domingo, abril 11, 2010

La revolución iraní (3)

La historia de Irán en la Guerra Fría es la historia de la progresiva y continuada identificación del Sha, Mohammed Palhevi, con los Estados Unidos. Ello fue así, fundamentalmente, porque los EEUU fueron rápidos y eficientes a la hora de ofrecer al jefe del Estado lo que realmente éste quería, que era ayuda militar. Al Sha le obsesionaba, en cierto modo, la creciente ayuda militar recibida por Turquía desde Washington, y ambicionaba algo parecido o, más bien, en realidad reclamaba más, porque, en su opinión, Irán era más grande, y geopolíticamente más importante, que la propia Turquía. Para el Sha, además, fue un mazado la creación del Tratado del Atlántico Norte en 1949 y la adhesión al mismo de Turquía en 1952. Hubiera querido Irán, en ese momento, poder liderar alguna alianza militar en el área, pero éstas no existían, a excepción del llamado Pacto de Saadabad, firmado en 1937 entre Turquía, Irán, Iraq y Afganistán, pero que nunca había pasado del papel. Teherán trató asimismo de impulsar un Pacto del Mediterráneo en el que estarían Irán, Grecia, Turquía, Egipto y algún país árabe, pero Washinton vetó la idea.

En la década de los cincuenta el Sha nombra primer ministro a Alí Razmara, cuyo principal objetivo es abordar un convenio suplementario al ya existente con los británicos para la explotación petrolífera que mejore los beneficios para los persas. Tras acordarse entre las partes, pasó al Majlis para su estudio, motivo por el cual fue nombrada una subcomisión presidida por un elemento fundamental de la política iraní de la época: el doctor Alí Mossadeq.

Mossadeq y su formación política, el Frente Nacional, se habían convertido en los campeones de una idea rompedora: la nacionalización del negocio petrolífero. Esto generó un enfrentamiento casi constante con el palacio real y también con Razmara. De hecho, el día que éste fue ratificado por el Majlis, Mossadeq le montó un pollo de la leche por presentarse ante los diputados como haji. Un haji es un musulmán que ha peregrinado a la Meca, aunque entre los persas se usa a veces como título honorífico. Razmara lo usó para no tener que presentarse ante el Majlis como lo que verdaderamente era, es decir el general Razmara, un conmilitón. Mossadeq le negó la condición de haji y quiso echarle de la sala, aunque no lo consiguió.

Esta anécdota nos demuestra hasta qué punto, poco a poco, la mera línea política del Frente Nacional se ligaba a los sentimientos religiosos. Por eso Mossadeq contaba en su Frente con una especie de ala religiosa, comandada por el ayatollah Abul Kasem Kashani; grupo que, además, se veía en competición con otros más radicales, como los Fedayin-i-Islam (sacrificadores del Islam) de Navab Savafi. A la presión nacionalista y religiosa hay que unir, además, la de los comunistas del partido Tudeh.

El 20 de febrero de 1951, apenas ocho días después de la boda del Sha con la que quizá fue la primera gran figura de la prensa mundial del corazón, la princesa Soraya Esfandiani (a la que acabaría por repudiar a causa de su esterilidad), Razmara fue asesinado. Su asesino, Jalil Tahmusby, un fedayin, dio su filiación aseverando que era Abdullah (servidor de Dios) Muwaheddy (que cree en un solo Dios). Que el estamento religioso estaba con los rebeldes lo demuestra el detalle de que el gobierno no logró encontrar ni un solo imán que aceptase celebrar los funerales.

El asesinato de Razmara marcó el inicio de una serie de movilizaciones en las que comenzó a mostrarse un elemento fundamental de la revolución iraní: el antiamericanismo. La mayoría de los manifestantes en las calles gritaban mueras a Harry Truman, presidente de los EEUU.

En una tormentosa sesión del Majlis, en la que Mossadeq hizo callar al primer ministro en funciones y al propio presidente del Parlamento instándoles a que diesen vivas a la nacionalización del petróleo, el Sha sometió a los diputados una terna de posibles primeros ministros: Famihi, que lo era en funciones; Alí Soheily, embajador en Londres; y Husseín Alí, consejero de la corte. El Majlis, encendido por Mossadeq, para entonces un anciano de setenta años que, a decir de quienes lo conocieron, era un excelente orador, rechazó los tres nombres. Fue un mensaje claro para el palacio real. Lo que el Majlis quería era que el rey dejase de jugar con la pelotita del poder y se dedicase, todo lo más, a ese fistro llamado «poder arbitral» en el que, tradicionalmente, los reyes absolutistas se han refugiado cuando no han querido que se les notase lo que eran o querían ser. Es cierto que el Majlis llegó a aceptar el nombramiento de Hussein Alí como primer ministro. Pero es más que probable que lo hiciesen sabiendo que sería un nombramiento efímero, entre otras cosas porque el primero que no quería a Alí de primer ministro era él mismo, pues se retiró de la terna y sólo tras gestiones personales del Sha osó volver. Así las cosas, al Sha no le quedó otra que nombrar primer ministro al primer político del país: Alí Mossadeq.

El 19 de abril de 1951 fue nombrado primer ministro. El día 30, tan sólo once días después, se aprobaba la ley de nacionalización del petróleo. Así de claro lo tenían el doctor Mossadeq y su Frente Nacional. Evidentemente, y se pongan gentes como Hugo Chávez decubito prono o decubito supino, estas cosas tienen sus consecuencias. La Iranian Oil Co., británica, suspendió ipso facto los pagos a Irán, lo cual dejó a una parte importante de los funcionarios del país sin sueldo de la noche a la mañana. El 26 de mayo, el gobierno de Londres se querelló contra el de Teherán en la corte internacional de La Haya, a cuya instancia se abrió una negociación de buen rollito que, como no llegó a nada, paralizó todos los pozos de petróleo aquel 31 de julio.

En 1952, los británicos rompieron relaciones diplomáticas con Irán, mientras que Estados Unidos permaneció entre dos aguas, como hace siempre que los problemas de un aliado suyo de toda la vida, como Londres, le vienen bien (y es que una cosa es ser amigos y otra ser gilipollas; una cosa es tener creencias, en este caso capitalistas, y otra creérselas). Eso sí, en 1953 Irán cayó en una crisis económica de la hostia ante la cual el gobierno, desposeído de las rentas del petróleo, poco podía hacer, por lo que aparecieron las disensiones entre Mossadeq y Kashani. Ambos, además, tenían un nuevo factor en contra: en 1952, la llamada revolución de los oficiales libres había acabado con el rey Faruk de Egipto, así pues todas las cancillerías occidentales estaban de los nervios con las revoluciones nacionalisto-musulmanas como la iraní.

Los británicos de la vieja Oil Co. empezaron a pensar en deshacerse de Mossadeq y Kashani probablemente desde el mismo momento que les quitaron la concesión. Por lo que se refiere a Washington, fue el acojone que les entró de que, en la situación de creciente conflictividad creada por el desempleo y la pobreza, la URSS se las acabase ingeniando para entrar en el país y garantizarse la salida al golfo Pérsico. Así se dijo, sin ir más lejos, en una reunión en Washington, el 25 de junio de 1953. Tres meses después, dato importante, de la muerte de Stalin, y por lo tanto un momento en el que el mando soviético se estaba reorganizando.

Era ahora o nunca. Y fue ahora. En general Fazlullah Zahedi dio un golpe de Estado, y sustituyó a Mossadeq. Éste moriría unos cinco años después, cuando fue puesto en libertad. Pero muchos revolucionarios musulmanes o de izquierdas no corrieron esa suerte, y fueron muertos en las primeras semanas de represión realizada por el ejército del Sha. La nacionalización fue abolida, aunque el mercado del petróleo tenía nuevas reglas: ahora, las compañías norteamericanas tenían un 40% de lo que antes había sido sólo de los ingleses. Asimismo, el Sha creó inmediatamente una policía secreta, la famosa Savak, al frente de la cual situó al coronel Nassiri, otro de los golpistas, que en los siguientes veinte años sería responsable de terribles torturas y represiones. Entre otras normas, el nuevo régimen dictó una por la cual todos los periódicos tenían que publicar cada día una foto del Sha en primera página. En el país se prohibió la pública exposición de cualquier obra de creación en la que apareciese el asesinato de un rey (como Hamlet, por ejemplo).

En menos de tres años tras el golpe de Estado, al menos 50.000 personas se habían exiliado de Irán, a los que habría que unir los represaliados. Esta situación, además, movió a muchos elementos de la oposición a considerar que el error de Mossadeq había sido considerar que se podía llegar a donde quería por medios democráticos y, por lo tanto, se apuntaron directamente al terrorismo. Es en estos años cuando nace la Mojahiddin Jalk, organización de corte islámico aunque con muchos postulados propios de la defensa del Tercer Mundo; y la Fedayin Jalk, de corte más marxista. Entre los activistas de estas organizaciones había personas como Ibrahim Yazdi o Sadeq Qotbzadeh, que acabarían colaborando con la revolución jomeinista. Un elemento importante para entender la inquina del régimen de los ayatolás contra Israel es, además del propio nacionalismo musulmán, el hecho de que la dictadura del Sha post-golpe inició una estrecha colaboración, no sólo con la CIA sino también con el Mossad.

En relativamente poco tiempo, y a pesar de la guerra de guerrillas, Teherán estaba dominada por el Sha y su gente. Así las cosas, su oposición necesitaba cambiar el centro de gravedad. Y era natural que miraran hacia donde miraron.

Miraron a Qom, la ciudad de los ayatolás.