jueves, abril 15, 2010

Cambio de ciclo

Ayer por la noche traté de encontrar exactamente dónde había leído la anécdota que ahora os voy a referir, pero no lo conseguí. Así pues, quede claro que la escribo de memoria.

En 1963, funcionaba en Praga una emisión de radio de los comunistas españoles destinada a sus militantes clandestinos en España. 1963 fue el año que Franco fusiló a Julián Grimau. Tras la noticia de dicho fusilamiento, los redactores de aquel programa leyeron la lista completa del gobierno franquista que había votado la ejecución, pronunciando la palabra «asesino» detrás de cada nombre. Santiago Carrillo, ya por entonces líder y estratega del PCE, les afeó un poco la acción. Nos guste o no, les vino a decir, algunos o muchos de esos tipos a los que hoy habéis llamado asesinos son los tipos con los que algún día tendremos que pactar.


Retened la anécdota en la memoria. Al final del post la recordaré de nuevo.


Viendo en la tele y leyendo en la prensa la sustancia y los ecos del reciente acto de desagravio al juez Garzón en la Universidad Complutense me he preguntado si no estaremos siendo testigos de un cambio de ciclo. Y lo digo porque para mí ya es claro y evidente que la pretendida defensa de la persona del juez Baltasar Garzón es mucho más que eso y porta muchos, y más importantes, significados.

Puede ser, tal y como lo veo yo, que nos encontremos ante una mutación social, cultural y de conocimiento cuyas consecuencias es difícil prever. Una mutación cuyo elemento fundamental es poner el contador de España a cero en 1975, y volver a empezar. Contra lo que piensan muchos defensores de ese pleonasmo llamado memoria histórica, sus intentos no lo son de negar o reescribir la historia de España entre 1939 y 1975; lo que están negando es esa misma Historia entre 1975 y el momento presente.

¿Garzón? La verdad es que eso de la prevaricación de Garzón me parece bastante chorras. Según mi entender, lo que ha perpetrado este ciudadano es más una torpeza que un error, menos aún un delito; es una aplicación excesiva de un principio, el de justicia universal, que en todo caso no está del todo claro y al que aún le queda mucho trecho para definirse. Estoy con quienes defienden a Garzón en que esto de la prevaricación con la llamada Causa General contra el franquismo bien podría haberse resuelto, aún encontrándolo culpable (que, insisto, yo más que culpable lo que le veo es torpe), con un cachete en el culete. La prevaricación es una cosa bastante más seria. Con las otras dos querellas que le quedan, ya no estoy tan seguro que no haya miga procesal. Pero es que todo esto ya da igual porque, dado el tono que los defensores del juez han querido dar a su defensa, las technicalities del asunto han dejado de tener importancia.

El tono que tanto Garzón como sus corifeos han adoptado para su defensa ha provocado que los autos del juez Luciano Varela se refieran, por lo que leo, cada vez menos a la sustancia de la cuestión (la prevaricación) y cada vez más a todo lo que la rodea. Este juicio tiene toda la pinta de haberse convertido en uno de esos juicios en los que acabaremos discutiendo sobre quién mató a Kennedy o, más en concreto, cuál ha de ser la interpretación, por lo visto única, que debemos dar (todos, puesto que es única) a los hechos históricos de la II República, la Guerra Civil y el franquismo. Aquí, a mi modo de ver, está el cambio de ciclo, o intento de cambio de ciclo. Y es un cambio que se basa en varios presupuestos discutibles. Entre ellos:

Debe existir una sola interpretación de los hechos

¿Por qué? He hecho esta pregunta tanto personalmente como a través de la red y casi siempre he recibido la misma respuesta: porque así ha sido en otros casos (otros casos suele querer decir otro caso, es decir el nazismo alemán).

Quienes defienden esta idea, a mi modo de ver, olvidan un par de cosas. La primera es que la de Hitler y la de Franco son dictaduras de orígenes distintos. Una surge de una guerra civil y la otra no. El matiz es importante porque, en el caso del franquismo, hace que su análisis se quede incompleto si no se acompaña de un análisis de la Guerra Civil, que es un proceso complejísimo en el que juegan muchos factores, algunos de ellos presentes sobre el tablero de España desde siglo y medio antes de su estallido.

Pero olvidan otra cosa. Memorias de jerifaltes nazis que se muestran comprensivos hacia Hitler, y personas que se dijeron fieles a su memoria hasta la muerte, hay unas cuantas. Yo no creo que en Alemania se dictase en 1945 una Verdad Histórica que todos tuvieran que seguir. Se dictó, sí, una verdad judicial relativa a las actuaciones genocidas del nazismo. Lo que ha enterrado a los hitlerianos no han sido los jueces; ha sido el juicio histórico, abrumadoramente mayoritario (que no monolítico). Porque es el juicio histórico el que toma las riendas cuando las responsabilidades penales se han agotado.

En este entorno de cosas, llama la atención que todo este follón de la memoria histórica se vaya a montar en un momento en el que el juicio histórico, por así llamarlo, prorrepublicano, estaba ganando la partida por goleada. Soltándose el pelo, la memoria histórica ha conseguido exactamente lo contrario, no ya de lo que buscaba, sino de lo que tenía.

El intento por imponer una sola interpretación de la Historia de España en el siglo XX está siendo tóxico y lo será más aún conforme pase el tiempo. La razón de esta toxicidad es que las filosofías de pensamiento único, por definición, tratan a todo lo que se desvía de la misma manera. Es irrelevante que un punto de vista sea más o menos moderado; si no cuadra con la visión prometida, es acusado de falso, de erróneo, o de cosas peores.

Quienes han inventado esta estrategia ya están contemplando, y lo que les rondará, el resultado de su labor: cuanto más radical es un escritor de la Historia, cuanto más profranquista se muestra, más vende. Más se lee. Pero ése, paradójicamente, no es un fenómeno que se hayan currado esos autores. Es un fenómeno que han creado sus contrarios, precisamente ellos, los que abominan de esos libros. Si hubieran sido más partidarios del libre debate intelectual, un debate sin victoria final por definición, estos autores no venderían ni un mango.

Dicho más claro: hace ahora diez y pico de años, cuando la memoria histórica ni estaba ni se la esperaba en el debate social e intelectual, la interpretación de la guerra civil y el franquismo era prácticamente consensual, decididamente prorrepublicana. Pasado ese tiempo y una vez que hemos atravesado el cedazo del intento de imponer una versión de los hechos, nos encontramos con que cada vez que un decidido opositor de dicha verdad única saca un libro, vende como si fuese Dan Brown. Se da, pues, la triste paradoja de que quienes han intentado imponer una sola versión de las cosas le han dado alas precisamente a la contraversión que combatían. El punto de vista historiográfico de pura ortodoxia franquista estaba, hace quince o veinte años, muerto y enterrado. Pero sus enemigos lo han resucitado. Mi más cordial enhorabuena.

Es necesario rehabilitar la memoria histórica

Como he insinuado párrafos más arriba, en 1975, sí, puede. En el 2010, no. Han transcurrido más de 12.500 días desde aquél en el que murió el general Franco. 300.000 horas que muchas personas han ocupado es investigar a fondo y escribir libremente centenares, si no miles, de libros dedicados a la represión franquista, a la organización del golpe militar del 36, a los diferentes aspectos de la guerra civil, al conteo de víctimas de la misma. A ninguno de estos autores se le han cercenado las alas en modo censura; lejos de ello, muchos de ellos han gozado de becas, subvenciones y otras ayudas al uso. España lleva, pues, 35 años escribiendo lo que le sale del pie sobre la Guerra Civil y el franquismo.

Es cierto que hay muchas historias personales que desvelar. La guerra civil y el franquismo son una amalgama de más de un millón de historias personales con muy mal final. Pero también es evidentemente que, por mucho que queramos correr, es y será imposible alcanzar la investigación de todas ellas. Cosa que, por otra parte, nadie ha hecho. No hay un solo país en el mundo que pueda decir que sepa cómo, dónde y en qué circunstancias han muerto todos sus muertos.

En todo caso, el problema de la memoria histórica es que quiere pasar esa investigación por el tamiz judicial. Juzgar los asesinatos no como delitos históricos, sino como delitos penales. Dado que todo delito penal precisa de la existencia de un culpable, de ahí la charlotada garzonita de solicitar la certificación de que el que está bajo la losa del Valle de los Caídos es Franco y no Elvis. Sin embargo, para bien o para mal, han pasado décadas, amén de una amnistía libremente votada por el Parlamento. Quien tiene hoy sobre sí la labor de investigar quién mató a Lorca es Ian Gibson, no el titular del juzgado de instrucción número X de Granada. La memoria histórica quiere hacer lo que la Transición, conscientemente, se negó a hacer. Es por ello que digo que no es la Historia de Franco la que pretende negar, sino la de Suárez, y la de González.

La memoria histórica, además, lejos de rehabilitar la Historia, en ocasiones la enfanga, porque parte de presupuestos muy discutibles que, obviamente, como doctrina de pensamiento único que es, pretende imponer.

Se parte de la base de que el bando republicano en 1936 estaba formado exclusivamente por defensores de la democracia. Para dudar de esta afirmación, no hay más que ver lo democráticamente que se desempeñaron algunas de las fuerzas de dicho bando allí donde tuvieron poder.

Se parte de la base de que el golpe de Estado fue organizado por una camarilla de militares con apoyos exteriores en las potencias fascistas, más algunos cresos y terratenientes y la connivencia de la Iglesia católica. Lo cual también es discutible pues, independientemente de quién organizase el golpe de Estado, el hecho de que no menos de un tercio de España cayese de su lado en las primeras horas (a pesar de que, como golpe de Estado, fue bastante chapuzas) viene a ser un indicativo de que, guste o no, dicho golpe respondía a las necesidades e inquietudes de una parte de la sociedad española, no de cuatro millonarios mal contados y una decena de cardenales adiposos. De hecho, sólo admitiendo esta idea, a mi modo de ver, es como se puede entender que Franco durase cuarenta años, de la misma forma que tampoco se puede sostener que Fidel lleve décadas en el poder en Cuba a base sólo de represión. Y para afirmar esto no hace falta ser castrista.

Se parte de la base de que el golpe de Estado franquista, por lo tanto, se hizo contra todo y contra todos, y que sólo la ayuda italoalemana, mezclada con la inanidad francobritánica, explican la victoria de Franco. Ésta, que parece una discusión exclusivamente centrada en el ámbito puramente militar, es, en realidad, una polémica mucho más profunda. Esa suerte de fatalismo bélico está tratando de soslayar el hecho de que, independientemente de que Franco fuese o no ducho en el lanzamiento del penalty, la República hizo denodados esfuerzos por no pararlo. Dejarlo todo en un mero «si no es por Hitler, te habíamos dado hasta en el cielo de la boca» es una manera de no entrar a conocer cómo, cómo de mal quiero decir, funcionaron los gobiernos de la República en guerra, los gravísimos errores que cometieron, y la magnitud de sus responsabilidades.

Se parte, por último, de la base de que para interpretar la Guerra Civil basta la realización de un análisis puramente epidérmico, porque sus causas, estructura y consecuencias son cosas que están bastante claritas. Basta echar una mirada al esquema de la Guerra Civil Española cuando quien lo hace es alguien con conocimiento de causa (y, para muestra, esta excelente propuesta de Eborense) para darse cuenta de que la GCE no es cuestión que puedan explicar los Lunnis en una tarde.

El gran caldo de cultivo de la memoria histórica, en este sentido, es la insondable, absoluta, pavorosa falta de formación del español medio; más insondable, más absoluta y más pavorosa cuanto más joven es. Entiéndase: yo no creo que una persona cultivada en los conocimientos vaya necesariamente a adoptar una visión equidistante frente a la GCE. No son pocos los casos de personas que conozco que, habiéndose empapado de conocimientos, sostienen postulados muy cercanos a los que defiende la tentativa de nuevo pensamiento único. Lo que me estomaga es encontrarme, una vez y otra, con obispos de la nueva verdad predicándola a base de repetir conceptos que están, todo lo más, en las dos o tres primeras páginas de los prólogos de los libros de Historia, cuando no en un recuadrito de la página par de un libro de Sociales de la ESO.

Conocer la Guerra Civil es algo más que haber leído algún librito escrito originalmente en inglés. Para conocer la Guerra Civil, hay que empezar por entender lo que pasó en España en 1808, y luego ir rellenando el puzzle poco a poco. Para conocer la Guerra Civil hay que dar muy pocas cosas por sagradas, y acostumbrarse a los traspiés.

No, no es necesario rehabilitar la memoria histórica. Es necesario conocer la Historia. Y debatirla.
Son posibles las acciones políticas y penales contra el franquismo

El general Francisco Franco murió en la cama. Así lo decidieron las principales cancillerías occidentales, a las que les bastaron las promesas de apertura tras su fallecimiento hechas por los cuadros del propio franquismo; así lo decidieron las formaciones políticas antifranquistas a la derecha del PCE, representativas de la sociedad no franquista como pronto demostraron las elecciones democráticas; y así lo decidieron los llamados azules, franquistas que sabían que no podrían seguir siéndolo sin Franco y de que, como bien dice el bolero, el reloj siempre marca las horas.

Este hecho es un hecho doloroso y jodido para muchos puntos de vista. Pero es. Cualquiera que sea la acción que se tome, la victoria que se consiga, no va a cambiar. Se dice ahora, a menudo, que España es uno de los pocos países que no se ha reconciliado con su Historia. Aparte de que yo no veo a los ingleses muy reconciliados con su actitud secular respecto de Irlanda o a los franceses muy reconciliados con la bajada de pantalones nacional que realizaron mayoritariamente tras ser invadidos por Hitler, por poner sólo dos ejemplos, es que quien dice eso olvida que en la actuación de España, de la España democrática, hay una decisión consciente de no reclamar dicha reparación. Esa renuncia está en el mensaje por la Reconciliación Nacional del PCE en el 56 y está, sobre todo, en el llamado Contubernio de Munich.

¿Pueden las generaciones posteriores, o sea nosotros, cambiar ese juicio? Desde luego. Nada hay más expuesto a los vaivenes de la Historia que la Historia misma. Nuestra labor y la de las generaciones venideras, de hecho, es y será juzgar a la generación de la Transición política y calificar su trabajo. Es perfectamente legítimo defender que la Transición fue incompleta, fue un pastiche, fue un error. Se puede defender que lo que habría que haber hecho era otra cosa. Pero lo que no se puede es poner el contador a cero porque, para bien o para mal, han pasado 35 años, y donde hace 35 años se podría haber incoado un juicio penal contra mucha gente, hoy no se puede, por las dos razones combinadas de que esos crímenes están amnistiados (pues los demócratas del 2010 son tan libres de pensar que es un gran error amnistiar los crímenes franquistas como libres fueron los de 1975 de pensar lo contrario, y actuar en consecuencia) y de que sus autores están, casi todos, muertos.

La Historia se revisa cada vez que alguien mínimamente interesado en ella pone sus ojos en un libro y lo lee. Pero lo que no se puede hacer con la Historia es revivirla.

La represión franquista justifica la existencia de españoles con distintos derechos

El franquismo era un régimen asimétrico donde unos tenían derechos y otros menos o ninguno en lo absoluto. La forma de acabar con un régimen asimétrico es crear uno simétrico, no repetir el esquema, sólo que dándole la vuelta. Esto lo dice la Lección 1 del libro de Primero de Democracia.

Un fascista, aparte de otras muchas cosas que serían fruto un análisis más largo, es una persona que está deseando salirse del sistema. Un fascista odia la democracia y está intentando encontrar motivos para cargársela. Y, precisamente por eso, defender la idea de que una querella no debería ni estudiarse porque la ha presentado una determinada organización; sustantivar, por lo tanto, la idea de que en una democracia existen ciudadanos de primera y de segunda, no es joder a ese fascista; es alimentarlo. Si a un fascista le das a elegir entre que Garzón sea finalmente condenado o que su causa sea archivada por el solo motivo de que fue presentada por Falange, con seguridad escogerá lo segundo. Le es mucho más provechoso. Lo primero serviría para quitar de en medio a un tipo que de todas formas es atacable por otros flancos. Lo segundo le dará, de por vida, la disculpa perfecta para seguir siendo un fascista.



Y volvemos a Praga, 1963. Si la anécdota es cierta (que vaya usted a saber; con las anécdotas, ya se sabe…), revela una honda inteligencia estratégica por parte de la principal formación antifranquista de la época, que era el PCE sin duda alguna. No hay que analizar si quienes impulsaron esa filosofía se taparon la nariz o no. Si sufrían haciéndolo o no. Lo único importante es que lo hicieron. Decidieron que el carrilito histórico por donde se movería España sería un carrilito sin exclusiones que buscase la aportación de todos. Pudo ser de otra manera, desde luego. Y ni siquiera es necesario compartir la idea de que la elegida fue la mejor manera posible.
Pero lo que no se puede es entrar en la máquina del tiempo e intentar que las cosas sean como no fueron. Cambiar el carrilito.

La Historia es una vieja terca y sorda, y no hay manera de hacerla ir por donde no ha ido.