, ya sé. Con Ramos -al gordo pareció aburrirle la noticia de la llamada-. Será por lo del Pitillo.

Dejó caer su corpachón sobre una silla de oficina, con ruedas en las patas y muelles que le daban flexibilidad. La silla se combó hasta parecer que se iba a romper pero, probablemente acostumbrada, acabó por resistir. El gordo resopló, miró hacia ninguna parte, y negó con la cabeza con un gesto entre resignado y harto.

-Y, tú, ¿por qué coño has cogido el teléfono?

-¿Yo?, balbuceó Luján. Bueno, estaba sólo y podía ser, no sé…

-Podía ser lo que era -le interrumpió el gordo-. O sea: al Pitillo lo encuentran sin sesos ayer de madrugada, Durán se tiene que pasar las últimas horas con la autopsia y, como no se puede joder solo, llama aquí a Ramos (o sea, a tu jefe), a ver si puede joder a alguien de paso. Y tú -le señaló con un dedo espeso coronado por una uña con un ancho ribete de suciedad-, escuchas un teléfono sonar en una mesa que no es la tuya, lo coges, y sólo porque Durán te habrá notado en la voz que no tienes ni puta idea no te ha endilgado cualquier historia para que te pusieras a bailar desde primera hora de la mañana.

-Yo no tengo mesa -argumentó Luján, mirando a su alrededor.

-Aquí todo el mundo tiene mesa -dijo el gordo-. Ésta de aquí –continuó, mientras ponía un enorme pie y su bota renegrida sobre el tablero de la que estaba frente a su silla-, es la mía. Es mi mesa desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde. Ni Dios la toca, ni Dios la ordena, ni Dios se lleva ni un papel de aquí sin que yo lo sepa. Y si suena el teléfono, yo lo cojo, ¿estamos?

-Vale, está bien -contestó Luján, casi con un susurro.

-Querrás decir sí, Señor Inspector.

Se hizo un silencio de miradas. Aquel gordo tenía unas ojeras profundas y oscuras. Enormes bolsas bajo los ojos que parecían guardar secretos de muchos años. Le daban una expresión fiera, por muy tranquilo que fuese su porte.

-Sí, Señor Inspector.

El gordo entornó los ojos, como para observar mejor a Luján.

-Señor Inspector Iglesias para ti. ¿Qué años tienes, muchacho?

-Veinti, er, veinticinco, Señor Inspector Iglesias.

El gordo volvió la vista, como para intercambiar una mirada con alguien sentado en la silla vacía a su lado, y sonrió levemente.

-Oh. Qué pronto empezamos a tener gente como tú.

-¿Cómo yo? ¿Qué quiere decir, Señor?

-¡Como tú, joder, como tú! Nuevos, inexpertos. Ya sabes…

-La experiencia es cuestión de tiempo -argumentó débilmente Luján.

-No la mía, muchacho. No la mía -contestó el gordo, resoplando-. ¿Eres del Partido?

Luján sintió que no sabía qué responder.

-Del Partido, sí. Joder, no pongas esa cara. No te van a echar por no ser del Partido, coño, pero yo quiero saber si eres o no eres.

-Por supuesto –acabó por responder Luján, y sacó su cartera del bolsillo interior de su americana. Con manos temblorosas, sacó un carné de una de las solapas y se lo tendió al gordo.

-¡Anda! -exclamó Iglesias, divertido, mientras miraba el carné- ¡Qué bonitos son los nuevos! –Su rostro se ensombreció, y añadió-: el mío es un poco diferente. Y más antiguo.

Luján observó su propio carné. Leyó con vergüenza: fecha de afiliación, febrero de 1945.

Repentinamente, el gordo se levantó y se plantó delante de Luján, muy cerca. Olía a alcohol y a sudor, y podía oírle resoplar.

-Mira, nene -le dijo, casi en un susurro-. Aquí no sólo soy tu Señor Inspector. También soy tu Comandante. Podrías serlo tú si hubieras sido más valiente…

-Señor… Comandante -se atrevió a interrumpirle Luján. Sintió que sus piernas temblaban-. En 1939 yo tenía diecisiete años.

-Como más de uno y más de diez camaradas míos que cayeron en las trincheras -contestó el gordo, muy tranquilo-. Mientras tú estabas en casita aprendiendo a mear de pie, yo estaba salvado a España. Así que no te olvides, muchacho. Co-man-dan-te.

Había algo en la mirada de este tipo. Luján pensó: la mirada de alguien que ha matado. El mundo se divide en personas que no saben mirar así y personas que ya no saben mirar de otra forma. Trató de aguantar, pero su boca claudicó.

-Ssi, mi coma, er, mi Comandante -tartamudeó.

Sonó un portazo. Luego una voz grave, rota.

-¡Iglesias!

El gordo se volvió hacia la voz. En un segundo, su rostro fue otro rostro.

-Buenos días, señor.

Era un hombre alto, bastante delgado, completamente calvo. Vestido con su abrigo negro parecía un enterrador de mala película de miedo.

-¿Tú eres el nuevo? –preguntó, tras señalar con la barbilla a Luján.

-Sí, Señor Comisario. Carlos Luján, Señor Comisario.

-Pasa a mi despacho.

Carlos Luján entró en el cubículo sin ventanas en cuya puerta estaba escrito el nombre de Bernardo Ramos, Comisario. Olía a tabaco fumado mucho tiempo atrás, y un poco a humedad. Aunque ya era abril, aquel año la primavera se hacía esperar en Madrid, y allí dentro hacía frío. El comisario, tras quitarse el abrigo, se agachó en una esquina de la habitación, cogió una botella blanca y vertió un poco de líquido en una escudilla de metal; al instante se sintió el penetrante olor del alcohol puro. De un bolsillo del pantalón, el comisario sacó una caja de cerillas, encendió una y la tiró en la escudilla. Tras un leve ruido, el alcohol empezó a arder. Sólo después de hecho esto el comisario se sentó en su silla y pareció reparar en que Luján estaba allí, de pie, con su abrigo todavía puesto, casi en posición de firmes.

El comisario se mordió el labio inferior y negó con la cabeza.

-Dígame: Iglesias le ha hecho el número del Comandante, ¿es así?

Luján inspiró. ¿Tal claro llevo el miedo en la cara?

-No es mal tipo –continuó, como si Luján le hubiese contestado-, pero le gusta encabronar a los novatos.

Tres golpes fuertes sobre el cristal esmerilado de la puerta. El comisario dio permiso y por la puerta asomó el ancho rostro del gordo Iglesias.

-Una cosa, señor –dijo, con voz meliflua-. Que no se me olvide decirle que le llamó Durán, del Anatómico.

Mientras decía esto, le guiñaba un ojo a Luján.

-Gracias, subinspector –respondió el comisario, deteniéndose en la última palabra.

Iglesias se replegó como un animal que supiese que se enfrenta a otro más fuerte que él.

Sólo entonces, el comisario le tendió la mano.

-Luján, bienvenido a la Brigada. No le deseo que sea usted feliz aquí, porque sería mala señal. Pero no somos mala gente. Los malos, como ya entenderá pronto, son los otros.

El Comisario le acompañó luego por la sala donde estaban los inspectores y subinspectores de Homicidios, se los presentó uno por uno, y le señaló su mesa. Por algún milagro extraño, como si todo aquello estuviese preparado, cuando salieron del despacho del comisario todo el mundo estaba en su sitio, doce personas en total, con él trece. Iglesias no había mentido. En aquella sala cabían trece mesas con sus sillas y ésa era la capacidad de investigación existente en aquella comisaría; ni uno más, ni uno menos.

Todas las personas que el comisario le presentó eran mayores que él. Bastante mayores. Todas las mesas estaban colocadas una enfrente de otra, de dos en dos por lo tanto, menos tres que estaban en una esquina de la sala, en el punto más distante del despacho del comisario, de forma que dos mesas estaban enfrentadas y otra se situaba perpendicularmente, en uno de los extremos; en esa pequeña república era donde estaban los tres jóvenes. Aquello, como aprendió pronto, tenía nombre. Aquellas tres mesas eran el Infierno. Luego estaba el Purgatorio, que ocupaba los grupos de mesas del resto de la sala salvo las dos que estaban justo junto a la puerta del comisario, al inicio de la sala, a las que todo el mundo llamaba el Cielo. Con esos datos, a Luján no le costó aprender que la mejor forma de referirse entre compañeros al comisario Ramos era llamándolo Dios.

La ubicación no era casual. Rojo Martínez, a quien todos llamaban Martínez, lo saludó muy sonriente y le dijo: gracias a ti y a Cañamero he salido yo del Infierno. Eso quería decir que Cañamero era el inspector jubilado cuya baja le había permitido a Luján ingresar en este servicio y que, corriendo el escalafón, alguien había heredado la mesa de Cañamero, Martínez la de ese alguien y la de Martínez era ahora la suya. Por lo demás, su condición infernal no se limitaba sólo a la ubicación en la sala. Los que estaban en el Infierno asumían las vigilancias más tediosas, al aire libre, en invierno y en verano. Se quedaban si había que quedarse. Metían las narices en los cadáveres. Asumían la redacción de los atestados más complejos. Los dos inspectores que estaban en el Cielo (le fueron presentados como Antúnez y Rebollo) eran algo así como el comisario cuando éste estaba ocupado, lo cual era bastante habitual. Ordenaban, coordinaban, decidían. Apenas pisaban la calle. Apenas tenían confidentes. Apenas se aventuraban por las peores zonas. Apenas participaban en operaciones conjuntas. Todo eso siempre le tocaba a otros. Escogían sus vacaciones antes que nadie y no había jamás algo que les obligara a romperlas. Así se lo explicaron a Luján. Los Profetas viven como Dios. Apréndetelo. Ellos te exigirán; a ti ni se te ocurra pedirles. Esto es así. Años, paciencia, no cagarla. Trienios, puntos, no cagarla. Visto lo visto, le dijeron todos, no es mal sitio.

Pasó el resto del día sentado en su mesa, repasando atestados recientes para coger la redacción, como le dijo el comisario. De vez en cuando levantaba la vista y veía a Iglesias, unas seis mesas más allá, mirándolo divertidísimo. Él decidió sonreírle. Las novatadas en la Academia habían sido peores. Había un tipo que sabía hablar como Franco y un día había llamado al dormitorio contando una historia delirante de tiros en El Pardo y pidiendo socorro. Aquello sí que había sido gordo. Los cadetes que llegaron a salir de la Academia armados casi fueron expulsados. Como al tipo que hablaba como Franco, que acabó en la calle.

Era un día de abril, muy frío. A las cuatro de la tarde, Luján cayó en la cuenta de que había pasado allí la mañana entera, que había salido a comer con sus compañeros del Infierno y aún seguía allí leyendo atestados, y que en todo ese tiempo no se había quitado el abrigo. Que la sala llevaba ya horas caldeada por los radiadores y él estaba sudando copiosamente. Cuando salió a la calle se sentía mareado, pero feliz. Se pasó la tarde mintiéndole a Laura sobre maravillosas anécdotas que, en realidad, no habían ocurrido en su primer día de trabajo.

El teléfono del salón sonó a la una de la madrugada.